2012/02/24

FIDIAS Imagen y IV: Kallistos, el chico griego



 
 
 
 
 
Estambul, en el año 1542. Era de noche, y no había luna; el segundo patio del palacio de Topkapi estaba sumido en la oscuridad. Pero una figura recorría con seguridad los caminos que discurrían entre los árboles y la aromática hierba. Los animales, que debieran haber dado una ruidosa bienvenida al extraño, estaban curiosamente en calma.
Pronto, una segunda figura se unió a la primera; a diferencia de ella, llevaba una pequeña lámpara y parecía agitada. Rápidamente las dos figuras caminaron hacia uno de los edificios circundantes y desaparecieron dentro de sus muros en penumbra.
Habiendo franqueado el pórtico que conectaba el lugar con el patio, ambos se encontraron en un corredor suavemente iluminado. Los guardas apenas les concedieron una mirada al pasar, pues, aunque se trataba de una de las zonas mejor protegidas del complejo palaciego, el acceso al Harén Imperial, ambos tenían todo el derecho a estar allí, como parte del séquito de eunucos negros que se cuidaban de las necesidades de la familia imperial y las mujeres del sultán; o, al menos, así era en el caso de uno de ellos.
Ambos se dirigieron, en silencio, a través de patios y corredores, a los departamentos de las odaliscas, las servidoras del harén, y el eunuco condujo a su invitado, el que tanto semejaba uno de los suyos y tan bien parecía orientarse en la oscuridad, hasta una determinada habitación con varios lechos.
Sólo uno de ellos aparecía ocupado por un pequeño bulto. El eunuco proyectó la luz de la lámpara sobre la cama y la pequeña figura se revolvió: una niña muy hermosa, de no más de seis años, de piel blanca y sedosos cabellos negros. No estaba dormida, y el terror brillaba en sus grandes ojos, muy abiertos, de un bello color gris. El visitante sonrió y se inclinó sobre la cama; la pequeña reculó, pegándose a la pared.

-Qué tenemos aquí -afirmó, más que preguntó, en turco, y apartando las sábanas levantó, sin ningún miramiento, las ropas de dormir de la criatura; entre sus piernas se encontraba la evidente prueba de su género masculino-. Ah, pero tú no eres ninguna niña, ¿eh? -el crío, lívido, no respondió; no parecía entender sus palabras. Bajo su piel caliente, el visitante notó los rápidos latidos de su pequeño corazón, y eso lo complació- Y dime, Onur, ¿qué hace un niño con las odaliscas? De seguro que no es un aspirante a eunuco, porque conserva esto intacto -rozó el pequeño sexo y el niño trató de juntar las piernas, sin éxito, pues aquel enorme hombre de piel oscura lo sujetaba inflexible.

El Islam prohibía la castración, por lo que los niños que se destinaban a ser vendidos como esclavos a los turcos para convertirse en eunucos eran castrados con anterioridad por los comerciantes cristianos o judíos que se ocupaban de ellos. Era inusitado encontrar un esclavo varón con sus genitales intactos en un lugar como aquel.

-Ya sabéis cómo es... -dijo el eunuco llamado Onur- Ciertos... varones tienen, a veces, gustos diferentes y extravagantes, que requieren de un chico con sus partes... íntegras. Éste viene de Grecia. Pronto tendré que buscar un lugar más adecuado para él, pero como es tan hermoso como una niña, pensé que... podría hacerlo pasar por una hasta que se me ocurriera una solución.

-Veamos si eso es completamente cierto; acércame la lámpara -y, despojando completamente al aterrado niño de sus ropas, el visitante examinó cada centímetro de su piel. Cuando terminó, asintió-. Puro e inmaculado. Bien; te cuidarás de que siga así, ¿verdad? -el eunuco dijo que sí con la cabeza; su visitante le inspiraba casi tanto miedo como al crío, aunque se cuidaba bien de disimularlo- Asegúrate de que ninguna hoja corta su piel, de que permanece virgen hasta los catorce años, y cuando entre en sazón, pon buen cuidado en que su protector sea un pasivo, ¿entiendes? -deslizó un dedo y apuntó entre las nalgas del niño- Que tu dios te ayude si encuentro que esta parte ha sido usada en lo más mínimo.

