2017/12/25

EL DON ENCADENADO XVI: La ignorancia no es dicha





Era una mañana brillante, y el patio de la sala de entrenamiento de Casa Elore'il estaba abarrotado de guardias que practicaban bajo el cálido sol, satisfechos de haber dejado atrás las largas sesiones dentro de la oscuridad de aquellos muros. La guerra se respiraba en el ambiente, y quizá muy pronto sus habilidades debieran ser probadas en el campo de batalla.
Entre ellos se encontraba Sül. Aquello era una novedad para él, ya que hasta entonces siempre había hecho uso de las instalaciones a la caída de la noche, cuando la mayoría de los soldados se habían marchado. En aquellos días no era imprescindible ser discreto y solía disponer de mucho tiempo libre, así que se unió a los otros, evitando, eso sí, llamar la atención o establecer cualquier tipo de vínculo con sus compañeros. Estos, por su parte, miraban al elfo con cierta desconfianza. Sabían que había algo diferente en él y eran incapaces de deducir su posición en la Casa, por lo que procuraban guardar las distancias.
Un molesto murmullo creciente y algunas risitas furtivas lo distrajeron en medio de una serie de flexiones a una mano con peso adicional en la espalda. Haciendo gala de su disciplina, las terminó antes de echar un vistazo; allí, entre la marea de caras marciales, lo observaban los interesados ojos de Caradhar.
Toparse con el dotado en un lugar público era tan extraño como lo había sido para él salir a cielo abierto. Su presencia atrajo mucha curiosidad—era imposible no reparar en su melena y librea rojas—, incluida la de Sül, quien no pudo sino admirarse de la belleza de su compañero bajo la luz del sol. Días de aislamiento impuesto por el absorbente Maede habían provocado que llegase a echarlo de menos. Sonrió y se acercó a él, con los ojos oscuros rebosando satisfacción.
¿A qué se debe el milagro? Pensé que estarías haciendo de niñera. Lo último que me esperaba era girarme y pillar un petirrojo en medio de todos estos cuervos.
Me he esfumado aprovechando que el Maede iba a recibir lecciones de protocolo para complacer esposas. —Sül rio de buena gana—. Tu piel se ha bronceado.
Caradhar también había estado estudiando al Sombra mientras entrenaba. El jubón sin mangas que llevaba permitía ver el dorado de sus brazos y la atractiva musculatura brillante por el sudor.
¿En serio? —El joven se autoexaminó con suspicacia—. Si no te agrada, llevaré mangas largas.
Deberías quitarte el jubón y dejar que se broncee toda por igual.
¿Y enseñar la espalda? Ni loco. Tú eres el único al que le permito mirar.
Me siento honrado. También has ganado volumen, prueba de que tu entrenamiento está dando frutos.
Me da la impresión de que te apetece echar una ojeada y pasar revista al resto de mis... partes.
Por supuesto, no te creas que he venido para charlar del tiempo: después de quitarte el jubón, seguiré con los pantalones y te haré todo lo que no he podido hacerte hasta ahora, largo, lento y repetido. Me alegro de haber venido a buscarte; verte rodeado de todos estos soldados me hace entender de dónde has sacado ese aire marcial.
¿Aire marcial?
Hay una parte de ti — una sonrisa aleteó en sus labios— que ahora mismo está en posición de firmes.
Sül abrió los ojos de par en par, sorprendido por aquel intento de chanza de Caradhar. Mas no era el momento de cavilar sobre las habilidades sociales del dotado, porque lo cierto era que tenía toda la razón... Se apresuró a recoger su equipo, casi relamiéndose, y lo sacó de allí a empujones.




Ugh... Adhar, más.... más adentro. Métemela hasta el fondo... Oooh... ¡Oh, sí, justo ahí! Dioses, me vas a partir en dos...
Caradhar apretaba los labios y empujaba con brusquedad, sosteniendo las caderas de Sül con tanta fuerza que sus dedos dejaban marcas rojas sobre la piel. A cada golpe resonaba el latigazo de su pelvis contra el trasero del Sombra y salpicaba el agua de una bañera que se vaciaba a un ritmo inexorable. Aferrado al borde y empapado por todos lados, el cuerpo de Sül se había convertido en un contorsionado despliegue de músculos y relieves danzantes, en un espectáculo para los ojos hambrientos del dotado. El estímulo incrementaba su excitación hasta extremos insoportables, pero no podía dejar de mirar. Días de castidad forzada hicieron el resto; el clímax le llegó en un tiempo vergonzosamente corto y lo hizo acompañado de estremecimientos reveladores, de satisfacción y de un abrumador deseo de echarse sobre la espalda de su amante y dejar que sus relieves le saturasen las yemas de los dedos.
Sácala, encanto —jadeó el Sombra, con voz animada—. Creo que hay una cosa que deberías ver.
