2019/02/10

YA SABES QUE TE QUIERO: Más allá del Trío



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A pesar del tiempo pasado, siempre quedan rescoldos. Ya me contaréis.







2019/01/27

DOS ERRORES






Cuando el ayuda de cámara de Lord Dunford abrió la puerta del dormitorio de su señor, esperó hallarlo inconsciente bajo una pila de mantas. Era costumbre del joven dormir hasta tarde, en especial tras haber asistido a uno de esos eventos a los que tan aficionado se había vuelto en los últimos meses. Y aquella mañana del uno de enero de 1900, con el sol oculto bajo el horizonte gris y el cansancio de la víspera por la fiesta de Año Nuevo, ¿qué mejor excusa se le ofrecía para remolonear entre las sábanas? Pero, para sorpresa del veterano sirviente, su señor se le había adelantado y observaba el crepúsculo londinense a través del humo de un cigarrillo. Después de susurrar a la doncella que encendiese la chimenea, se acercó a él y recogió con un cenicero la colilla que amenazaba con desmoronarse.
Buenos días, señor. Ha madrugado usted mucho.
Ah, Coombs, buenos días. Supongo que es todo un acontecimiento, viniendo de mí.
No tanto, señor, considerando qué fecha señalada es hoy. Dado que aún es temprano, ¿desea que le suba una taza de té antes de bajar a desayunar?
Un té estaría bien, sí.
Debería haber descansado un poco más. ¿Qué dirán todos si notan sus ojeras?
Sobre eso no puedo hacer nada. Me ha sido imposible conciliar el sueño.
Coombs llevaba toda la vida al servicio de la familia del conde de Dunford y había visto crecer a sus dos hijos, así que se sentía autorizado a tomarse libertades con su joven señor, Nigel. Tras colocar la taza y el correo al alcance de este, abrió el armario y se cercioró de que su atuendo para la mañana estuviese impecable.
¿Lo pasó bien en la fiesta de Año Nuevo, señor? —preguntó mientras disponía las prendas.
Una cantidad de alcohol muy moderada para mi gusto. Es difícil soportar a los pelmazos cuando estás sobrio. Válgame Dios, ¿qué es esta gigantesca pila de cartas?
Me he permitido purgar las felicitaciones de temporada y solo he dejado las que pensé que podrían interesarle. Ya sabe, compromisos ineludibles y amigos.
Pues menos mal; ni el secretario del Primer Ministro debe tener hoy tantos papeles pendientes en su escritorio. No estoy de humor para leer, Coombs. Espero que mis ineludibles y mis amigos sean comprensivos y aguanten un poco antes de…
Los ojos de Lord Dunford se clavaron en el remitente del sobre más grueso. Sin decir una palabra más, sopesó aquel compacto bloque de papeles y le propinó unos cuantos golpecitos con el pulgar mientras se dejaba caer en una silla. Su ceño se había ido frunciendo poco a poco. Familiarizado con sus cambios de humor, el ayuda de cámara eligió aquel momento para presentar sus disculpas y eclipsarse. El joven no reparó en su ausencia. Rasgó la solapa, extrajo unas cuantas hojas de papel fino y paseó la vista por el encabezamiento, por las curvas de aquella caligrafía que conocía tan bien como la suya propia.