Onur asintió de nuevo tan profunda y sumisamente como fue capaz. El desconocido depositó una pesada y tintineante bolsa entre sus manos, y sin dedicar una última mirada al objeto de sus atenciones, desapareció por la puerta.


Nueve años más tarde, el mismo visitante mostró idéntica audacia introduciéndose de nuevo en Topkapi. Su guía Onur apenas había notado el paso de los años, y mostraba hacia él la misma sumisión y deferencia. Esta vez lo condujo a los departamentos de los eunucos blancos; allí le fue presentado un muchacho de unos quince años, bello, alto, esbelto, de piel muy blanca y cabellos negros y brillantes, visibles bajo su tocado. Sus inconfundibles ojos grises lo miraron con cierta condescendencia, pues parecía uno de los eunucos negros; a pesar del poder que estos ostentaban, los varones siempre mostrarían una actitud de superioridad hacia los que consideraban "hombres incompletos".
Como Onur le había explicado, había conseguido mantener al muchacho en un escondite discreto, como uno más de los eunucos blancos, cuya castración solía ser incompleta y que, a menudo, conservaban parte de su virilidad. Era principalmente por eso por lo que no podían acercarse al serrallo, y se dedicaban a tareas administrativas; aunque, en el caso de aquel joven, su hombría estaba intacta y sus tareas consistían en ejercer de amante de cierto miembro masculino de palacio.

-Parece que Onur ha cumplido su palabra, al menos en apariencia -afirmó el visitante-. Dime, muchacho, ¿cómo te llamas?

-Enver -contestó el chico-.

-No me refiero a tu nombre turco, sino al nombre griego que tenías antes de venir aquí. Con seguridad podrás recordarlo, ¿verdad?

El joven miró, receloso, al eunuco Onur, quien se apresuró a asentir. Tras un instante de duda, respondió:

-Kallistos.

-Bastante apropiado. Ven conmigo, Kallistos; vayamos a un sitio más privado.

El eunuco tomó al chico por el brazo e hizo al visitante ademán de seguirles. Entrando en una cámara vacía, cerró la puerta tras ellos y aguardó, nervioso.


-Quiero ver si Onur se ha cuidado bien de ti.

El visitante comenzó a desvestir al muchacho. Éste se resistió, pero el africano lo agarró por el cuello con manos tan fuertes como el acero y lo miró directamente a los ojos, de una manera tan fría e inhumana que el chico sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. A sus espaldas, el eunuco le ordenó, con voz débil, que obedeciera; con una única mirada de reojo del visitante, el asustado Onur abandonó la habitación, dejándolos solos. El esclavo griego tembló; su captor terminó de arrancarle la ropa y el tocado, liberando su cabellera sobre los blancos hombros. Había crecido mucho en aquel tiempo, y a pesar de ser aún adolescente, ya apuntaba maneras de lo que sería un bello ejemplar de varón, alto y estilizado, con los músculos definiéndose bajo la piel lisa y sin marcas.
El visitante lo obligó a separar las piernas; bajo su incipiente vello oscuro, su miembro, ya de buen tamaño, estaba dotado de forma y color atractivos. Tomando la piel que recubría el extremo, el africano la deslizó hacia la base, descubriendo la suave carne rosada; el chico gimió.

-No te han circuncidado. Bien; Onur es un hombre de palabra y de recursos.

-Vos sois... el eunuco de aquella noche... -en los ojos del esclavo brilló en reconocimiento.

-Me complace que me hayas recordado -el hombre sonrió con ironía-. A duras penas podría reconocerte yo. Por entonces no tenías esto -presionó los genitales, que aún sostenía, contra la ingle del chico, arrancándole otro gemido-. Sé con quién sueles encamarte, pero, dime, ¿alguna vez lo has hecho con una hembra? -el esclavo tragó saliva y asintió con la cabeza- Veamos ahora esta parte -lo hizo volverse y sus dedos fuertes y helados separaron sus nalgas, examinando la abertura oculta entre ellas. Su víctima apretó los puños y los dientes, y sus músculos se tensaron- ¿Te han tomado alguna vez por aquí?

-¡No! -la respuesta fue casi un aullido.

-Y guárdate de que eso ocurra, Kallistos. Ahora escucha: No soy ningún eunuco; ni siquiera soy africano; no necesitas saber mucho de mí en este momento, salvo que soy el único al que debes llamar amo.

