2017/08/28

EL DON ENCADENADO VI: Brotan las primeras semillas




¡El heredero! ¡El heredero del Maede Killien! ¡Que la luna resplandezca en honor de Elore'il!
Muchas exclamaciones de júbilo como esta se escucharon en la Casa del primer círculo cuando, apenas caídas las primeras hojas, se supo que la Maediam estaba encinta. Perdida la esperanza de engendrar descendencia con ella, su esposo escuchó la noticia con visible satisfacción y convirtió en cinco los tres días de festejos que tradicionalmente marcaban la llegada del otoño. Corail se sentó junto a su marido, con una sonrisa serena en su pálido rostro, y recibió los parabienes de los cortesanos durante las jornadas festivas. Se rumoreaba que, ya desde el vientre, el bebé mostraba los melindres de un auténtico noble y le estaba dando a su madre un embarazo difícil, así que todos la disculparon cuando se retiró a sus aposentos privados para descansar, con la única compañía de sus doncellas.
Aprovechando la visita obligada al Templo de la Luna para solicitar a la diosa un nacimiento sin complicaciones, la Maediam se desvió en su camino de vuelta y celebró una entrevista con Caradhar en su refugio de la Zanja. Vestía su atuendo ritual, consistente en varias capas de tejido fino, casi como tela de araña, superpuestas bajo una túnica bordada en plata que caía en pliegues sobre el diván donde se hallaba reclinada. Sus cabellos rojos, sueltos sobre los hombros, brillaban a la luz del fuego de la chimenea. Estaba muy hermosa. Algo intimidado, el joven elfo se sentó junto a ella, dado que no había ningún otro lugar disponible.
Felicidades, Corail —dijo, sin saber muy bien qué añadir.
Gracias, querido mío. Al parecer, una estrella afortunada ha brillado sobre mí, después de todo.
Sí. —El dotado meditó durante unos instantes—. Aunque me habías dicho que no podías tener más hijos.
Los dioses han sido generosos. —Rio con suavidad y colocó una mano sobre el costado de su hijo—. Espero que esto no te pondrá celoso. Mis sentimientos por mi precioso Caradhar son los mismos...
No —la interrumpió él. Lo incomodaban tales alusiones a su parentesco—. ¿Para qué me has llamado? Si te apetecía charlar, podrías haberlo hecho en Elore'il.
Prefiero hacerlo aquí, donde no hay espías y se me permite llamarte hijo con tranquilidad. Además, el tema que deseaba comentarte es preferible tratarlo en privado. He sabido que te las has arreglado para colarte en el ala de los laboratorios. ¿Casualidad, interés natural o... algo más?
No aludió a la forma en que lo había conseguido, aunque Caradhar supuso que también lo sabía. Apretó los labios.
Me interesan, lo sabes. Pretendo que las cosas sean igual que en Llia'res, hacer algo de utilidad y, sí, por qué no, averiguar más sobre el poder del Maede. Es obvio que sale de allí y quiero saber cómo.
Te pones en peligro a pesar de que te pedí que no lo hicieras. Investigas sobre mi marido sin mencionármelo. ¿Es que no confías en mí?
Esto es asunto mío, la cuenta pendiente que tengo con él por lo de Nestro. En cuanto a ti, pensaba que las cosas habían cambiado ahora que tu posición en la Casa está asegurada. Tu sangre se va a sentar en el sitial de la Casa. Supongo que el Maede ya no es un obstáculo en tu camino.
¿Que no es un obstáculo? ¿Crees que la cuenta pendiente que tienes con él es solo tuya? —El tono de voz de Corail se volvió más suave y más cortante a un tiempo. El elfo observó la manera en que sus ojos reflejaban el fuego. Era como curiosear por la ventana de una casa en la que se estuviesen alzando las primeras llamas de un incendio devorador—. Algunas noches, mientras Killien se encierra en sus aposentos para entretenerse con sus furcias, siento que la humillación va a robarme el aliento. Aunque ¿sabes qué me humilla más? Las pocas ocasiones en las que fuerza mi puerta para justificar su empeño en fabricar un heredero. Doy gracias a que desde el anuncio de mi embarazo no ha vuelto a tocarme con esas manos sucias de otros cuerpos, pero eso no consuela mi soledad. Soledad impuesta por él, que me obliga a apartar de mi lado a quienes amo por miedo a que los castigue igual que hizo con Nestro. Créeme, si hay alguien que desea ver caer a Killien, esa soy yo.
Ni siquiera... puedo acercarme al él —se quejó Caradhar cuando asimiló tal oleada de furia—. Sigue sin llamarme y hay guardias que no me quitan la vista de encima en todo el día.
No es tu cometido acercarte ni arriesgarte. No te preocupes, tendremos ayuda muy pronto. Dado que perdimos a Nestro, he decidido contar con otro aliado. Lo reconocerás porque te mostrará el escudo de Llia'res. Habrás de ser muy prudente, hijo mío —añadió ella, abrazándolo con ternura—. Bien, es mejor que regresemos a Elore'il antes de que nos echen en falta.
Mientras abandonaba la estancia, Caradhar descubrió la silueta de la doncella muda de su madre espiándolo desde el arco de la puerta. No tuvo oportunidad de dirigirse a ella, pues la voz severa de la Maediam le ordenó que acudiera a ayudarla. La silueta se esfumó como si nunca hubiese estado allí.
La caminata a la Casa bajo una densa lluvia de otoño no fue menos intensa que sus cavilaciones. Su mente lo encaminaba en la dirección indicada por Corail; no de forma impulsiva, sino metódica y calmada, tal cual era su manera de ser. Porque era justo que Killien desapareciese. Él había había dado la orden que empujara a su mano a acabar con Nestro, una muerte innecesaria. Que no lograse hallar en su interior sentimientos de congoja no quería decir que el crimen del Maede fuese menos grave y no mereciese venganza. No era una cuestión de sentimientos, sino de justicia.
Al final decidió que, si no le era dado acceder al él, al menos siempre podría acercarse a la siguiente persona más poderosa que conocía en la Casa.
Cuando, más tarde, Darial abrió la puerta de sus habitaciones, se encontró cara a cara con un Caradhar empapado, los cabellos adheridos al rostro, las ropas goteando con profusión sobre la esterilla de la entrada. Sin pronunciar palabra, el joven se despojó de su jubón y su camisa, los cuales cayeron al charco que se estaba formando a su alrededor. A Darial no le importó. De hecho, sonrió de oreja a oreja, casi relamiéndose: era la primera vez que su presa acudía a él por iniciativa propia. Su índice puntiagudo acarició las mejillas del elfo y las comisuras de aquellos ojos de fuego que, sin embargo, siempre eran tan fríos.
¿Me extrañabas, Adhar? —preguntó, con voz meliflua.
¿Y tú, Darial? ¿Me extrañabas a mí?
Mi querido muchacho, yo siempre te extraño. Si pudiera, te mantendría conmigo aquí, en mi dormitorio. —Se inclinó hacia su oído, soltando los cordones de sus calzas—. Igual que solía hacer cuando eras un niño, ¿recuerdas? A veces echo de menos los buenos viejos tiempos pero, si puedo tenerte ahora, ¿qué sentido tiene anhelar el pasado?
Un enérgico tirón dejó al descubierto la ingle del dotado y su miembro en reposo. Según su costumbre, Darial lo esquivó, se deslizó más allá del perineo hasta su lugar favorito entre las nalgas e invadió el túnel sin miramientos. Caradhar se mordió la cara interna del labio para no emitir ningún sonido.
Tan deliciosamente estrecho como siempre... No veo la hora de volver a entrar con algo mejor que mis manos. Quítate lo que queda de ropa y sube a la cama.
Rebuscó en sus cajones y sacó unas cuantas tiras finas de cuero. El joven, demasiado habituado a ellas, no mostró reacción alguna, ni aun cuando el alquimista le ató las muñecas y las fijó al dosel. Lo único que le hizo tragar saliva fue la posición. Aborrecía que Darial lo forzara a cabalgarlo; aborrecía verse expuesto a sus ojos de esa forma tan obvia, tener que mover él mismo las caderas para complacerlo.
Por Therendas, he aquí un cuerpo hermoso, si es que alguna vez vi uno —dijo el alquimista, acariciando los músculos que se delineaban en su vientre.
Se tumbó y lo penetró sin preparación, con esa brutalidad que era su marca de la casa. También acostumbrado a ello, Caradhar apenas se estremeció. Prefería el dolor mil veces a tener que soportar aquella postura odiada mientras un par de ojos amarillos refulgían con esa expresión de perverso goce debajo de él.