Mi querido Nige:
Apuesto a que no esperabas recibir semejante testamento en el día de hoy. Tampoco confío en que lo leas. Debes tener un montón de cosas en la cabeza, cosas más importantes que prestar atención a los desvaríos de un plebeyo desvergonzado que se atreve a llamarte Nige en lugar de ofrecerte la cortesía debida. ¿Qué le vamos a hacer? Son muchos años de confianza y ya te trataba así antes, cuando eras el Honorable Nigel Dunford y no el Lord en el que ahora te has convertido. Te pido disculpas por mi ligereza al abordar el tema; ni tú ni yo lo elegimos, fue una jugarreta del destino que tu hermano James falleciera y recayesen sobre ti sus responsabilidades. Y ahora…
He estado dándole vueltas y he llegado a la conclusión de que, en el fondo, nada habría cambiado si James aún estuviese entre nosotros. Tu padre habría tomado las mismas decisiones, tú habrías acabado por obedecer, me habrías seguido tratando con suspicacia después del incidente en la Academia… Y sé que he sido yo quien te ha estado evitando durante estos meses, pero convendrás conmigo en que ha resultado lo mejor para los dos. Yo soy un simple oficial sin perspectivas recién salido de Sandhurst y tú asumirás el título de próximo conde de Dunford; ya tengo mi destino en Sudáfrica mientras que a ti te esperan cometidos más elevados en Londres. Parto en el tren de la mañana para Southampton. Allí me embarcarán en alguna lata de sardinas con flotabilidad precaria y me enviarán hasta El Cabo, donde un puñado de bóeres frenéticos ansiarán rebanarme el pescuezo. ¿Te acuerdas de aquellas noches en la Academia, cuando nos escapábamos a echar unos tragos a la taberna de las hermanas O’Reilly y planeábamos estrategias para emboscar rebeldes en la jungla? Visto ahora, lo de matar rebeldes ya no me parece tan emocionante. Me alegro de que te quedes en la ciudad, donde lo peor que puede ocurrirte es que pilles un constipado por pasear sin paraguas. Nuestros caminos no van a volver a cruzarse, y quizá por eso me animo ahora a juntar unas frases para rememorar los buenos tiempos y agradecerte la amistad que siempre me has ofrecido. Y a pedirte que me perdones.
Evidentemente no eres el responsable de mis desviaciones. Ahora bien, ¿por qué tuviste que estar siempre a mi lado? ¿Por qué me dejaste tan claro que te importaba? Todavía recuerdo mi primer día en nuestro colegio, con once años apenas cumplidos, las piernas flacas como limpiadores de pipa y la cara llena de pecas bajo unas greñas pajizas. Yo era carne de cañón de burlas, un buen ejemplar de novato que ni siquiera tenía derecho a un apellido propio porque mi hermano mayor ya había pasado por allí; era Fehler minor, el escuchimizado nieto de extranjeros de dudoso pedigrí y perspectivas sombrías que se había colado en una escuela de postín. Tú también eras minor, claro, excepto que contabas con la ventaja de tu título y el buen nombre de James para allanarte el camino. Aunque no me quejo, ya que tú, el Honorable Nigel Dunford, te adelantaste a darme la mano y te ofreciste a guiarme. Me elegiste a mí, a un don nadie, para compartir tus escondites en los pasillos de nuestra casa y en los terrenos que se extendían desde el colegio hasta el pueblo. Menudo tipo enigmático que eras, ¿eh?
Sí, confieso que me cuesta entender por qué te exponías a colocarte en el punto de mira de los veteranos. Todavía se me eriza la piel de la nuca cuando revivo las amables novatadas con las que el viejo animal de Beauchamp tenía a bien obsequiarme en su estudio; fue escaso consuelo saber que la tomaba conmigo en represalia a sus enfrentamientos con mi queridísimo hermano. O las chanzas a costa de mi apellido que Larkin, su amigo con ínfulas de filósofo barato, me lanzaba a todas horas. «¿Sabías que Fehler significa error en alemán, enano?». «Tras el error major aparece el error minor». «Tus padres no se quedaron satisfechos con el primer error, ¿no? Ve y diles que dos errores no hacen un acierto». Yo fingía que no me importaba delante de ti. Fingía a todas horas para estar a tu altura y no imponerte la compañía de un perdedor, a pesar de lo mucho que me afectaban esas palabras. Y ahora me dirás que no entiendes por qué, que eran estupideces sin importancia, que el auténtico matón era Beauchamp y Larkin un simple bocazas que le seguía la corriente. Con todo, era a ese bocazas a quien más temía, Nige. Temblaba cuando me observaba antes de soltarme una de sus ocurrencias pues tenía miedo de que pudiese ver a través de mí. Ya entonces sospechaba que debía ser un bicho raro; lo que no habría soportado por nada del mundo era que tú también lo descubrieses.
Pero no lo hiciste entonces, ¿verdad? En aquella época mis sentimientos eran muy inocentes. Sin embargo, ¡qué fácil resultaba encerrarse más y más en ti! Entre las torturas de Beauchamp y los deberes y sermones de castigo que, ineludiblemente, caían sobre mí los fines de semana, tus notitas en el borde de mi cuaderno, tus guiños cuando el profesor Cartwright se tropezaba con los bajos de sus propios pantalones, y tus señales para soplarme las fechas de la Historia Británica eran mi salvación. Y los paseos por el campo, cuando nos fugábamos durante los partidos de críquet y corríamos a la lechería a gastarnos la asignación semanal… Y las noches a la luz de la linterna, leyendo los libros picantes que habías heredado de tu hermano… Y los vodeviles que representábamos a mitad de curso, y mis pataletas porque siempre me tocaba hacer de chica, aunque en realidad no me importaba con tal de que a ti te asignaran el papel principal…
Recuerdo con nitidez una de nuestras escapadas al río. Teníamos catorce años. El cielo que había permanecido encapotado toda la mañana se abrió de repente y un sol abrasador cayó a plomo sobre nuestras cabezas, haciendo salir a cada pájaro y anfibio de los alrededores. «Es como llevar un mechero Bunsen en la coronilla y otro debajo del culo, Raymond. ¿Nos remojamos?». Eso me dijiste. Y a mi protesta de que hacía demasiado calor para ir a por el traje de baño respondiste pateando tu ropa en todas direcciones y lanzándote al agua en bomba. Me salpicaste de arriba abajo y me amenazaste con una rociada más seria si no te seguía.
Después de años de bañarnos juntos ya no esperaba destapar nuevos secretos entre nosotros. Pero aquella tarde de verano, al verte tendido sobre la hierba con la mano sobre los ojos mientras el sol te secaba la piel desnuda, al distinguir la curva de tu sonrisa adormilada… Aquella tarde todo cambió para mí. Comprendí que quería tumbarme pegado a tu costado, tocarte, deslizar los dedos sobre tus pestañas húmedas y a lo largo de tus labios. Fui consciente por primera vez del monstruo que llevaba dentro.
Si has leído hasta aquí sin sentir arcadas confío en que continuarás hasta el final. Tú sabes que mantuve bien oculto ese monstruo hasta nuestro último curso. Contuve los ojos, la lengua, incluso los pensamientos. Me violenté de formas que no te imaginas para no hacer pedazos nuestra amistad. Cuando volvimos a reunirnos en Sandhurst para convertirnos en oficiales y caballeros ya estaba resignado a seguir así para siempre, te doy mi palabra; a que ambos recibiríamos algún destino honroso, brillaríamos en el frente y regresaríamos con cierta aura de valentía para casarnos con alguna joven de buena familia y darle unos cuantos hijos al imperio. ¿No fui un hombre cabal durante los primeros ciclos de instrucción? Sabes que sí, lo sabes, maldita sea. La culpa de que todo se fuera al infierno la tuvieron la enfermedad de James y aquel inoportuno encontronazo con el último tipo al que habría deseado volver a ver: Larkin.
Y de nuevo te responsabilizo a ti por mi propio pecado, a ti y al pobre James… Santo Dios, te concedo todo el derecho del mundo a maldecirme. Lo cierto es que, al ver a aquel recordatorio de mis viejos temores, la necesidad de recuperar mi máscara fue tan fuerte que no pude concentrarme en nada más que en aparentar indiferencia. Y en tragar cerveza tras cerveza. Pero Larkin se comportó como el desgraciado suspicaz que era; un desgraciado resentido por no haber superado los exámenes de ingreso a ninguna academia militar en tanto que yo, un crío durante su periodo de gloria en la escuela, había crecido más que él y era cadete de Sandhurst. «Apuesto a que te han admitido en la Academia por error. Ah, espera, ¿no era ese tu apellido? ¿O es tu táctica de seguir a Dunford a todos lados, igual que un perro faldero, lo que te funciona? ¿Sigues mirándolo fijamente cuando te crees que no se da cuenta? Eh, Dunford, ¿no te pone nervioso tanto afecto? ¿Te agrada ser el héroe adorado de este tipo?».
Sé muy bien que le tapé la boca con un puñetazo, aunque apenas recuerdo ese detalle; lo que nunca olvidaré es tu expresión indescifrable al oír las puñaladas que me lanzaba. En aquel instante mi único anhelo era acallar a ese bastardo y alejarme cuanto antes de allí. Pretender huir de ti, por otro lado, era algo bien distinto. Ojalá no me hubieras seguido, ni me hubieras preguntado qué quería decir con aquello, ni hubieses intentado sujetarme. Estaba convencido de que iban a expulsarme por salir a beber y por empezar una pelea. Tenía miedo de que abandonases la Academia a causa de la enfermedad de tu hermano, de que me abandonases. Estaba ebrio y dolido y desesperado. Y por eso lo hice, por eso me revolví y te besé de una manera que debe estar reservada a quienes amamos. Porque ya te había perdido.
Tu silencio estupefacto me dijo cuanto necesitaba saber. Si he de ser sincero, me asombra que no me golpeases para apartarme, sino que te limitases a mirarme como si fuera una aparición o un pobre loco. ¿Me odiabas? ¿Me compadecías? Ah, ¿por qué me ha sido siempre tan difícil adivinar lo que piensas? En fin, imagino que culpabas a mi borrachera. Todo ese tiempo, el hombre noble y generoso que es Nigel Dunford habrá estado achacando mi vileza al alcohol y esforzándose por contactar conmigo para pedirme una explicación sencilla. El problema era que no la había, no la que tú esperabas y merecías. Te rehuí lo mejor que pude entonces, asombrado de que Larkin no hubiera abierto la boca, hasta que James falleció y tú te marchaste a petición de tu padre. Su nuevo heredero no iba a ser enviado al frente para que lo matasen. Qué alivio sentí, Nige. Fue como si me arrancasen el corazón. Qué alivio.
La pura realidad es que Larkin tenía razón: soy el mayor error con el que has tenido la mala suerte de toparte. Un amigo no debería querer a otro de esta forma enfermiza. Si te juro que he hecho cuanto ha estado en mi mano para sofocar el sentimiento, ¿me perdonarás? ¿Rogarás por mi alma? Después de todo, este día tan especial para ti será el comienzo de una nueva vida digna de un futuro conde, y a mí no tendrás que volver a verme. No cuento con regresar de Sudáfrica. Me redimiré lo mejor que pueda ganándome una condecoración antes de caer, una que valga por los dos.
Te deseo toda la felicidad que mereces en este flamante 1900.
Tuyo a pesar de mí mismo,
Raymond

