2020/09/17

LA SAVIA DE LOS DIOSES XVI: Rojo, negro y plata. Segunda parte

 


Los arqueros argailianos y de la Percha ocupaban la franja pavimentada con mármol entre el límite de palacio y el primer círculo de Casas nobles. A sus espaldas, los guardias de Elore'il, Llia'res y Saracemos observaban, lívidos, desde sus respectivas cúpulas invisibles. Ante ellos se levantaba un muro ornamental de columnas y esculturas y, más allá, los jardines y la avenida hasta la entrada principal de las Cuarenta y Nueve Lunas. Las unidades de Silvanos mantenían posiciones entre ellos y su objetivo, detenido frente a las puertas labradas. Singulares sombras rojizas iluminaban aquel escenario: el débil sol de otoño, filtrado a través de la diosa de cristal.

 En su forma élfica, el dios era más vulnerable. No era una cuestión de poder, sino de tamaño, aunque los arqueros que vaciaban sus aljabas contra él sabían lo escuetas que eran sus oportunidades de hacerle mella. Escuetas, mas no inexistentes. Al contemplar la burbuja sobre la que rebotaban decenas de flechas cada vez, una pintoresca silueta espinosa de metal, madera y plumas, muchos abrigaban la esperanza de que alguna traspasaría su coraza. Ellos eran cientos y él estaba solo con su guía, y era inconcebible que ninguno de aquellos impactos lo hiriesen, sobre todo porque no faltaban tejedores especializados en debilitarle los escudos. Su energía seguía siendo, sin embargo, monstruosa, y las diversas fases de su metamorfosis aterrorizaban a los espectadores que nunca las habían contemplado. 

Luna no colaboraba en la ofensiva, ocupada en construir las defensas de la ciudad y en alentar los espíritus de los combatientes. Cuando el suelo temblaba y se fracturaba bajo los pies de los arqueros, menguando la firmeza de sus pulsos, la diosa lo contrarrestaba reforzando sus campos de fuerza; cuando los mortales sin savia flaqueaban al verse suspendidos sobre grietas a punto de engullirlos, la mente de Luna se enlazaba con ellos, cada vínculo un apoyo apaciguador contra la furia desatada por Tierra. Y un nuevo lastre para un poder que debía haberse enfocado en su antagonista.

Tras esa primera andanada entró en juego la magia ofensiva Silvana. Los transmutadores trataron de proyectar sus artes en el cuerpo del dios, con idéntica suerte que las flechas. Los conjuradores invocaron piedra, granizo, hojas afiladas, toda suerte de proyectiles. Manos maestras de la evocación se alzaron para absorber su fuerza vital o para insuflarle energía negativa. Los elementalistas probaron suerte con sus dominios para dar cobertura, al menos, a sus compañeros. Ninguno de ellos impidió la expansión de la montaña de garras y escamas, proceso que fue forzándolos a retroceder poco a poco hasta el borde del primer círculo. El dragón de la Tierra llenaba casi toda aquella corona circular que lo obligaba a arquearse y a avanzar por un camino sin principio ni final; poco podían hacer los tejedores para mantenerse a distancia, salvo obstaculizar su avance con viento o engañar su percepción con ilusiones. Al verse cara a cara ante el asesino de Dallankor, Kaledias alzó su lanza y su llamada de guerra a todo lo que dieron de sí sus pulmones y su rabia. Las ternas lo repitieron sin dudar, con una vehemencia que no se había escuchado en siglos.

¡Dravde seva nudhia!

Gritaron los Nudhakavie en torno al guía. Gritaron Azor y Dranaris para dar voz a aquello que deseaban proteger y vengar. Gritó también Vira, imbuido por el espíritu de generaciones de guerreros pintados de savia. Y Navhares —que contemplaba la escena desde el adarve de palacio, lamentándose en silencio por su inutilidad—, compartió el súbito borbotón de euforia y se unió al clamor como uno más. La euforia de la lucha... El deseo de bajar y enfrentarse juntos a la Tierra creció en él hasta hacerle rozar el dolor físico; no era justo, sentía, que aquella estúpida cúpula defensiva los partiese a él y a Vira en dos. Entonces reparó en Caradhar, de pie a su lado, y lo comprendió como nunca antes lo había comprendido. Cuando la cadena de un vínculo se forjaba hasta ser irrompible, no se elegía pelear o defenderse, la soledad o la compañía, la vida o la muerte. Tirabas hasta acercarte a él. O desaparecías. 

El ataque masivo de los guardianes contra el dragón ahogó en frenesí sus pensamientos y lo sumergió aún más profundo en la contienda. Los ojos de Vira —sus ojos— estaban llenos de aquella mole oscura; sus oídos, de rugidos guturales; su piel ardía con el calor que emanaba de las grietas entre las escamas. Era uno de tantos, un guerrero que enarbolaba una espada diminuta contra un monstruo colosal. En torno a él, las ternas adoptaban sus formaciones habituales, con los pocos defensores que quedaban protegiendo a sus camaradas atacantes. La única ventaja de la forma de batalla de Tierra era su accesibilidad: desdeñados los escudos protectores, el armamento silvano podía hacer mella en su armadura natural. Por desgracia, el impacto que causaba era despreciable, dadas su regeneración e inmunidad a los elementos. Las manos de Vira —sus manos— no dejaban de blandir grandes hojas curvadas que apenas rozaban la coraza dragontina. Dranaris le arrojaba lanzas de fuego hasta acusar el gasto inútil de energía. Azor debía mantener sus campos de fuerza constantemente activos, pues, aunque el calor al nivel del suelo no era mortal, la lava del vientre del dragón fundía el acero. Cientos de otros hechizos y armas los secundaban, y Tierra, si bien no sufría heridas dignas de tal nombre, sí que empezaba a considerar un incordio aquella oleada de insectos y el escueto espacio por donde le permitían moverse. Las fraguas del pecho se le encendieron, de sus fauces manó una riada de fuego casi sólido que derramó sobre cuanto lo rodeaba. La defensa de Luna resistió a duras penas, apoyada por los elementalistas que hicieron descender la temperatura en las diferentes esferas. Siguió resistiendo cuando la cola de reptil intentó derribar el edificio más próximo, y también cuando dejó caer su descomunal torso para aplastar a la vanguardia de los Silvanos. Luna era poderosa, mas no igualaba en ímpetu y experiencia a su contrapartida y sabía que no lograría neutralizarlo siempre. Muchos de ellos, Vira y Navhares incluidos, asimilaron aquel hecho durante el angustioso instante en el que vieron derrumbarse al dios sobre sus cabezas. Para alivio de todos no llegó a impactar sobre sus escudos, ya que Luna convocó al viento y lo envió cientos de pies hacia atrás, donde le sirvió de tope el muro invisible de una Casa noble; Elore'il.


—No durarás mucho, Luna. Acéptalo y ríndete.


Junto al mensaje, Tierra lanzó un asalto telepático contra los guardianes. No poseía ni de lejos la sutileza de la diosa, que lo repelió antes de que las víctimas se llevasen las manos a las doloridas sienes, pero el esfuerzo probó ser excesivo para el delicado equilibrio de protecciones de la ciudad. Un nuevo coletazo, y luego otro, desdeñando los proyectiles que le llovían desde la distancia y se le hincaban en la carne. Un pisoteo furioso, un rugido que hizo temblar los cimientos de Argailias. El muro acabó cediendo y, con él...

Casa Elore'il, la joya del primer círculo, se deshizo en una tormenta de gemas negras, rojas y plateadas. Cayeron sus torres de aguja. Se pulverizaron sus vidrieras, cuyos pedazos despidieron destellos de luz al derramarse sobre los escombros. Segunda solo tras el palacio del Sennim, había descollado durante siglos sobre todas sus competidoras, las mismas que ahora se alegraban o simplemente respiraban con alivio por haber esquivado la suerte de su rival. No obstante, incluso los satisfechos quedaron atrapados en un cepo de terror a lo que habría de venir después. ¿Quién la seguiría? ¿Cuándo?

Corail había asistido a la caída desde el adarve de las Cuarenta y Nueve Lunas, y seguía reviviéndola una y otra vez entre el polvo de los escombros. Sus entrañas también se habían hecho pedazos con ella. No por su familia o séquito, evacuados mucho antes, ni por la extraordinaria belleza de su estructura; ni siquiera por el poder que representaba. Acababa de presenciar una metáfora de su vida, un esfuerzo infinito por rozar el cielo y aupar a su estirpe con ella que ahora encontraba el final más abrupto. Su estirpe... ¿En qué se había convertido? Esa magia recién descubierta, ¿se diferenciaba en algo de la pura destrucción?

No pronunció palabra alguna. No pidió consuelo ni lo recibió. Sabía, igual que todos, que no era el momento de llorar por lo perdido.


—La corrupción que luchas por preservar ya se rinde ante mí, y el azar ha querido que empiece con Elore'il. ¿Qué opinas de esto, amada mía? ¡No más torturas para mi adalid! ¡No más prisión de alquimia!


Tierra no ocultó el regocijo que le había procurado aquella demostración de superioridad. Luna no pensó en darle réplica, ocupada como estaba en reforzar el resto de las cúpulas. Su flaqueza le había costado su primera baja material y sabía que la seguirían otras. Antes que huir le quedaba una última opción.


—Caradhar, te necesito. Padre, te necesito. No soy lo bastante poderosa ni lo bastante sutil para resguardar la mente de Sül, pero tu vínculo con él sí lo es. Empléalo para acceder a ambas consciencias y proteger la más débil; yo te auxiliaré de la mejor manera que pueda.

—Si tuviera una fracción de tu capacidad, la habría usado ya.

—Créeme, eres lo único que lo une al mundo mortal. Más allá de ti solo le quedan el fuego, la muerte y la locura, y eso es lo que hará llover sobre nosotros cuando se consuman mis fuerzas. Si temes intentarlo, lo entenderé. Evacuaré a los argailianos y...

—No. Lo haré. Lo haré, aunque tendrás que dejarme salir de palacio. Es preciso que me acerque a él. 

—¿Por qué? Puedes actuar desde ahí, me costará menos mantenerte a salvo.

—Por fuerte que sea una conexión, ningún contacto telepático sustituye al real ni llega tan hondo. Es... lo que el corazón anhela, Galvras, la vista, el tacto. Aún eres joven para entenderlo.

—Lo entiendo. Me lo demostró en persona después de encontramos.

—Una imagen que habría preferido no tener que visualizar. Llévame con vosotros.


Calidez, un consuelo inesperado; eso fue lo primero que sintió Navhares cuando Caradhar entrelazó sus dedos y lo miró. Lo segundo fue miedo, porque sonaba a despedida y no estaba preparado para enfrentarse a ello. Su instinto no le engañaba: el dotado avanzó hasta el borde de piedra del adarve, suspendió un pie en el vacío y fue acogido por una pequeña burbuja de protección, que atravesó el escudo de la diosa para depositarlo en la vanguardia Silvana, junto a la terna de Vira. No recibió respuesta al llamar a su padre a gritos. Tampoco le sirvió de nada trepar tras él para tratar de seguirlo, ya que el escudo había vuelto a cerrarse. Caradhar se había convertido en un punto rojo en medio de todo aquel campo corinto de melenas marcadas y pintura de guerra. 