¿Por qué estoy aquí?
Hacía rato que Caradhar contemplaba la luz naciente del crepúsculo a través de los vidrios traslúcidos de la ventana. Al notar el rebullir de Darial junto a él, planteó su pregunta sin más formalidades. El alquimista, que ya estaba acostumbrado a su brusquedad, habría replicado en cualquier otro momento con un comentario malicioso, pero aquella mañana estaba de muy buen humor. Observó la espalda desnuda de su compañero durante unos instantes, rodeó su cintura con los brazos y respondió a su oído:
Para complacerme.
No, me refiero a por qué estoy en Casa Elore'il.
¿No es obvio? Tienes el Don; la Maediam Corail te trajo de Casa Llia'res y te ofreció a su marido. Nadie rechaza un regalo así, en especial cuando ahora él cuenta con cinco dotados a su servicio. Y, si bien uno es bastante maduro y dos son unos críos, ninguna otra Casa, aparte del Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas, se puede vanagloriar de poseer más que la nuestra. Eres una adquisición muy valiosa, mi pequeño Adhar.
¿Valiosa para qué? A pesar de haber completado mi entrenamiento y prepararme para ser incluso más útil que ellos, el Maede no me llama nunca a su lado. ¿De qué le sirvo?
No me digas que estás ansioso de correr junto a alguien con la habilidad de forzarte, si le apetece, a abrirte el cuello con un cuchillo romo. —Darial rio su propio chiste macabro—. Adhar, Adhar, no seas ingenuo. Podrás ser un regalo muy valioso, pero eres un regalo envenenado. Tú no has nacido en esta Casa, perteneces a Llia'res y, por mucho que hayas jurado fidelidad a Elore'il, el Maede no puede saber con seguridad a quién eres leal. Te mantendrá cerca y vigilado, te usará si lo cree conveniente, y punto. Además, no me digas que no has notado su antagonismo con la Maediam. ¿Por qué crees que te ordenó matar a ese maestro de armas con su voz de mando? Porque sabía bien que le era fiel a ella ante todo, y eso es algo que no perdona. Gracias a los dioses, la crisis se ha suavizado con su próxima paternidad. ¿Quién sabe? Quizá dentro de algún tiempo, con un heredero correteando por ahí, la tirantez entre ambos desaparezca, tu fortuna cambie y le seas más caro a tu vanim. En todo caso, no seré yo quien se lamente por el estado de las cosas, dado que me permite ser el único que disfruta de tu compañía —añadió, con sonrisa maliciosa.
Pero tú también eras miembro de Llia'res. ¿Cómo has ganado tu posición actual?
Yo soy nacido de Elore'il —afirmó el interpelado, altanero—. Ambas Casas han sido aliadas durante años y, como sabes, no es infrecuente que los alquimistas completen su aprendizaje en otros laboratorios. Aunque no lo elegí yo, no tuve otra alternativa más que marcharme. Bueno, ya ves que no hay mal que por bien no venga: mi estancia allí... la disfruté mucho. Tan solo sentí dejar una cosa atrás, y la he recuperado. —Sujetó la barbilla de Caradhar y lo atrajo hacia sí—. Y ahora, antes de dejarte ir, ¿qué tal si ocupas tu cabecita en algo más importante que estas aburridas historias?

