2018/06/04

EL DON ENCADENADO: Epílogo





Al este de Dervarn había un río que le servía de límite natural. El agua bajaba de las montañas y discurría a la sombra de los árboles, con lo que era extremadamente fría, aunque deliciosa. Había muy pocas casas construidas al borde del mismo; un pequeño afluente cruzaba la ciudad y la abastecía sin que sus habitantes tuviesen la necesidad de agruparse en torno a los accidentados márgenes de la corriente principal.
Había un tramo más benigno donde ambas orillas del río estaban bastante próximas. A los pies de un gigantesco árbol centenario de gruesas y retorcidas raíces se había formado un pequeño estanque, alimentado por la corriente principal, que estaba cubierto de plantas acuáticas. Algún que otro pez se aventuraba a establecerse bajo la protección otorgada por estas.
La parte alta del árbol estaba circundada por una casa de construcción élfica cuya plataforma principal se asomaba al río, por una parte, y al estanque por la otra. Dado que su aislamiento imposibilitaba tender pasarelas, su único acceso era una escalera de caracol. El interior era amplio y cómodo, escaso de muebles pero con todo lo necesario. Había un par de habitaciones, en concreto, que revelaban mucho sobre la clase de elfos que allí habitaban: una estaba llena de estantes con libros, pergaminos y útiles para escribir; la otra, con expositores para armas de todo tipo, incluidas algunas rarezas exclusivas de los Silvanos, como las espadas cortas de hojas curvas que se adaptaban al brazo. Los recientes propietarios de aquella colección se habían aplicado con entusiasmo a familiarizarse con su manejo, en particular un joven de cabellos oscuros y ojos profundos...




Cuando Sül abrió los ojos, halló un espacio vacío en el colchón. Aquello era extraño, considerando el apego que su compañero sentía por las camas en general y por aquella en particular. Y el hueco estaba frío; el escurridizo pelirrojo se había deslizado entre sus dedos sin despertarlo y se había esfumado. Aunque para un Sombra retirado como él semejante descuido habría sido una humillación, se consolaba pensando que un elfo corriente no tenía nada que hacer contra los nuevos talentos del dotado. Y hablando de dedos y deslizamientos... Enroscado alrededor de su meñique el elfo se encontró un largo cabello rojo. No había llegado allí por casualidad, era el equivalente de cierta persona a dejar un mensaje tranquilizador cuando debía ausentarse y no quería molestarlo. Sül sonrió ante aquella hebra solitaria, pateó las sábanas, buscó sus pantalones y se asomó a la ventana.
Los pájaros anunciaban el reciente amanecer en el paraje más vivaz que cabría imaginarse. Había que reconocer que aquella casa era un buen lugar para vivir, pues estaban lo bastante aislados para disfrutar de intimidad y el marco del río y los árboles era muy hermoso; un cambio radical, comparado con la vida que había llevado hasta entonces en Argailias. De manera inconsciente se llevó la mano al estómago y la deslizó sobre la piel lisa. Dentro de él ya no quedaba ni rastro del veneno Darshi'nai.
Recordó su primer día en Dervarn. Al igual que hicieran con Caradhar, los Silvanos le habían dejado su espacio para que no se sintiera abrumado. Todos, menos uno, ese elfo tan semejante a Vira que daba escalofríos y que había corrido a dar la bienvenida al dotado, Lioges.
Sül no era ningún empático ni, desde luego, un telépata; sin embargo, desde el primer vistazo había notado que Lioges no lo miraba con buenos ojos. En cualquier caso, el sentimiento era mutuo, ya que su compañero le había confesado sus actividades de las últimas semanas pasadas en su anterior etapa en el bosque. Era una sensación muy extraña: el alivio, por un lado, al saber que Caradhar realmente no se había acostado con nadie, y el recelo inspirado por aquel reputado sanador que se había atrevido a toquetear su... No iba a afirmar que lo tomara por sorpresa, puesto que compartía la sangre del pozo de perversión que era Vira, pero más le valía mantener aquellas delicadas manos alejadas de su vista.
Para colmo de males, había sido Lioges quien lo librara del veneno Darshi'nai. ¿Lo había hecho aposta para que se sintiese en deuda con él o era un intento de congraciarse con Caradhar? De una forma u otra era humillante. Haciéndose cargo de sus conflictos internos, el pelirrojo siempre mostraba una amabilidad distante y procuraba no quedarse a solas con el sanador. Sül estaba bien seguro de ello; no había momento de la jornada en el que no se sintiera arropado por sus pensamientos.