Abrumado por la sensación de inminente desastre, apoyó las palmas de las manos en la barrera invisible y esperó.




—¡Caradhar! ¿Qué narices haces aquí? 

Entre invocaciones de jabalinas y lanzamientos a plena potencia contra los cuartos delanteros de Tierra, a Vira apenas le quedaba resuello para hablar. Dranaris, que usaba el viento para impulsarlas hacia su objetivo, y Azor, ocupado con las protecciones, tampoco andaban sobrados de aliento, pero la llegada de un dotado inerme a sus filas sin duda iba a interrumpir su concentración, al menos durante unos instantes. 

—Me ha traído la diosa —contestó el aludido—. Vira, Dranaris, continuad e insistid en sus puntos débiles; las cicatrices son las franjas menos gruesas de su coraza. Azor, invoca una esfera defensiva para mí y acércame cuanto puedas a Tierra. Luna y yo buscaremos una entrada a través de su mente, entonces simultanearemos nuestros ataques.

—¿Acercarte? Condenado loco, ¿pretendes plantarte ante sus hocicos? —Azor soltó un graznido—. ¡Mis defensas no pararán su fuego!

—Luna ayudará, mi Don suplirá el resto. La energía siempre es mayor en presencia de los dioses, ¿no lo notáis?

—El dolor será muy real si te achicharran.

—No es momento para discutir. Súbeme, Azor. Vosotros dos, atentos a la señal.

El norteño resopló, resignado. Una figura carmesí encerrada en una burbuja transparente se elevó sobre el terreno de batalla. Aunque diminuta en comparación con el tamaño de Tierra, su color y audacia capturaron la atención de combatientes y espectadores, incluida la de su adversario, si bien demasiado tarde para que este contuviera el aliento de fuego que estaba vomitando sobre los Silvanos a sus pies. Las llamaradas envolvieron docenas de cúpulas. La de Caradhar, suspendida justo en el centro del área de efecto, se llevó la peor parte y su túnica comenzó a arder. El primer impulso de Azor fue bajarlo al suelo; una muda petición del dotado lo forzó a elevarlo de nuevo, esta vez a la altura de dos gigantescas pupilas verticales. Ambos se miraron, el monstruo entre gruñidos provocados por cientos de punzadas, el elfo recomponiéndose el maltrecho atuendo. Los ríos de magma volvían a borbotar en las entrañas de la bestia.


—Mi pequeño pelirrojo, tienes valor plantándote ahí. Un valor absurdo, si piensas que tu presencia va a refrenarme. A lo sumo sufrirás quemaduras que hasta a tu Don le costará sanar, y no quiero que te estropees la piel. Apártate.

—Apártate tú. Esta es mi ciudad y la de Sül, y la defenderé hasta el final.

—Me cobraré esa arrogancia, te lo advierto. Quítate de mi camino o me ensañaré con los que más deseas que ignore.


En lugar de mansa obediencia, lo que Tierra recibió de Caradhar fue una entrada punzante en sus pensamientos. El hilo entre ellos perduraba, así que lo único que debía hacer el dotado era seguirlo hasta el otro extremo y allanarse el terreno para localizar las debilidades del dios. Y este no podría usar a Sül de escudo ante Luna, como en anteriores ocasiones, no con uno de los mejores telépatas élficos defendiendo a su fulcro. Al comprender sus intenciones, la furia condensada en las entrañas del dragón se desató en un nuevo río de fuego. Para Caradhar fue una auténtica tortura, su energía mágica —incrementada en presencia de la savia divina— bullendo para curar las horribles quemaduras. Sin embargo, eso no lo detuvo. Tras arrancarse los jirones de camisa, la cinta del pelo y las botas carbonizadas, reanudó su incursión.

Tierra dejó de protegerse. Castigar los insultos, calcinar a los traidores, aplastar Argailias… Su mente retribuía con violencia la violencia de verse invadida. El pavimento de las calles se resquebrajó por efecto de las sacudidas. Las torres de las Casas nobles temblaron. Llamaradas tras llamaradas brotaron de las fauces de reptil con un ritmo tan acelerado que los hornos internos de la criatura no daban abasto para producirlas. La asistencia de Luna se vio mermada por la urgencia de mantener la ciudad y las cúpulas de una pieza, así que Caradhar tuvo que continuar por su cuenta. Era una pequeña mancha blanca y roja suspendida ante un coloso de savia oscura, casi desnudo, con la melena apelmazada sobre su espalda y la frente empapada de sudor que se evaporaba al segundo. 

Navhares, que seguía en su observatorio forzado, emitió un jadeo ronco al reconocer la escena. Aun cuando la recordaba más cercana, era la visión de sus sueños, la misma que presenciara una y otra vez hasta memorizar cada detalle. Sintió que le fallaban las piernas. Había rogado a los cielos para evitarla, les había suplicado más que nunca y, a pesar de ello...

Por favor, os lo ruego, libradlo de ese destino. Me humillaré, seré vuestro recipiente, vuestro esclavo. Lo que sea, con tal de que impidáis lo que me habéis mostrado. Por favor, por favor...

Nadie parecía prestarle atención en aquel momento. Caradhar, el objeto de los rezos, estaba demasiado inmerso en Tierra para cuidarse siquiera de su propia integridad: había descubierto la consciencia desnuda de Sül, sepultada bajo capas del dios. Tal era la fragilidad del antiguo Sombra que no podía comunicarse de manera normal, ni aun alegrarse por la presencia de su amante. Trató de rechazarla, de hecho, angustiado por la posibilidad de que Tierra le hiciese daño, pero Caradhar pasó por alto sus débiles esfuerzos y tejió la mejor protección que pudo en torno a él. 


—Luna, estoy listo. Atácalo con todo lo que tengas.


Tras el primer aguijonazo mental, el dragón reaccionó apuntando su aliento al cielo, al espacio ocupado por la dragona. Dado que no se había guardado savia para su propia seguridad, salvo para la cúpula de Xanait, el crepitar de sus escamas ante el fuego la sumió en una intensa sensación lacerante, nueva para ella. Eso no la detuvo; continuó hurgando en sus pensamientos, buscando accesos para controlarlo o someterlo a fuerza de dolor. 

Usar a Sül de muro ya no funcionaba, no cuando era Caradhar quien soportaba el daño destinado a él. De alguna forma, ver cómo el dotado sangraba y se retorcía por su adalid enfureció aún más a Tierra, sin que llegase a entender el porqué. Su ira se vertió, multiplicada, en los Silvanos y en la ciudad. Fuego y hielo, garras y colmillos, todo valía para liberarla y para agotar la energía de Luna. Y así ocurrió: sucumbieron los primeros luchadores, aplastados bajo los cuartos delanteros del dragón. Aunque la diosa se percató de sus muertes —con una mezcla de desconcierto y culpabilidad—, no cejó en su asalto. Ya no podía permitirse perder capacidad de ataque en aras de la defensa.

La cabeza de Tierra era una colmena de punzadas psíquicas. Su atención regresó a Caradhar, la pequeña avecilla encarnada que aún volaba ante él; sus fauces se abrieron para capturarlo. Azor tuvo que echar mano de toda su habilidad para esquivar la maniobra y ponerlo a salvo, al menos, de su dentadura. Tierra lo roció sin descanso hasta que su vientre empezó a quedarse sin combustible. Él resistió hasta que ya no fue capaz de simultanear las curaciones de las quemaduras y el rechazo de la telepatía más limitada, pero asimismo brutal, de un dios que estaba perdiendo sus últimas inhibiciones. Con todo, no se desvaneció aún. Sabía que, si lo hacía, sería Sül quien soportase el tormento.

Le quedaba una petición desesperada. Luna, la única con capacidad para leerla, se la transmitió a todos sus camaradas. 




—Caradhar está hecho polvo —se las arregló para murmurar Vira después de que el mensaje de Luna sonara en sus pensamientos—. Y de la sesera tampoco andará muy bien, visto lo que se arriesga. En fin, ya habéis oído, hemos de herir a Tierra a lo grande para que él pueda tener una oportunidad. Ahora o nunca, compañeros.

—¿Y cómo lo haremos? 

El Silvano conjuró una lanza que le doblaba la altura, el tipo de arma que únicamente alguien muy experto, o muy imprudente, se plantearía empuñar. Luego señaló hacia uno de los flancos del dragón.

—Bien, esto debería bastar para buscarle las cosquillas a la jodida lagartija. ¿Le veis la cicatriz del costado izquierdo, la que se extiende hasta su pecho? Súbeme, Azor, y haré diana a través de ella. Y si me das impulso en el ascenso, de manera que yo lo aproveche para el lanzamiento, mejor. El condenado pinchito pesa.

—¿Me tomas por un fenómeno? ¡Estoy casi sin savia! Además, ¿por qué no conjuraste ese chisme en el aire? Será muy engorroso maniobrarlo.

—Deja de protestar, que al menos podrás hacer tu campo de fuerza a medida. En confianza, yo también estoy en las últimas. Espero, je, tener redaños para hundírsela bien antes de caer redondo.

—Eres idiota. Idiota y suicida. ¿Te crees un dotado como Caradhar? ¿No comprendes que mi talento no te protegerá de su fuego a plena potencia?

—Permaneceré invisible y confiaré en que la diosa supla el resto, amigo mío. Venga, ya no nos queda tiempo para ser prudentes.

Dado que el hechizo lo había drenado más de lo que quería reconocer, tuvo que apoyarse en el arma para no perder el equilibrio. En tales condiciones, a Dranaris le resultó sencillo arrebatársela y echarlo a un lado, con una expresión que desalentaba cualquier protesta.

—Devuélveme eso, Dranaris. —Vira no sucumbía con facilidad al desaliento—. Mi plan, mi ejecución.

—Estás tan agotado que ni razonas. Es absurdo mandar a un ilusionista a hacer el trabajo de un elementalista.

—Vale, resistes un poquito mejor el calor, ¿y qué? Si me obligas a mencionarlo, se me dan mejor las armas arrojadizas, las espadas y...

—Te partiría la cara para demostrarte lo contrario, pero tú lo has dicho, no nos queda tiempo. Azor, súbeme.

—Azor, no le hagas caso. Oye, será muy peligroso y no podré ocultarte a tanta distancia. 

—Confiaré en que la diosa supla el resto.

—¡Eres un bravío tozudo!

—Y tú un sureño bocazas.

Los dos pares de ojos marcados buscaron someterse. Al final, Vira cedió con un resoplido. Sabía que Dranaris tenía razón.

—No te arriesgues. Espera al momento adecuado. Y... —le palmeó el costado de los tatuajes— Dravde seva nudhia.