El joven Lord Dunford permaneció mudo durante un largo rato, su rostro una hoja en blanco en la que no se movía músculo alguno. De súbito, en un estallido de ímpetu, hizo sonar la campanilla y eligió un traje cualquiera del armario sin aguardar la llegada de su ayuda de cámara. Cuando este asomó y sorprendió a su señor vestido a medias, sus cejas pintaron una mueca de perplejidad.
Señor, ¿qué está...?
Coombs, haga que preparen el coche. No, no hay tiempo para eso; pare uno en la calle.
Pero señor, usted lo ha dicho, no hay tiempo para eso. ¿Acaso olvida que va a...?
¡Rápido!
Había empezado a llover. Dunford agradeció el contundente sonido de las gotas de lluvia mientras atravesaba a toda velocidad las calles de Londres; de alguna manera, el estruendo le ahorraba tener que meditar sobre sus actos. Ante la estación de Waterloo arrojó un soberano al estupefacto cochero y corrió hacia los andenes, olvidándose el paraguas en el asiento. No mostró sus mejores modales al preguntar a un inocente mozo de equipajes cuál era el tren que partía a Southampton, ni le fue fácil localizarlo entre los corrillos de viajeros, el ruido de las calderas y el humo. Para cuando alcanzó la vía correcta, la larga hilera de vagones ya estaba a punto de echar a rodar hacia su destino, pero eso no lo amilanó. Recorrió las ventanillas y se asomó a los compartimentos uno tras otro. A mitad de su inspección hubo de apretar aún más el paso, apremiado por el silbido de la locomotora. Fue entonces cuando distinguió una figura familiar al otro lado de la ventanilla, un oficial envuelto en su capote que observaba el exterior con expresión concentrada, como si quisiera empaparse bien de sus últimas imágenes de la civilización. El joven lo reconoció; atónito, se acercó al cristal.
Era demasiado tarde para hablar. Se limitaron a interrogarse con la mirada hasta que el tren arrancó y Dunford se vio forzado a seguirlo a pie hacia el exterior, exponiéndose al aguacero que ahogaba la ciudad. Allí permaneció mientras los vagones de cola pasaban a su lado y el rostro del joven oficial se desdibujaba irremisiblemente, convertido en un borrón en la distancia.



El aspecto de Lord Dunford al regresar a casa era tan lamentable —un hombre taciturno dejando una estela de agua tras de sí— que Coombs contuvo sus reproches y se contentó con apremiarlo para adecentarse. Para desmayo del ayuda de cámara, escasa fue la colaboración de su señor durante la tarea. Lo único que hacía era lanzar miradas impasibles a cuanto lo rodeaba: al traje de gala del perchero, con el cual habría de contraer matrimonio en poco más de una hora con la hija de un armador estadounidense; a la pila de cartas de la bandeja, sobre la que descansaba un sobre abierto con varias hojas; a la ventana, marco de un monótono paisaje de lluvia y cielo plomizo. Los pensamientos del noble, mucho más vigorosos que sus emociones, atravesaron por un momento la muralla de vidrio y retornaron a la estación de Waterloo.
El Nigel Dunford que había dejado atrás al Lord se vio de pie bajo el temporal, con la ventanilla del tren tan próxima que podía tocarla si estiraba la mano. Raymond estaba al otro lado, inmóvil, sus ojos pendientes de un gesto, de una frase que nunca llegaría a escucharse. Desdeñando el pobre desenlace de la escena, la imaginación de Dunford visualizó la figura de su amigo de la infancia levantándose para abandonar el compartimento desierto y bajar los escalones del vagón. Estaban solos bajo el aguacero, a salvo de espías inoportunos en tanto las nubes de Londres se vaciaban sobre sus cabezas. Raymond lo enfrentaba con una expresión confusa en sus familiares facciones. Familiares... No, ese Raymond ya no era el del colegio. Los hombros se le habían ensanchado y los rasgos se le habían afilado. Los ojos, los labios, eran los de un adulto.
Él terminaba de cubrir la distancia entre ambos y lo besaba. El beso no sabía a alcohol ni a rabia, como aquel día fuera de la Academia, sino a lluvia, a curiosidad, a compleción. Sabía al sol del verano tras un largo baño en el río, a música de vodevil y a pasos de baile improvisados sobre la tarima de un salón de estudios. Sabía al Raymond de verdad, suyo a pesar de sí mismo.
Sus aventureros pensamientos los transportaron entonces a algún lugar en el futuro. Raymond había sido licenciado del servicio activo con honores, él era miembro del Parlamento. A plena luz se exhibían tras dos fachadas de reputaciones intachables; al final de la jornada se reunían en un pequeño apartamento en el East End y perdían esa máscara de la que Raymond había hablado en su carta: se sentaban juntos en el sofá, comentaban el periódico o la última obra de teatro, escuchaban un disco en el gramófono. Echaban las cortinas, se besaban, recorrían con los labios rincones de sus cuerpos que la ropa había cubierto hasta entonces...
Lord Dunford recuperó los sentidos y apretó los puños con impotencia. Raymond tenía razón, todo aquello era un gigantesco error, uno que su mundo no perdonaba y que tarde o temprano los arrastraría al arrepentimiento. Estaba seguro, sin embargo, de que no era el único que iba a cometer en breve. Su atención volvió al traje de gala, heraldo del segundo gran error de su vida. Honor y deber contra la felicidad que le traería el primero...
¿No cree que el uno de enero es una fecha rara para una boda? —preguntó. Su voz sonaba un poco ronca—. Mi padre ha demostrado una extraordinaria rapidez para disponerlo todo. Quizá ha sido un tanto... apresurado.
Su padre lo ha hecho para afianzar su posición —explicó Coombs, ocultando su asombro por el espontáneo brote de franqueza—. No se preocupe; aunque le parezca un cambio brusco, se adaptará con naturalidad.
¿Usted cree...? ¿Usted cree que hay manera de que dos errores puedan hacer un acierto?
Coombs siguió la dirección de las pupilas de su señor, detenidas en el sobre abierto, y luego meditó sobre el traje empapado que la doncella acababa de llevarse. Era un empleado discreto y prudente; sabía que no era su papel inmiscuirse en los asuntos privados del próximo conde. Con todo, era asimismo un hombre leal que lo había acompañado desde la cuna y sentía por él la clase de afecto que su respetable padre, atado por muchos otros deberes, no podía permitirse ofrecerle. Ahogó un suspiro.
Mi madre defendía esa idea, sí —concedió—. Por supuesto, solía usarla en referencia a la simetría de los peinados de las damas más que a otra cosa, si bien opino que estaba en lo cierto. El día a día es una dura sucesión de decisiones importantes y de grandes responsabilidades. Es inevitable equivocarnos y hemos de estar preparados para asumir las consecuencias. Dicho esto, a veces debe permitírsenos tapar un error con otro cuando el perjuicio ocasionado sea menor que sufrir la franqueza, señor. Porque todos nos merecemos siquiera un poco de felicidad en nuestras vidas.
Lord Dunford consideró estas palabras en silencio mientras el ayuda de cámara pasaba revista a su atuendo y le daba el visto bueno. Fuera ya esperaba el carruaje que lo conduciría a la casa familiar, y de ahí a la iglesia. No se detuvo a mirarse al espejo. Tras pedir que retuviesen al cochero unos pocos minutos más, se sentó ante su escritorio, mojó la pluma en el tintero y escribió:

Mi querido Raymond:
Feliz año 1900 también para ti. Muchas gracias por tus buenos deseos, te prometo que me emplearé a fondo para satisfacer las expectativas de todos. No obstante, es una promesa que me será imposible cumplir si echo en falta a la persona más importante. Me evitaste cuando murió James, embarcas sin contar conmigo... Eres un pésimo amigo y te doy mi palabra de que me las pagarás cuando estés de vuelta. Porque vas a volver. Mis disculpas anticipadas si tiro de algunos hilos y descubres que esos bóeres que mencionas se ven en serios aprietos para acceder a tu pescuezo.
Te has quejado más veces en tu carta por no saber lo que pienso que en todos estos años atrás. Pues bien, te lo mostraré, aunque no en unas tristes líneas. Te contaré mi secreto cara a cara, igual que hiciste tú aquella noche antes de regresar a la Academia. Y yo no estaré borracho, sino bien sobrio.
Quizá seas mi mayor error, pero al menos lo habré elegido yo, Raymond. No deseo rogar por tu alma. Quiero que tú ruegues por la mía conmigo.
Tuyo sin pesares,
Nige

Después de sellar la pequeña misiva, se la confió a Coombs para el correo urgente. Con el corazón mucho más ligero, subió al vehículo y emprendió el corto viaje hacia la primera etapa de su destino.