Durante los días siguientes, Darial se comportó con Caradhar igual que un amo exigente y nunca le permitió que regresase a su habitación antes del alba. Dar comienzo a las jornadas a su hora habitual era una tarea agotadora. Una de aquellas mañanas le resultó imposible resistir el impulso de echar una cabezada, así que se desvistió y se lanzó de cara sobre la almohada. Cuando estaba a punto de caer dormido, una voz desconocida susurró, muy cerca de su oído:
Es extraño verte en el catre sin compañía.
Caradhar abrió los ojos, saltó como un resorte y echó mano a la daga que siempre guardaba junto a la cama..., solo para descubrir que había desaparecido. Al otro lado se alzaba una figura esbelta, vestida de negro, las facciones a medias ocultas por una capucha. Jugueteaba con su arma, luciendo una sonrisa en la única parte visible de su rostro.
¿Buscas esto? Lo he tomado prestado. No voy a arriesgarme a que me destripes, sobre todo porque mi pellejo no se cierra con la misma facilidad que el tuyo. —Caradhar escrutó los alrededores en un intento de localizar su espada. El encapuchado resopló—. Relájate, chico. Si hubiese querido clavarte al colchón, ya lo habría hecho.
¿Quién eres? —preguntó al fin el dotado, tratando de distinguir sus ojos.
No soy un enemigo. —El encapuchado rebuscó dentro de sus ropas y mostró una insignia de bronce, el emblema de la Casa Llia'res. Caradhar se relajó; así pues, ese habría de ser el aliado que su madre mencionara—. Te observo. Bueno, y a ese alquimista también, a ver qué remedio. Dado que siempre tiene las patas sobre ti, es complicado no reparar en él. Sus aficiones son repugnantes, ¿sabes? Claro que sabes, si eres el que está debajo. O encima.
¿Cómo te has colado en mi habitación? —lo interrumpió el dotado—. ¿Y en los aposentos de Darial? Te estás burlando de mí. Esto está lleno de guardias.
Soy bueno, ¿eh? —Colocó la daga sobre una mesa, fuera del alcance de su compañero—. Ya he servido bien a la Maediam en un par de ocasiones, sé hacer mi trabajo.
¿Eres un asesino?
No, ¡qué asco! ¿Te crees que soy carne de Zanja? No hagas tantas preguntas, lo único que te interesa saber es que estoy aquí para cubrirte las espaldas. O lo estaba, creo que llego tarde para eso: ya tienes a alguien que se ocupa... todo el rato.
¿Tienes que espiarme en la cama? —Comenzó a perder la paciencia. Aunque no era pudoroso, le disgustaba la idea de ser visto con Darial.
En la cama, en el baño, en un escritorio lleno de documentos oficiales... Donde sea. —Al sonreír de nuevo, el desconocido dejó ver dos hileras de dientes perfectos con caninos afilados—. Puedo moverme por toda la Casa con más libertad que tú, si se me antoja. Como una sombra.
Eres Darshi'nai...
Caradhar comprendió. Los Darshi'nai, los Sombra, eran una organización de la que todos habían oído hablar y muy pocos conocían más allá de los tópicos. Pertenecían a un estrato social muy controvertido en Argailias; no eran criminales en el sentido estricto de la palabra como lo eran los asesinos —de algunos se decía que pertenecían a la nobleza—, pero la naturaleza de sus actividades los forzaba a vivir al margen de la ley y la comunidad. Toda Casa que se preciara siempre contrataba a sus propios agentes, dado que eran los mejores espías y los más entregados. Se exigía de ellos una devoción absoluta a su juramento: en caso de ser hechos prisioneros, solo podían esperar una ejecución sumaria y discreta, ya fuese a manos de sus captores o de sus aliados. Un Sombra que fracasaba no era digno de tal nombre. Ni de estar vivo.
La revelación lo hizo objeto de un estudio más exhaustivo por parte del dotado. Era más alto que él, y por su voz y complexión parecía joven. La capucha dejaba entrever, quizá, un atisbo de cabello moreno. Por lo que respectaba a su lenguaje, no era el propio de la clase alta. El resto de su persona era un misterio.
¿Eres de verdad Darshi'nai? ¿Te ha contratado la Maediam? ¿Cómo te llamas? —lo interrogó.
Cuanto menos averigues de mí, mejor. —El espía se llevó un dedo enguantado a los labios.
¿Tú estás al tanto de mis movimientos en todo momento y yo no puedo saber ni tu nombre? ¿Te bajarás la capucha, siquiera?
¿Para qué? Me reconocerás enseguida, yo seré el tipo de negro que te susurra desde las esquinas. Pero no puedo arriesgarme a estar mucho tiempo plantado en el mismo sitio, así que pasemos a cosas importantes. ¿Entiendo que estás tratando de meter las narices en el laboratorio?
Puede. Con las defensas que hay allí, la única manera de no arriesgarse es que te autoricen el acceso.
Ya veo. ¿Y qué es lo que quieres conseguir?
Por ahora no es asunto tuyo ni de nadie más.
No me digas... Me sería muy útil conocer tus planes para echarte una mano con ellos, ¿no crees? Nada, nada; ya que no es asunto mío, supongo que no te interesará que yo complete tu labor de curioseo echando un vistazo a los aposentos del Maede.
¿Puedes hacer eso? —La admiración empapó la voz de Caradhar—. ¿Y cómo sabes que no cuenta con sus propios Sombra que lo protejan?
No lo sé, la confidencialidad es sagrada. Pronto lo averiguaré... o me rajarán en el empeño. Entretanto, tú sigue trabajándote a Darial para... lo que sea que vayas a hacer. No es que envidie tus métodos con ese cabrón degenerado, pero son efectivos. Por vuestras conversaciones he pillado que vuestra amistad viene de atrás, ¿eh? —Su boca se torció en una mueca maliciosa—. Tranquilo; si tenemos éxito, yo mismo te ayudaré a caparlo cuando ya no nos sea útil.
No quiero que vuelvas a espiarme mientras... Con quién me acueste o cómo lo haga son asuntos míos. A menos que seas otro degenerado que se divierte mirando.
¿Divertirme? Podrías hacerlo mejor. Esta madrugada, mientras ese alquimista te estaba dando lo tuyo, tu cara reflejaba el mismo nivel de animación que tu entrepierna. —A punto de soltar una réplica cortante, el dotado se distrajo cazando al vuelo algo que el espía le había lanzado. Al abrir las manos vio que era la insignia broncínea de Llia'res—. Líbrate de eso. Mejor que no supongan que echas de menos tu antigua Casa.
Dicho esto, el desconocido se detuvo a escuchar ante la puerta antes de deslizarse fuera del cuarto. Caradhar no resistió la tentación de echar un vistazo, aunque ya no había nada que ver. Todo estaba en calma en el corredor desierto.

El Gran Laboratorio de Elore'il resultaba tan imponente como el de Therendanar o incluso más. Era la primera vez que Caradhar traspasaba aquellas puertas que había contemplado furtivamente noche tras noche. Desde la entrada ya alcanzaba a vislumbrarse el interior de una amplia sala donde varios alquimistas y aprendices se afanaban entre mesas, gradillas y estantes cubiertos con decenas de instrumentos; algunos le echaron una ojeada curiosa antes de continuar con su trabajo. Muy pronto, el sonido de pasos precipitados anunció la llegada de un sofocado Darial que tomó al joven por el antebrazo y lo condujo a una habitación lateral, a salvo de intromisiones. Dado que el paso de extraños era una violación del protocolo, Caradhar no había contado con ser recibido dentro del laboratorio, por lo que acogió la novedad con regocijo. En cuanto a Darial, su preocupación por las formalidades era mínima en aquellos momentos. Estaba irritado.
¿Dónde has estado estos tres días? —exigió saber, sin soltarlo.
Ocupado —mintió el interpelado. Aparte de darse un respiro, su alejamiento había obedecido a una simple maniobra para espolear el interés del alquimista.
Te dejé bien claro que no quiero que desaparezcas de mi vista sin avisarme. —Sus dedos se hundieron con crueldad en la carne—. Ahora no dispongo de tiempo para andar persiguiéndote por la maldita Casa.
Ahora estoy aquí. He venido expresamente a buscarte —repuso Caradhar con serenidad, a pesar del dolor—. Pensé que te satisfaría.
Darial estaba dividido entre el enojo y, sí, la satisfacción que le producía aquella visita. Disminuyó la presión y atrajo al muchacho hacia sí.
No deberías estar en este lugar. Pero te perdonaré la falta si eres muy obediente y vas a esperarme a mis aposentos. Tendrás que compensarme por tu ausencia —añadió con media sonrisa.
¿No vas a enseñarme el laboratorio?
Eso te gustaría, ¿eh? Por desgracia para ti, es territorio reservado a los alquimistas. De hecho, voy a meterme en líos si dejo que los demás te vean. No, haz lo que te digo. —Al notar la expresión de desencanto en su rostro, añadió—: Otro día veré lo que puedo hacer. Y ahora, vete.
Caradhar obedeció, no sin antes echar un último vistazo por encima del hombro. Darial permaneció atento a las puertas por las que había salido mucho más tiempo del que cabría esperarse. Cuando al fin reaccionó, regresó con premura a la gran sala. Quería despachar los asuntos de la jornada a toda velocidad. Quería volver a su dormitorio, encerrarse con él.
Su juguete se había convertido en su adicción.