Se dio la vuelta bajo su compañero y señaló su entrepierna. Caradhar bajó la vista, aunque ya sabía lo que se iba a encontrar: Sül no se había corrido. Su miembro, lleno y rígido, apuntaba al ombligo de su propietario, quien lo exhibía con una maliciosa sonrisa llena de dientes.
Sabes lo que significa, ¿eh? —Extendió las manos y aprisionó las nalgas del pelirrojo con lujuria mal disimulada—. Significa que esto es mío ahora y que voy a hacer con ello lo que me apetezca.
Eres un tramposo —protestó un contrariado Caradhar—. Te has contenido a propósito y me has soltado todas esas perlas del lenguaje para excitarme aún más...
Yo soy un tramposo y tú un pésimo perdedor. ¡Perlas del lenguaje! —Le costó contener las carcajadas—. Pues sí, y además me he pasado toda la semana cascándomela como un adolescente en celo perpetuo para poder aguantar más. No escurras el bulto, sabes que yo he cumplido mi parte del trato. —Las manos amasaron aquellas formas elásticas y redondeadas, separándolas para exponer su abertura—. Ahora me toca a mí.
Tras aquella primera ocasión en la que Caradhar le permitiera penetrarlo, el Sombra se había hecho ilusiones sobre la posibilidad de convertir la merced extraordinaria en un derecho vitalicio. No era que no disfrutase teniéndolo dentro; el dotado era, con abrumadora diferencia, el mejor amante con el que habría podido soñar. Pero cuando dejaba que lo abrazase, cuando gemía debajo de él con las sábanas embutidas en la boca para no hacer ruido..., Sül soñaba que, además de su cuerpo, poseía también un pequeño pedazo de su alma.
Ahora bien, al tratar de saborear de nuevo la experiencia, Caradhar se había mostrado reacio. Había intentado convencerlo, había suplicado. Al final, y después de mucho porfiar, el joven pelirrojo había accedido a una solución de compromiso: le permitiría intercambiar posiciones cada vez que no le hiciera correrse antes que él. Algo que sucedía con poca frecuencia pero que, desde el punto de vista del Sombra, era mejor que nada.
Ven aquí, me voy a tomar mi tiempo contigo.
Sül tiró de él para sumergirlo dentro de agua caliente que quedaba y emprendió con risueña satisfacción la tarea de mordisquearle el cuello, pellizcar aquí y allá y tantear bajo su vientre para volver a despertarle el deseo. Pero el rencoroso dotado tenía otras ideas.
Espera —ordenó, sujetándolo por la muñeca—. Esa zona está fuera de los límites por ahora. Has de hacerlo sin tocármela, igual que yo a ti. Es lo razonable, ¿no crees?
Oye, no te inventes nuevas reglas, yo no te pedí que no me la toc...
Sin tocármela —sentenció, implacable— y sin tomarte tu tiempo, un tiempo que tampoco me tomé yo. Y ya conoces el resto del acuerdo: si no me corro antes que tú, tus privilegios para la próxima sesión quedan revocados. ¿No te crees capaz? Aprovecha y retírate con tu honra intacta. Yo ya estoy a punto para otro asalto.
Sül tragó saliva. Sentir aquel cuerpo desnudo, atractivo y resbaladizo en sus brazos no ayudaba para nada a su entrepierna, que palpitaba de manera insoportable. Mucho se temía que no le faltaba razón al predecir su fracaso. Por otro lado, consentir la soberana desfachatez de aquel joven descarado que no tardaría ni un instante en ponerlo a cuatro patas de nuevo, si le dejaba, era demasiado para él. Aguantó la tentación de sujetarlo y hacerle de todo hasta que ambos se saciasen; sabía que, en lo que respectaba al dotado, había que jugar con sus condiciones. Con una mueca decidida, manoseó la piel a lo largo del surco que desembocaba en la entrada posterior de Caradhar.
De acuerdo, aceptaré tus condiciones.
Deslizó dos dedos en el estrecho pasaje. Bajo el agua caliente, penetraron con la suavidad de la seda.
No necesitas hacer eso. —El dotado se agarró al lateral de la bañera con ambas manos y arqueó la espalda en una pose incitadora—. Métemela.
Pero... no entro ahí muy a menudo. Si voy de golpe...
No pasa nada, recuerda con quién estás hablando. —Despacio, con premeditada lascivia, deslizó la lengua a lo largo de sus labios—. ¿Qué te pasa? ¿No tienes la suficiente confianza en ti mismo para hacer que me corra... solo con tu polla?
Aquello fue más de lo que el Sombra pudo soportar. Caradhar hablaba poco cuando intimaban y nunca utilizaba aquel lenguaje, lo estaba provocando a conciencia. ¡Condenado hechicero! Extrajo los dedos, le separó las piernas y lo colocó sobre él con facilidad pasmosa, dispuesto a hacer que su erección tomase el relevo donde antes habían jugueteado sus manos. La carne dura se abrió camino de una vez, presta y sin ceremonias, e hizo gemir al joven.