2018/06/04

EL DON ENCADENADO: Epílogo





Al este de Dervarn había un río que le servía de límite natural. El agua bajaba de las montañas y discurría a la sombra de los árboles, con lo que era extremadamente fría, aunque deliciosa. Había muy pocas casas construidas al borde del mismo; un pequeño afluente cruzaba la ciudad y la abastecía sin que sus habitantes tuviesen la necesidad de agruparse en torno a los accidentados márgenes de la corriente principal.
Había un tramo más benigno donde ambas orillas del río estaban bastante próximas. A los pies de un gigantesco árbol centenario de gruesas y retorcidas raíces se había formado un pequeño estanque, alimentado por la corriente principal, que estaba cubierto de plantas acuáticas. Algún que otro pez se aventuraba a establecerse bajo la protección otorgada por estas.
La parte alta del árbol estaba circundada por una casa de construcción élfica cuya plataforma principal se asomaba al río, por una parte, y al estanque por la otra. Dado que su aislamiento imposibilitaba tender pasarelas, su único acceso era una escalera de caracol. El interior era amplio y cómodo, escaso de muebles pero con todo lo necesario. Había un par de habitaciones, en concreto, que revelaban mucho sobre la clase de elfos que allí habitaban: una estaba llena de estantes con libros, pergaminos y útiles para escribir; la otra, con expositores para armas de todo tipo, incluidas algunas rarezas exclusivas de los Silvanos, como las espadas cortas de hojas curvas que se adaptaban al brazo. Los recientes propietarios de aquella colección se habían aplicado con entusiasmo a familiarizarse con su manejo, en particular un joven de cabellos oscuros y ojos profundos...