Adhar, ¿a dónde estás mirando?
La escueta frase sobresaltó a Caradhar y lo trajo de vuelta del reino de sus pensamientos. Encima de él, Darial lo contemplaba con el ceño fruncido. Por supuesto, el joven no podía confesarle que estaba escudriñando las esquinas de la habitación para localizar un tipo de sombra más sólido o una pista que delatara la presencia del Darshi'nai. Optó por permanecer en silencio. Exasperado, Darial se levantó, se sirvió vino y vació la copa de un solo trago. Dos veces.
El muchacho no se movió de la cama. Tampoco habría podido hacerlo, ya que su brazo izquierdo estaba ligado al cabecero de madera con una larga tira de cuero. Ese era el juego del día. Aunque el cuero mordía su carne, Caradhar no se quejaba nunca; se limitaba a quedarse debajo de él y a ceder a sus deseos con muda sumisión. Al principio, el alquimista había desdeñado esa actitud con una sonrisita de suficiencia. Mientras obtuviese su placer, el resto poco le importaba. Sin embargo, el tiempo lo había vuelto ambicioso. Poseer un cuerpo sin voluntad no era suficiente, quería despertar sentimientos, saber que algo se retorcía en las entrañas de Caradhar con la misma intensidad que lo hacía en las suyas; cualquier cosa, excepto aquellos fríos ojos sin expresión. Y esa noche, por añadidura, se distraía con facilidad, como si su atención estuviera en otra parte. Como si se estuviese burlando de él.
Darial sintió que una burbuja de ira crecía en su interior. Se precipitó a grandes zancadas sobre su compañero, lo inmovilizó con su cuerpo y le clavó los dedos, convertidos en garras, en la piel del cuello. Aun así, Caradhar continuó callado. Aquello fue más de lo que Darial pudo soportar.
¿Te duele? ¿Quieres que pare? —preguntó, apretando los dientes—. ¡Pues suplícame! ¡Mírame, por una vez, y di algo! Sé que te he hecho daño muchas veces en todo este tiempo. Antes no tenías elección, pero ahora es distinto. Si tanto te asqueo, ¿por qué vienes a mí por voluntad propia? Por fuerza... por fuerza has de sentir algo... —afirmó. Su tono era desesperado—. Si me odias, ¿por qué no lo dices?
Al ver que Caradhar solo le devolvía la mirada, Darial liberó su presa y le propinó un golpe con el dorso del puño. El labio inferior del dotado comenzó a sangrar y a hincharse. Con el reflejo adquirido tras años de práctica, evitó que la herida se cerrase y dejó manar la sangre sobre su barbilla.
Era muy difícil para un elfo con el Don interrumpir a voluntad el proceso de curación de su cuerpo. La gran mayoría jamás lo intentaba, simplemente dejaba que la naturaleza siguiese su curso. Para Caradhar, las cosas habían sido diferentes. El tiempo pasado con Darial durante su infancia le había enseñado que, desde el retorcido punto de vista de su mentor, no tenía ningún sentido infligir un castigo corporal y que sus huellas desapareciesen al momento. El alquimista obtenía un placer morboso con la visión de las marcas sobre la piel pálida del muchacho; privarle del mismo solo conducía a nuevos castigos y a una mayor cantidad de dolor al que ni él, ni ningún otro dotado, eran insensibles. El mecanismo de supervivencia se había convertido en un reflejo condicionado, y seguía ahí años más tarde.
Algunos golpes apremiantes interrumpieron la escena. Cuando los gritos para ahuyentar al intruso ya se agolpaban en la garganta de Darial, la puerta se abrió de par en par y permitió el paso a una elfa. Sus largos y lisos cabellos oscuros enmarcaban un rostro anguloso, de ojos rasgados y labios finos de color bermellón. Diáfana seda azul ceñía su cuerpo pequeño y delgado. Era bella, aunque había dejado de ser joven hacía mucho tiempo, y la desagradable mueca de desprecio con la que contemplaba a Darial y a Caradhar intensificaba unas diminutas arrugas de expresión. En respuesta inmediata a su llegada, el lívido alquimista saltó de la cama, buscó una túnica con la que cubrirse y corrió a mostrar sus respetos a la recién llegada. Ella lo ignoró; se mostraba más interesada en Caradhar, cuya figura analizó con una mueca difícil de interpretar. El dotado no se molestó en cubrirse. Sus ojos rojos la examinaron a su vez y descubrieron que llevaba un colgante con un sello muy familiar, una criatura mitológica compuesta por partes de animales diferentes.
Así que esta es la razón de que hayas sido tan evasivo durante las últimas semanas —dijo la elfa a modo de saludo—. De hecho, tu razón te mantiene tan ocupado que ha hecho que tu rendimiento decrezca de manera considerable.
Su Señoría...
Ella lo interrumpió sujetando su barbilla con la mano cargada de anillos. Las largas uñas incrustadas de gemas se le clavaron en la carne.
Darial, a pesar de tu pésima reputación, sabes que siempre has sido objeto de mi estima. Pensaba que el sentimiento era mutuo. En esta posición de responsabilidad lo que importa son los resultados, y yo necesito un asistente devoto y leal que me ayude a conseguirlos. Si yo no estoy satisfecha, el Maede no lo estará tampoco, ¿comprendes? Hasta ahora no le he dicho una palabra, pero me pregunto qué pensaría si supiera lo que te dedicas a hacer con uno de sus preciosos dotados. —La tentativa de réplica de Darial fue sofocado con una bofetada. Uno de los aparatosos anillos le rasgó la mejilla, dejando un surco ensangrentado—. Será mejor que dejes de complacerte con tu chiquillo y empieces a complacerme a mí. Si sabes lo que te conviene.
No añadió nada más antes de marcharse. Demasiado confuso para hablar, Darial cerró la puerta tras ella, se dirigió con paso vacilante a la cama y se sentó. Al rozarse la cara pareció manifestar cierta sorpresa al hallar sus dedos teñidos de rojo; entonces Caradhar se estiró cuanto daban de sí las ligaduras, humedeció su dedo índice en la sangre de su propia herida y lo deslizó sobre la mejilla de su compañero. El corte se cerró al instante.
Para el joven dotado, cerrar una herida era casi un acto reflejo. Para Darial, que nunca antes había experimentado la acción curativa del Don en su propio cuerpo, la calidez sobre la piel y la mirada serena del joven fueron embriagadoras. Dominado por el vacío que sentía en la boca del estómago, empujó sobre el colchón a Caradhar y lo besó, saboreando la sangre que aún cubría sus labios. Para él había una única forma de llenar ese vacío: pasaba por hacerse hueco entre las piernas separadas del joven. Sus movimientos al penetrarlo fueron ansiosos, aunque más gentiles que en otras ocasiones, como si quisiese disfrutar la sensación de la carne rindiéndose mientras se abría camino. Sus ojos también participaron en la experiencia, buscando los iris rojos del dotado, invitándolo a asomarse a los suyos y compartir su placer. Cuando culminó, por vez primera en todos aquellos años de encuentros furtivos se esmeró en retribuir al joven por sus esfuerzos y enterró la cabeza entre sus muslos. La primera reacción del sorprendido Caradhar fue tensarse y abrir los ojos de par en par. Al convencerse de que el gesto no era otro de sus pequeños tormentos, acabó cerrándolos poco a poco.
Entrada la noche preguntó:
¿Esa era el... la Gran Alquimista?
Sí.
No sabía que fuera una elfa.
Darial rio entre dientes, depositando besos aquí y allá sobre la piel al alcance de su boca.
¿No lo sabías? El Maede es un maestro del control sobre sus súbditos, y no solo usa el poder de las pociones. Esa bruja se cree muy especial porque de tanto en tanto su amo y señor tiene a bien prestarle un hueco en su colchón. En fin... siendo justos, lo cierto es que ella custodia la llave del gran poder de Elore'il, y nadie, ni aun la Maediam, disfruta de tantos privilegios.
Así que ella elabora las fórmulas.
Es la única con esa prerrogativa.
¿Y si algo le ocurriera?
Darial meditó la cuestión durante un instante.
Entonces uno de sus asistentes habría de tomar su lugar.
Un largo silencio cayó entre ambos.
¿Qué harás ahora? ¿Dejarás de verme? —preguntó Caradhar, en un sutil cambio de tema que no era tal—. Si es tan poderosa, no creo que debas arriesgarte.
¿Eso te gustaría? —Los dedos de Darial se hundieron en el rojo cabello—. ¿Crees que voy a renunciar a ti con tanta facilidad? No; es posible que tenga que humillarme un poco y seguirle el juego a esa perra durante algún tiempo, pero ya pensaré en algo.
Caradhar cerró los ojos; pronto, su respiración se volvió lenta y regular. Darial, en cambio, permaneció despierto toda la noche, su mente bullendo con ideas y sentimientos.