—Aún haremos un guardián decente de ti. Dravde seva nudhia.

La imagen del ascenso del magnífico guerrero de Dallankor, un caballero en una justa aérea, pasó inadvertida para muchos. Tierra era uno de los distraídos; su cuerpo daba sepultura a cientos de hojas, su inmenso cerebro golpeaba contra su cráneo en palpitaciones cada vez más insoportables. Ya no contraatacaba ni reparaba en nadie, ni aun en Seriam, que se esforzaba en avisarlo de los movimientos a su alrededor. En nadie, salvo en Caradhar. Las otras deidades eran testigos de que se había contenido con él desde el principio, pero el nivel de su traición había subido tanto que eso ya no era posible.


—Detente ahora mismo. Me estás llevando al límite, Caradhar, y no voy a consentirlo. Esto solo puede terminar de dos formas, con Luna exhausta o con tu carcasa sin vida caída en tierra. ¿Te detendrás? Respóndeme.


Su falta de atención le sirvió a Dranaris para levitar hasta el área inferior a la burbuja del dotado. Aunque estaba muy expuesto, no había un lugar más idóneo para tener a tiro aquella grieta de fulgor ígneo. Sujetó la lanza conjurada en posición, preguntándose si le llegarían las fuerzas para manejarla, y aguardó.


—No quiero matarte, pero por el gran abismo de fuego que... Es Luna quien te hace trizas, no yo. Es ella quien te hiere mientras tú aíslas a mi mejor baza para resolver esto con rapidez. Deja ir a mi adalid y tu tormento cesará ahora. Te conservaré siempre a mi lado, por encima de Luna. Dime que aceptas. ¡Respóndeme! ¡Te ordeno que me respondas!

»¡ADHAR!


La sangre que le brotaba de los oídos y nariz a Caradhar se evaporaba antes de llegar a resbalarle por la piel. Tierra no mentía: él y Sül eran daños colaterales del ataque telepático de su antagonista alada. Su única aspiración era aguantar hasta que el inmenso cerebro se desmoronase. 

Entonces ardieron los últimos fuegos. 

Azor recibió la señal. A pura fuerza de voluntad, sacó la potencia esencial para lanzar la burbuja de su camarada contra el pecho del dragón.

—¡Dravde seva nudhia!

Dranaris afianzó las manos sobre su arma. Aprovechando el impulso, la hincó con saña en la cicatriz más vulnerable de aquel remedo de Sül, venciendo la carne y haciendo desbordarse el magma interior en un surtidor ardiente. Abrasaba aun con la magia de Azor y con su propia resistencia de elementalista; en su lugar, Vira no habría sobrevivido.

—¡Dravde seva nudhia!

La diosa vislumbró la gran grieta de sus defensas y empleó los restos de su energía en atravesarla. Los cientos de pedazos en los que se había resquebrajado el cristal de su savia se clavaron en el núcleo más íntimo de Tierra.

El dios bramó de rabia y dolor. Su cuerpo y su mente estallaron, el primero como la erupción de un volcán, la segunda en una desesperada ofensiva psíquica. Azor hizo lo imposible por maniobrar los campos de fuerza de los dos elfos, pero Dranaris flotaba en la posición más expuesta y recibió de lleno el impacto de aquella manifestación de los fuegos del abismo. Sus protecciones cedieron. El guardián cayó entre decenas de Silvanos que corrían.

Aunque Caradhar fue izado sobre el fuego, tampoco escapó al estallido. Jamás habría podido hacerlo, enlazado como estaba al núcleo de Tierra. Navhares lo vio derrumbarse desde palacio, una mancha roja sobre un fondo negro. No, el fondo no era negro, era corinto o sangre de fuego o... ¿Qué sabía él? Su visión estaba nublada por las lágrimas. 

No apartó la mirada de su padre. No reparó en que el fondo, el dragón, tronaba y se retorcía y empequeñecía, perdiendo toda su sustancia. Y esta vez el cambio era mucho más tortuoso, salpicado de regueros de savia que rezumaban por las grietas entre sus escamas. La magia líquida dejó salir y resbalar hasta el suelo a un elfo desnudo, empapado y ahogado, sobre cuya espalda cubierta de cicatrices en carne viva caracoleaban greñas de larguísima melena, antes de cristalizar poco a poco desde la base. Dentro había quedado el ser de raza mezclada portador de la esencia de la Tierra, de nuevo encapsulado en una columna translúcida, de nuevo prisionero. A diferencia de su antigua versión, su pose no era plácida, y exhibía una herida en el pecho que sanaba con extrema lentitud. Sufría. 

Caídas las cúpulas mágicas, los edificios se balancearon sobre las grietas abiertas en la tierra hasta recuperar su estabilidad. Los sanadores se precipitaron hacia el terreno de combate y atendieron a los caídos por aplastamiento o fuego, lamentándose por los desafortunados que estaban más allá de sus artes. Los guerreros regresaron sobre sus pasos, unos para ayudar a socorrer a sus camaradas, otros para rodear el sarcófago, todos con sentimientos enfrentados de inquina y compasión. Porque era destructor y salvador, culpable y víctima, verdugo y torturado en aquella ciudad contaminada y sin savia. Algunos norteños hasta se inclinaron e hicieron guardia junto a él, llevados por una tradición que habían respetado durante siglos.

Navhares atravesó los jardines de palacio con el desesperado impulso de un conejo perseguido por un zorro. Solo se detuvo ante los brazos de un Vira lesionado, drenado y a duras penas erguido, pero que no vaciló en envolverlo con ellos durante un largo rato. Se habría dicho que usaba su última chispa de vigor para retenerlo en el lugar más seguro que podía ofrecerle entonces. 

—Estás vivo. Estás vivo, estás vivo, estás vivo, estás... —Las manos del Silvano sujetaban su nuca con firmeza, tanta que no conseguía despegar el rostro de su pecho. Fue en ese instante cuando comprendió—. Mi padre. Caradhar. No ha...

—Lo siento, Navhares, lo siento. No desesperes, quizá ella haga algo.

 Tardó poco en echar de menos aquel abrazo. El primer desfallecimiento se lo infligió el cuerpo inmóvil de Dranaris, irreconocible a causa de las quemaduras. Su compañero de terna lo velaba arrodillado a sus pies. Ni el mejor elementalista habría resistido la ira de la Tierra, según le recordaban algunas voces amables. Ni el mejor defensor habría evitado su suerte. Azor lo sabía, era consciente de sus limitaciones. Pero eso no lo consolaba en absoluto.

Con todo, el golpe más duro hubo de sacudir a Navhares muy cerca del sarcófago, allí donde reposaba la pálida figura de Caradhar. A pesar de las áreas abrasadas que salpicaban su piel, parecía dormido, en ese sueño que solían experimentar los dotados cuando las heridas eran muchas y la sangre bendecida los sumía en un sopor misericordioso. Habría sido un alivio pensar que el Don podría llegar tan lejos, sanarlo por dentro con la misma efectividad del exterior. Por desgracia, ningún tejedor habría sido capaz de reparar los estragos del estallido psíquico del dios. La cabeza de Caradhar era ahora un recipiente vacío. Se había hecho pedazos al escudar la conciencia de aquel que siempre había sido su destino. 

Había tal agostamiento en el alma de Navhares que carecía de ánimo para llorar. Y ni siquiera podía correr hasta él, postrarse y rogar que lo perdonase. El vacío se había formado en torno al cadáver para dar paso al único que tenía derecho a tocarlo: Sül. 

Tras arrastrarse a su lado a pura fuerza de testarudez, el antiguo Sombra le tomó la mano y se la besó. Posó entonces los labios en su hombro, en su mentón, en su sien, en su frente. Reunió sus maltrechas energías, le sujetó la nuca y el torso y los aupó hasta su regazo, donde los apretó entre estremecimientos. Estaba frío, frío aun sobre la piedra en llamas, frío aun con toda esa sangre mágica que lo había animado hasta entonces. Aunque sus cuerdas vocales casi no le funcionaban, se inclinó y le susurró al oído, la voz rota por el esfuerzo:

—Adhar, soy yo. ¿Me reconoces? Mira, aún llevo tu cabello enrollado en el dedo. Por favor, despierta. Esto es como las otras veces, ¿no?, como el día en que te atravesaste el corazón y dormiste hasta curártelo. Los dotados no pueden morir. Tú no puedes morir, porque entonces... entonces me harías pedazos el mío, y no quedaría nadie para recomponérmelo.

»Es un sueño muy profundo, no te oigo en mis pensamientos. Siempre te oía, incluso cuando ese bastardo me encerraba en lo más profundo, y ahora... Tengo miedo, Adhar. Háblame, te lo suplico. Dijiste que nuestro vínculo jamás se rompería. ¿Qué voy a hacer yo sin ti? Adhar... Adhar...

A Sül sí le quedaban lágrimas, lágrimas acumuladas durante una separación demasiado larga. Al caer sobre las mejillas de Caradhar dibujaron en ellas una engañosa y cruel apariencia de vida, que le retorció aún con más saña el pecho. 

Los sollozos embotaron sus sentidos. No le dejaron escuchar los pasos que se aproximaban ni notar la compañía hasta que alguien le rozó el hombro. Su reacción inicial, defender la preciosa carga que llevaba en brazos con un gruñido animal —resto del dragón que había encarnado—, se transformó en desconcierto al reconocer la silueta de Galvras. La telepatía de la diosa contuvo su instinto protector cuando ella se agachó para examinar al dotado. Buscaba un pulso que no estaba ahí, un jirón de consciencia, una mínima prueba de que le quedaba algo dentro. Su mitad élfica —aún era una niña, después de todo, y tenía que intentar cuanto estuviera a su alcance para ayudar a su padre— convocó a Tirsseil, a Savran y a los otros grandes telépatas para que la asistiesen. Finalmente, se abrió la muñeca y empapó con su sangre el pecho y la lengua de Caradhar, con la esperanza que la divinidad hubiese prolongado el alcance de su Don natural. El líquido bendito tiñó de corinto la piel, pero nada más. Los bellos ojos carmesíes no volvieron a abrirse.

—Está ante el umbral, no puedo traerlo de vuelta. Yo... 

»Soy una diosa y no puedo traerlo de vuelta.

Desvanecida esa fugaz ilusión, Sül recuperó el cuerpo sin decir una palabra y le dio la espalda a Galvras. Ella no se lo reprochó. No tenía excusas ni consuelo que ofrecerle, y era su deber atender al resto de los fieles caídos. Su sangre aún rescató del otro lado a varios guerreros a los que los sanadores habían dado por perdidos. Mas al llegar a Dranaris, junto al cual seguía velando Azor acompañado de su hija, la vida rehuyó su llamada igual que hiciera con Caradhar.




Una elfa solitaria se acercó para asistir al duelo de Sül desde el mismo lugar discreto en el que lo hacían Vira y Navhares. Al ver que se trataba de Corail, el desaliento del joven se agudizó. Ya estaba con la única compañía que deseaba; un diálogo con su fría abuela no haría más que empeorar su estado de ánimo.