Tal y como le había explicado Vira sobre su conexión con Dainhaya, Sül se había convertido en el fulcro de Caradhar. No había necesitado años para desarrollar aquel vínculo, pero en cierta manera sí que habían trabajado duro para establecerlo desde que se conocieron, desde que un joven Sombra se enamorara de un joven con el Don y lo convirtiera en la persona más importante para él. Después de que el dotado descubriese una salida al exterior, él había sido el receptor al otro extremo del primer hilo que el pelirrojo había tejido en su vida. Aquellas lágrimas incomprensibles derramadas en Argailias... Aunque el recuerdo era una carga en su corazón, a la vez le transmitía una cálida corriente de felicidad; a pesar de todo, a pesar de ellos mismos, sus sentimientos siempre habían sido mutuos. Cerró los ojos y sonrió.
La mente de Caradhar se había convertido en un potente receptor de pensamientos y sensaciones. Esa era, en parte, la razón por la que debían vivir aislados: hasta que no dominase la técnica de escudar y controlar el flujo, lo mejor era alejarlo de los otros. Solía recibir visitas de los llamados guías, quienes se ocupaban de adiestrarlo.
Los primeros días habían sido duros. A solas en su nueva casa, sin la presencia de otro telépata que le ofreciese protección, los pensamientos del tejedor novel se proyectaban y bebían caóticamente de los de la única cabeza próxima a la suya, la de Sül. Por las noches, cuando ambos dormían y todo escapaba a su control, se introducía en los recuerdos del antiguo Sombra y desenterraba aquí y allá remembranzas amargas, punzadas de aflicción que aún latían en su subconsciente, sepultadas entre capas de nuevos recuerdos mucho más optimistas. En noches como aquellas Caradhar sollozaba en sueños y Sül solía despertarse con el pecho atenazado por ese mismo dolor. Todo cuanto podía hacer entonces era despertarlo y apretarlo en sus brazos, susurrándole palabras de consuelo hasta que volvía a caer dormido.
No todas las experiencias de su periodo de adaptación habían sido amargas: entre las anécdotas positivas estaba el entusiasmo con el que Caradhar exploraba su recién adquirido sentido del olfato. En momentos así era de agradecer que los dotados no engordaran, porque su afición a probar cualquier cosa comestible que cayera en sus manos habría sido fatal para su cintura. Por no hablar de la bebida... Era típico de Sül lamentarse por la imposibilidad de emborrachar a Caradhar y ponerlo a su merced, siquiera por unas horas. Ahora bien, considerando la increíble cantidad de vino y licor que llegaba a beber en aquellos tiempos, a su compañero no le quedaba más remedio que agradecer que su cuerpo no se viera afectado por el alcohol. Incluso cuando se enfrascaba en aquellas montañas de libros Silvanos, aprendiendo su lengua y su historia, rara era la ocasión en la que no dejaba al alcance de la mano una fuente de algún tipo de delicia y una jarra de cualquier bebida a cuyo sabor se hubiese aficionado. Completaba sus estudios olfativos con pausas para sentarse fuera, cerrar los ojos y aspirar el aroma del bosque, de la hierba, de la tierra o del río. Si los ríos poseían o no un aroma definido era algo que Sül no se había planteado hasta entonces, pero allí estaba aquel joven elfo día tras día, dispuesto a comprobarlo.
Desde una óptica egoísta, las mejores consecuencias de la recién adquirida cualidad las disfrutaba Sül en su propia piel. La manera en que Caradhar hundía la nariz en cada hueco de su cuerpo y aspiraba con fruición, y aquellos pequeños suspiros, y su lengua, que se paseaba por doquier sin dejar una simple pulgada por lamer... Había momentos en los que se sentía más cría de gato que elfo, tal era la dedicación que su amante ponía en la tarea. Holgaba decir que, cuando esas atenciones se centraban en cierta parte de su anatomía, sus quejas y sus reservas se desvanecían junto con sus pensamientos racionales.
Y esa era la otra razón por la que les habían dado tantas facilidades para vivir a sus anchas en una casa aislada. En la sociedad de Dervarn, las relaciones que no fructificaban no estaban bien vistas; era una cuestión de tacto alejar a una pareja como ellos de los curiosos. Aún recordaba con indignación el talante del tal Padre al conocerlo a él, el causante de que Caradhar no se emparejase con una elfa. ¿Quién se creían todos que era? ¿El criador oficial del bosque? Jódete, cabrón, había pensado Sül, es mío y de nadie más. Y justo entonces el tipo se había puesto rojo; un lamentable error táctico, cierto, en una comunidad donde no solo había que vigilar la lengua, sino también los pensamientos. El encuentro había derivado en un mayor acercamiento a Vira: saber que Padre extendía su desprecio hacia su persona le había hecho ganar puntos a los ojos de Sül. No eran los únicos que no se preocupaban por complacer a la mayoría.