De vuelta a su habitación, el elfo pelirrojo se dio de bruces con una familiar figura de negro tumbada con desvergüenza sobre su cama.
Hola, Adhar. ¿Puedo llamarte Adhar? He oído que tus amigos íntimos suelen llamarte así —saludó el intruso, que no era otro que el Sombra. Aunque el interpelado frunció en ceño, no replicó—. Como ves, estoy de vuelta, y traigo la cabeza sobre los hombros. Eso quiere decir que no me han pillado, ¿eh? Tras una sesuda planificación, he conseguido husmear en los aposentos del Maede. Oh, nada de alabanzas, el pájaro es un tanto despreocupado en lo que a seguridad se refiere y he visto cosas peores. Digamos que se confía en sus habilidades personales.
¿Qué has descubierto?
Para empezar, las habitaciones son inaccesibles desde la calle. Habría que tener alas u ocho patas para colarse por ahí. A la entrada, la guardia personal hace turnos para vigilar hasta cuando no está el Maede. Las puertas son muy sólidas, y (esto es bueno para nosotros) amortiguan el sonido. Dentro hay una antecámara que lleva al dormitorio en sí a través de un corredor estrecho. El cabrón astuto tiene poco mobiliario que permita ocultarse, aparte, eso sí, de un camastro brutalmente grande que es aficionado a llenar cada noche. A los pies hay otra camita más pequeña donde el desgraciado obliga a pernoctar a la pareja de mellizos dotados que le sirven. ¡Las cosas que habrán visto y oído esos críos! No creo ni que se moleste en hacerlos salir mientras se está tirando a sus fulanas de turno. Dado que uno de los mellizos es una niña, habría que preguntarse, más bien, si la camita no está medio vacía cada noche. —Caradhar se revolvió, incómodo por las revelaciones—. No me digas que estoy hiriendo tu sensibilidad. En resumen, el tipo se ha cubierto las espaldas contra un ataque a distancia. Las habitaciones están diseñadas sin recovecos, sin grandes espacios. Y cuando sale siempre lleva escolta y conserva a sus dotados a mano.
Si eres capaz de colarte en su dormitorio, ¿qué te impide atacarlo de cerca?
El Sombra le lanzó una mirada incrédula. Como si estuviera explicándole algo a un niño no muy brillante, explicó:
Chico, ¡nadie puede atacarlo cuerpo a cuerpo! A estas alturas ya deberías saberlo, has probado su poder. Joder, soy bueno, pero si fuera tan sencillo... Estar en el primer círculo es igual que vivir rodeado de carroñeros esperando que des un traspiés para ocupar tu lugar. En este juego, un elfo de su posición no dura ni dos días a menos que sepa cuidar de sí mismo. Y él sabe.
¿Me facilitarías a mí un acceso a sus aposentos?
Tú eres idiota o no me estás escuchando. A ver, ¿qué crees que podrías hacer? No voy a allanarte el camino para que te suicides.
No planeo suicidarme. Es solo que, llegado el caso, he de saber cuáles son mis opciones.
¿Andas rumiando algo después de tu charlita con el alquimista? La charlita y todo lo demás, claro. Estuviste divertidísimo fisgoneándolo todo para ver si me pillabas. Por poco no me meo en los pantalones de la risa.
¿Dónde diantres estabas...? —Caradhar se ahorró concluir una pregunta que no recibiría ninguna respuesta—. Muy bien. Si no te perdiste detalle, no veo la necesidad de contarte nada más.
Sé lo que vi, no lo que te pasa por las mientes. Eres muy sutil manipulando a ese puerco. Si tu intención es la que creo, y tienes éxito... Vaya, entonces no sé quién me encogería más las pelotas, si el Maede o tú. —Dejó de hablar de súbito y aguzó el oído—. Viene gente, me largo.
Al pasar junto a Caradhar, el Sombra aferró su barbilla y luego la muñeca izquierda, allí donde el golpe y las ligaduras de cuero debieran haber dejado señales; ambos estaban intactos. Aunque sus dedos enguantados se demoraron más tiempo del preciso sobre la piel, el dotado no protestó; se esforzó, en cambio, en distinguir más rasgos de aquel rostro ensombrecido por la tela oscura.
Si algún día tengo oportunidad de atarte, no me sentiré culpable por dejarte marcas —comentó, en tono jocoso, el Darshi'nai.
No la tendrás.
Caradhar retiró la mano con brusquedad. Había tal frialdad y decisión en sus ojos rojos que su espía particular, desvanecidas las ganas de continuar la broma, se esfumó.







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2017/08/14

EL DON ENCADENADO V: Fantasmas del pasado






Es una sustancia notable, sí, señor. ¿Y dónde dijiste que la habías conseguido?
Al resonar en las húmedas y oscuras paredes de la fétida estancia del laboratorio, la voz que había pronunciado esas palabras resultaba aún más perturbadora. Muy pocos elfos —ninguno ajeno a la profesión— frecuentaban el Gran Laboratorio del castillo del príncipe de Therendanar. Y, sin embargo, Caradhar se sentía cómodo entre aquellos muros. Y con aquel humano.
Maese Jaexias era tan inquietante como su voz: delgado hasta lo imposible, pequeño, encorvado, con una piel grisácea que parecía adherirse directamente a su decrépita osamenta. Ni un pelo cubría su cuerpo y, bajo el mondo cráneo, dos ojos de un desagradable azul acuoso observaban el mundo sin un par de cejas que los coronasen. Pero era aquella voz cavernosa, que brotaba de su garganta igual que una corriente de ultratumba, lo que más incomodaba a quienes lo conocían.
El alquimista apenas había cambiado desde que Caradhar, siendo poco más que un crío, visitara el laboratorio por primera vez con los aprendices de su antigua Casa. Si se consideraba la gran longevidad de los elfos, el hecho habría dejado atónito a cualquiera. Tal era el poder de las fórmulas que prolongaban la vida de los adeptos. Casi todos los alquimistas humanos las consumían, en un intento de aferrarse a una existencia que quizá los condujera a más descubrimientos. Secuela de la prolongación antinatural del ciclo vital era aquella apariencia de cadáver animado que tan común era entre ellos; un precio que pagaban gustosos aun cuando los convirtiese en ermitaños a la fuerza. Maese Jaexias era tan viejo que la mayoría había olvidado su auténtico nombre —incluido él mismo, a veces—, así que todos se contentaban con llamarlo Viejo Zorro.
En las escasas ocasiones en las que Caradhar viajaba a la ciudad, pasaba todo el tiempo con él. Era una relación curiosa: el elfo procuraba aprender cuanto podía del saber alquímico humano y aquel adepto le infundía confianza y respeto. En cuanto al viejo alquimista, atraído en principio por la perspectiva de estudiar de cerca a un elfo con el Don, había pasado de tolerar al muchacho a apreciar su compañía de una forma que no alcanzaba a explicarse. Con él eran todo ventajas, dado que no le molestaba aquel lóbrego y pestilente lugar, hablaba poco y era de carácter calmado y desapasionado, a diferencia de la mayoría de los indisciplinados aprendices que, cada vez en menor cantidad, aceptaba bajo su tutela.
Así pues, no fue extraño que el elfo aprovechase los pocos días de permiso concedidos en Elore'il para escabullirse a Therendanar y visitar a su viejo conocido, a cuya mesa estaba sentado. Entre ellos descansaba una cajita de madera con una muestra del contenido del cofre hallado en Ummankor, una fina capa de pequeñas escamas de color gris plateado. Su procedencia era lo que había despertado la curiosidad del alquimista.
No te lo dije —fue la evasiva respuesta de Caradhar. El alquimista le clavó los ojos desde la profundidad de sus hundidas cuencas, pero no insistió.
Observemos qué pasa si...
El viejo tomó un pellizco de las ligerísimas escamas con su mano enguantada, las esparció en una bandeja sostenida sobre un trípode y acercó una llama. Lanzó entonces un gruñido pseudoarticulado. Un aprendiz, cuyo rostro era el vivo retrato de la resignación, entró en el lóbrego cuartucho y se aproximó a la mesa; volutas de humo surgían del fuego, elevándose hasta sus fosas nasales. Una transformación curiosa se operó en él cuando las inhaló: su cuerpo quedó paralizado, agarrotadas sus extremidades, su mirada perdida en algún punto de la pared. Aunque la rigidez se mitigó poco después, permaneció allí sin moverse y sin abrir la boca.
Caradhar no perdió detalle del experimento. Al volverse hacia el viejo notó que se había mantenido a una distancia prudencial y se cubría la parte inferior de su rostro con una mascarilla de tela gruesa, a través de la cual aún alcanzaban a oírse sus gruñidos de aprobación. Viejo Zorro colocó entonces una campana de vidrio sobre el trípode y el aprendiz recuperó los sentidos de manera gradual, como si despertase de un profundo sueño.
¿Cómo puedo serle útil, maestro? —preguntó, perplejo. En apariencia, el episodio se había borrado de su memoria.
Ah, no te preocupes, no es nada, puedes marcharte, dónde tendré la cabeza... Has sido de mucha utilidad, sí, señor.
El alquimista lo despidió con un vaivén de su mano huesuda, concentrando su atención en la burbuja de cristal. Su asistente se retiró, aturdido, si bien notoriamente aliviado por conservar todos sus miembros intactos.
Es muy volátil —comentó el viejo, más para sí que para su compañero—. Reactivo al fuego, y te apuesto a que también puedes usarlo en base líquida. ¿Lo has visto? Mi ayudante no tendrá el cerebro más brillante de los alrededores, de acuerdo, pero tampoco suele mostrar la agilidad intelectual de una lombriz de tierra. Esto prueba lo potente que es la sustancia, sí, señor. ¿Cuál será el uso al que está destinada? —preguntó, expectante.
Todavía no lo sé. Trataré de averiguarlo. Gracias, Viejo Zorro.
Caradhar tomó la cajita, levantó la campana de vidrio, arrojó la bandeja al fuego —para decepción del alquimista— y se marchó.
Qué chico, ni se molesta en inventar excusas. Cortante como un cuchillo, sí, señor, pensó Maese Jaexias, alias Viejo Zorro. Y muy hábil. El humo no lo afectó en absoluto, ni cuando retiró la campana. Me pregunto a qué se debe esa curiosa resistencia. Me pregunto...