Cuando Sül abrió los ojos, halló un espacio vacío en el colchón. Aquello era extraño, considerando el apego que su compañero sentía por las camas en general y por aquella en particular. Y el hueco estaba frío; el escurridizo pelirrojo se había deslizado entre sus dedos sin despertarlo y se había esfumado. Aunque para un Sombra retirado como él semejante descuido habría sido una humillación, se consolaba pensando que un elfo corriente no tenía nada que hacer contra los nuevos talentos del dotado. Y hablando de dedos y deslizamientos... Enroscado alrededor de su meñique el elfo se encontró un largo cabello rojo. No había llegado allí por casualidad, era el equivalente de cierta persona a dejar un mensaje tranquilizador cuando debía ausentarse y no quería molestarlo. Sül sonrió ante aquella hebra solitaria, pateó las sábanas, buscó sus pantalones y se asomó a la ventana.
Los pájaros anunciaban el reciente amanecer en el paraje más vivaz que cabría imaginarse. Había que reconocer que aquella casa era un buen lugar para vivir, pues estaban lo bastante aislados para disfrutar de intimidad y el marco del río y los árboles era muy hermoso; un cambio radical, comparado con la vida que había llevado hasta entonces en Argailias. De manera inconsciente se llevó la mano al estómago y la deslizó sobre la piel lisa. Dentro de él ya no quedaba ni rastro del veneno Darshi'nai.
Recordó su primer día en Dervarn. Al igual que hicieran con Caradhar, los Silvanos le habían dejado su espacio para que no se sintiera abrumado. Todos, menos uno, ese elfo tan semejante a Vira que daba escalofríos y que había corrido a dar la bienvenida al dotado, Lioges.
Sül no era ningún empático ni, desde luego, un telépata; sin embargo, desde el primer vistazo había notado que Lioges no lo miraba con buenos ojos. En cualquier caso, el sentimiento era mutuo, ya que su compañero le había confesado sus actividades de las últimas semanas pasadas en su anterior etapa en el bosque. Era una sensación muy extraña: el alivio, por un lado, al saber que Caradhar realmente no se había acostado con nadie, y el recelo inspirado por aquel reputado sanador que se había atrevido a toquetear su... No iba a afirmar que lo tomara por sorpresa, puesto que compartía la sangre del pozo de perversión que era Vira, pero más le valía mantener aquellas delicadas manos alejadas de su vista.
Para colmo de males, había sido Lioges quien lo librara del veneno Darshi'nai. ¿Lo había hecho aposta para que se sintiese en deuda con él o era un intento de congraciarse con Caradhar? De una forma u otra era humillante. Haciéndose cargo de sus conflictos internos, el pelirrojo siempre mostraba una amabilidad distante y procuraba no quedarse a solas con el sanador. Sül estaba bien seguro de ello; no había momento de la jornada en el que no se sintiera arropado por sus pensamientos.
Tal y como le había explicado Vira sobre su conexión con Dainhaya, Sül se había convertido en el fulcro de Caradhar. No había necesitado años para desarrollar aquel vínculo, pero en cierta manera sí que habían trabajado duro para establecerlo desde que se conocieron, desde que un joven Sombra se enamorara de un joven con el Don y lo convirtiera en la persona más importante para él. Después de que el dotado descubriese una salida al exterior, él había sido el receptor al otro extremo del primer hilo que el pelirrojo había tejido en su vida. Aquellas lágrimas incomprensibles derramadas en Argailias... Aunque el recuerdo era una carga en su corazón, a la vez le transmitía una cálida corriente de felicidad; a pesar de todo, a pesar de ellos mismos, sus sentimientos siempre habían sido mutuos. Cerró los ojos y sonrió.
La mente de Caradhar se había convertido en un potente receptor de pensamientos y sensaciones. Esa era, en parte, la razón por la que debían vivir aislados: hasta que no dominase la técnica de escudar y controlar el flujo, lo mejor era alejarlo de los otros. Solía recibir visitas de los llamados guías, quienes se ocupaban de adiestrarlo.
Los primeros días habían sido duros. A solas en su nueva casa, sin la presencia de otro telépata que le ofreciese protección, los pensamientos del tejedor novel se proyectaban y bebían caóticamente de los de la única cabeza próxima a la suya, la de Sül. Por las noches, cuando ambos dormían y todo escapaba a su control, se introducía en los recuerdos del antiguo Sombra y desenterraba aquí y allá remembranzas amargas, punzadas de aflicción que aún latían en su subconsciente, sepultadas entre capas de nuevos recuerdos mucho más optimistas. En noches como aquellas Caradhar sollozaba en sueños y Sül solía despertarse con el pecho atenazado por ese mismo dolor. Todo cuanto podía hacer entonces era despertarlo y apretarlo en sus brazos, susurrándole palabras de consuelo hasta que volvía a caer dormido.
No todas las experiencias de su periodo de adaptación habían sido amargas: entre las anécdotas positivas estaba el entusiasmo con el que Caradhar exploraba su recién adquirido sentido del olfato. En momentos así era de agradecer que los dotados no engordaran, porque su afición a probar cualquier cosa comestible que cayera en sus manos habría sido fatal para su cintura. Por no hablar de la bebida... Era típico de Sül lamentarse por la imposibilidad de emborrachar a Caradhar y ponerlo a su merced, siquiera por unas horas. Ahora bien, considerando la increíble cantidad de vino y licor que llegaba a beber en aquellos tiempos, a su compañero no le quedaba más remedio que agradecer que su cuerpo no se viera afectado por el alcohol. Incluso cuando se enfrascaba en aquellas montañas de libros Silvanos, aprendiendo su lengua y su historia, rara era la ocasión en la que no dejaba al alcance de la mano una fuente de algún tipo de delicia y una jarra de cualquier bebida a cuyo sabor se hubiese aficionado. Completaba sus estudios olfativos con pausas para sentarse fuera, cerrar los ojos y aspirar el aroma del bosque, de la hierba, de la tierra o del río. Si los ríos poseían o no un aroma definido era algo que Sül no se había planteado hasta entonces, pero allí estaba aquel joven elfo día tras día, dispuesto a comprobarlo.
Desde una óptica egoísta, las mejores consecuencias de la recién adquirida cualidad las disfrutaba Sül en su propia piel. La manera en que Caradhar hundía la nariz en cada hueco de su cuerpo y aspiraba con fruición, y aquellos pequeños suspiros, y su lengua, que se paseaba por doquier sin dejar una simple pulgada por lamer... Había momentos en los que se sentía más cría de gato que elfo, tal era la dedicación que su amante ponía en la tarea. Holgaba decir que, cuando esas atenciones se centraban en cierta parte de su anatomía, sus quejas y sus reservas se desvanecían junto con sus pensamientos racionales.
Y esa era la otra razón por la que les habían dado tantas facilidades para vivir a sus anchas en una casa aislada. En la sociedad de Dervarn, las relaciones que no fructificaban no estaban bien vistas; era una cuestión de tacto alejar a una pareja como ellos de los curiosos. Aún recordaba con indignación el talante del tal Padre al conocerlo a él, el causante de que Caradhar no se emparejase con una elfa. ¿Quién se creían todos que era? ¿El criador oficial del bosque? Jódete, cabrón, había pensado Sül, es mío y de nadie más. Y justo entonces el tipo se había puesto rojo; un lamentable error táctico, cierto, en una comunidad donde no solo había que vigilar la lengua, sino también los pensamientos. El encuentro había derivado en un mayor acercamiento a Vira: saber que Padre extendía su desprecio hacia su persona le había hecho ganar puntos a los ojos de Sül. No eran los únicos que no se preocupaban por complacer a la mayoría.
El ruido de unos pasos familiares al pie del árbol le avisó de que allí estaba, al fin, su escurridizo compañero. Tras trepar por los escalones a toda velocidad, elfo de cabellos de color carmesí hizo su entrada remolcando una gran cesta y masticando con energía una manzana roja. Un hilillo de dulce jugo se le escurría por la barbilla hasta el borde de la camisa. Sül se vio forzado a sonreír de nuevo; era imposible depositar en sus manos una carga de comida y esperar que no fuese a probarla.
Buenos días —masculló entre bocado y bocado. La cesta acabó en el suelo y él repantigado en la cama—. No había nada de comer en la despensa, así que he ido a por provisiones. Espero que te esmeres cocinando algo bueno. Estas jornadas de raciones de viaje han sido deprimentes.