Sül esperaba poder forzarlo a que lo cabalgase, pero Caradhar se escurrió de su abrazo; aquella posición era otra de las cosas sobre las que se mostraba inflexible y nunca se prestaba a ella. Lo que hizo, en cambio, fue dejarse caer desde el lateral de la bañera sobre el banco de piedra que se alineaba a un costado, aferrarse al extremo y enlazar con sus piernas la cintura del Sombra. El arma de Sül fue alternativamente introducida y liberada de aquella vaina estrecha y deliciosa gracias a un movimiento de caderas experto. ¿Cómo conseguía, pensaba el Sombra, dejarlo siempre sin aliento? Flanqueó los costados de Caradhar con dos bruscos palmetazos sobre la piedra y redobló la fuerza de sus embestidas; el dotado contraatacó con una contracción pulsante de sus músculos. Al borde del orgasmo y sin un dedal de aire en los pulmones, Sül se mordió el interior de la mejilla para que el sabor de la sangre y el dolor lo ayudaran a contenerse. A aquel juego podían jugar dos.
Tú lo has querido —murmuró entre dientes—, te voy a follar como no te han follado en tu vida. Cuando termine contigo..., me suplicarás que no te la saque...
Y echándose cuan largo era sobre él para abrumarlo con el peso de su cuerpo, hundió la lengua dentro de su boca y emprendió una danza lunática en torno a la suya, especiada con el sabor metálico de la sangre. Buscó también sus tetillas, las pellizcó y las acarició como sabía que le gustaba. Hurgó todos los rincones, manoseó hasta la última pulgada de piel, tomó el control y marcó el ritmo con sacudidas intensas y espaciadas, esmerándose en llenarlo una y otra vez. Si no le estaba permitido tocársela, estimularía cada pequeño nervio restante, se clavaría hasta lo más profundo de sus entrañas.
Los músculos de su abdomen atrapaban la erección del dotado a cada vaivén. Ignoraba si aquello entraba dentro de lo estipulado o bien lo penalizarían por ello, pero poco le importaba: percibía dentro de su boca el eco de los gemidos in crescendo de Caradhar, sincronizados a la perfección con su pelvis, y quería mucho más. Deseando regalarse los oídos con aquella música, interrumpió el beso.
Se había quedado sin fuerzas para resistirse. Con un firme y desesperado agarrón asió a su pareja —cuyas piernas aún estaban enredadas en torno a él— y se incorporó. El sobresaltado cuerpo del pelirrojo se arqueó para seguir el movimiento, la cabeza apoyada en el banco, los brazos flexionados, los nudillos pálidos por el esfuerzo. Sus gemidos se transformaron en gritos cuando volvió a llegar al clímax, en un orgasmo tan intenso que casi no notó cómo lo depositaban sobre el banco. Tenía la frente cubierta de sudor, el corazón golpeándole contra el pecho y una hilera de cuentas de su propia esencia nacarada perlándole el cuello. La lengua de Sül se deslizó por iniciativa propia para probarlas después de imitarlo, apenas un latido más tarde.
Recuperado el resuello, Caradhar buscó la mirada del rostro que pendía sobre él. Sus manos se alzaron y sostuvieron sus mejillas, su boca coqueteó con aquellos labios húmedos.
Te ruego que no me la saques.
No hizo falta más para que el miembro de Sül, aún alojado entre sus nalgas, se cuadrara de nuevo, listo para inspección.



Así qué ahora puedes levantarme y meterte dentro de mí al mismo tiempo. Inquietante.
El Sombra hizo volver su mente del territorio de ensoñaciones donde se había perdido tras lograr la hazaña de penetrar —y complacer— a Caradhar... dos veces. Se las había arreglado para arrastrarse hasta la enorme cama y allí yacía, abrazado a su espalda, sembrando de besos su cuello y sus hombros. El dotado rodeó uno de los bíceps bronceados con las manos y sopesó su ampliado volumen, con las cejas muy altas en la frente. Luego añadió:
Como si antes ya no me resultaras intimidante.
Sül interrumpió sus arrumacos para tender a su compañero sobre él.
Sabes muy bien que soy un Darshi'nai muy obediente. Nunca hago nada que tú no desees, no sería capaz. Dioses, eres perfecto.
Alzó la diestra y comenzó a trazarle los contornos del rostro con la yema del dedo. Se demoró en las cejas rojizas e incluso se atrevió a acariciar con toda delicadeza las sedosas pestañas del mismo color; envalentonado, deslizó luego el pulgar desde el extremo puntiagudo y flexible de su oreja hasta la bella curva de su labio inferior. Por todos los dioses, pensó, está en mis brazos... Está en mis brazos y sé que me desea, él, que podría tener a cualquiera. Hoy, en la sala de entrenamiento, me habría gustado tanto gritar a esa multitud de mirones que solo me permitía a mí tocarlo, que me pertenecía...