Diciendo esto, cubrió la boca de su prisionero, apartó los morenos cabellos y hundió Los colmillos a un lado de su nuca. El muchacho emitió un grito ahogado y se revolvió por el dolor; pero paulatinamente, su resistencia fue decayendo, su respiración se fue haciendo más intensa, y su cuerpo, abandonándose. Poco a poco, su atacante aflojó la mano, y de aquellos labios sólo brotaron suspiros de placer. El falso eunuco introdujo el dedo índice entre ellos, y el joven lo rozó con la punta de su lengua; retiró entonces la mano y dejó de beber durante un fugaz instante en el que se mordió el dedo, dejando que su propia sangre se mezclara con la saliva de Kallistos, y volvió a deslizarlo dentro de su boca; él lo succionó, tímidamente al principio, profunda y ávidamente al saborearlo.
El visitante se contuvo y dejó de alimentarse; contempló durante un momento al bello adolescente desnudo que se agitaba en sus brazos, lamió e hizo desaparecer completamente las pequeñas incisiones que había abierto en su piel y, finalmente, hizo que se cerrara la herida de su dedo. Al notarlo, el joven jadeó e intentó volver la cabeza para mirarlo.

"Nada más para ti, ni para mí, por hoy, chico", dijo, tendiendo al exhausto Kallistos en una cama para dejarlo descansar, tras lo cual se ajustó las ropas y abandonó la habitación. Fuera encontró a Onur, que aguardaba diligentemente, y que comenzó a caminar tras él mientras se alejaba por el corredor.

-Exquisito. Incluso demasiado... Creo que me he excedido un poco, así que déjalo descansar. No debe abandonar la habitación durante varios días, hasta que complete con él el ritual de vinculación. Entonces te alimentaré a ti también, Onur.

Este se inclinó en una profunda reverencia, el anhelo pintado en su rostro. Después, el así revelado vampiro desapareció.



Durante varias noches, la escena se repitió. El ritual de vinculación, por el que los vampiros alimentan a humanos con su propio fluido vital, convierte a estos es siervos obedientes y leales. Además, la sangre vampírica confiere capacidades sobrehumanas a quien la ingiere y alarga la vida hasta extremos insospechados... El joven Kallistos, rebautizado Enver por sus captores turcos, se convirtió en siervo por la sangre de un vampiro desconocido que aún no le había dicho su nombre. Solía venir, eso sí, a visitarlo regularmente, estimulaba su educación y se cuidaba bien de que continuara con sus actividades sexuales entre los muros de palacio, tanto con su protector como con jóvenes esclavas que el eunuco le procuraba. Nunca abandonaba su prisión, y el sol apenas tocaba su piel; y por las noches, su verdadero amo se complacía en retenerlo en algún rincón secreto y desde las sombras observarlo en el lecho, arrancando gritos de placer a hombres y mujeres indistintamente. Tras estas sesiones, el vampiro lo tomaba para sí y se deleitaba con su sabor, alimentándolo a su vez.