—Si vienes a lamentarte, no has elegido los oídos adecuados, Corail. No podría importarme menos la Casa, y mi padre... Bueno, no ha sido nunca una de tus prioridades. 

La amargura lo volvía cruel. Para su sorpresa, la dama no replicó hasta después de un prolongado silencio, la voz tan muerta como la tierra que pisaban.

—¿Recuerdas cuando Caradhar vestía la librea de Elore'il? La primera ocasión en que la llevó pensé que parecía cortada a su medida, nadie la lucía con tanta apostura. Luego llegué a veros juntos exhibiéndola, antes de que se marchara, y luego a Deilessa... Y yo asumí que había llegado al punto más alto al que jamás había aspirado, y que él regresaría algún día para que mi felicidad fuese completa. Una familia perfecta ocupando el trono que siempre le había pertenecido.

»Incluso tras perder el favor de Sennim asumí que me las arreglaría para recuperar nuestra gloria. La llamo nuestra, si bien todos sabemos que me refiero a mí misma. No aspiro a que me entiendas. Estoy convencida de que, en el fondo, te regocijaba mi situación, y tampoco te lo reprocho. Al presenciar la caída de la Casa, ¿sentiste que recibía mi merecido? Quizá fuera así. Deilessa siempre tendrá el palacio, y a ti la fortuna te ha buscado otros caminos. Pero yo...

»Eso que ves allí al fondo no son las ruinas de mis ambiciones. Una reputación se reconstruye, un edificio también. Por más que no lo creas, mi auténtica pérdida está justo ante ti. Rojo... —Señaló el cuerpo de su hijo—. Negro... —Bajó la vista a las piedras carbonizadas—. Plata.

La insignia de Elore'il aterrizó entre las cenizas. Los ojos de Navhares se detuvieron un instante en ella antes de contemplar lo que nunca hasta entonces habían contemplado: el rostro empapado en lágrimas de Corail.








Anterior    

 

 

 




2020/09/03

LA SAVIA DE LOS DIOSES XV: La claridad que hiere

 

 

 

La noche de Argailias transcurrió con una quietud inusual. Aun en las tabernas de la Zanja, locales famosos por sus faroles de bienvenida siempre encendidos, se hizo la oscuridad al paso del dios. Muchos dudaban del peligro, escépticos ante la idea de que un elfo fuese asimismo un dragón destructor de civilizaciones, pero preferían encerrarse en sus casas para no tentar a la —mala— suerte. Solo unos pocos se atrevieron a echarle un vistazo furtivo.

Al amanecer, cuando empezó a hacerse evidente que estaba más interesado en pasear que en derribar edificios, el número de osados aumentó. A él no le importaban los mirones. Ni siquiera reaccionaba ante los cientos de defensores que lo vigilaban desde todas partes, confusos por aquella manera de actuar, y se limitaba a contemplarlo todo con expresión burlona, igual que un amo sopesando los méritos y defectos de su nueva propiedad. Un único incidente enturbió su itinerario a través de los diferentes círculos: una flecha de punta emponzoñada, dirigida con rigurosa puntería hacia su cuello y que, según era de esperar, rebotó en su escudo de protección. El gesto del dios al recoger el proyectil del suelo, perplejo a todas luces ante una maniobra tan absurda, mudó con rapidez a uno de concentración cuando sus pupilas rasgadas barrieron el callejón más próximo. Un encapuchado —un joven Sombra— surgió de allí con pasos titubeantes. El muchacho ignoraba qué tipo de fuerza lo impelía a salir de su escondrijo en lugar de huir entre los edificios. Tampoco entendía que aquel elfo a quien había identificado como Sül, el renegado de Darshi'nai sobre cuya cabeza pesaba un mandato de caza Darshi'Kaiell, hubiese resistido una flecha en el cuello desnudo. Para él era un objetivo cualquiera, de carne y hueso mortales, y su eliminación habría de tapar la boca a quienes fantaseaban sobre deidades encarnadas. Una actitud escéptica que iba a costarle muy cara.

El supuesto Sül le cortó el paso, lo que lo obligó a girar el rostro hacia arriba.

—Los Darshi'nai de hoy en día sois críos estúpidos. Efecto de las atroces enseñanzas de tu neidokesh, presumo. Si estuviera aquí, le arrancaría los brazos y las piernas para dar ejemplo.

Su voz evocaba seísmos o erupciones. Era imposible hablar por encima de ella.

—Dudo que tu educación tenga ya remedio a estas alturas, y menos con toda esa alquimia corroyendo tu cerebro. ¿Este alfiler es tuyo? Permíteme que te lo devuelva.

Empujó la flecha en su vientre con tanta potencia que lo atravesó de lado a lado sin romperla. Poco habría importado si, en lugar de eso, se hubiese limitado a rasguñarlo; la ponzoña era lo bastante letal para matar a una docena de personas, y de poco servían ante ella las pociones antisuero que los Sombra bebían con regularidad. La víctima se derrumbó sobre los adoquines entre espasmos, los labios cubiertos de espuma, sin llegar a comprender en qué criatura se había convertido su antiguo camarada.

—¿Sabías que los Darshi'nai se llevan los cadáveres de los suyos, Seriam? No por lealtad o compañerismo, sino para eliminar pruebas de su presencia. Difícilmente se ocuparán de este, con todo el enjambre de guardianes que zumban por la ciudad. Ahorrémosles el trabajo.

Merced a una simple mirada, el fuego del dios prendió la carne hasta la incandescencia y la consumió en cuestión de segundos, dejando atrás una masa carbonizada que hubo de patear para esparcirla en la brisa. Al observar las cenizas en las plantas de sus pies, Tierra meditó que era un incordio no contar con el dominio del viento de Luna, cuyo poder habría logrado el mismo resultado sin necesidad de tiznarse. Así era ella ahora, sentenció con gesto de desprecio, una desertora que vivía con miedo a manchar sus bonitas manos. Cansado de vagabundear, enfiló hasta el centro de Argailias. El recuerdo había agriado su humor y, además, tenía otras razones para ir allí: por absurdo que resultase, acababa de perder la conexión con Caradhar. No tenía más remedio que acudir a buscar con sus propios ojos lo que no lograba hallar con la mente.

 

 

 

—Savran, he de salir a su encuentro. A estas alturas ya se habrá dado cuenta de mi ausencia y estará furioso, y vosotros pretendéis que el Sennim y su familia lidien con él en ese estado. Es a mí a quien querrá ver.

—Hemos de ganar tiempo hasta que la diosa regrese de su viaje. Contamos con sus escudos mentales, pero no funcionan a plena potencia porque ella no está entre nosotros. Si te colocas al alcance de Tierra, sin duda volverá a aprisionarte, traspasará el tuyo y averiguará nuestros planes. Eres el más vulnerable, Caradhar.

—¿Y si hace daño a los hijos de Navhares?

—Para eso hemos emplazado nuestros tejedores por toda la ciudad. Ante cualquier amenaza, ellos los protegerán y los sacarán de aquí.

—¿Protegerlos de un dios? Maldita sea. Todo porque ese viejo no ha aceptado llevarlos a un lugar seguro.

—El Sennim es un elfo orgulloso que anhela salvar su territorio. No puedo culparlo por eso. En cualquier caso, confiemos en que sus habilidades diplomáticas nos conseguirán unas cuantas horas.

 

 

El poder telepático de Luna era, en efecto, lo bastante potente para arrancar a Caradhar de Tierra y restaurar sus vínculos con los demás tejedores, pero todos sabían que la tregua solo duraría hasta que el dios lo localizase. El primer lugar al que se dirigió, y el más lógico, fue el palacio del Sennim. Ninguno de los soldados o sirvientes osaron impedirle el paso después de que forzase las grandes puertas de la entrada, ni tampoco se arriesgaron a cruzárselo en su deambular por el laberinto de corredores que parecía conocer tan bien. Con toda la calma del mundo, Tierra eligió un baño, lo llenó de agua ardiente para librarse del polvo y el hollín y remoloneó allí hasta que se le agotó la paciencia. Luego se vistió con una túnica blanca traída por Seriam, la única prenda lo bastante amplia para envolverlo. El silencio y los espacios desiertos que lo habían divertido al entrar terminaron por hastiarlo, más aún cuando sabía que el Sennim y su corte se dedicaban a evitarlo. Tras detectar a un guardia camuflado en una de las habitaciones adyacentes lo envió en busca de su señor, a quien esperó en la sala del trono, ocupando el extravagante sitial rodeado de columnas de plata que se proyectaban hasta rozar el techo. Era similar a sentarse en una réplica del palacio, una imagen con cierto lado cómico para alguien que podía hacerla realidad si se le antojaba.

Cuando el Sennim acudió poco después, no mostró sorpresa al ver su lugar usurpado. Con una mirada de aviso a sus ofendidos escoltas, se aproximó a los escalones al pie del trono y ascendió hasta plantarse frente al enorme elfo y su acompañante. Tierra sonrió.

—Tu asiento es incómodo, Sennim —fue su saludo—. No me extraña que no lo uses a menudo.

—Me inclino ante vos, mi señor, y os doy la razón. Múltiples asuntos me han mantenido siempre ocupado en otras partes de palacio.

—De tu hermoso y brillante palacio. El orgullo del pueblo élfico, según crees.

—Si vos lo juzgáis así, mi señor.

—Te concedo que no te faltan redaños. Ahí de pie, ante un dios con el rostro de un sicario, en vez de buscar refugio mientras tu ejército se ocupa de defender tus posesiones. O a lo mejor no es eso, sino una soberbia mucho mayor que la del príncipe humano. Una explanada de piedra negra ha reemplazado a ese pozo de corrupción llamado Therendanar. ¿No concibes que vaya a destruir también tu bonita ciudad plateada?

—Conservaba la esperanza de razonar con vos. Argailias está llena de creyentes devotos...

—Que se inclinan ante Luna y no ante mí.

—... que veneran a las tres deidades. Puede ser un santuario digno de la Tierra, si lo aceptáis. Podéis convertirlo en lo que deseéis.

—Mis adoradores me decepcionaron y no por ser quienes eran dejaron de merecer disciplina. Sí, grande ha de ser tu arrogancia cuando te consideras más digno de perdón. —Ante la falta de réplica del Sennim, Tierra afiló la vista—. Ya entiendo. Disimulas con pericia, pero confías en que mi... parcialidad hacia Argailias sobrepase mi sentido del deber. Escondes demasiadas cosas, elfo, y lo haces demasiado bien. ¿Dónde está Luna? ¿Los Silvanos que te apoyan? ¿Caradhar?

—Leed en mí y sabréis que no respondo por ellos. No lo sé.