Adhar —el Sombra lo miró con adoración, sus labios temblando al hablar—, Adhar, te q...
Alguien eligió aquel momento, el más inoportuno, para golpear la puerta de la habitación. De buena gana habría retorcido Sül el cuello del intruso. Caradhar, menos agresivo, se limitó a chasquear la lengua con fastidio y a incorporarse. Dado que se dirigía a abrir sin molestarse en echarse encima prenda alguna, su compañero exclamó:
¡Adhar, ponte algo! ¡No vayas a abrir la...!
Sül juró por lo bajo y se cubrió con las sábanas al comprobar que su aviso iba a ser desoído. En el corredor aguardaba pacientemente Niliara, la dama de compañía de Navhares sospechosa de pertenecer a la misma hermandad que el Sombra. La elfa no movió ni una pestaña cuando se topó con el joven desnudo; lo miró a los ojos y dijo, con la más cortés de las voces y una sonrisa empalagosa:
Disculpad mi intromisión. Solo quería comunicaros que mañana habréis de uniros a la comitiva del Maede con destino al Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas, donde, como sabéis, se celebrará su enlace. También he de manifestaros el deseo de mi vanim de que lo acompañéis esta noche en sus aposentos.
¿Esta noche? Se supone que esta noche estaba libre. Llevo toda la semana...
Os veré allí.
La elfa se alejó sin darle opción a réplica. La expresión de Caradhar al reclinarse contra la puerta no ocultaba su cansancio.
Otra vez. Me pregunto por qué ese crío se ha encaprichado conmigo.
Igual que todos. —Era una cuestión delicada, y ambos evitaban mencionar el hecho de su parentesco—. Como esa Darshi'nai de tapadillo. Ahora estoy seguro de que se cuela a espiarte.
¿Por qué?
Porque si la has recibido en pelotas y no ha echado el ojo, eso significa que ya se ha familiarizado con todo lo que hay que ver.
Quizá es disciplinada. O no le interesa.
Eso, Adhar, es imposible.
La llana afirmación consiguió arquear la comisura derecha de los labios del dotado. Se aproximó y se sentó junto a él, con la palma bien afianzada sobre el muslo de su compañero.
Tienes que buscar otro refugio en la Zanja —afirmó—. Uno que sea más cómodo, donde no nos molesten. Nos quedan algunas horas. ¿Quieres ir a comer algo?
Sül lo tumbó sobre las sábanas con un tirón brusco y se colocó a horcajadas sobre él.
Que le den a la comida.

Al caer la noche, Caradhar se dirigió a cumplir la tarea de velar el sueño del Maede. Navhares no había cambiado desde que la alquimia humana de Therendanar obrara el prodigio sobre él, si bien había algo más adulto en su manera de desenvolverse, algo que solía dejar boquiabiertos a quienes habían conocido al niño que era. El dotado no sabía a ciencia cierta cómo lo conseguía Corail, ni las artes que había desplegado para convencer al Sennim de las ventajas de una unión entre la Senniam, la princesa, y su pretendido hijo. Él se cuidaba bien de desentenderse de la educación del joven: lo acompañaba de día y de noche, igual que el resto de los elfos con el Don, le mostraba toda la deferencia que su carácter hosco le permitía, y nada más. Aquellos ojos de color corinto tan similares a los de Neharall le resultaban inquietantes.
Ahora bien, por alguna razón que desconocía, el muchacho parecía sentir un fuerte apego hacia él. Solicitaba su presencia a menudo —desdeñando a los demás dotados—, atesoraba todas las vivencias de la jornada para narrárselas, lo elegía siempre de acompañante nocturno... Si Caradhar no se hubiera mostrado inflexible ante su madre, no habría podido disfrutar ni una noche a solas con Sül. En el limitado mundo de Navhares no existían más que Corail, Niliara y el arisco joven de cabello rojo llameante. Solo ellos eran testigos, en la intimidad, de los escasos momentos en los que daba muestras de su auténtica edad y se comportaba igual que un niño inquisitivo, ingenuo o caprichoso.
El Maede ya reposaba en la hermosa cama ornamentada de la habitación, junto a la cual —y demasiado cerca para su gusto— estaba instalada la de Caradhar. Indicador de su infancia y del afecto del muchacho hacia el dotado, el dragón mecánico presidía el estante junto a su escritorio. Niliara se excusó y dejó a Caradhar a solas con su joven señor, quien lo recibió saltando de una franca sonrisa a una mueca de reproche.
Esta mañana te fuiste y has pasado todo el día con... —Navhares se interrumpió antes de mencionar a Sül—. No me agrada que hagas eso.
Estabais ocupado y no me necesitabais —replicó, acomodándose para dormir.
¿Cómo lo sabes? —Su tono se volvió malicioso—. Me han enseñado lo que se supone que he de hacer con mi esposa para producir un heredero. Te habría pedido consejo.