Dado que aún le quedaba un día antes de regresar a Elore'il, Caradhar aceptó la última invitación clandestina de la Maediam y la visitó en su refugio de la Zanja. Tal decisión no fue tomada a la ligera. No deseaba seguir escuchando la historia, pero todas esas noches en solitario, rememorando una y otra vez la imagen de su espada sesgando la vida de Nestro, habían acabado por hacer mella en su determinación. Cabría mencionar que su actitud al regresar al escondite fue muy diferente, pues no se mostró cauto, ni cohibido, ni respetuoso. Corail le había revelado su mayor secreto y con toda seguridad habría de querer algo de él; ya no se sentía en inferioridad de condiciones en un lugar donde ambos tenían un pasado turbio y un futuro incierto.
Adelante, Caradhar, me hace muy feliz que aceptes mi invitación —lo saludó ella después de ser recibido por la misma doncella de la primera visita—. Después de tanto tiempo, casi había perdido la esperanza de que me permitieras disfrutar de tu compañía, mi querido...
No hagamos un drama de esto, mi vaiam —la cortó el, con voz inexpresiva—. ¿Qué es lo que tenéis que contarme?
La verdad. Y quisiera empezar por calentar esta fría atmósfera entre nosotros, hijo mío. En privado no es necesario que me llames Maediam ni que uses ese lenguaje tan cortés.
De acuerdo, Corail —silabeó el dotado sobre el borde de su copa de vino—. Habla.
La elfa sonrió para sí. No había esperado que la llamase madre de buenas a primeras y, al menos, aquella manera de dirigirse a ella sonaba más personal que mi vaiam.
Sé que te habrás preguntado por qué sucedió y por qué te lo revelo ahora. La respuesta es muy simple: miedo. Como hija menor de Llia'res, mi deber era emparentar con una Casa de mejor rango para salvaguardar el honor de la mía. No te pido que imagines mi temor cuando yo, que por entonces servía en el Templo de la Luna, descubrí que estaba encinta. Lo que debí hacer para ocultarlo, lo que removí para que se te garantizase una posición segura en Llia'res... Poco después, el Maede Killien en persona solicitó mi mano. Era la mejor oportunidad que iba a presentárseme en la vida. Aunque quise traerte conmigo, tu Don te hacía demasiado valioso para que mi hermano aceptase entregarnos a los dos a Elore'il. Fui débil..., y te dejé atrás. Incluso ahora, tras todos estos años, dirás que me impulsan motivos egoístas para querer tenerte a mi lado, porque eres mi único hijo y el último consuelo de mi soledad, pero... —Colocó una mano en la rodilla del joven. Este no trató de apartarla—. Esa es la realidad, Caradhar, no puedo renunciar a ti. A pesar de mis errores y del destino, siempre me has inspirado el más tierno afecto. Eres mi sangre.
¿Y por qué no tienes hijos con el Maede? La Casa lo comenta —le espetó el elfo. Ella retiró la mano de golpe, como si el contacto la quemara—. Solucionaría tus problemas. Ya no me necesitarías.
Duele tanto que digas eso... Bien, me lo merezco y lo acepto, igual que me merezco este destino que los dioses han decretado para mí. Es evidente que han querido castigarme por el terrible pecado de abandonarte, pues mis entrañas se marchitaron después de hacerlo y ya no he sido capaz de volver a concebir. Ni todos los galenos y alquimistas, ni sus pócimas, ungüentos y elixires han podido remediarlo. Mi marido, Killien, es un ser vil, cosa que ya has comprobado por ti mismo. No deja pasar un día sin echarme en cara, con palabras hirientes, cuán inútil le resulto. Me amenaza con repudiarme y desposar una jovencita que le dé hijos y, mientras tanto, llena su lecho con... cortesanas, sin tener siquiera el pudor de hacerlo a mis espaldas. Sí, los dioses deben considerar que he de sufrir mucho para purgar mi culpa.
Corail se levantó para colocarse a la espalda de su hijo, deslizó las manos sobre su cuello y lo abrazó, bajando la cabeza de manera que sus labios rozasen el oído del joven. Continuó hablando en susurros, su aliento cálido bañándole la piel.
Ahora te veo, tan hermoso, y me pregunto si los dioses no abrigaban otros planes; si no han decretado, en su sabiduría, que el vientre que ha dado a luz un fruto tan perfecto no puede sino secarse, exhausto. —Desató la cinta que sujetaba los largos cabellos de Caradhar y esparció la melena, en roja oleada, sobre sus hombros—. Yo te digo, hijo mío, que no hay uno solo en Elore'il que pueda comparársete. Si el cielo se dignase a mostrar justicia, Killien desaparecería y el fruto de mi vientre sería el próximo Maede de la Casa. —Corail se inclinó aún más sobre él, mejilla contra mejilla, mezclando sus cabelleras. Un sedoso mechón encarnado se deslizó hasta la comisura de sus labios—. Mi sangre, y no ese monstruo cruel que tiraniza a cuantos le rodean con ese poder perverso, que te forzó a levantar el arma contra nuestro querido Nestro, a pesar de lo mucho que significaba para ti. ¡Cuánto daño nos ha hecho! Ruego para que veamos la luz y, de una forma u otra, nos sea mostrado el camino a nuestra liberación.
Apartó el mechón y besó la porción de piel donde antes estuviera. Caradhar no se inmutó ni se debatió; su mirada, perdida en el vacío, tampoco siguió a Corail mientras se encaminaba hacia la puerta.
Mas tú no debes arriesgarte, hijo mío, eres todo lo que me queda. Mantente a salvo, no te arriesgues, no hables con nadie. Y recuerda que tu madre te quiere.