—Sí que sabes dónde están tu joven heredero y su hermana. Quiero verlos. —Comprobó, satisfecho, que tal orden sí alteraba la perfecta compostura del gobernante—. Primero me relajaré un par de horas en tus aposentos privados, esos donde tu esposa nunca pone el pie, y luego me los llevarás allí para que compruebe cuánto han crecido. No, prefiero que los acompañe Corail. Será una bonita reunión familiar.

—La dama Corail se encuentra confinada en Elore'il.

—¿Por qué?

—Por... haber entregado su Casa a un...

—¿Un bastardo? —Su sonrisa no presagiaba nada bueno—. Un bastardo con sangre mucho más potente y elevada que la tuya. Es obvio que décadas y décadas de tragarte bebedizos te han corroído el entendimiento. En fin, ¿qué mejor ocasión para una visita de cortesía? Tráela también.

—Mi señor, son dos pequeños sin interés para vos...

—Puedes obedecer por las buenas o puedo acceder a ellos sobre los cadáveres de sus guardianes. Vamos, sabes que no voy a hacerles daño. Descienden de la semilla de alguien muy importante para mí, después de todo.

 

—Ha pedido ver a los niños y a mi madre. ¿Tengo que explicaros lo que planea? No pienso exponerlos a él. Vosotros no sabéis... No sabéis de lo que es capaz. Prefiero salir y acabar con esto.

—Míralo así: Argailias es la única ciudad con la que ha elegido el diálogo en lugar de la violencia. ¿Quién sabe si no se habrá apaciguado? Además, la diosa ha debido mejorar poco a poco su dominio de la telepatía. Quizá ahora logre llegar hasta Tierra como no pudo hacerlo antes.

—Te aferras a eso porque vuelve sin ayuda, ¿no?

—La tercera deidad aún no ha despertado, cierto.

—Así que seguimos estando solos ante él. Las soluciones pacíficas con las que soñáis se diluyen sin remedio, Savran.

—La diosa está cerca. Te pido que tengas un poco de paciencia.

 

 

 

Hacía meses desde la última francachela en las estancias donde se alojaban las cortesanas. Por ese y otros motivos, la reunión estaba siendo menos festiva de lo esperado. Para empezar, el Sennim no se inclinaba por los jovencitos salvo para usarlos como dotados, y su elección de muchachas apenas satisfacía los gustos de un dios cuya atracción natural eran las bellezas pelirrojas. Por otro lado, las pocas jóvenes que habían despertado un vago interés en Tierra se sentían tan intimidadas que a duras penas lograban seducirlo. Haciendo gala de esas habilidades diplomáticas que le atribuían, el Sennim prolongó las distracciones de su invitado con nuevos animadores, un banquete y el más amplio surtido de bebidas destiladas.

A pesar de los esfuerzos, el periodo de gracia llegó a su fin, y uno de los sirvientes salió para anunciar que el dios exigía recibir a sus visitantes. El primer rostro con el que se topó Corail al franquear las puertas fue el de Seriam, cuya inexpresividad delataba lo acostumbrado que estaba ya a aquellas situaciones. Y más allá, fuentes repletas de comida, jarras vacías, cojines rasgados, prendas esparcidas por el suelo, cortesanas con pulso acelerado... y un cuerpo inmenso, desnudo, bello y temible que exhibía los rasgos de un antiguo Darshi'nai. Aunque nunca infringía las normas del protocolo abrazando a los niños en público, la dama no pudo evitar apretarlos contra sí. Deilessa se conformó con mirar de reojo; Mereios, en cambio, se zafó del abrazo y enfrentó al dios con la barbilla alta.

—Ha pasado tiempo, Corail. —Según era lo habitual, Seriam acudió a remediar su falta de decencia con un paño anudado. Tierra lo ignoró, ocupado en pasear los dedos por la fina mandíbula de la elfa—. Es curioso: mi adalid no apreciaba particularmente sus entrevistas contigo, pero yo encuentro esta vigorizante. Debe ser por lo mucho que Caradhar ha tomado de ti. ¿No dices nada? ¿Qué sucede? ¿Preocupada por la moralidad de los pequeños? No tienes por qué, ellos son los primeros interesados en sacar alguna enseñanza de todo esto. Son guapos; lástima que hayan heredado el insípido cabello materno. —Las garras hundidas en los mechones blancos de la niña le provocaron un escalofrío a Corail—. ¿No es cierto que habrías preferido el rojo de tu padre, chiquilla? Tienes permiso para responderme.

—Yo... quiero a madre y a padre por igual. Mi señor —susurró Deilessa, recordando usar el tratamiento apropiado en el último segundo.

—La diplomacia al hablar de los padres es tediosa. Aclara tus lealtades y todo será más fácil. ¿Y tú, futuro Sennim? ¿Tampoco tienes un favorito?

—La nobleza de mi madre siempre superará a cualquier otra circunstancia. —El tono duro y cortante arrancó una carcajada a Tierra. Su mano osciló hasta el hombro del muchachito—. Yo agradezco haber heredado su pureza.

—No será de ella de quien heredes el talento que acompaña al color de tus ojos. La savia es lo que te hace valioso, no el trono de una ciudad en ruinas.

—Mi ciudad no está en ruinas. Y no sé lo que es esa savia. ¡No me toques! ¡Te ordeno que entres en los calabozos subterráneos y no salgas jamás! ¡Te ordeno que pases la eternidad cubierto de cadenas!

El arranque de furia de Mereios horrorizó a Corail más allá de sus peores expectativas. El pequeño estaba usando la poción que otorgaba la voz de mando; la había sustraído, el cielo sabría cómo, y se aventuraba a probarla en un dios. Maldijo su estupidez por no haberse dado cuenta antes. Pálida, se adelantó con el rostro humillado y musitó:

—Os suplico que lo disculpéis, mi señor. No sabe nada, es solo un niño.

Lejos de aplacarse, Tierra apartó a la dama de un empellón. El sonido de su cráneo al golpear el muro reverberó en el repentino silencio de la estancia durante varios segundos.

 

—¡No! ¡Suéltame! ¡Suéltame o te haré daño, por los dioses que lo haré!

—¡Caradhar, espera! ¡Sacaremos a Mereios de ahí, pero no vayas a...!

 

Los ojos del dios ardían. No por la burda treta del jovencito, sino por el hedor que saturaba sus sentidos. El olor de la alquimia.

—Tú, pequeño engendro... Te atreves a presentarte apestando a corrupción y a usarla contra mí como si fuese uno de tus miserables criados. Ya que no te han instruido con propiedad, tendré que ocuparme yo. Me pregunto cuánto tardará en crecerte una lengua nueva después de arrancarte esa que escupe veneno.

—¡Detente!

La puerta principal golpeó y casi arrancó su tope de madera. Caradhar se precipitó entre ambas figuras jadeando, la melena despeinada, las ropas en desorden por un reciente forcejeo. Suponía, y no se equivocaba, que su presencia acapararía la atención de Tierra. Desafortunadamente para él, ese interés acabó aplastándolo contra los paneles tallados de la pared, con la garganta sujeta por unas zarpas que se le clavaban en la carne y de puntillas, en un intento desesperado de no quedar suspendido en el aire.

—¿Ves lo que me obligas a hacer? —El aliento del dios quemaba con un fuego idéntico al de sus pupilas, hasta abrasarle los labios—. Te escondes de mí en lugar de salir a recibirme, pese a que llevo meses deseando tocarte. Permites que ella corte nuestro lazo y oculte también a los otros. ¿Dónde está? ¿Dónde se han metido Luna y los Silvanos?

—No lo... ugh... sé.

—Creo que no eres consciente de lo que me ha costado contenerme para no dañar a tu bonita familia. Siempre puedo cambiar de opinión, ¿sabes? Y a ti... Bueno, eres un dotado. No te dejaría marcas aunque fuese un poco más enérgico contigo. —La mano libre bajó a la entrepierna de Caradhar y se hundió entre sus muslos. El elfo gimió.

—Por favor, deja que se vayan. Deja salir a los niños antes de...

—Prefiero que permanezcan ahí y aprendan algo de la vida; por ejemplo, técnicas para complacer a un amante cariñoso. Por otro lado, no soporto el olor del crío. Me decepcionas, Adhar. Confiaba en que lo mantendrías puro.

—No volverá a acercarse a una poción, te lo... agh... te lo juro. Haré lo que quieras, lo que sea. ¡Solo déjalos salir!

—Por supuesto que harás lo que quiera. Y sin poner condiciones.

La última acción desesperada de Caradhar al verse lanzado boca abajo sobre el diván más próximo fue hacerle señas a Corail para que se llevase a los pequeños. Tierra decidió no prestar atención a los tres fugitivos, ocupado como estaba en arrancar la camisa a su prisionero y desparramarle la melena por la espalda. Sus movimientos al acariciar las guedejas carmesíes fueron menos bruscos de lo esperado, se habría podido decir que gentiles. Aun así, no consiguieron calmar al dotado, y sus ojeadas nerviosas a Seriam y a las cortesanas mostraban lo mucho que lo angustiaba convertirse en un espectáculo para ellos. Los dedos del dios en los cierres de las calzas, su nariz y boca hundidas en su nuca... Una corriente continua de escalofríos surcó de arriba abajo su columna vertebral. Lo ansiaba y lo aborrecía. Era Sül y no lo era.

—Me decepcionas, sí, de muchas maneras. Tú tenías que estar a mi lado sin reservas. Tú y ella.

—Permíteme hablar con Sül, te lo suplico. Permíteme... ¡Ah!

Una caricia a las hebras rojas de su cabellera se convirtió en un tirón doloroso. La fascinación que ejercían en Tierra escapaba a su autocontrol, motivo por el cual las temía en la misma medida. Temor... y celos. Unos celos mordientes por no ser el receptor natural de toda esa pasión.

—Sül permanecerá dentro de mí para siempre. Este es nuestro futuro, Adhar. Te sentaré a mi lado, seré benévolo con tus parientes, pero has de entender que me pertenecéis. Con todo, no me conformaré con vuestra obediencia, confío en que volváis a amarme. Me refiero a ti y a mi diosa. Respóndeme de una vez: ¿dónde... está?

Sondeó los pensamientos del elfo buscando restablecer su vínculo, sacar a la superficie lo que le ocultaban. La penetración fue tan brutal que Caradhar tuvo la impresión de que le estallaría el cráneo; hilos de sangre manaron de sus oídos y fosas nasales. Mientras Tierra reparaba en el rojo brillante y lo restañaba incluso, frotándolo con las yemas de sus dedos, una voz familiar se vertió por las grietas de su consciencia:

 

—Suéltalo, Tierra. Permite que vuelva con los suyos y hablaremos cara a cara.

—Tú, al fin. ¿Por qué asumís todos que estáis en posición de negociar?

—Has dicho que esperas que volvamos a amarte. Eres poderoso y bello. ¿Tienes que conseguir lo que deseas por la fuerza?

—Apelas a mi orgullo como si fuese un ingenuo. Trataste de entrar en mi mente. ¡De dominarme! ¡Huiste de mí!