Y llegó un día, poco después del decimoctavo cumpleaños del joven, en que su amo se presentó con semblante preocupado y a la vez ansioso. Dio órdenes a Onur de bañar y peinar a Kallistos, y de vestirlo con una túnica del tejido más fino, y después se esfumó.
No era muy diferente del ritual que debía seguir cada vez que tenía un encuentro amoroso, pero había algo extraño en el ambiente; años de beber sangre de vampiro habían afinado sus sentidos, y podía percibir una calma antinatural, un silencio forzado, pues hasta los animales permanecían mudos. También el lugar al que fue conducido era nuevo para él: uno de los kioscos de palacio, hermosas construcciones para disfrute del sultán. Imaginó el terrible castigo al que sería sometido si fuera descubierto allí sin permiso... Después se tranquilizó, pensando que si su amo le enviaba era porque tenía autoridad para hacerlo.
Los labrados contornos de mármol brillaban a la luz de la luna; dentro, lámparas de aceite iluminaban las paredes decoradas con azulejos verdes, blancos y azules, los tapices de elaborados diseños geométricos y vegetales, las alfombras cubiertas con cojines de seda. Algunos divanes ocultos tras cortinajes quedaban en penumbra. Una enorme bañera de traslúcida piedra blanca, llena de humeante agua caliente, ocupaba la pared más alejada de la habitación.
Kallistos admiró la estancia y luego permaneció de pie, sin saber qué hacer. La fina túnica que vestía era de un tejido tan diáfano y delicado que le hacía sentirse incómodo; cruzó las piernas y se sentó en un cojín sobre el suelo.
Los minutos se arrastraban con lentitud, y todo seguía en silencio. Pasó una hora y el joven se alzó, impaciente, y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Era agradable, el tacto de la lana bajo sus pies descalzos, magnificado por sus sentidos aguzados; sonrió y arrastró los pies, muy lentamente, sobre aquellas joyas fruto de los mejores telares turcos, y luego sobre la suave seda de los cojines. Pasó entonces las manos a lo largo de una finísima cortina, diáfana como una tela de araña, y cerró los ojos para dejarla que se deslizara sobre su rostro. Cuando los abrió de nuevo vio, a través del velo, un figura frente a él que unos segundos antes no estaba allí.
Dando un respingo, el muchacho retrocedió, como si hubiera sido pillado haciendo algo furtivo. La criatura no se movió; parecía tener bastante con observarle, inmóvil, sin hacer el menor ruido. El corazón del esclavo griego comenzó a latir con fuerza; en medio del silencio, se le antojaba el golpeteo de un martillo sobre el yunque.
Aparentemente, aquello sacó a la figura de su inmovilidad; apartando la cortina, se acercó al muchacho.
Era el hombre más imponente que había visto nunca; bueno, no un hombre, pues sus sentidos bastaban para revelar que era un ser como su amo. Era tan alto que debía girar la cabeza hacia arriba para mirarlo; de miembros muy largos, especialmente sus manos, cuyos dedos se prolongaban hasta lo inimaginable. Rizos de sus cabellos negros caían sobre su frente, bajo la que tupidas cejas ensombrecían unos ojos de obsidiana, de iris tan oscuros que no dejaban distinguir las pupilas. Su piel era lo más antinatural, porque era lisa y descolorida como vieja piedra pulida; el joven se maravilló a verlo moverse, como si esperara que fuera a crujir y rechinar. Y cuando finalmente habló, su voz profunda parecía surgir de las entrañas de una cueva excavada en la roca.

-Tu maestro es como un joven impaciente. Aún debería tomarte dos o tres años el madurar, pero puedo comprender su premura; pues, ¿quién conoce dónde os hallaréis la próxima vez que mis pasos me guíen a estos lares?

Hablaba un griego clásico tan formal que el muchacho apenas lo comprendía, y más aún tras años de hablar sólo en turco y árabe. El enorme ser dejó caer su capa, revelando un atuendo de radiante tela blanca; estirando la mano, trazó con sus larguísimos dedos el contorno del perfil del joven, que ni tan siquiera habría osado pensar en protestar. Era como si una estatua cobrara vida repentinamente y fuera presionada sobre su rostro; tembló, pero no sintió temor, sólo expectación. La mano hizo girar suavemente su mentón, primero hacia un lado y luego hacia el otro, y bajó por su cuello y el hueco entre sus clavículas hasta el borde de su túnica, que parecía incapaz de ofrecer resistencia a la fuerza de aquellos dedos y se rasgó con un susurro a lo largo de su pecho, mostrando la piel hasta el ombligo. Al romperse, la fina tela se le deslizó por los hombros y cayó al suelo alfombrado, descubriendo su desnudez.

-Los que se ocupan en mi oficio no suelen ser bienvenidos por aquí -continuó el ser-. ¿Quieres saber, mozo, por qué pienso que los musulmanes gustan de rodearse de jóvenes de gran belleza, como tú? Puesto que su religión no aprueba que la pintura y la escultura representen personas, procuran hacerse con hermosas esculturas vivientes, como todas esas encerradas en el harén del sultán. Al principio no aprobaba su intolerancia, pues el arte es mi profesión, después de todo. Mas el tiempo me hizo comprender la sabiduría de su proceder: pues no hay escultura más maravillosa que ésta, que se mueve y vuelve el rostro con gracia y seducción, y arrastra los pies desnudos sobre la seda y muestra el deleite que le producen sus sensaciones -Kallistos se estremeció; los larguísimos dedos siguieron recorriendo, apenas rozando, la piel blanca de su pecho, demorándose en la suave depresión del ombligo, la línea de las costillas, el surco entre los pectorales-. Incluso ahora, tu cuerpo te dice "esta mano sobre mí es fría y dura, pero el contacto es suave y hace rebullir mis sentidos, y me gusta sentir cómo se desliza una y otra vez".