El ruido de unos pasos familiares al pie del árbol le avisó de que allí estaba, al fin, su escurridizo compañero. Tras trepar por los escalones a toda velocidad, elfo de cabellos de color carmesí hizo su entrada remolcando una gran cesta y masticando con energía una manzana roja. Un hilillo de dulce jugo se le escurría por la barbilla hasta el borde de la camisa. Sül se vio forzado a sonreír de nuevo; era imposible depositar en sus manos una carga de comida y esperar que no fuese a probarla.
Buenos días —masculló entre bocado y bocado. La cesta acabó en el suelo y él repantigado en la cama—. No había nada de comer en la despensa, así que he ido a por provisiones. Espero que te esmeres cocinando algo bueno. Estas jornadas de raciones de viaje han sido deprimentes.
El moreno rio entre dientes al pensar en la completa nulidad en la cocina que era Caradhar. Si hubiera tenido que procurarse su propio alimento, se habría visto muy apurado. Pero no le faltaban razones para quejarse: acababan de regresar de Argailias, donde habían conocido, al fin, a la nueva Maediam de Casa Elore'il, la hija recién nacida de Navhares. Este se había desvinculado de su nombre para pasar a formar parte de la Casa del Sennim. Sül no podía dejar de sentir cierta lástima por el muchacho, otro juguete político al que la vida nunca le había concedido satisfacciones. Por mucho que se despreciara por ello, a la lástima también se unía una pequeña punzada de celos. Que Caradhar sintiese cariño por él, ¿no era normal, acaso? Era su hijo. Con todo, también sabía que el tipo de afecto que el muchacho sentía era diferente. Bien, no merecía la pena pensar en ello cuando la suerte de ser el elegido había recaído en él; compartir al dotado de cuando en cuando y dejar que Navhares recibiese un poco de amor —más fraternal que paternal— no era un precio muy alto.
Podría haberme acercado yo —comentó Sül mientras el dotado se metía otra manzana en la boca, se quitaba la camisa y pateaba sus botas, todo a la vez—. Debe ser abrumador para ti acercarte a las demás casas sin otro telépata que te... ¿Qué narices estás haciendo?
Estabas descansando y no quise despertarte. Además, ya me las arreglo bien por mi cuenta. Tirsseil dice que mis escudos son casi perfectos y lo único que debo trabajar más es la manera en que me proyecto en los otros, porque mis entradas son bruscas. —Arqueó los labios con malicia—. Ahora que lo pienso, mis entradas siempre han sido bruscas, ¿no es cierto?
¿Estás preparándote para una ahora? —contraatacó el otro elfo, con un tono igual de ladino—. ¿A qué vienen esas prisas por quedarte en pelotas?
Oh, eso. —Caradhar se ventiló su segunda manzana y se libró de los pantalones de un tirón—. Baño matutino. Te espero abajo. No tardes.
El dotado se deslizó por su lado, completamente desnudo, saltó desde la ventana hasta la plataforma y desapareció de la vista. Sül gimió. ¿Qué placer le veía a aquellos baños matutinos? El agua siempre estaba helada. Tras lanzar un profundo suspiro se dispuso a seguirlo, pero antes se detuvo a agarrar los pantalones que había dejado atrás. La experiencia le había enseñado a estar preparado.
Al llegar abajo, el agua oscura aparentaba estar en calma bajo la alfombra de plantas acuáticas. Ese dotado tramposo debía estar pensando en jugársela de nuevo. El problema era que aquel estanque, aun con su pequeño tamaño, era lo bastante profundo para que Caradhar se emboscase ahí dentro y le diera el susto de su vida. Y cómo aguantaba la respiración, el maldito... Se quitó los pantalones, jurando por lo bajo, y se deslizó por las raíces del enorme árbol hasta el agua fría. Tras haber optado por la inmersión de golpe, sacó la cabeza de nuevo intentando que los dientes no le castañetearan. Se lo haría pagar, vaya que sí..., si lograba localizarlo.
Caminó despacio para tantear el fondo, en busca del punto del estanque donde se había apostado el elfo. Entradas bruscas, ¿eh? Él le iba a enseñar lo que era una entrada brusca. Comenzó a visualizar lo que planeaba hacerle con todo lujo de detalles, para el caso de que ese joven espíritu maligno estuviera espiando en su mente. Eso, claro estaba, si era capaz de hacer que se le levantara, sumergido como estaba en aquella piscina de hielo. Escudriñó la serena superficie, atento al menor movimiento de la más pequeña hoja. Aventuró unos cuantos pasos más...