—Me pedías lo que no podía ofrecerte.

—Te pido lo que me corresponde, Luna. ¿Me lo darás ahora? Porque si sigues negándote, esta conversación es inútil. Encadenaré a mi pequeña mascota pelirroja y luego iré a por ti. Y no te será tan fácil penetrar mis defensas ahora. Si me lo he tomado con calma en mi camino hasta aquí, ha sido para reforzarlas.

—Lo sé. Únicamente pretendo hablar, hablar sin que nadie nos moleste. Sobre nuestro futuro, el futuro de nuestras familias, el cielo y la tierra. Nuestra gente y nuestro dominio. Suelta a Caradhar por ahora y espérame en la sala del trono, me reuniré contigo enseguida.

 

El dios aflojó la presa y se sentó al extremo del diván, ceñudo y pensativo. El dotado no pudo evitar lanzarle una mirada de añoranza antes de arreglar sus ropas y alejarse de allí con paso vacilante, temiendo a cada segundo que él mudase de parecer y concluyera lo que había iniciado. Y le costaba tanto... Era Sül y no lo era, sí. Pero tampoco le quedaba nada más.

Tierra no hizo ademán de detenerlo. La parte de él que respondía a los impulsos de Sül estaba desgarrada por la separación. La que pertenecía a la deidad, en cambio, tenía otras prioridades, la más urgente de las cuales era acoger en sus brazos a aquella que le estaba destinada. Tras acallar los lejanos lamentos de su adalid, se alzó y ordenó a Seriam que lo vistiese.

—Mi dios, el miasma de corrupción de este palacio es asfixiante —afirmó el medio elfo durante el proceso—. Por mucho que impresione su hermosura vacía, es una simple montaña de piedras y metal. Ignoro qué os impide culminar la purificación y libraros de los laboratorios más dañinos del continente.

—Te pediré tu guía cuando la precise, Seriam, antes debo atender otros asuntos. Asuntos que alguien con tus carencias nunca llegaría a comprender.

 

 

 

Cuando la diosa y sus pasajeros aterrizaron en secreto en Argailias, Tierra acababa de poner sus garras sobre el cuello de Caradhar. Su llegada movilizó a todos los Silvanos apostados en la ciudad, tanto a los dispersos por sus calles como a los congregados en Elore'il, la mayoría de cuyo séquito andaba repartido, según decreto del Sennim, por Llia'res y otras Casas del primer círculo. Dada la tormentosa época que atravesaban, el gobernante aún no había sentenciado el destino de la usurpadora Corail; el hecho de que los Silvanos —y aun los dioses— se burlaran de su justa ira no iba a alterar de la noche a la mañana una mentalidad forjada a través de los siglos. No obstante, fue el palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas el lugar que la recibió, y en concreto los guías y escoltas que permanecían allí ocultos, al abrigo de su manto de invisibilidad. Xanait corrió a abrazar a su padre, poco intimidada por el aura grave de los guardianes. Navhares lamentó no atreverse a hacer lo mismo con Vira.

—Bienvenida, mi diosa. —Savran inclinó la cabeza tras el saludo—. ¿No obtendremos, pues, refuerzos del oeste?

—Aún no. Por ahora tendré que contentarme con tantear a Tierra y averiguar cuáles son sus intenciones. Si no logramos convencerlo para resolver esto pacíficamente...

—Luchar. ¡Eso significa luchar! —intervino Kaledias—. ¿Me equivoco?

—Admití que no recurriría a ello a menos que me quedase sin alternativas. ¿Seguís dispuestos a arriesgar vuestras vidas?

—Seguimos. Por poco que nos importe esta sucia mole de piedra, la tierra y el pueblo Silvano merecen un dios lúcido, con un adalid y un vidente dignos de sus destinos.

—¿Y vosotros, Savran?

—Haremos lo que nos pidáis, mi diosa.

—Bien. Permanece aquí, Xanait. Es mejor que no me acompañes durante este encuentro.

Algunos creyeron oír un suspiro escapado de los labios de Luna mientras se dirigía a la sala del trono. Librar a su padre de la vergonzosa situación en la que se encontraba en aquel momento habría resultado doloroso para cualquier niña o niño; enfrentarse a Tierra de una manera sutil y que no empañase su propia dignidad...

Esa iba a ser la tarea más dura de todas.

 

 

 

Tierra decidió esperar de pie en vez de usar aquel pedante trono élfico. No necesitaba esos artificios para hacerse respetar, no ante Luna. Tampoco era conveniente estar sentado para la conversación que tenía planeada, una conversación que derivaría en algo físico si ella no atendía a razones y pretendía salir de nuevo huyendo. Al verla atravesar las grandes puertas, con la melena flotando en torno a sus caderas y un atuendo blanco y plateado que evocaba a su forma celeste, la parte inmortal de su esencia sintió revivir el anhelo hacia su diosa.

—Si no fueras tan hermosa y no te deseara tanto, te prepararía una prisión en mi reino de la que no pudieses fugarte. El problema es que languidecerías apartada de tus dominios, ¿no es cierto? Me llamas cruel y monstruo y no admites lo generoso que soy a la hora de pasar por alto tus traiciones. ¿Dónde has estado? ¿A cuántos Silvanos ocultas en la ciudad? ¿Por qué hiciste lo mismo con mi... con Caradhar? —Al intentar acercarse, comprobó que ella guardaba las distancias con sutileza—. No te atrevas a alejarte de mí. No te atrevas o...

—Pensé que te alegrarías de verme y que me recibirías en privado, y no con tu acompañante. Yo he venido sola.

—¿Te inquieta la presencia de Seriam? Pamplinas, no hay nadie más discreto. Ahora bien, si esa es tu excusa... —El medio elfo cayó sobre una de las alfombras de hilo de plata. Su respiración era lenta y profunda; se había quedado dormido—. No despertará hasta que yo así lo disponga. ¿Y bien? Quiero mis respuestas.

—Me alegra que hayas acudido a Argailias en paz. Tu adalid y el padre del mío vivieron aquí, pasaron malos ratos y también algunos muy felices. Es hermosa, llena de posibilidades. Será un gran templo de la savia si la modelamos según su espíritu en lugar de echarla abajo.

—Te propones volver a negociar conmigo.

—Me has dado esperanzas. A la fuerza ha de quedar en ti algo de afecto hacia ella.

—¿A mí me hablas de afecto? ¿Hacia este estercolero de vicios? ¿Qué sabrás tú de posibilidades, mirando desde lo alto o a salvo en tu arbolito de Dervarn? Aquí, en la Zanja, se crían los peores criminales del continente, tan inmersos en la podredumbre que ya no saben distinguir lo bueno de lo malo. La élite de la escoria, la que viste telas elegantes que disimulan las manchas de sangre, son los Darshi'nai. ¿Y a quién sirven? Al círculo central, los peores de todos, cuya catadura moral ennegrecería la plata y el oro con los que se adornan. ¿Esto, un templo? Aquí no creen en nada, salvo en más poder y en más putrefacción. ¿Esto es lo que quieres salvar?

—Savia nueva se sentará en el trono.

—La savia nueva puede sentarse donde sea, bien lejos del hedor. No voy a ceder en esto. Deberías pedirme, más bien, clemencia para Dervarn. No me siento inclinado a perdonar su alianza con los alquimistas.

Luna aspiró hondo. Había llegado el momento de comprobar el alcance de sus capacidades.

—¿Y si te pido clemencia para ambas? —La imagen de la diosa acercándose a él, bella y ondulante en sus vestiduras de cuerpo celeste, resquebrajó el autocontrol de Tierra hasta el punto de que sus brazos volaron por su cuenta a enlazarle la cintura. Ella no hizo ademán de apartarlo—. Me dolería enseñarles el nuevo camino sobre escombros. Permite que estos muros sirvan para acoger a los refugiados mientras reconstruyen su mundo sin alquimia. Sé un maestro paciente e íntegro.

—¿Ya no sientes reparos absurdos? —Los labios del dios se perdieron a lo largo de aquel cuello nacarado—. No quiero hablar de mortales ahora, lo único que deseo eres tú. Devorarte hasta la última pulgada de piel. Entrar en ti como no he entrado en nadie.

—Está lejos de mi alcance resistirme, respondas lo que respondas. Ahora bien, si me dices que sí... Si lo haces, rendirás mi corazón un poco más.

—Bien dicen que la luna es mudable y caprichosa, y a la vez predecible. Planeas arrancarme promesas intoxicándome, y yo... He estado tan loco de añoranza que puede que funcione.

El beso de Tierra no fue dulce, sino un violento asalto de colmillos y lengua de dragón. Luna tampoco trató de detenerlo, ni cuando sus manos se colaron bajo la seda blanca ni cuando la incitaron, entre jadeos, a explorar sus marcas. ¿Por qué habría de hacerlo? No corría ningún peligro, todo era una ilusión; un juego de percepciones que había deslizado con habilidad en la mente de su contrapartida en tanto ella se mantenía a distancia, de pie junto a la entrada. Resultaba mucho más fácil usar su telepatía si le mostraba aquello que quería ver.

En ese instante surgió el primer conflicto entre las dos mitades de su personalidad: por mucho que la diosa añorase aquel fuego, la joven Galvras no percibía más que al amante de su padre. ¿Hasta qué extremo sufriría Caradhar de compartir la escena? Y Luna no podía descender al nivel de Tierra ahogando la conciencia de su adalid; ambas partes estaban demasiado compenetradas para considerarlo siquiera. Tuvo que contentarse con apartar la vista de sí misma, aislar sus sentimientos y confiar en que el dios se rindiese lo suficiente a aquella fantasía. Destilar gotas de sensatez y dejarlas caer poco a poco en su juicio. Apagar su rabia con los besos que podrían llegar a compartir algún día.

Y, si todo fallaba, conseguirse un poco más de tiempo.

 

 

 

—Me has decepcionado tanto. Robar la poción de voz de mando cuando tu padre te prohibió su uso de manera expresa. Retar al dios, al devastador de laboratorios, con alquimia. Prefiero no pensar en lo que habría pasado si Caradhar no hubiese entrado entonces. Eres un joven inteligente, Mereios. Esperaba mucho más de ti.

—Y yo esperaba que alguien más tuviese el valor de enfrentarlo, pero todo lo que veo son cobardes. Y... y trátame con el debido respeto. No eres una noble digna del nombre. ¡Ni siquiera mereces estar encerrada en Elore'il! ¡Si de mí dependiese, yo...!