El joven griego tragó saliva; casi no se atrevía a respirar. Había algo en aquella voz, una cualidad que parecía hablar directamente a su humor, a lo más profundo de su mente. Efectivamente, deseaba que siguiera tocándole; deseaba sentir su tacto en otros lugares más íntimos, deseaba que lo agarrara con fuerza y deseaba comprobar si la piedra podía calentarse al contacto de la carne ruborizada, o bien sin la piel helada podía seguir experimentando placer. Y de pronto fue consciente de la presencia de aquel ser dentro de él, espectador de cada uno de sus pensamientos. Lo sintió tan claramente como nítida era la visión de la impresionante figura que tenía ante sí; y de algún modo le alivió no tener que esconderse, poder mostrar sus anhelos con toda su desvergüenza. Me habéis estado mirando desde que entré, pensó Kallistos, y la presencia pareció asentir con su silencio. Por qué. Lo que he estado contemplando es el boceto de una nueva escultura, respondió el artista, y me propongo terminarla.
Tomó de la mano al muchacho y lo condujo hasta la bañera; el agua, colmada de aceites aromáticos, era opaca, y se mantenía templada por efecto de un brasero en la base de piedra. Suavemente lo hizo sumergir por completo, y cuando emergió, con las fosas nasales henchidas del aroma de rosas, sándalo y vetiver, se encontró rodeado, por la espalda, por el abrazo pétreo y desnudo del escultor; y como la piedra, la fría carne se fue entibiando al contacto con la calidez del agua. Kallistos percibió, justo entre la parte baja de sus nalgas, el duro bulto de la masculinidad de su acompañante, y notó una sacudida de excitación que, surgiendo de su bajo vientre, subió a lo largo de su estómago y su pecho. Inmediatamente las manos del artista se deslizaron a ambos costados del joven, y sus dedos hábiles comenzaron a estimular sus pezones. El muchacho se estremeció y gimió; su sexo apuntó, rígido, hacia su ombligo, y la presión entre sus nalgas aumentó ligeramente. Bajó las manos, impulsado por el deseo de procurarse rápido alivio, pero el ser sujetó sus brazos y los mantuvo alejados, sin dañarlo pero con firmeza. Los gemidos del joven proyectaron un suave eco sobre la superficie del agua al irse elevando en frecuencia e intensidad, pues sus propias sacudidas propiciaban que la recia virilidad empujara cada vez más contundentemente contra su trasero.
Súbitamente, algo estrecho y alargado se abrió camino a través de su entrada aún virgen, expandiendo gentilmente la abertura y adentrándose dentro de él; Kallistos ahogó un grito de sorpresa y temor, y su compañero, manteniendo los brazos bajo las axilas del joven, subió las largas manos hasta el rostro crispado y cubrió los hermosos ojos grises, forzándole a cerrarlos. Cuando las separó, muy lentamente, el muchacho intentó abrirlos de nuevo, sin éxito. No temas nada, susurró la voz de su cabeza. Privado de visión, su sentido del tacto se intensificó hasta límites insospechados; su oído se emborrachó con el solo sonido de sus propios gemidos, y el leve chapoteo del agua; saturada estaba su nariz del perfume de los aceites, e inundada su boca con su propia saliva, que se desbordaba en un hilillo por la comisura de sus labios. El invisible apéndice se revolvió dentro de él y alcanzó el área extremadamente sensible de su próstata y allí se demoró, con profundas caricias; y justo cuando rozaba el clímax, se retiró.
El joven emitió un ansioso quejido de protesta, pero aquel que lo abrazaba se ocupó de calmarlo, haciendo que se relajara gradualmente. Habiendo recuperado el resuello, pero aún con excitación insatisfecha entre sus piernas, Kallistos se sintió alzado y vuelto de cara al escultor. Descansó la frente sobre el amplio pecho, dentro del cual ningún sonido revelaba la presencia del mudo corazón. A ciegas reclinó el rostro contra aquella carne que no se hundía bajo la presión; a ciegas deslizó la lengua hasta aquella boca, ancha y de labios finos; la acarició con la punta, la besó, y era como besar una estatua húmeda y cálida tras una tormenta de verano.
Los brazos del ser lo rodearon, y sus manos lo acomodaron sobre los muslos, separando sus nalgas para dar cabida, centímetro a centímetro, al enhiesto miembro, expandiendo las elásticas paredes internas a su paso; notó su propio pene erecto, sobre el vientre de su compañero; renació con idéntica fuerza su ansiedad y lanzó un profundo suspiro, justo dentro de los labios entreabiertos frente a él. Arriba y abajo volaron sus caderas, merced al impulso de sus propias rodillas, haciendo que el ser sobrenatural se hundiera cada vez más adentro. Arqueó la espalda, presa del ansia que imprimía un ritmo cada vez más frenético a su cabalgada, y cuando creyó que ya no podía ahogarse más en el placer, sintió los dientes penetrándolo, con un crujido, y el flujo de la sangre saliendo de él, atronador como el rugido de la tempestad. Eyaculó violentamente, con un grito, e incapaz de hacer que sus piernas sustentaran su propio peso, se deslizó paulatinamente dentro del agua, dejando una mancha rosada suspendida en el lechoso líquido.