El ataque inesperado llegó desde el frente, aunque en esta ocasión fue distinto. Algo suave y cálido acarició su sexo dormido. Su primera reacción fue dar un salto hacia atrás, pero unas manos firmes clavaron sus piernas en el sitio mientras las caricias se intensificaban. Sül miró hacia abajo, apartó de un manotazo las plantas que le entorpecían la vista y distinguió algo ondulando bajo la superficie oscura; una melena flotante. Tras aferrar aquellos cabellos, tiró de ellos con suavidad para mantener la cabeza a la que pertenecían pegada a su cuerpo. Sonrió, con un toque de picardía: le deseaba buena suerte si pensaba que poner aquello en pie iba a ser fácil en tales condiciones. Tendría que salir para respirar antes de obtener resultados, y entonces aprovecharía para propinarle algunos azotes de castigo.
Con todo, había subestimado la habilidad de sus labios y la deliciosa sensación resbaladiza bajo el agua. Atrapado entre las paredes sedosas de su boca, espoleado por la lengua que lo rozaba y se arremolinaba, su entrepierna despertó poco a poco. La silenciosa superficie del estanque, apenas perturbada por algún que otro chapoteo, proyectó el eco de sus quedos gemidos. Y cuando las manos que lo sujetaban subieron hasta sus nalgas y las amasaron con una lascivia infinita, una ola de fuego le subió desde el bajo vientre hasta las mejillas. Sus caderas, ondulando en busca de calor, firmaron la rendición en aquella batalla perdida.
Caradhar emergió frente a él, sus cabellos una brillante y encarnada pieza de satén adherida al cuello y los hombros; minúsculas gotas de agua le salpicaban las pestañas y se deslizaban por su rostro. Aspiraba profundamente para devolver a sus pulmones el aire del que los había privado durante tanto tiempo, pero Sül no se mostró muy compasivo: sin pensarlo, sus labios se apoderaron de aquella boca jadeante y de nuevo le robaron el aliento. Los brazos hicieron lo mismo con el hermoso cuerpo pálido, encadenando un sucesión de rudas caricias hasta introducirse entre sus muslos y separarlos. Caradhar respondió rodeando con sus piernas las caderas de su compañero. Los gemidos en la boca lo excitaban más de lo prudente; deseando ver la expresión de su rostro, Sül interrumpió el beso y se inclinó hacia atrás.
El pelirrojo volvía a tomar aire con ansiedad y lo atravesaba con unos ojos que ardían a través de las largas y húmedas pestañas. Con la ayuda de sus piernas se impulsó hacia arriba, palpó en busca de la evidente erección y la guio, muy despacio, en su interior. La suavidad del agua, la presión deliciosa, las miradas, esas miradas donde se mezclaban lujuria, deseo y un sentimiento que el dotado había aprendido a nombrar hacía tan poco... Cuando Caradhar le suplicó que lo empalase, la ola ardiente que circulaba por el cuerpo de Sül se convirtió en llamaradas.
Lo abrazó con toda su fuerza, como si aquella piel escurridiza fuera a escapársele, y marcó el ritmo a su cabalgada, que adquirió velocidad a medida que su excitación crecía. Al sentir el deslizar del miembro hinchado a lo largo de sus abdominales, lo rodeó con una mano para proporcionarle aún más placer. El contacto consiguió que Caradhar elevase aún más el volumen de sus gemidos, hasta que la carne aprisionada en la palma de Sül empezó a palpitar y bombear; sus labios se separaron, sus cejas rojizas se fruncieron durante muchos latidos en un gesto de goce. La visión de aquellos rasgos convulsionados era tan enardecedora que el antiguo Sombra lo besó con fruición, perdido en el deseo de prolongar lo que sentía pero a sabiendas de que ya no podría aguantar mucho tiempo. Leyendo su anhelo, los perversísimos dedos del dotado descendieron hasta su trasero y penetraron con relativa facilidad; Sül ahogó un grito, dividido entre la frustración y el éxtasis. Caradhar interrumpió entonces el beso y pronunció con suavidad, muy cerca del oído de su pareja: «Hola, Vira».
Sül giró el rostro hacia el recién llegado. Luchaba por detenerse y adoptar una pose más modesta, pero los dedos del pelirrojo alcanzaron entonces su lugar de placer. Un orgasmo violento e imparable sacudió el cuerpo de Sül justo cuando sus pupilas se encontraban con los perplejos ojos del enorme Silvano. Jadeando, con el corazón a un paso de salírsele del pecho, deseó que la tierra se lo tragase. Ya está, pensó, ya no puedo caer más bajo. No es lo mismo saber que me ha espiado cien veces en la cama que correrme mientras nos enfrentamos cara a cara... Adhar, pequeño cabrón hijo de...