No estoy casado.
Eso ya lo sé —Navhares resopló—, pero es algo embarazoso y no me apetece hablarlo con otras personas. Tú eres el más joven de cuantos me rodean, me encanta estar contigo. —Tomó un mechón de los cabellos del dotado y jugueteó con él, según era su costumbre. Era un gesto que Caradhar no comprendía, pues la propia melena del Maede era aún más larga que la suya desde su transformación—. No te acuestes en tu cama, ven a la mía.
Ahora sois muy mayor para compartir el lecho.
¿Y no es eso lo que se requiere de mí? ¿Compartir el lecho con mi esposa?
El muchacho lo consideró durante unos momentos y después invadió el espacio de su acompañante. Caradhar no se molestó en protestar, a sabiendas de que no merecía la pena, ni respondió a su lógica sesgada. Simplemente permitió que se acurrucase a su espalda y continuase enredando con las hebras rojas, procurando no pensar en lo extravagante de la situación; aquel joven que casi representaba su edad y lo abrazaba por las noches era su...
Aunque la Senniam me parece bonita, es muy vergonzosa y se pone roja enseguida. Sé que tengo que casarme con ella y que soy afortunado, pero... no la conozco mucho. Y eso es un impedimento serio, ¿no? Además, puestos a comparar, creo que Niliara es aún más bonita. O tú. —Su interlocutor arrugó el ceño—. Dime, ¿cómo es?
¿El qué?
Acostarse. Lo haces con ese guardaespaldas. Lo habéis estado haciendo hoy, ¿verdad? —A pesar de la evidente rigidez que percibió en el cuerpo de Caradhar, Navhares no cejó en su interrogatorio—. ¿Qué diferencia hay cuando tu pareja es un varón?
El incomodado Caradhar se tomó su tiempo para responder, y lo hizo con un pequeño suspiro.
Es igual que hacerlo con una elfa, con la particularidad de que nadie va a quedarse encinta.
¿En serio? Entonces está bien. Lo digo porque se supone que solo debo producir herederos con mi esposa.
¿Con quién si no? Y ahora debéis dormir. A partir de mañana los días serán agotadores.
Navhares se quedó pensativo. Era evidente que deseaba seguir hablando.
Caradhar, ¿puedo probarla esta noche? —suplicó. Se refería a su sangre.
Ya la probasteis ayer, y también la noche anterior. —El Maede hizo un puchero—. Por favor, dormid.
De acuerdo, de acuerdo... Buenas noches.



Y por fin llegó el momento de máximo honor para la Casa, la partida de Navhares de Elore'il al Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas para vincular su linaje con la Casa del Sennim mediante los votos nupciales. Una fastuosa comitiva recorrería el cortísimo camino hasta el corazón del Distrito de los Nobles, donde se habría de celebrar la ceremonia en presencia de todos los círculos. A continuación, el novio permanecería una temporada con su esposa, pero no establecería su residencia definitiva en palacio, sino que alternaría entre ambas Casas. En todo matrimonio era la familia de más rango la que acogía al nuevo cónyuge. Ahora bien, como Navhares era el Maede de Elore'il, su vínculo no podría romperse hasta proporcionarle un sucesor, y eso debería esperar a que se cumpliera la mayor de sus obligaciones: engendrar un primogénito para el trono de Argailias.
Navhares aparecía bello e imponente con su uniforme de gala, sus larguísimos cabellos tejidos en un complicado peinado y el pesado collar con las armas de su estirpe al cuello. Le seguían su guardia personal y todos los dotados de su séquito, de los cuales era Caradhar —y su llamativa librea roja bordada en plata— quien atraía el mayor número de miradas. Hasta Sül estaba incluido en aquel fasto. Su amante había requerido que fuese parte de la escolta, y ahora el Sombra se hallaba embutido en la versión militar de la librea de Elore'il, en la que dominaba el color negro. Nunca antes había llevado un atuendo tan costoso... ni tan rígido. El impulso de deslizar un dedo dentro del cuello de su casaca para separar la tiesa tela de su piel era tan acuciante que le costaba dominarlo. En compensación, había conseguido ser dispensado del embarazo de formar parte visible de la comitiva; ocupaba una posición discreta desde donde le era dado observar las reacciones de los demás elfos. Entonces lo distinguió en la primera fila, rodeado de varios de sus asistentes, absorto en cada pequeño detalle. Darial.
El Sombra no veía al Gran Alquimista desde mucho tiempo atrás. Los deberes de Caradhar lo mantenían recluido y Sül no quería apartarse de él, así que su rutina diaria había consistido en dirigirse desde el ala de los aposentos del Maede hasta la sala de entrenamiento, y viceversa. Por lo que respectaba a Darial, su cargo solía confinarlo en el laboratorio. Como consecuencia de todo esto, sus caminos no se habían cruzado; la circunstancia era digna de agradecer, ya que el joven había llegado a aborrecerlo.