Silencio. Sólo burbujeo en sus oídos, la canción silenciosa del agua.

Hormigueo en la piel. Vaga sensación de carne que se estira, se pliega, se contrae. Pero debo estar soñando, porque la carne no hace eso, ¿verdad?

Fluir de humores fuera de su cuerpo. Estoy flotando en líquido, pero a la vez puedo sentir cómo yo mismo me vacío... Es tan extraño...

Ah... Noto aire de nuevo a través de mi nariz, pero me supone demasiado esfuerzo hacerlo llegar a mis pulmones; es mejor dormir, dormir sumido en esta clara oscuridad. Espera... Veo una imagen en mi mente. Él me está mostrando algo; lo veo a Él: se inclina, dentro de una bañera llena de líquido turbio, y tiene algo entre los brazos. Parece una estatua, una estatua de mármol...

Ahora veo otro rostro junto a Él, un rostro oscuro... Quiero que se vaya, que nos deje solos... Algo gotea sobre mis labios... Algo se cuela dentro de mi boca... Sabe como la sangre del amo...



Frente a un espejo veneciano, Kallistos contemplaba su imagen. Suponía que era su imagen, al menos, porque no la reconocía. Extendió la mano hasta la superficie reflectante, y el ser del otro lado hizo lo propio. La volvió entonces contra su propio rostro y sintió bajo las yemas de los dedos la realidad de su presencia, pero era como si tocara una faz ajena que hubiera tomado el lugar de la propia, o bien como si su piel sintiera el contacto de una mano extraña. Sintió un nudo en el estómago y el imperioso deseo de romper a llorar, pero no tenía lágrimas en los ojos. Se volvió y encaró al artista, que estaba junto a él, observando. ¿Deseas llorar porque te horroriza lo que ves, o bien porque te toca el corazón?, preguntó éste último en su cabeza. No lo sé, respondió Kallistos, y era sincero. Y aunque su compañero no dijo nada, sonrió para sí, porque conocía la respuesta a su propia pregunta.
Se acercó por detrás al vampiro recién nacido y, apartando los largos cabellos negros posó las manos sobre sus hombros. El nuevo inmortal buscó la mirada de los oscurísimos ojos con los suyos, aún extraños, de marfil y plata, a través del reflejo en el espejo. Deseo saber cómo os llamáis

-Pheidias -el artista dejó de nuevo que su voz resonara en los oídos del joven-. Nací, como tú, en Grecia, hace mucho tiempo. ¿Te dice algo, quizás, ese apelativo? -Kallistos negó con la cabeza y él sonrió- Más adelante, seguramente, oirás de mí. Aún hay quienes conocen mi nombre y mi obra; como tú, ahora. Fervientemente confío en que aún los conserves, la próxima vez que nos encontremos.

-¿Tenéis de marcharos? ¿No me llevareis con vos? -no hubo respuesta, y el joven vampiro sintió cómo lo embargaba el desaliento- ¿Y cuándo volveré a veros?

Fidias, el escultor, rodeó con sus brazos los hombros desnudos que había modelado, se inclinó y lo besó en el cuello, antes de responder:

-Cuando sepa, con certeza, que mi creación habrá de perdurar en el tiempo.



 

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