El heredero al precario trono del Sennim hervía de rabia tras el infructuoso —e ingenuo— intento de dominar a Tierra. No conseguía comprender qué tipo de dios se plantearía acabar con la maravilla de las ciudades, ni por qué su magia era más poderosa que los alquimistas. Tampoco tragaba que su madre y su abuelo allí presentes, o los escoltas, o los consejeros, permitiesen a Corail darle lecciones. Si bien nunca lo habría admitido, tras su frustración subyacía un fuerte conflicto entre el convencimiento de saberse mejor que los elfos salvajes y la envidia de sus talentos. Poseía su sangre, era quien era, ¿no era justo recibir sus propios poderes? Deilessa le había susurrado que el segundo dragón habitaba el cuerpo de la hermana de su padre. ¿Por qué una cría más pequeña se desarrollaba antes? Por otro lado, ¿de qué les servía? Entre todos aquellos supuestos hechiceros no eran capaces de reunir la suficiente potencia de fuego para derrotar al dragón. Sí, ¿de qué servía una magia tan débil?

Al dar la espalda a la dama Corail tropezó con Caradhar, otra de sus figuras despreciadas y temidas. Que lo hubiera salvado del dios no compensaba la forma vergonzosa de hacerlo. Lo apartó con toda su altanería; sin embargo, no consiguió mellar el fuego frío de esos iris rojos, y se vio forzado a refugiarse tras la Senniam para escapar de ellos. Aún sintió nuevos golpes en su amor propio cuando ese elfo ordenó que lo purgasen de la poción —¡purgarlo a él!— o cuando Navahres se precipitó en la estancia y Deilessa corrió a abrazarlo. Esa mocosa, pensaba, carecía de dignidad. Y no lo apoyaba. Y si empezaba a mostrar una fracción de esa magia antes que él...

Apretó las mandíbulas y los puños: su padre volvía a experimentar uno de sus desvanecimientos y el salvaje enorme de pelo rapado lo sostenía para llevárselo de allí. Su padre, el bastardo... Su mundo se desmoronaba. Todo se hacía pedazos y él no era capaz de pararlo.

 

 

 

De nuevo revisitaba su visión más recurrente, Caradhar ante el dragón de la Tierra, aunque esta vez resultó ser la peor de todas. Además de dominarlo a un nivel físico, no se detuvo en aquella nítida escena de su padre enfrentado a la mole oscura y ardiente, sino que continuó más allá: el elfo pálido y medio desnudo, suspendido ante la criatura; llamaradas que lo envolvían sin tocarlo; alguna especie de arma monstruosa en sus manos y...

 

—¡No! ¡No! ¡Padre, no!

 

Recuperó la consciencia gracias a sus propios gritos, la mejilla surcada por una lágrima solitaria y las manos de Vira sacudiéndolo para traerlo de regreso. Los sabios opinaban que no se debía interrumpir el sueño de los videntes por desagradable que fuese. A juicio del Silvano en aquel momento, los sabios podían formar una fila y arrojarse en orden al abismo de fuego.

—Eh, eh, tranquilo, no me voy a separar de ti ni el espesor de un cabello. —El muchacho encajó en sus brazos a la perfección mientras lo calmaba—. Y te advierto que te despertaré a pellizcos si vuelves a caer dormido. Se acabaron las pesadillas por hoy.

—Vira, lo vi... Lo vi... Lo vi a él... Yo... yo...

—Ya está, shhh, ya pasó. Todo tiene mejor pinta a la luz del día.

—No, no, esto no. ¿Recuerdas mi visión de Caradhar ante el dragón, cuando estuve a punto de caer del antepecho de Elore'il y tú me salvaste? Ahora ha sido mil veces más horrible. Distinguí... Los alrededores de Tierra se apreciaban con claridad, llenos de combatientes que se lanzaban a la batalla con mi padre al frente. No entiendo la razón, nunca ha sido un guerrero. Había armas, y fuego, y gritos, y cuerpos que caían. Y lo vi a él...

 »Lo vi morir, Vira. No me preguntes por qué estoy seguro, pero es así: Caradhar morirá si atacamos. Morirá... y ni siquiera sé si se trata de un sueño espejo, si está a mi alcance evitarlo o si todo esto es la última palabra de los dioses.

Había tal terror en los ojos de Navhares que a Vira le costó sacar a relucir su lado despreocupado. Tampoco habría podido hacerlo, no con lo intenso que era su vínculo.

—Te lo he contado —prosiguió el muchacho, casi sin voz—. Te lo he contado. Ya no habrá modo de fingir que no ha pasado. Ya no podré callarme o inventarme... inventarme otra historia.

—¿Planeabas guardarte esa visión para ti? Navhares, por poco que nos guste, es tu deber de vidente compartir lo que ves.

—¡Lo sé! Lo sé, pero... ¡Por favor, prométeme que no se lo mencionarás aún! ¡Evacuaremos la ciudad! ¡Nos esconderemos hasta que no queden laboratorios y el dios se calme! Déjame pensar unos minutos y se me ocurrirá una buena explicación que darles. ¡Por favor, te lo suplico! ¡Por favor!

—Escúchame. —Lograrlo le costó elevar el tono y sujetarle las sienes—. En el pasado ignoraste tus visiones y callaste, y las consecuencias fueron desastrosas. ¿En serio quieres repetir ese error?

—Pero... ¡pero morirá! Vira, es mi padre, no puedo enviarlo así al peligro. ¿Y qué hay de Galvras? ¿Y de sus nietos? ¿Y Sül? ¿Qué crees que hará Sül si lo pierde?

—¿Y qué crees que hará él si se entera de que le has vuelto a ocultar la verdad? Eh, yo tampoco quiero que le ocurra nada. Ahora bien, si estuviera en su lugar y fueses tú el atrapado en un monstruo, te garantizo que preferiría disponer de todos los datos y avanzar hacia una muerte cierta antes que perder cualquier oportunidad de ayudarte, por pequeña que fuese. Merece saberlo. Navhares, tienes que decírselo.

—Sí. Tienes que decírmelo.

Enfrascados en el debate, ninguno de los dos elfos notó la sombra pelirroja que llevaba un rato atisbando desde la puerta. No parecía enfadado ni decepcionado, para alivio relativo del joven. Sus manos le acariciaron los hombros con afecto.

—Padre...

—Navhares, Sül y Argailias te necesitan. Yo te necesito.

—¡Y nosotros a ti! El primer error fue culpa mía, así que debería ser yo quien pague. ¿Cómo pueden ser tan injustos los dioses? Me da igual su voluntad. ¡Me niego a que me muestren nada más, si eso es todo lo que tienen para ofrecerme! ¡Caradhar, no quiero que te ocurra nada! Por favor, por favor, por favor...

Al tener en brazos a Navhares deshecho en lágrimas, con el pecho sacudido por los sollozos, el dotado deseó por una vez no ser quien era, sino el tipo de padre protector y consolador que sus hijos merecían. Podía apretarlo con fuerza, acariciarlo, posarle los labios en la frente; sin embargo, a la hora de pronunciar palabras de consuelo únicamente sabía decir la verdad.

—Yo tampoco deseo sufrir más. Daría lo que fuese por estar siempre aquí para mi familia; por veros crecer a salvo y daros felicidad; por llevaros a un lugar seguro, comenzar de nuevo. Por desgracia, eso ya no es posible ni para Galvras ni para Sül. Ella afronta responsabilidades demasiado graves para alguien tan joven, y él...

»Sül es mi destino, así lo llama Luna. Desde que se convirtió en mi fulcro supe que el vínculo sería irrompible y que ninguno sería como él, por muchos otros que crease. Estamos unidos más allá de la vida; si la pierde, ¿de qué me vale a mí la mía? Un féretro cerrado, oscuridad y fuego, así es ahora. No, Navhares, no deseo sufrir más, y por eso haré cualquier cosa para sacarlo de ahí. Incluso morir, si es lo que las deidades me han preparado.

Aún le costó un buen rato a Navhares calmarse y relatar, con frases entrecortadas, cada uno de los detalles del sueño. Para el joven fue semejante a dictar sentencia, sentimiento que se intensificó cuando la asamblea de elfos los mandó a buscar para debatir su próximo movimiento. Estaban allí todos, incluyendo una representación de guerreras de la Percha encabezadas por Nime, quien se había empeñado en asistir a cualquiera que fuese el desenlace. Interrogada Xanait sobre la entrevista con Tierra, la muchacha reveló que, a pesar de los esfuerzos de su señora, había que prepararse para lo peor. Los guías de Dervarn, Kaledias y el Sennim ordenaron entonces a sus soldados y tejedores desplegarse en el espacio libre en torno al palacio, el área más despejada del círculo central; aunque sabían que sería insuficiente para contener a un pequeño ejército y a dos dragones, no estaban en condiciones de elegir.

Con la mayoría de los defensores destacados en el exterior, allí dentro solo quedó un puñado de ternas, cuyos miembros iniciaron el ritual de exponer sus tatuajes y aplicarse pintura de guerra en los rostros. Todos lo contemplaron como si de un espectáculo se tratase. El resultado final evocaba una oleada de savia lista para el combate, similar a la que Navhares viese durante la fallida elección de los Nudhakavie. La diferencia estribaba en que en sus corazones pesaba más el miedo que la gloria.

—¿Vas a pelear con nosotros en primera línea, Vira? —La pregunta de Azor quizá sobraba, pues el único guardián nacido fuera de Dallankor ya había decorado sus mejillas con espirales de corinto—. No tienes por qué. Yo sí, para proteger a mi hija y a... su madre. La muy cabezota se ha unido al grupo de la Percha.

—Estás siendo muy condescendiente con la dama; piensa que a lo mejor es ella quien salva tu lindo culo de la quema. Por otro lado, ¿el juramento que presté se invalida ante dragones con mala leche? Gracias por tu cortesía, pero no tengo elección. Yo también he de velar por ciertas personas.

—Te refieres a tu vidente. Todavía no sé por qué su padre no te ha partido la cara por ponerle las patas encima al chico. Bueno, él sabrá. Los sureños sois raros de narices.

—Y los norteños compartís la simpleza de los rábanos y vuestras conversaciones son igual de cautivadoras. —Los dos sonrieron ante sus respectivos gestos obscenos. Luego lanzaron una ojeada discreta al tercer miembro, que se ajustaba el cinturón sin pronunciar palabra—. ¿Y tú, Dranaris? ¿Cuál va a ser tu motivación?

—Jamás nos convertimos en Nudhakavie —murmuró tras una larga pausa, con voz tan queda que apenas lo escucharon—. Compusimos esta terna para... Para nada, en realidad, ya nunca cobrará sentido. Seguramente esta será nuestra última ofensiva juntos. Nos esforzaremos para que cuente, eso os lo prometo.

Estiró su espada ante él, con la punta tocando el suelo. Vira y Azor se sintieron obligados a repetir el gesto con sus propias armas, aceptando así actuar unidos, aunque les picaba en la garganta indagar el porqué de su pesimismo. Una discusión entre los líderes atrajo su atención y la del resto.

—¿Cómo se supone que haremos mella en un dios que es la Tierra misma? Mis guardianes son elementalistas en su mayoría, no se bate al maestro en su terreno. ¿El elemento aire? Si la diosa, que es la dominadora absoluta, no logra reducirlo con esa habilidad, dudo que nosotros tengamos algo que decir. Ni con la telepatía. ¡Esfuerzo inútil!