El moreno rio entre dientes al pensar en la completa nulidad en la cocina que era Caradhar. Si hubiera tenido que procurarse su propio alimento, se habría visto muy apurado. Pero no le faltaban razones para quejarse: acababan de regresar de Argailias, donde habían conocido, al fin, a la nueva Maediam de Casa Elore'il, la hija recién nacida de Navhares. Este se había desvinculado de su nombre para pasar a formar parte de la Casa del Sennim. Sül no podía dejar de sentir cierta lástima por el muchacho, otro juguete político al que la vida nunca le había concedido satisfacciones. Por mucho que se despreciara por ello, a la lástima también se unía una pequeña punzada de celos. Que Caradhar sintiese cariño por él, ¿no era normal, acaso? Era su hijo. Con todo, también sabía que el tipo de afecto que el muchacho sentía era diferente. Bien, no merecía la pena pensar en ello cuando la suerte de ser el elegido había recaído en él; compartir al dotado de cuando en cuando y dejar que Navhares recibiese un poco de amor —más fraternal que paternal— no era un precio muy alto.
Podría haberme acercado yo —comentó Sül mientras el dotado se metía otra manzana en la boca, se quitaba la camisa y pateaba sus botas, todo a la vez—. Debe ser abrumador para ti acercarte a las demás casas sin otro telépata que te... ¿Qué narices estás haciendo?
Estabas descansando y no quise despertarte. Además, ya me las arreglo bien por mi cuenta. Tirsseil dice que mis escudos son casi perfectos y lo único que debo trabajar más es la manera en que me proyecto en los otros, porque mis entradas son bruscas. —Arqueó los labios con malicia—. Ahora que lo pienso, mis entradas siempre han sido bruscas, ¿no es cierto?
¿Estás preparándote para una ahora? —contraatacó el otro elfo, con un tono igual de ladino—. ¿A qué vienen esas prisas por quedarte en pelotas?
Oh, eso. —Caradhar se ventiló su segunda manzana y se libró de los pantalones de un tirón—. Baño matutino. Te espero abajo. No tardes.
El dotado se deslizó por su lado, completamente desnudo, saltó desde la ventana hasta la plataforma y desapareció de la vista. Sül gimió. ¿Qué placer le veía a aquellos baños matutinos? El agua siempre estaba helada. Tras lanzar un profundo suspiro se dispuso a seguirlo, pero antes se detuvo a agarrar los pantalones que había dejado atrás. La experiencia le había enseñado a estar preparado.
Al llegar abajo, el agua oscura aparentaba estar en calma bajo la alfombra de plantas acuáticas. Ese dotado tramposo debía estar pensando en jugársela de nuevo. El problema era que aquel estanque, aun con su pequeño tamaño, era lo bastante profundo para que Caradhar se emboscase ahí dentro y le diera el susto de su vida. Y cómo aguantaba la respiración, el maldito... Se quitó los pantalones, jurando por lo bajo, y se deslizó por las raíces del enorme árbol hasta el agua fría. Tras haber optado por la inmersión de golpe, sacó la cabeza de nuevo intentando que los dientes no le castañetearan. Se lo haría pagar, vaya que sí..., si lograba localizarlo.
Caminó despacio para tantear el fondo, en busca del punto del estanque donde se había apostado el elfo. Entradas bruscas, ¿eh? Él le iba a enseñar lo que era una entrada brusca. Comenzó a visualizar lo que planeaba hacerle con todo lujo de detalles, para el caso de que ese joven espíritu maligno estuviera espiando en su mente. Eso, claro estaba, si era capaz de hacer que se le levantara, sumergido como estaba en aquella piscina de hielo. Escudriñó la serena superficie, atento al menor movimiento de la más pequeña hoja. Aventuró unos cuantos pasos más...
El ataque inesperado llegó desde el frente, aunque en esta ocasión fue distinto. Algo suave y cálido acarició su sexo dormido. Su primera reacción fue dar un salto hacia atrás, pero unas manos firmes clavaron sus piernas en el sitio mientras las caricias se intensificaban. Sül miró hacia abajo, apartó de un manotazo las plantas que le entorpecían la vista y distinguió algo ondulando bajo la superficie oscura; una melena flotante. Tras aferrar aquellos cabellos, tiró de ellos con suavidad para mantener la cabeza a la que pertenecían pegada a su cuerpo. Sonrió, con un toque de picardía: le deseaba buena suerte si pensaba que poner aquello en pie iba a ser fácil en tales condiciones. Tendría que salir para respirar antes de obtener resultados, y entonces aprovecharía para propinarle algunos azotes de castigo.
Con todo, había subestimado la habilidad de sus labios y la deliciosa sensación resbaladiza bajo el agua. Atrapado entre las paredes sedosas de su boca, espoleado por la lengua que lo rozaba y se arremolinaba, su entrepierna despertó poco a poco. La silenciosa superficie del estanque, apenas perturbada por algún que otro chapoteo, proyectó el eco de sus quedos gemidos. Y cuando las manos que lo sujetaban subieron hasta sus nalgas y las amasaron con una lascivia infinita, una ola de fuego le subió desde el bajo vientre hasta las mejillas. Sus caderas, ondulando en busca de calor, firmaron la rendición en aquella batalla perdida.
Caradhar emergió frente a él, sus cabellos una brillante y encarnada pieza de satén adherida al cuello y los hombros; minúsculas gotas de agua le salpicaban las pestañas y se deslizaban por su rostro. Aspiraba profundamente para devolver a sus pulmones el aire del que los había privado durante tanto tiempo, pero Sül no se mostró muy compasivo: sin pensarlo, sus labios se apoderaron de aquella boca jadeante y de nuevo le robaron el aliento. Los brazos hicieron lo mismo con el hermoso cuerpo pálido, encadenando un sucesión de rudas caricias hasta introducirse entre sus muslos y separarlos. Caradhar respondió rodeando con sus piernas las caderas de su compañero. Los gemidos en la boca lo excitaban más de lo prudente; deseando ver la expresión de su rostro, Sül interrumpió el beso y se inclinó hacia atrás.
El pelirrojo volvía a tomar aire con ansiedad y lo atravesaba con unos ojos que ardían a través de las largas y húmedas pestañas. Con la ayuda de sus piernas se impulsó hacia arriba, palpó en busca de la evidente erección y la guio, muy despacio, en su interior. La suavidad del agua, la presión deliciosa, las miradas, esas miradas donde se mezclaban lujuria, deseo y un sentimiento que el dotado había aprendido a nombrar hacía tan poco... Cuando Caradhar le suplicó que lo empalase, la ola ardiente que circulaba por el cuerpo de Sül se convirtió en llamaradas.
Lo abrazó con toda su fuerza, como si aquella piel escurridiza fuera a escapársele, y marcó el ritmo a su cabalgada, que adquirió velocidad a medida que su excitación crecía. Al sentir el deslizar del miembro hinchado a lo largo de sus abdominales, lo rodeó con una mano para proporcionarle aún más placer. El contacto consiguió que Caradhar elevase aún más el volumen de sus gemidos, hasta que la carne aprisionada en la palma de Sül empezó a palpitar y bombear; sus labios se separaron, sus cejas rojizas se fruncieron durante muchos latidos en un gesto de goce. La visión de aquellos rasgos convulsionados era tan enardecedora que el antiguo Sombra lo besó con fruición, perdido en el deseo de prolongar lo que sentía pero a sabiendas de que ya no podría aguantar mucho tiempo. Leyendo su anhelo, los perversísimos dedos del dotado descendieron hasta su trasero y penetraron con relativa facilidad; Sül ahogó un grito, dividido entre la frustración y el éxtasis. Caradhar interrumpió entonces el beso y pronunció con suavidad, muy cerca del oído de su pareja: «Hola, Vira».
Sül giró el rostro hacia el recién llegado. Luchaba por detenerse y adoptar una pose más modesta, pero los dedos del pelirrojo alcanzaron entonces su lugar de placer. Un orgasmo violento e imparable sacudió el cuerpo de Sül justo cuando sus pupilas se encontraban con los perplejos ojos del enorme Silvano. Jadeando, con el corazón a un paso de salírsele del pecho, deseó que la tierra se lo tragase. Ya está, pensó, ya no puedo caer más bajo. No es lo mismo saber que me ha espiado cien veces en la cama que correrme mientras nos enfrentamos cara a cara... Adhar, pequeño cabrón hijo de...
Al encararse de nuevo con el espíritu tentador de cabellos de fuego que palpaba juguetonamente sus tatuajes —dentro del cual aún bombeaba, por todos los dioses—, se vio forzado a contener el impulso de estrangularlo. Caradhar había cambiado, pero ciertos aspectos de él, como su increíble desvergüenza, permanecían inalterados. La sonrisa de disculpa y la frente reclinada contra la suya hicieron un gran trabajo en vías a conseguir su perdón. Gracias al contacto, Sül comprendió que aquello había sido una pequeña demostración de dominio destinada al recién llegado. El pensamiento lo dejó boquiabierto: Caradhar estaba celoso. ¿Reír... o continuar de morros?
Ejem. —El carraspeo de Vira fue todo un triunfo, viniendo de alguien al que era imposible dejar sin palabras. El dotado percibió con claridad que no era objeto de la devoción de ninguno de los presentes—. En fin, veo que venimos en un buen momento, bueno para vosotros, al menos. ¿Os importaría desacoplaros para hablar? A menos que prefiráis que volvamos más tarde, cuando hayáis terminado de... alimentar a los peces.