En la etapa que siguió a la charla con Corail, Caradhar dedicó mucho tiempo a sopesar su futuro en la Casa. Resolvió, en principio, que su madre continuaría ignorando la verdad sobre su papel en la ejecución del maestro de armas. ¿Le había pedido que no contase nada a nadie? La complacería, comenzando por su aparente inmunidad a las insólitas habilidades del Maede.
La naturaleza de estas y su conexión con la sustancia analizada por Viejo Zorro eran lo que más lo intrigaba. Para sonsacar a la Maediam sobre cuanto sabía al respecto, aceptó otra invitación a su refugio y la sometió a cuantas preguntas le vinieron a la mente. No tardó en comprender lo poco que sacaría de ella, puesto que Corail caminaba a ciegas respecto a los logros del laboratorio de su Casa. Eran secretos, suponía, que Killien solo compartiría con el Gran Alquimista; su mano derecha, según le habían revelado. El laboratorio era el objetivo al cual tenía que dedicar sus esfuerzos, mas ¿cómo hacerlo, cuando ni siquiera le estaba permitido acercarse? ¿Cuando nadie le hablaba de lo que sucedía dentro de sus muros? ¿Cuando no había llegado a conocer a ningún alquimista?
Entusiasmada por disfrutar la compañía de Caradhar, Corail le rogó que no regresase a Elore'il para poder reanudar sus conversaciones por la mañana. Esa noche, mientras el joven cavilaba en la oscuridad de la alcoba que le habían asignado, el suave ruido de la puerta deslizándose atrajo su atención hacia ella. Sobre el umbral se dibujó una silueta femenina. Imaginando que sería Corail, hizo ademán de prender la palmatoria de su mesita, pero la silueta se acercó, presurosa, y colocó una mano liviana sobre la suya para impedírselo. Comprendió entonces, con una mezcla de alivio y decepción difícil de explicar, que se trataba de la doncella de su madre.
Hola. No sé cuál es tu nombre —saludó él, sin recibir respuesta. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, escrutaron a su silenciosa compañera. Ella mantuvo la vista baja durante unos instantes; después se llevó una mano a la boca y sacudió la cabeza—. ¿No puedes hablar? —Se produjo un nuevo silencio, durante el cual la muchacha pasó a señalarse la garganta y a continuar negando—. Ah, eres muda. —Ella asintió con timidez—. ¿Qué es lo que quieres de mí?
Tras una primera vacilación, la elfa soltó los cordones que anudaban su túnica ligera y se desprendió de ella. No llevaba nada más. En la penumbra, los ojos de Caradhar recorrieron toda aquella piel desnuda: un cuerpo menudo de líneas armoniosas, el vientre que le subía y bajaba con rapidez. Permaneció en silencio, sin hacer gesto alguno. Ella titubeó ante aquella falta de iniciativa. Moviéndose con cautela, como si temiese ser rechazada, se colocó a horcajadas sobre las piernas extendidas del joven y alzó los brazos para desatarse la larga melena, que se desparramó sobre su espalda. Al hacerlo, las curvas de sus pechos quedaron expuestas ante él con toda su voluptuosidad. Las manos de Caradhar se movieron, por iniciativa propia, a acariciar aquella suave carne que se le ofrecía; manos que después, sin delicadeza alguna, se deslizaron por la espina dorsal de la muchacha y se crisparon sobre sus nalgas para atraerla hacia sí.



Era una muchacha bonita y obediente, justo lo que el joven necesitaba entonces para llenar su cama vacía. Después de que Corail lo convenciese para prolongar su estancia, disfrutó de su compañía a lo largo de todas las noches que permaneció allí.


A las puertas de Elore'il, Caradhar se vio inmerso en el revuelo ocasionado por una comitiva en su regreso a la Casa. Aunque en un primer momento quiso aprovechar el gentío para colarse sin llamar la atención, se detuvo cuando vio descender del carruaje que escoltaban una figura con el escudo del Gran Alquimista sobre sus ropas de viaje. Una capucha velaba sus facciones. El pelirrojo se volvió hacia uno de los curiosos entre la multitud.
¿Es el Gran Alquimista?
El interpelado miró al joven con cierto desdén.
Por supuesto que no, todo el mundo sabe que nunca se ausenta de la Casa. Se trata de su asistente principal.
Cuando el dotado pudo echar un vistazo a lo que aquella capucha dejaba en sombras, su semblante se congeló. Y tal vez fuera la sensación de aquella mirada helada fija en él, pero lo cierto es que el asistente desvió los ojos y se encontró con los del dotado. Una chispa de reconocimiento brotó en ellos al cabo de un breve examen, junto con una sonrisa desagradable en su boca.
Caradhar no había necesitado hacer ningún esfuerzo para recordar. Reconoció en el acto el rostro de Darial, el alquimista influyente gracias a cuyo encaprichamiento él había tenido acceso a los laboratorios de Llia'res y Therendanar.