—Nuestro número y coordinación marcarán la diferencia. No hay que desdeñar el poder de las armas convencionales.

—Esa es otra cuestión. ¿Hasta dónde hemos de llegar? ¿Cuáles serán las consecuencias si lo herimos? Que las deidades perdonen mi lengua blasfema por preguntar si se puede matar a un dios.

Se levantaron murmullos y miradas airadas, la de Caradhar la más incendiaria de todas. A muchos les sorprendió la espontánea contribución de Nime; su garganta cascada y sus carraspeos se hicieron oír sobre el ruido de fondo.

—Ah, no os preocupéis, dudo que os alcance la potencia para tanto. A menos que la diosa descargue toda su energía en un ataque contra su mente.

—Desintegraría la del adalid más allá de cualquier sanación.

—Ya, ya, y no es la naturaleza de nuestra señora lastimar así a quienes le importan. Ahora bien, si la memoria no me traiciona, juraría que Lai mencionó en alguna de nuestras charlas sobre los famosos tomos que una herida física grave puede forzar al dios a abandonar su recipiente para no dañarlo. La... Hum, ¿cuál era la palabra? La regeneración, eso es, recae en su carnalidad, no en la del mortal. Lo recuerdo porque me asombró una actitud tan obsequiosa hacia el pobre adalid. Ay, lástima que su actual talante no me inspire tanta confianza...

Fueron muchos los ojos que interrogaron a Xanait en busca de confirmación. El debate prosiguió entre los líderes y sus seguidores, para finalizar con algunas estrategias de ataque y defensa. Proteger la ciudad a cualquier coste, conseguir un dios más digno, garantizar la seguridad, obtener venganza... Cada facción alimentaba sus propios anhelos sobre la base de un temor común a todos: hasta dónde llegaría la Tierra si no eran capaces de ponerle freno.

A todos salvo a uno. En aquel punto, el motor de Caradhar era la angustia por volver a abrazar el cuerpo mortal de Sül, sin la barrera de la savia. Y su temor no era la destrucción, ni la vergüenza, ni aun la muerte, sino el fracaso.

 

 

 

Tierra deslizó sus garras sobre un paraíso onírico de piel de luna. Lo hizo procurando no rasgarla, haciendo gala de una delicadeza que a duras penas ocultaba su avidez no satisfecha; un sentimiento difícil de comprender para él, cuando tenía en las manos lo que había codiciado desde su despertar y acababa de usarlo a placer. Quizá se necesitaba más tiempo para saciarse, pensó mientras posaba los labios en el cuello de su diosa. Quizá el deseo le había nublado los sentidos hasta el extremo de no dejarle impresiones físicas ni psíquicas. La melena corinto se interponía entre ambos, tenaz como una cortina de muchas capas de seda. Con gesto impaciente, la apartó y buscó nuevo acceso a las curvas que ocultaba. Ella se revolvió.

—¿Vas a huir de debajo de mí ahora que ya te he saboreado por dentro? —Se vio a sí mismo sujetándole las muñecas con una risita burlona—. Porque lo he hecho, aunque me ha sabido a poco. Me parece que no, amada mía.

—No es mi intención huir. Durante esta eternidad que hemos estado separados, ¿pensabas que no te echaba de menos? La distancia se clava y se retuerce en el corazón, tanto más cuanto que ahora tenemos uno de carne. Por eso he querido unirme hoy contigo, para suavizar ese dolor y dejarte un hermoso recuerdo hasta que hallemos adalides definitivos.

—No te entiendo.

—Tierra, es hora de que dejes este cuerpo. —Una mano argéntea acarició la mejilla del dios—. Casi has culminado la purificación, tu trabajo está hecho, así que puedes desprenderte del elfo al cual te ataron. Conseguiré adalides sólidos y dignos de nosotros, los dos de sangre mezclada. Gracias a ellos permaneceremos juntos para siempre.

—Si no te amase tanto, sospecharía que tu despliegue de afecto es un simple cebo para hacerme tragar esa absurda idea tuya. Ya soy lo bastante sólido, ¿necesitas que te lo demuestre de nuevo? Este cuerpo no va a ir a ninguna parte. Y tú tampoco.

—Tu parte mortal no posee mezcla, savia ni sabiduría.

—Mi divinidad lo compensará. Abismos de fuego, ¿qué insensateces me haces plantearme? ¡He llegado hasta aquí sin tu ayuda! ¿Pretendes que acepte volver a caer dormido en este pozo lleno de alquimistas?

—Yo desmantelaré los laboratorios para ti. Cuando despiertes, lo que ahora merece tu desprecio se habrá convertido en tu nuevo trono de plata. Mi color, que tanto me alabaste siempre, rendido a tus pies.

—¿Y renunciar a la culminación de mi viaje únicamente porque tú me lo pides?

—Porque yo te lo pido. Has de hacerlo por mí, mi amor. Por mí.

Los abismos no eran de fuego, sino de savia; los grandes ojos de Luna. Era fácil ahogarse en ellos, en su vientre perfecto, entre sus piernas largas y suaves. ¿Qué tipo de amante negaría a su diosa algo rogado con tanta devoción? Y, sin embargo, ¿por qué seguía sin sentirse completo? Ella estaba allí y a la vez tan lejos... Tan lejos...

—Me pides librarme de esta envoltura élfica porque consideras que le pertenece a Caradhar, ¿verdad? Insistes en tales bobadas, y eso que acabo de derramarme dentro de ti. Acabo de... —Diez garras aferraron las caderas de aquella silueta femenina. De repente ya no se le antojaba tan auténtica—. ¿Qué has hecho, Luna? ¿Qué has hecho?

 

—Rompe tu atadura y despréndete de tu adalid. Retorna a tu sarcófago. Obedéceme AHORA.

 

La ofensiva directa a su cabeza no rompió la atadura, mas sí la ilusión que había envuelto a Tierra. A pesar de las estocadas del ataque mental y de la sangre y la savia que empapaban sus ojos y oídos, pudo distinguir que estaba solo en el diván y que ella lo observaba desde la puerta; la velada de intimidad había sido un engaño. Una nueva orden psíquica lo forzó a sujetarse las sienes palpitantes, aunque le causó más ira que dolor, pues fue la vulnerable mente de Sül la que padeció la peor parte de la arremetida. El ataque cesó al instante. Mientras usara al elfo de escudo, la diosa no se arriesgaría a ir más allá.

Le costó unos segundos enfocar la vista. Cuando lo consiguió, descubrió que Luna se inclinaba sobre él con una larga hoja afilada apuntándole al pecho: la pacífica deidad estaba dispuesta a acuchillarlo. De haber podido permitírselo, se habría regocijado ante aquella muestra de coraje en la que creía reconocer la iniciativa de Galvras. Esa criatura había heredado el hielo ardiente de su padre.

No obstante, estaba demasiado furioso para aplaudir el gesto. Con su primera reacción, el suelo se sacudió bajo los pies de su antagonista y la lanzó a toda velocidad contra la pared de la estancia. Con la segunda, la hoja se licuó en un charco de metal caliente. Con la tercera aprisionó a la diosa en una maraña de roca fundida y estalactitas de mármol y plata. Ella contuvo un gemido; por más que el proceso de regeneración de su carne fuese instantáneo —a diferencia del de Tierra—, distaba mucho de ser indoloro. Maldijo en silencio. Había titubeado con el arma en lugar de permitir que la fría determinación de Galvras rematase el trabajo, y sus dudas iban a desencadenar un terremoto.

—Me engatusas para que renuncie a mi encarnación, a mi propósito y a mi venganza. ¿Quieres que indulte Argailias? Te diré lo que voy a hacer: echaré abajo este reluciente y corrompido altar a la luna hasta que no quede un ladrillo en pie, hasta que ni sus cimientos delaten lo que alguna vez se alzó aquí. Después seguiré con Dervarn, y con... ¿Cómo se llamaban los dominios de Bosque? Sí, no pienses ni por un minuto que ignoro tus maquinaciones. Y después, ¿quién sabe?, puede que sea yo quien busque una nueva adalid para ti. Alguien a mi medida, y no una mocosa ambigua llena de remilgos. ¿Me escuchas, Galvras? Debí tomar a tu padre en cuanto tuve la ocasión, en lugar de esperar a encontrarme contigo. Me pertenece. Siempre ha sido mío, aunque tú, tu hermano y el resto de tu maldita familia creáis que tenéis derecho a compartirlo. Parásitos, igual que esta ciudad. Me pregunto qué sucedería si desaparecieseis bajo sus ruinas...

La cólera se había adueñado de Tierra por completo, hasta el extremo de iniciar su metamorfosis cuando aún no había abandonado los muros de palacio. Colmillos y garras de varias pulgadas, cornamenta protuberante, escamas que colonizaban el espacio entre sus marcas... Perdida de nuevo la oportunidad de dominarlo sin hacer pedazos a Sül, Luna supo que su última alternativa era guiarlo hacia los guerreros Silvanos. Y debía hacerlo antes de que su tamaño amenazase la integridad del edificio.

Gracias al talento metamórfico de Galvras, escapó a la prisión de piedra y metal convirtiéndose en un halcón de plumaje translúcido. El dios apretó las fieras mandíbulas al verla volar por la galería de audiencias, un amplio corredor que desembocaba en el pórtico de la fachada principal. Proyectó fragmentos de muro contra ella, la envolvió en llamas; dejó caer una lámpara de cristales y la retorció en torno a sus alas, si bien Luna se deslizó entre el amasijo de brazos retorcidos dejando atrás una pluma solitaria. Un Sül aún élfico persiguió a la fugitiva hasta la entrada, cuyas puertas labradas se abrieron a su paso. Cuando sus zarpas ya la rozaban, el ave remontó el vuelo con un último impulso, adquiriendo su aspecto dragontino a medida que ascendía a los cielos. El silencio le sirvió de contrapeso y cayó a plomo sobre la ciudad: ni los estupefactos argailianos se atrevieron a gritar ni Tierra dio voz a la rabia que le encendía las venas, pues su atención estaba fija en el palacio, alrededor del cual comenzaba a formarse una cúpula protectora. A duras penas alcanzó a hacer salir a su guía antes de que el hechizo se completara. Cuando Seriam se reunió con él, todavía desorientado por las horas de sueño, el centro de Argailias ya era una fortaleza de magia de defensa.

Edificaciones guarecidas en campos de fuerza.

Un destacamento de soldados locales y otro de guerreras de la Percha, armados con arcos y lanzas.

Los mejores tejedores de Dervarn, en escuadras repartidas por toda la zona.

La horda de ternas de Dallankor al frente de las tropas.

Luna y su jinete Xanait, suspendidas sobre el incipiente campo de batalla.

Su amada y sus súbditos eran enemigos. De la garganta medio transformada de Tierra surgió un gruñido sobrenatural, eco de la orden que movilizó a la hueste élfica y humana.

—¡Atacad!





Anterior                                                                                                      Siguiente