Pero allí estaba, idéntico a su imagen del pasado salvo en su pésimo gusto en ropas, ostentoso hasta el extremo, y con ese tipo de mirada fija que Sül conocía bien porque la había visto en muchas ocasiones. Ahí tienes al muy hijo de puta, pensó, devorando al Maede con los ojos. Sé muy bien lo que estás pensando, cabrón. Mala suerte que a este no puedes tocarlo, ¿eh? De buena gana te cortaría las pelotas para que no volvieras a usarlas con ningún crío. ¡Oh, mierda!
Una mueca sombría se adueñó del rostro de Sül al advertir que Darial había reparado en Caradhar. Desde que el dotado partiera sin despedirse, años atrás, no habían vuelto a encontrarse. ¿Qué sentiría entonces? ¿Y ahora? El Sombra observó cómo palidecía y apretaba los puños, cómo seguía el avance de Caradhar con concentración enfermiza. Ya seas el Gran Alquimista o el dios de la alquimia mismo, si es que hay uno, voy a mantenerte vigilado, maldito bastardo. Ni sueñes con volver a poner tus asquerosas patas sobre él. Antes te mataré.
Sül no pudo dedicar mucho tiempo a aquellos pensamientos: por primera vez en su vida estaba traspasando las puertas del palacio del Sennim de Argailias. Era un lugar que no había esperado conocer por dentro ni en sueños, ya que los Darshi'nai se cuidaban muy bien de interferir en los asuntos del trono. Sabían mejor que la mayoría cuán importante era un gobierno sólido para la estabilidad de la ciudad —y la suya propia—. Si el resto de las Casas se dedicaban a perfeccionar el arte de apuñalarse por la espalda con la mayor discreción, allí estaban ellos para ofrecer su sabio asesoramiento; el Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas, no obstante, se consideraba fuera de los límites.
Desde su posición con la guardia de Elore'il, el joven admiró la magnífica sala donde se iba a celebrar la ceremonia. El cristal, en todas las variedades que los artesanos vidrieros eran capaces de fabricar, se hallaba por doquier, lanzando destellos multicolores bajo los rayos del sol, las antorchas y los centenares de velas blancas. En ningún otro lugar conocido se acumulaba en tal cantidad, y hasta los suelos de mármol pulido, que reflejaban la luz como si de gigantescos espejos se tratasen, poseían una cualidad cristalina que impulsaba a los visitantes a pisar con tiento por temor a que se agrietara bajo su peso.
Vestidos ambos de un blanco inmaculado, el Sennim guio a su única hija hacia el final de la sala, donde se les unió Navhares tras dedicarles una profunda inclinación. Juntos ascendieron los escalones que conducían al Altar de la Luna, ante el cual aguardaba la Primera Doncella de la Luna, personaje que oficiaba las uniones del más alto rango.
Sül estudió las figuras de todos y determinó que el Maede poseía la más impresionante. Y pensar que, no hacía tanto, había sido un delicado niño elfo... No se extrañó en absoluto de que las mejillas de la Senniam enrojeciesen al contemplar al que casi era su esposo. ¿Quién podría resistirse a semejante presencia? ¿Era él capaz de hacerlo? Se estremeció al comprender que en aquella cara descubría, quizá, un reflejo de su maestro Neharall, una versión de este especialmente bendecida con la apostura de su padre.
El Sombra buscó a Caradhar entre el séquito de su Casa. Tan pronto lo localizó, el resto de personajes, la ceremonia y el palacio perdieron toda importancia. Solo se percató de la consumación del ritual cuando los vítores de los asistentes lo sacaron de su ensimismamiento.




Por la noche, Sül esperó a que todo estuviese en calma y se deslizó en una pequeña habitación en el ala de invitados. Caradhar no dijo ni una palabra cuando su compañero saltó a la cama junto a él. Solo separó los labios tras atraerlo hacia sí y sujetarle la nuca, y fue para dedicarse a actividades más placenteras. El joven pelirrojo sabía besar. Despertaba el deseo de Sül al golpe de delicados toques a la puerta de su boca y a este le resultaba imposible no franquearle la entrada, hasta que no quedaba rincón por explorar y la sangre acudía en tropel a sus regiones inferiores. Pero había ocasiones en las que sus besos eran violentos, exigentes, dominadores... Puro músculo que marcaba el territorio y arrancaba gemidos antes de preparar el camino para que otra parte de su anatomía tomase el relevo. Tras el encuentro del día anterior, Sül sabía que el dotado buscaría reafirmar su posición y recuperar el control. No le importaba; estaba más que dispuesto a plegarse con docilidad a todas sus exigencias.