A lo largo de los días siguientes, Caradhar comprobó que su situación en la Casa había cambiado. Para empezar, apenas le era posible dar diez pasos sin que algún guardia controlara sus movimientos. Los dotados eran demasiado valiosos para que les permitiesen vagar a sus anchas, cierto, pero si tan caras eran sus habilidades al Maede, si lo había aceptado en la guardia, ¿por qué nunca lo convocaba ante su presencia? Difícilmente iba a poder cumplir sus nuevas funciones —y estudiarlo de cerca— si era mantenido de lado a propósito.
Igual de frustrante había resultado su reencuentro con Darial, una parte de su pasado que nunca habría querido tener de vuelta. Y una difícil de esquivar, pues ¿cómo conducirse con discreción cuando todos en la Casa sabían quién era ese dotado pelirrojo que había ejecutado al maestro de armas? Cualquiera podía ofrecer indicaciones sobre su paradero, en cualquier momento alguien se presentaría ante su puerta. Transcurridos tres días sin ningún incidente, el joven bajó la guardia. Quizá había sido su imaginación y Darial no lo había reconocido; o quizá no le importase en absoluto después de varios años.
Para llenar su tiempo, se empleó a fondo en una larga y tardía sesión de esgrima en solitario; por más que el Maede hubiese dado la orden, a nadie le apetecía mostrarse amigable con el asesino del carismático Nestro. Los elfos sentían predilección por las espadas ligeras y eran famosos entre los humanos por su hábil estilo a dos manos, con dos hojas de igual o diferente tamaño. El joven dotado se empecinó, sin embargo, en blandir una espada bastarda que apenas podía sostener. Aunque sus movimientos lentos y desmañados arrancaron sonrisillas de burla del resto de sus compañeros, él los ignoró con indiferencia. Solo sabía que descargar golpes sobre algo hasta quedar exhausto iba a hacerle sentir mejor.
En los baños todo estaba en silencio. Tras despojarse de las botas y la camisa acolchada, se sumergió en una de las tinas de piedra. La superficie del líquido templado le devolvió su reflejo, un rostro con la acostumbrada falta de expresión, suavizado esa vez por un sentimiento de alivio. El alivio de no verse forzado a confrontar cierto fantasma del pasado.
Hundió la cabeza en el agua y la mantuvo así largo rato. Al emerger con brusquedad y abandonar la tina, su cabello rojo se esparció en torno a su espalda, rociando agua en todas direcciones. Un resoplido le hizo volverse con rapidez: tomada por sorpresa por la ducha repentina, una figura se hallaba de pie a dos pasos de su baño. El fantasma.
Darial era un elfo alto y de complexión ligera. Su rostro, enmarcado por largos cabellos rubios, era atractivo, pero el conjunto desmerecía debido a una boca cruel de labios excesivamente delgados, como un tajo sobre su mandíbula cuadrada. No había cambiado ni un ápice desde que Caradhar lo conociera en Casa Llia'res. Aquella época que el tiempo había relegado a un rincón oscuro de su memoria regresó ahora, vívida, por obra de la perversa sonrisa y los taimados ojos amarillos de Darial.
Quién iba a decírmelo... Déjame que te mire. —El elfo rubio alargó la mano de dedos largos y finos para sostener en alto la barbilla de Caradhar mientras sus ojos supervisaban todo su cuerpo. Dado que se revolvía, lo acorraló contra la pared para bloquear cualquier tentativa de escape—. ¿No te alegra volver a encontrarnos? Oh, aunque ya no eres un niño, no has perdido tu encanto. Y es obvio que no me has olvidado.
Tras insertar el pie derecho entre los del joven, lo forzó a separar las piernas. Su índice trazó la línea de su mandíbula hasta los labios y se deslizó entre ellos para abrirlos, inclinándose hasta que los suyos propios quedaron suspendidos a un soplo de distancia. La mano izquierda invadió el espacio accesible entre sus muslos y palpó en busca de su entrada trasera. El frente fue ignorado por completo, como si al maestro alquimista solo le interesasen las partes de él que no delataban su género.
¿No quieres mirarme, Adhar? Mírame.
Ese diminutivo ya olvidado... Esa rudeza en una zona de su cuerpo que no había usado en años... Los fríos ojos de Caradhar, hasta entonces perdidos en el vacío, se enfocaron en los de Darial. Su impasibilidad hizo que se recrudecieran los ataques de la mano intrusa, hasta el punto de que el dotado tuvo que morderse la lengua para ahogar un gemido. Para su alivio, un sonido proveniente del corredor forzó al cazador a soltar a la presa; eran un par de guardias que entraban a tomar un baño de última hora. El contrariado Darial no tardó mucho en darse la vuelta y marcharse, pero no sin antes susurrar a Caradhar: «Vendrás a mis aposentos a medianoche. No me obligarás a ir a buscarte y arrastrarte hasta allí, ¿verdad?».
Acostumbrado a ver frustradas sus expectativas, el joven concluyó su aseo con rostro imperturbable, aparentando una calma que no se correspondía con la tormenta de sus pensamientos. Recordó, sin poder evitarlo, sus años de infancia, el silencioso huérfano que rondaba Llia'res con la libertad otorgada por su condición de dotado, sin otro precio a pagar más de algún corte que otro cuando alguno de los nobles precisaba su sangre curativa. Si bien era poco disciplinado, soportaba bien los castigos y el dolor, y no se quejaba cuando lo sangraban ni cuando lo enviaban al laboratorio para que los alquimistas experimentasen con él. El asistente del Gran Alquimista, el alto elfo de ojos amarillos llamado Darial, solía solicitar su presencia a menudo. Hallaba un placer extravagante en evaluar el alcance del poder de su sangre —nunca en sus propias heridas, por supuesto; no dudaba en lesionar a otros para ello— y en estudiar su fisiología. Y Caradhar lo toleraba. Había descubierto cuánto le gustaba rondar por las instalaciones de los alquimistas, tocar sus equipos y observar cómo transformaban sustancias simples en compuestos cuyas propiedades se le antojaban mágicas; visitar aquel lugar tan interesante bien valía la incomodidad. Y conforme pasaba el tiempo notaba los ojos de Darial más fijos en él, y más prolongados sus contactos físicos, hasta que, cierto día, le ofreció llevarlo con él al Gran Laboratorio de Therendanar «si era un chico bueno y obediente». Ignoraba el alcance de esas palabras. No lo averiguó hasta aquella misma noche, en el dormitorio de Darial.
Siempre fue así, hasta la marcha por la puerta grande del prestigioso alquimista y, con ella, la recuperación de su limitada libertad. Mas, por mucho que hubiese desterrado los recuerdos a un nivel profundo de su subconsciente, el retorno de aquel elfo hacía imposible ignorarlos. El regusto a humillación volvía a anidar en su lengua.
Barajó soluciones peregrinas hasta que una idea fría y racional se alzó sobre las demás: aquella era una oportunidad única de aproximarse a los secretos del Gran Alquimista. Una oportunidad que no habría de reportarle ningún placer, cierto, pero que quizá le granjease la entrada en el dominio alquímico de Elore'il, igual que antes. Después de todo, ¿importaba mucho el placer? No lo había sentido cuando Darial decidió convertirlo en su juguete; ni al sufrir los castigos de sus otros guardianes para acabar con su orgullo y forzar en él obediencia; ni al obedecer órdenes, pasar largas y heladas noches en solitario e, incluso, consumir alimentos que no alcanzaba a saborear. Le recordaba a la historia de su vida y, por lo tanto, para él no era nada extraordinario.


El alojamiento de Darial formaba parte de una larga fila de departamentos que incluían el laboratorio, algunos almacenes y los aposentos personales del Gran Alquimista, custodiados por grandes puertas reforzadas. Aquello fue todo lo que Caradhar pudo averiguar en su discreta inspección en mitad de la noche antes de volver a la habitación del alquimista. El elfo rubio parecía dormido. Su joven acompañante terminó de vestirse y se preparó para volver a su propio dormitorio.
Sentado en la oscuridad, intentó no pensar en lo que había tenido que hacer tras obedecer la llamada nocturna de Darial. Él era la causa por la que el pelirrojo jamás permitía que nadie lo tomase. Era su primer compañero de cama, la única relación que no había escogido libremente... y también la única que jamás le había dado placer.
Aunque era posible que a los ojos de la mayoría Caradhar fuese una víctima, semejante idea habría resultado incomprensible para él. Tal vez se sintiera así en sus primera etapa como mascota de alcoba de Darial, pero el sentimiento había pasado pronto; el dolor físico solo dejaba una impronta temporal, bastante insignificante para su cuerpo bendecido con el Don. Por lo que respectaba a cualquier otro tipo de dolor, Caradhar era incapaz de sentirlo.
Aquel día, razonaba, se encontraba allí por su propia voluntad. Aun así, sentía una vaga repugnancia hacia la manera sumisa que había tenido su cuerpo de responder a los avances del alquimista. ¿Años de padecer ese tratamiento le habían tallado una huella tan profunda? No, negaba para sí. Él ya no era el mismo, había tenido que esforzarse para no quitárselo de encima mientras lo penetraba. Su naturaleza sexualmente dominante chocaba con la de Darial; sentir su cuerpo tratado como un juguete no le proporcionaba placer, sino rechazo.
No obstante, era lo que debía hacerse por el momento.
Cuando ya se deslizaba fuera de la habitación, una luz brilló junto al lecho del alquimista.
¿A dónde crees que vas?
Creí que habías terminado. Iba a mi cuarto, a dormir.
¿Y quién te ha dicho que podrás dormir? —Con una de sus risitas burlonas, Darial palmeó el lado vacío del colchón—. Vuelve aquí. A lo mejor te dejo marchar... más tarde.estello de un relámpago, una chispa de luz se reflejó en los ojos rojos del elfo. Por un instante semejaron estar vivos.





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