A medida que el Silvano recuperaba su aplomo, su tono se iba tiñendo de burla. No sucedía igual para su oculto acompañante, Lioges, quien venía siguiéndolo a cierta distancia, y cuya turbación era tan evidente que no había que ser empático para apreciarla. La expresión de Caradhar adquirió seriedad. Sül se separó de él con un ligero beso en los labios, se aupó fuera del agua y echó mano de su ropa. Estos eran los casos, meditaba, en los que no venía mal ser previsor y agarrar dos pares de pantalones antes de lanzarse a correr desnudo por el bosque. Tras cubrirse, sirvió de pantalla a la modestia del pelirrojo —o a la falta de ella— para que hiciese lo mismo; después observó cómo él y el sanador se saludaban con cierta incomodidad y subían los escalones hasta la plataforma principal. Si bien no pretendía inmiscuirse en sus conversaciones privadas, tuvo buen cuidado de colocarse en un lugar donde podía observarlos desde abajo, sentado en las raíces del árbol.
Después de que Vira se le uniese, lamentó haber bajado sin camisa. Nunca le había gustado lucir sus escarificaciones, salvo ante su pareja, y aquellos ojos de color corinto no contribuían a su confort.
¿Qué tal el viaje? —preguntó el Silvano. Aunque jamás se perdía una visita a Argailias, en aquella ocasión no había podido acompañarlos.
No ha estado mal, mucho más tranquilo que Dervarn estos días. ¿Qué tal el tuyo?
Tampoco ha estado mal. Tras consolar a Ulmeh por la pérdida definitiva de su amor irrealizable, he dejado a Dainhaya con el clan de su nuevo presunto prometido, ya sabes, conociéndose. Es gracioso, pero el hermano del pobre tipo la atrae mucho más. No la culpo, a mí también; para empezar, no tiene un palo metido por donde el sol no brilla nunca. Muy equivocado he de estar si no se produce un cambio en el objeto de su afecto. Tendré que exiliarme en Argailias una temporada para huir de las iras de Padre, quien no dudará en atribuirme otra vez la responsabilidad. ¿Y qué se creerá que he hecho, a ver? ¿Seducir a su prometido hasta invertirlo? ¡Si el palo no me lo habría permitido!
Aquel era otro de los motivos por los que Padre perdía la paciencia a la sola mención de Vira y Sül. A la vuelta de la ciudad élfica, Dainhaya había rechazado emparejarse con el elegido de su mentor, alegando que no iba a unir su vida a alguien a quien apenas conocía. La vergüenza y decepción del elfo no habían conocido límites, y como aquellos dos habían pasado las últimas semanas a solas con ella en Argailias, le había resultado muy fácil culparlos por haber ejercido una influencia negativa sobre la muchacha. Nada bueno podía esperarse, manifestaba, de unos jóvenes con semejantes impulsos antinaturales. Sül sabía que Vira no andaba muy desencaminado al vaticinar cuál sería su reacción en cuanto averiguara el desenlace de su segundo noviazgo concertado.
Los auténticos motivos por los que Caradhar se había refugiado en Argailias eran mucho menos cómicos. Todo se remontaba al día en que abandonaron la ciudad. Durante el camino de regreso, el dotado le contó su conversación con Navhares, incluido aquel sueño mencionado de pasada. Y del sueño, la conversación viró a los detalles de sus reuniones a puerta cerrada con Lioges, de su rendición a medias a las peticiones de los Silvanos. A Sül le parecía chocante; chocante y extravagante y, sí, doloroso, aunque no tanto, ni mucho menos, como si se hubiera acostado con docenas de jóvenes Silvanas, una idea que había rondado las peores pesadillas de Sül.
Las semillas de la preocupación ya habían arraigado. Y, tras regresar al bosque, la buena nueva que corría de boca en boca terminó de hacer el trabajo: Mirtuillë estaba encinta. La gran satisfacción de los Silvanos cayó como un jarro de agua fría sobre un Caradhar que ya respiraba aliviado ante el fracaso de los planes de Lioges. Decepcionaría de nuevo a su compañero. Sül se marcharía. Aquella sería la gota que colmara el vaso.
Obviamente, el antiguo Sombra no acogió la noticia con regocijo; no obstante, de nuevo decidió cerrar los ojos y pasarla por alto. Fue una noche muy larga la que pasó con el dotado en brazos, proporcionándole el consuelo que habría debido recibir él mismo. Para hacerlo aún peor, ese sanador entrometido metió sus narices, con el pretexto de que lo mejor para él eran unas horas de sueño profundo, y le ofreció una infusión de hierbas somníferas. Quizá su preocupación era genuina, eso no podía negarse, pero todo aquello era en parte culpa suya y Sül no estaba para bromas: lo echó de allí empleando un lenguaje que habría de pasar a los anales de la historia de Dervarn como el más soez, irreverente y blasfemo que se había oído por aquella parte del mundo. Aquello reafirmó a Lioges en su creencia de que los Darshi'nai no eran mucho mejores que escoria. Vira, por su parte, aún sonreía para sus adentros cuando recordaba la escena.
Y el tiempo había pasado hasta que llegó el alumbramiento. Mirtuillë, la hija de los guías, dio a luz a un elfo varón; un elfo con el Don. ¿Cuántas posibilidades había de que un dotado tuviese un hijo bendecido de igual manera? La noticia se había extendido con la rapidez del rayo, no solo en la comunidad de Dervarn sino también entre los otros clanes. Era el primer dotado nacido entre la Antigua Raza desde los tiempos de la Gran Blasfemia, y lo más probable era que también se convirtiese en un tejedor, ya que poseía las dos marcas de la magia. Savran no cabía en sí de dicha. Tirsseil, sin embargo, albergaba ciertas reservas, pues sabía lo que sucedería a resultas del acontecimiento. Y estaba en lo cierto: las peticiones de los otros clanes para que Caradhar compartiera su sangre con ellos habían llegado ininterrumpidamente, igual que la lluvia en otoño. El dotado tuvo que encerrarse en la casa y abstenerse de salir, acosado no solo por las voces que resonaban en sus oídos sino también por las que hacían eco en su craneo. Padre llegó a sugerir ante ellos que, si el joven seguía rehusando tomar una pareja apropiada, siempre quedaba la opción de los poco invasivos métodos de Lioges; Sül lo habría matado allí mismo.
Como consecuencia de todo ello, la guía les había concedido un respiro enviándolos a Argailias, paradójica medida —¿quién habría pensado que esa ciudad se convertiría en su vía de escape?— que sirvió para restablecer la calma por el momento. Tirsseil aprovechó su ausencia para dejar las cosas claras a los demás clanes y para intercambiar algunas palabras con Padre. Aunque los acusaran de pretender monopolizar aquella sangre bendecida, no le importaba: los hijos perdidos de Dervarn ya habían entregado la suficiente para responder por un par de vidas.
¿Qué hay de Navhares? ¿Ha vuelto a tener sueños?—preguntó Vira, trayendo a Sül de vuelta al presente.
De vez en cuando. Ha accedido a conocer al guía, lo que no es nada fácil para ninguno de los dos, pero, claro, se muere por saber cómo es la gente con la que Adhar vive ahora. Y está muy decepcionado porque nunca podrá desarrollar por completo su talento por culpa de la dependencia de las pociones. Tiene gracia; creo que no es tanto por el poder que representa como por el hecho de que el talento le haría sentirse más próximo a... Bueno, a Caradhar.
Un vidente malogrado —Vira silbó—. ¿Sabes lo raros que son los videntes? Hacía años y años que no nacía ninguno. Restaurar hasta un grado aceptable a este va a costar sudor y lágrimas. —Se quedaron mudos unos instantes—. Corail siempre ha sido una auténtica zorra.
En eso estamos de acuerdo.
Admitamos que hay algo, al menos, en lo que se esmeró. Los... fluidos de tu pelirrojo son de primera calidad.
Si eso es lo que hizo bien, se lo podría haber ahorrado. No nos ha traído más que problemas.
Eso no podemos saberlo. Nunca lo habrías conocido si las cosas hubieran sido diferentes. Resignémonos, muchacho; a los dioses les encanta jugar con nosotros, y lo único que nos queda es jodernos y bailar. No sé cómo bailarás, pero lo otro se te da bastante bien.
Eh... en cuanto a eso que has visto en el agua... —balbuceó Sül.
Tranquilo, sé muy bien por qué lo ha hecho. ¿No es encantador? Nuestro Caradhar no pierde la oportunidad de demostrarme que le perteneces. Me siento halagado de que alguien como él piense que puedo llegar a ser una amenaza. —Rio entre dientes—. Ha cambiado mucho. Hasta se ha vuelto modesto: no pensé que llegaría el día en que lo vería esconderse detrás de ti para vestirse.