Al encararse de nuevo con el espíritu tentador de cabellos de fuego que palpaba juguetonamente sus tatuajes —dentro del cual aún bombeaba, por todos los dioses—, se vio forzado a contener el impulso de estrangularlo. Caradhar había cambiado, pero ciertos aspectos de él, como su increíble desvergüenza, permanecían inalterados. La sonrisa de disculpa y la frente reclinada contra la suya hicieron un gran trabajo en vías a conseguir su perdón. Gracias al contacto, Sül comprendió que aquello había sido una pequeña demostración de dominio destinada al recién llegado. El pensamiento lo dejó boquiabierto: Caradhar estaba celoso. ¿Reír... o continuar de morros?
Ejem. —El carraspeo de Vira fue todo un triunfo, viniendo de alguien al que era imposible dejar sin palabras. El dotado percibió con claridad que no era objeto de la devoción de ninguno de los presentes—. En fin, veo que venimos en un buen momento, bueno para vosotros, al menos. ¿Os importaría desacoplaros para hablar? A menos que prefiráis que volvamos más tarde, cuando hayáis terminado de... alimentar a los peces.
A medida que el Silvano recuperaba su aplomo, su tono se iba tiñendo de burla. No sucedía igual para su oculto acompañante, Lioges, quien venía siguiéndolo a cierta distancia, y cuya turbación era tan evidente que no había que ser empático para apreciarla. La expresión de Caradhar adquirió seriedad. Sül se separó de él con un ligero beso en los labios, se aupó fuera del agua y echó mano de su ropa. Estos eran los casos, meditaba, en los que no venía mal ser previsor y agarrar dos pares de pantalones antes de lanzarse a correr desnudo por el bosque. Tras cubrirse, sirvió de pantalla a la modestia del pelirrojo —o a la falta de ella— para que hiciese lo mismo; después observó cómo él y el sanador se saludaban con cierta incomodidad y subían los escalones hasta la plataforma principal. Si bien no pretendía inmiscuirse en sus conversaciones privadas, tuvo buen cuidado de colocarse en un lugar donde podía observarlos desde abajo, sentado en las raíces del árbol.
Después de que Vira se le uniese, lamentó haber bajado sin camisa. Nunca le había gustado lucir sus escarificaciones, salvo ante su pareja, y aquellos ojos de color corinto no contribuían a su confort.
¿Qué tal el viaje? —preguntó el Silvano. Aunque jamás se perdía una visita a Argailias, en aquella ocasión no había podido acompañarlos.
No ha estado mal, mucho más tranquilo que Dervarn estos días. ¿Qué tal el tuyo?
Tampoco ha estado mal. Tras consolar a Ulmeh por la pérdida definitiva de su amor irrealizable, he dejado a Dainhaya con el clan de su nuevo presunto prometido, ya sabes, conociéndose. Es gracioso, pero el hermano del pobre tipo la atrae mucho más. No la culpo, a mí también; para empezar, no tiene un palo metido por donde el sol no brilla nunca. Muy equivocado he de estar si no se produce un cambio en el objeto de su afecto. Tendré que exiliarme en Argailias una temporada para huir de las iras de Padre, quien no dudará en atribuirme otra vez la responsabilidad. ¿Y qué se creerá que he hecho, a ver? ¿Seducir a su prometido hasta invertirlo? ¡Si el palo no me lo habría permitido!
Aquel era otro de los motivos por los que Padre perdía la paciencia a la sola mención de Vira y Sül. A la vuelta de la ciudad élfica, Dainhaya había rechazado emparejarse con el elegido de su mentor, alegando que no iba a unir su vida a alguien a quien apenas conocía. La vergüenza y decepción del elfo no habían conocido límites, y como aquellos dos habían pasado las últimas semanas a solas con ella en Argailias, le había resultado muy fácil culparlos por haber ejercido una influencia negativa sobre la muchacha. Nada bueno podía esperarse, manifestaba, de unos jóvenes con semejantes impulsos antinaturales. Sül sabía que Vira no andaba muy desencaminado al vaticinar cuál sería su reacción en cuanto averiguara el desenlace de su segundo noviazgo concertado.
Los auténticos motivos por los que Caradhar se había refugiado en Argailias eran mucho menos cómicos. Todo se remontaba al día en que abandonaron la ciudad. Durante el camino de regreso, el dotado le contó su conversación con Navhares, incluido aquel sueño mencionado de pasada. Y del sueño, la conversación viró a los detalles de sus reuniones a puerta cerrada con Lioges, de su rendición a medias a las peticiones de los Silvanos. A Sül le parecía chocante; chocante y extravagante y, sí, doloroso, aunque no tanto, ni mucho menos, como si se hubiera acostado con docenas de jóvenes Silvanas, una idea que había rondado las peores pesadillas de Sül.