Las manos de Caradhar bajaron por su espalda y hallaron cerrado el acceso a su entrada posterior, ya que el Sombra aún vestía las numerosas capas de su ropa de gala. Lo empujó sobre el colchón, con un gruñido impaciente, y empezó a soltar cierres y desatar cintas, entreteniéndose a la vez en lamer el hueco de su clavícula y ascender por el lateral de su cuello hasta su mandíbula inferior. Sül jadeaba más y más fuerte. Al buscar la piel perfecta del dotado bajo las sábanas comprobó que lo había esperado desnudo, circunstancia que hizo saltar su entrepierna como un resorte. Mientras Caradhar seguía batallando con la parte superior de su uniforme, él colaboraba con sus calzas. Al fin, el dotado descubrió su pecho a tirones y su lengua se trasladó, dejando un rastro húmedo tras de sí, a sus tetillas. Labios y dedos chuparon y pellizcaron una y otra hasta que ambas se irguieron, brillantes por la saliva y rígidas por la excitación.
La necesidad de Sül golpeaba con tanta fuerza que se volvía casi dolorosa. Sus caderas se alzaron para saborear el roce de ambas ingles, extendiendo el denso líquido que desbordaba del surco rosado de su miembro. Cerró los ojos un instante, la boca abierta en mudo gesto de ansiedad..., hasta que, un simple latido después, sus músculos se agarrotaron y él se incorporó con la vista vuelta hacia la puerta, que no tardó en abrirse. Caradhar, concentrado al máximo en lamer una de las cicatrices de su cintura, aún tardó en reaccionar y levantar la cabeza. Los dos se quedaron inmóviles ante el visitante inesperado, Navhares en sus ropas de dormir. Después de estudiar el lecho —o más bien a sus ocupantes— durante un intervalo muy incómodo, el Maede se aproximó con una mueca de contrariedad en el rostro.
Márchate —ordenó a Sül—, déjanos solos.
El Sombra sabía bien cuál era su lugar, así que echó mano de sus ropas y abandonó la habitación sin protestar. Poco importaron al muchacho de ojos color corinto la suspicacia de Caradhar, su gesto arisco al cubrirse con las sábanas y el rotundo aire de frustración sexual que se respiraba en el ambiente; se limitó a saltar a la cama y abrazarse a la cintura del pelirrojo con fuerza, sin pensar en nada más.
¿Qué hacéis aquí, mi vanim? Deberíais estar con vuestra esposa. ¿Cómo se os ocurre dejarla sola durante la noche de bodas?
Yo... Me he esforzado por hacerlo, pero ¡no puedo! No siento nada por ella. Me he ausentado de sus aposentos con la excusa de que no me encontraba bien. Además, te echaba de menos. ¿Es culpa mía si me he acostumbrado a tenerte a mi lado cada noche? Deja que me quede aquí, por favor...
No, volved a la alcoba nupcial. Vuestra reputación se vería dañada si os encuentran aquí con...
¡No me importa! No estoy preparado para esto. Ella se echó junto a mí, sin decir nada, y se quedó esperando. Llevaba un camisón blanco que casi mostraba todo lo de... debajo, y yo nunca...
Por lo que he visto, ser noble conlleva compartir intimidad con personas que uno no ha elegido. Tenéis suerte de que ella solo os sea indiferente. Si os desagradara de forma abierta, sería mucho peor. —La voz y las frías palabras de Caradhar causaron gran turbación a Navhares—. En fin... Después de todo, vuestra mente es más joven que vuestro cuerpo, y es comprensible que la descompensación os afecte. Tal vez debierais hablarlo con la Maediam.
Mi respetada madre se sentirá muy decepcionada conmigo. Todos esperan que demos un heredero al trono por si el Sennim ha de partir al campo de batalla. Pero no quiero hablar de eso ahora. —Navhares sumergió los dedos y la nariz en el cabello color rubí—. Solo deseo estar contigo.
Si me lo permitís, he de ponerme algo encima.
No, quédate así. Tu piel huele tan bien... Mejor que nunca.
La exasperación se imponía en el ánimo de Caradhar.
Habéis interrumpido algo íntimo. Además, esta noche estabais al cuidado de los dotados de palacio.
Los otros no me importan nada. No comprendo por qué mi respetada madre no me permite que te elija cada noche. —Se alzó sobre Caradhar y lo miró a los ojos—. ¿Acaso no soy más atractivo que ese guardaespaldas?
Esa no es la cuestión. Vos sois mi vanim y él es mi...
No vuelvas a pasar la noche con él. Yo lo sustituiré a partir de ahora.
Estáis cansado y nervioso. Dormiremos y mañana veréis las cosas bajo una nueva perspectiva. —Hizo ademán de apagar la vela que iluminaba el dormitorio.
No apagues la luz. Nunca te había visto... desnudo.
Caradhar lo ignoró y alargó la mano a pesar de la orden. En su afán por impedírselo, Navhares lo sujetó por la muñeca, pero su manoteo acabó por provocarle un profundo arañazo en el labio. El dotado se inmovilizó debajo de él; el Maede, por su parte, quedó como hipnotizado por la imagen de aquel trazo rojo sobre el labio inferior de su acompañante.