No se ha vuelto modesto. —Sül sonrió y dirigió la vista al suelo—. Cuando llegamos ayer de Argailias los guías se presentaron para darnos la bienvenida. Adhar estaba recién salido del baño y se presentó allí en medio, en bolas, secándose el pelo como si nada. Tirsseil conservó esa cara tan compuesta que siempre enseña, pero la manera en que Savran levantó las cejas... Creí que se le saldrían por lo alto de la frente.
¿Oh? —Vira enarcó las suyas—. Entonces, lo de ahora...
Es por tu hermano, no quiere provocarlo más de lo necesario. Sabe... Bueno, todos sabemos lo que Lioges siente por él.
Ya veo. —El Silvano espió la plataforma donde hablaban los otros—. Lo único que puedo decir es que sí que ha cambiado. Aunque nunca se convertirá en un bromista acérrimo, ni reirá a carcajadas ni contará cosas en confianza más que a un puñado de personas, es un nuevo elfo.
Se hizo de nuevo el silencio hasta que algunos sonidos característicos les llegaron desde un arbusto próximo. Vira propinó un codazo a su compañero.
Un nido de cardenal cerca de vuestra casa. Qué apropiado.
Tras una larga inspección, Sül descubrió qué era aquello que el Silvano le indicaba; en efecto, había un nido muy bien oculto entre las densas ramas. Parecía abandonado, sin rastro de sus propietarios.
Ah, un nido de cardenal. Pues qué bien —ironizó.
No tienes ni la más remota idea de lo que hablo.
He vivido toda mi vida en una ciudad. ¿Cómo quieres que sepa distinguir un nido de otro? Por lo que a mí respecta, podría ser un jodido nido de gallinas. —Al notar la expresión condescendiente del Silvano, Sül se sintió molesto—. ¿Qué? ¿Y por qué tendría yo que saber las pintas de un nido de gallinas?
Shhhh. La hembra debe haberse asustado y por eso ha abandonado su puesto, ha de estar al caer. Ahí la tienes —susurró. Una avecilla de tonos castaños y rojizos se esponjó sobre la nidada—. Y mira, vas a tener suerte: aquí viene el orgulloso papá.
Con un gruñido, el antiguo Sombra que jamás se habría planteado hacerse observador de bichitos se inclinó a curiosear. En efecto, otro pájaro se había posado junto al anterior, si bien este poseía el plumaje rojo más sorprendente que habría podido imaginarse. Era casi igual que la melena de... El encantado joven entendió la referencia de Vira y lo contempló, absorto. Vira aprovechó entonces para estudiar sin disimulo al elfo que con tanto descuido se había echado sobre él.
Te estás dejando crecer el pelo —apuntó.
Bueno —Sül se percató de su comprometida pose y se apartó en seguida, echándose a un lado la melena húmeda—, los Darshi'nai nunca lo llevan muy largo. Dado que he dejado de ser uno, Adhar sugirió que ya era hora de peinarme como cualquier otro elfo. Es difícil acostumbrarse... No sé cómo entrenas tú con semejantes crines.
La gruesa trenza de Vira le llegaba a la cintura.
Tendrás que aprender a trenzártelo. —Extendió las manos y, cual si fuera la cosa más natural del mundo, comenzó a tejerle los negros cabellos en una trenza similar a la suya. Antes de que Sül alcanzase a protestar, su atención fue absorbida por la siguiente pregunta de su compañero—. ¿Qué tal te sientes tras abandonar Darshi'nai?
¿Qué habría de sentir? Mi neidokesh se encargó de dejarme bien claro que yo no era digno de llevar ese nombre. Nunca he tenido madera de Sombra; dejar eso atrás ha sido lo más sensato.
Eso no es del todo cierto: tu nombre, Sül, proviene de la antigua lengua. Me inclino ante los Darshi'nai, pues no han olvidado por completo las viejas tradiciones.
¿En serio? ¿Y qué significa?
Sombra. —Al ver el desaliento pintado en el rostro del joven, el Silvano se esmeró en consolarlo—. No te lo tomes así. No deja de ser una hermosa palabra, muy adecuada para un hermoso...
¿Qué estás haciendo, Vira?
La íntima escena quedó interrumpida por la voz de Caradhar, quien los observaba desde la plataforma. Mientras Lioges aprovechaba para hacer mutis con discreción, el dotado bajó los escalones de dos en dos, se interpuso entre ellos y arrebató, como al descuido, la trenza de manos de Vira. La terminó él mismo, después de depositar un beso en la nuca de Sül.
¿Por qué no comes algo, te vistes y vamos a dar un paseo? —susurró—. De todas formas, la zona está muy concurrida.
Claro.
El aludido se esfumó con rapidez, en prudente huida de la enrarecida atmósfera que flotaba entre los otros dos elfos. Caradhar no se atrevía a encarar a Vira; era consciente de sus celos y de lo que el Silvano pensaba de ellos, y se sentía a medias molesto, a medias avergonzado. Cuando al fin le lanzó una mirada de reojo, halló la suya fija en él y una sonrisa enigmática en sus labios.
¿A qué juegas, Vira? —inquirió—. Sabes perfectamente que él no te ve así. Aunque creas que no me lo merezco, soy yo quien ha estado a su lado todos estos años.
Oh, lo sé, lo sé. Y tú sabes que si él se acostara conmigo y lo hiciésemos una y otra vez, de las maneras más depravadas y aberrantes, tú no tendrías ni la sombra de un derecho a quejarte, ¿me equivoco?
Eso no va a suceder. —Una pátina encarnada cubrió las pálidas mejillas del joven.
Eso podría haber sucedido si yo hubiese querido. Ah, qué tonto fui al echarme atrás. Qué le vamos a hacer... Será que los años me han vuelto blando.
No. Eso es que te importaba demasiado para echarlo todo a perder por un capricho. Si fuera solo sexo lo que quieres de él, yo no tendría motivos para preocuparme.
La sonrisa de Vira se hizo más amplia. También más amarga.
No intentes ocultar nada de un telépata porque no merece la pena. Has tenido suerte con Sül; él preferiría saltar sobre su propia espada antes que causarte ningún daño.
También yo haría lo que fuese por él, Vira. Lo que fuese.
Los ojos rojos del dotado estaban llenos de... Era difícil de precisar: decisión, remordimiento, zozobra, arrebato... Amor.
Lo sé. No me malinterpretes, acepto que no te faltan virtudes y que es mejor hacerse a un lado y dejaros espacio. Ahora bien, yo no soy mi hermano, un tipo rígido que prefiere evitar aquello que no puede tener. Te aviso de que me calentaré al sol cada vez que se me presente la oportunidad.
¿A qué llamas tú «calentarse al sol»? —preguntó Caradhar con desconfianza.
Oh, eso... Verás, si llegáis a notar que el tedio y la monotonía amenazan vuestras veladas en la cama, yo estaré más que encantado de unirme a vosotros y especiarlas con una pizca de lo que tengo entre las... —Los ojos del dotado se convirtieron en dos ranuras amenazadoras. Vira leyó el peligro muy tarde—. No, no, espera... ¡Sabes que estoy bromeando!
«No intentes ocultar nada de un telépata» era una buena filosofía. «No hagas enfadar a un telépata» era incluso mejor. El problema radicaba en que Vira tendía a olvidarlas de tanto en tanto. Para cuando levantó sus escudos, ya no pudo hacer gran cosa frente a la entrada brusca de Caradhar en su mente, que lo forzó a saltar al agua en medio de un escandaloso chapoteo. Sül se asomó, alarmado por el ruido, y se encontró con el espectáculo del Silvano en el estanque, empapado y cubierto de plantas acuáticas. Lo más curioso de todo fue que Caradhar, cuyo rostro lucía una mueca malévola, se ofreció para ayudarlo a salir. Él aceptó, aunque no sin mostrar suspicacia, como si en lugar de una mano aquel descarado elfo le estuviese tendiendo un avispero. Si había que reconocerle un mérito a Vira era que sabía perder con elegancia. O, por lo menos, que estaba aprendiendo muy deprisa.
Cuando Sül bajó los dos estaban tranquilos, con los pies plantados en tierra firme y más o menos libres de hierbajos. Se acercó a Caradhar y le acarició la melena, luciendo su magnífica dentadura en una sonrisa de oreja a oreja. El dotado casi ronroneó.
¿Y cuáles son tus planes a corto plazo, Vira? —preguntó el recién llegado—. Aparte de sacarte los peces de las botas.
Ja, ja. Es obvio que lo primero será ponerme al día con mis habilidades de defensa telepática. No voy a perder la esperanza de reír el último.
Buena idea —afirmó Caradhar—. Yo continuaré desarrollando las mías de ataque. Y tras comprobar que has estado perdiendo el tiempo, ¿qué más te propondrás?
Los ojos de Vira destilaban reproche pero también otras emociones. Parecían seguir el curso del río, que se perdía con rapidez entre los árboles.
Estoy inquieto. Es probable que no me quede en Dervarn mucho tiempo; nunca lo hago. He de convencer a Dainhaya de que se case con alguien o algo, prometí ayudar a Savran con Navhares y sus retoños, y después...
»Sopla viento del norte y a mí siempre me ha atraído ir contra corriente. Quizá es un desafío para que encamine hacia allí mis pasos. Después de todo, ¿quién sabe dónde estaré mañana?
»¿Y tú, Caradhar? ¿Dónde estarás tú mañana?
Tampoco lo sé. — Alzó la mano y la posó sobre la de Sül, que descansaba en su hombro—. Pero sé con quién estaré. Y es más de lo que he podido decir en toda mi vida.








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