Las semillas de la preocupación ya habían arraigado. Y, tras regresar al bosque, la buena nueva que corría de boca en boca terminó de hacer el trabajo: Mirtuillë estaba encinta. La gran satisfacción de los Silvanos cayó como un jarro de agua fría sobre un Caradhar que ya respiraba aliviado ante el fracaso de los planes de Lioges. Decepcionaría de nuevo a su compañero. Sül se marcharía. Aquella sería la gota que colmara el vaso.
Obviamente, el antiguo Sombra no acogió la noticia con regocijo; no obstante, de nuevo decidió cerrar los ojos y pasarla por alto. Fue una noche muy larga la que pasó con el dotado en brazos, proporcionándole el consuelo que habría debido recibir él mismo. Para hacerlo aún peor, ese sanador entrometido metió sus narices, con el pretexto de que lo mejor para él eran unas horas de sueño profundo, y le ofreció una infusión de hierbas somníferas. Quizá su preocupación era genuina, eso no podía negarse, pero todo aquello era en parte culpa suya y Sül no estaba para bromas: lo echó de allí empleando un lenguaje que habría de pasar a los anales de la historia de Dervarn como el más soez, irreverente y blasfemo que se había oído por aquella parte del mundo. Aquello reafirmó a Lioges en su creencia de que los Darshi'nai no eran mucho mejores que escoria. Vira, por su parte, aún sonreía para sus adentros cuando recordaba la escena.
Y el tiempo había pasado hasta que llegó el alumbramiento. Mirtuillë, la hija de los guías, dio a luz a un elfo varón; un elfo con el Don. ¿Cuántas posibilidades había de que un dotado tuviese un hijo bendecido de igual manera? La noticia se había extendido con la rapidez del rayo, no solo en la comunidad de Dervarn sino también entre los otros clanes. Era el primer dotado nacido entre la Antigua Raza desde los tiempos de la Gran Blasfemia, y lo más probable era que también se convirtiese en un tejedor, ya que poseía las dos marcas de la magia. Savran no cabía en sí de dicha. Tirsseil, sin embargo, albergaba ciertas reservas, pues sabía lo que sucedería a resultas del acontecimiento. Y estaba en lo cierto: las peticiones de los otros clanes para que Caradhar compartiera su sangre con ellos habían llegado ininterrumpidamente, igual que la lluvia en otoño. El dotado tuvo que encerrarse en la casa y abstenerse de salir, acosado no solo por las voces que resonaban en sus oídos sino también por las que hacían eco en su craneo. Padre llegó a sugerir ante ellos que, si el joven seguía rehusando tomar una pareja apropiada, siempre quedaba la opción de los poco invasivos métodos de Lioges; Sül lo habría matado allí mismo.
Como consecuencia de todo ello, la guía les había concedido un respiro enviándolos a Argailias, paradójica medida —¿quién habría pensado que esa ciudad se convertiría en su vía de escape?— que sirvió para restablecer la calma por el momento. Tirsseil aprovechó su ausencia para dejar las cosas claras a los demás clanes y para intercambiar algunas palabras con Padre. Aunque los acusaran de pretender monopolizar aquella sangre bendecida, no le importaba: los hijos perdidos de Dervarn ya habían entregado la suficiente para responder por un par de vidas.
¿Qué hay de Navhares? ¿Ha vuelto a tener sueños?—preguntó Vira, trayendo a Sül de vuelta al presente.
De vez en cuando. Ha accedido a conocer al guía, lo que no es nada fácil para ninguno de los dos, pero, claro, se muere por saber cómo es la gente con la que Adhar vive ahora. Y está muy decepcionado porque nunca podrá desarrollar por completo su talento por culpa de la dependencia de las pociones. Tiene gracia; creo que no es tanto por el poder que representa como por el hecho de que el talento le haría sentirse más próximo a... Bueno, a Caradhar.
Un vidente malogrado —Vira silbó—. ¿Sabes lo raros que son los videntes? Hacía años y años que no nacía ninguno. Restaurar hasta un grado aceptable a este va a costar sudor y lágrimas. —Se quedaron mudos unos instantes—. Corail siempre ha sido una auténtica zorra.
En eso estamos de acuerdo.
Admitamos que hay algo, al menos, en lo que se esmeró. Los... fluidos de tu pelirrojo son de primera calidad.
Si eso es lo que hizo bien, se lo podría haber ahorrado. No nos ha traído más que problemas.