Ayer no me permitiste probarla...
Se inclinó, muy despacio, y deslizó la lengua a lo largo de la herida, abandonándose a la hormigueante sensación que le causaba la sangre bendecida. Convertido en un adicto desde su primer contacto, el ansia no hacía más que crecer, pues Caradhar solo se lo consentía en contadas ocasiones. Con decisión, dejó caer su peso sobre los brazos del dotado e introdujo la lengua entre sus labios. El aroma de la sangre, el tacto de la carne... Llevaba tanto tiempo deseándolos...
Caradhar se revolvió. Incluso en su posición de desventaja, la fuerza del muchacho no era rival para la suya, y no le costó gran esfuerzo empujarlo a un lado y pescar sus calzas del suelo. Su ira chocaba de frente con la confusión y el enojo del Maede.
Si lo haces con él, ¿por qué no puedes hacerlo conmigo? —le espetó este—. Niliara dice que cualquiera se moriría por recibir mis atenciones. Y soy tu Maede y el yerno del Sennim.
Sí, sois el Maede y hasta ahora os he obedecido sin reservas. Con todo, meteos en la cabeza que lo que me pedís no va a ocurrir jamás.
¿Por qué? —Su voz se tornó plañidera—. Yo... te quiero mucho, Caradhar. Sé que he de cumplir con mi deber, pero pensé que si... lo hacía antes con alguien a quien amase me sería más fácil repetirlo con la Senniam.
Pedídselo a vuestra dama de compañía, quien, por si no lo habéis notado, es una elfa. Acostaros conmigo no va a enseñaros nada de utilidad en vuestra vida de casado.
Me dijiste que era lo mismo. ¡Me lo dijiste! Además..., no es a ella a quien quiero abrazar cada noche.
Os repito que lo que me pedís no va a ocurrir jamás.
Entonces, ¡te lo ordeno! ¡Ven aquí! Soy tu vanim y me debes obediencia. —El niño y el noble mimado hicieron aparición a través de esas exigentes palabras pronunciadas con voz temblorosa.
Decís que me queréis y me ordenáis que os obedezca. Curioso amor y divertido sentimiento. Tenéis mucho que aprender, vanim. —Evitó el posesivo aposta, lo que enfureció aún más a Navhares.
Caradhar, no pasará mucho tiempo hasta que mi madre acepte dejarme usar... ya lo sabes, lo que otorga la voz de mando. En el momento en que traigamos un heredero al mundo pasaré a ser un adulto de pleno derecho y podré reclamar lo que me pertenece en justicia. ¿Prefieres obedecer ahora, por las buenas, o más tarde y a la fuerza? ¿Qué harás entonces para resistirte a mis órdenes?
El dotado volvió a preguntarse, por enésima vez, cómo dormía su madre por las noches. Había tomado un niño, lo había convertido en aquello y le había prometido poder a cambio de poco menos que prostituirse. ¿Esa era la ética de los nobles? Y él, ¿qué debía hacer? Asqueado, se limitó a abandonar la habitación, dejando allí al iracundo Maede.
En cuanto hubo puesto distancia de por medio, se dejó caer contra una pared y cerró los ojos. Una parte de su mente rememoraba con placer la hermosa figura de Navhares inclinada sobre él, con sus largos cabellos carmesí enredados en los suyos. La otra se estremecía con disgusto al recordar quiénes eran.




Un Sül insatisfecho se había buscado un rincón privado con la idea de procurarse alivio para el asunto inconcluso que tenía entre las piernas. Su propia cama estaba en una habitación compartida con miembros de la guardia de Elore'il, así que lo solucionó colándose en un pequeño dormitorio vacío.
Se reclinó sobre la cama con las piernas separadas y desató sus calzas. Su erección aún conservaba la cálida humedad de la boca y las manos de Caradhar. Deslizó un dedo a lo largo de la hendidura de su glande y se estremeció; imaginó que aquella era la lengua de su amante, que a ella se unían sus labios... Una nueva gota de néctar pegajoso asomó por la abertura. Prosiguió, conteniendo los gemidos, hasta que su cuerpo se relajó.
Al recuperar los sentidos se dio cuenta de que se le habían erizado los pelos de la nuca. En principio, su rostro no mostró expresión alguna y él continuó sentado, recuperando, en apariencia, el resuello. Mas, de súbito, saltó como un gato y escudriñó el único lugar de la habitación donde alguien habría podido ocultarse, los bajos del colchón. No esperaba que hubiese nadie, pues la había revisado al entrar; una vez Sombra, se era Sombra durante el resto de la vida. Rebuscó entonces en los alrededores y en el corredor adyacente. Palpó las paredes, incluso, en busca de agujeros o escondrijos. No encontró nada.
Y, sin embargo, no se quedó conforme. Habría estado dispuesto a apostarse el cuello a que allí había alguien más.





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