Eso no podemos saberlo. Nunca lo habrías conocido si las cosas hubieran sido diferentes. Resignémonos, muchacho; a los dioses les encanta jugar con nosotros, y lo único que nos queda es jodernos y bailar. No sé cómo bailarás, pero lo otro se te da bastante bien.
Eh... en cuanto a eso que has visto en el agua... —balbuceó Sül.
Tranquilo, sé muy bien por qué lo ha hecho. ¿No es encantador? Nuestro Caradhar no pierde la oportunidad de demostrarme que le perteneces. Me siento halagado de que alguien como él piense que puedo llegar a ser una amenaza. —Rio entre dientes—. Ha cambiado mucho. Hasta se ha vuelto modesto: no pensé que llegaría el día en que lo vería esconderse detrás de ti para vestirse.
No se ha vuelto modesto. —Sül sonrió y dirigió la vista al suelo—. Cuando llegamos ayer de Argailias los guías se presentaron para darnos la bienvenida. Adhar estaba recién salido del baño y se presentó allí en medio, en bolas, secándose el pelo como si nada. Tirsseil conservó esa cara tan compuesta que siempre enseña, pero la manera en que Savran levantó las cejas... Creí que se le saldrían por lo alto de la frente.
¿Oh? —Vira enarcó las suyas—. Entonces, lo de ahora...
Es por tu hermano, no quiere provocarlo más de lo necesario. Sabe... Bueno, todos sabemos lo que Lioges siente por él.
Ya veo. —El Silvano espió la plataforma donde hablaban los otros—. Lo único que puedo decir es que sí que ha cambiado. Aunque nunca se convertirá en un bromista acérrimo, ni reirá a carcajadas ni contará cosas en confianza más que a un puñado de personas, es un nuevo elfo.
Se hizo de nuevo el silencio hasta que algunos sonidos característicos les llegaron desde un arbusto próximo. Vira propinó un codazo a su compañero.
Un nido de cardenal cerca de vuestra casa. Qué apropiado.
Tras una larga inspección, Sül descubrió qué era aquello que el Silvano le indicaba; en efecto, había un nido muy bien oculto entre las densas ramas. Parecía abandonado, sin rastro de sus propietarios.
Ah, un nido de cardenal. Pues qué bien —ironizó.
No tienes ni la más remota idea de lo que hablo.
He vivido toda mi vida en una ciudad. ¿Cómo quieres que sepa distinguir un nido de otro? Por lo que a mí respecta, podría ser un jodido nido de gallinas. —Al notar la expresión condescendiente del Silvano, Sül se sintió molesto—. ¿Qué? ¿Y por qué tendría yo que saber las pintas de un nido de gallinas?
Shhhh. La hembra debe haberse asustado y por eso ha abandonado su puesto, ha de estar al caer. Ahí la tienes —susurró. Una avecilla de tonos castaños y rojizos se esponjó sobre la nidada—. Y mira, vas a tener suerte: aquí viene el orgulloso papá.
Con un gruñido, el antiguo Sombra que jamás se habría planteado hacerse observador de bichitos se inclinó a curiosear. En efecto, otro pájaro se había posado junto al anterior, si bien este poseía el plumaje rojo más sorprendente que habría podido imaginarse. Era casi igual que la melena de... El encantado joven entendió la referencia de Vira y lo contempló, absorto. Vira aprovechó entonces para estudiar sin disimulo al elfo que con tanto descuido se había echado sobre él.
Te estás dejando crecer el pelo —apuntó.
Bueno —Sül se percató de su comprometida pose y se apartó en seguida, echándose a un lado la melena húmeda—, los Darshi'nai nunca lo llevan muy largo. Dado que he dejado de ser uno, Adhar sugirió que ya era hora de peinarme como cualquier otro elfo. Es difícil acostumbrarse... No sé cómo entrenas tú con semejantes crines.
La gruesa trenza de Vira le llegaba a la cintura.
Tendrás que aprender a trenzártelo. —Extendió las manos y, cual si fuera la cosa más natural del mundo, comenzó a tejerle los negros cabellos en una trenza similar a la suya. Antes de que Sül alcanzase a protestar, su atención fue absorbida por la siguiente pregunta de su compañero—. ¿Qué tal te sientes tras abandonar Darshi'nai?
¿Qué habría de sentir? Mi neidokesh se encargó de dejarme bien claro que yo no era digno de llevar ese nombre. Nunca he tenido madera de Sombra; dejar eso atrás ha sido lo más sensato.
Eso no es del todo cierto: tu nombre, Sül, proviene de la antigua lengua. Me inclino ante los Darshi'nai, pues no han olvidado por completo las viejas tradiciones.
¿En serio? ¿Y qué significa?
Sombra. —Al ver el desaliento pintado en el rostro del joven, el Silvano se esmeró en consolarlo—. No te lo tomes así. No deja de ser una hermosa palabra, muy adecuada para un hermoso...
¿Qué estás haciendo, Vira?
La íntima escena quedó interrumpida por la voz de Caradhar, quien los observaba desde la plataforma. Mientras Lioges aprovechaba para hacer mutis con discreción, el dotado bajó los escalones de dos en dos, se interpuso entre ellos y arrebató, como al descuido, la trenza de manos de Vira. La terminó él mismo, después de depositar un beso en la nuca de Sül.
¿Por qué no comes algo, te vistes y vamos a dar un paseo? —susurró—. De todas formas, la zona está muy concurrida.
Claro.
El aludido se esfumó con rapidez, en prudente huida de la enrarecida atmósfera que flotaba entre los otros dos elfos. Caradhar no se atrevía a encarar a Vira; era consciente de sus celos y de lo que el Silvano pensaba de ellos, y se sentía a medias molesto, a medias avergonzado. Cuando al fin le lanzó una mirada de reojo, halló la suya fija en él y una sonrisa enigmática en sus labios.
¿A qué juegas, Vira? —inquirió—. Sabes perfectamente que él no te ve así. Aunque creas que no me lo merezco, soy yo quien ha estado a su lado todos estos años.
Oh, lo sé, lo sé. Y tú sabes que si él se acostara conmigo y lo hiciésemos una y otra vez, de las maneras más depravadas y aberrantes, tú no tendrías ni la sombra de un derecho a quejarte, ¿me equivoco?
Eso no va a suceder. —Una pátina encarnada cubrió las pálidas mejillas del joven.
Eso podría haber sucedido si yo hubiese querido. Ah, qué tonto fui al echarme atrás. Qué le vamos a hacer... Será que los años me han vuelto blando.
No. Eso es que te importaba demasiado para echarlo todo a perder por un capricho. Si fuera solo sexo lo que quieres de él, yo no tendría motivos para preocuparme.
La sonrisa de Vira se hizo más amplia. También más amarga.
No intentes ocultar nada de un telépata porque no merece la pena. Has tenido suerte con Sül; él preferiría saltar sobre su propia espada antes que causarte ningún daño.
También yo haría lo que fuese por él, Vira. Lo que fuese.
Los ojos rojos del dotado estaban llenos de... Era difícil de precisar: decisión, remordimiento, zozobra, arrebato... Amor.
Lo sé. No me malinterpretes, acepto que no te faltan virtudes y que es mejor hacerse a un lado y dejaros espacio. Ahora bien, yo no soy mi hermano, un tipo rígido que prefiere evitar aquello que no puede tener. Te aviso de que me calentaré al sol cada vez que se me presente la oportunidad.
¿A qué llamas tú «calentarse al sol»? —preguntó Caradhar con desconfianza.
Oh, eso... Verás, si llegáis a notar que el tedio y la monotonía amenazan vuestras veladas en la cama, yo estaré más que encantado de unirme a vosotros y especiarlas con una pizca de lo que tengo entre las... —Los ojos del dotado se convirtieron en dos ranuras amenazadoras. Vira leyó el peligro muy tarde—. No, no, espera... ¡Sabes que estoy bromeando!
«No intentes ocultar nada de un telépata» era una buena filosofía. «No hagas enfadar a un telépata» era incluso mejor. El problema radicaba en que Vira tendía a olvidarlas de tanto en tanto. Para cuando levantó sus escudos, ya no pudo hacer gran cosa frente a la entrada brusca de Caradhar en su mente, que lo forzó a saltar al agua en medio de un escandaloso chapoteo. Sül se asomó, alarmado por el ruido, y se encontró con el espectáculo del Silvano en el estanque, empapado y cubierto de plantas acuáticas. Lo más curioso de todo fue que Caradhar, cuyo rostro lucía una mueca malévola, se ofreció para ayudarlo a salir. Él aceptó, aunque no sin mostrar suspicacia, como si en lugar de una mano aquel descarado elfo le estuviese tendiendo un avispero. Si había que reconocerle un mérito a Vira era que sabía perder con elegancia. O, por lo menos, que estaba aprendiendo muy deprisa.
Cuando Sül bajó los dos estaban tranquilos, con los pies plantados en tierra firme y más o menos libres de hierbajos. Se acercó a Caradhar y le acarició la melena, luciendo su magnífica dentadura en una sonrisa de oreja a oreja. El dotado casi ronroneó.
¿Y cuáles son tus planes a corto plazo, Vira? —preguntó el recién llegado—. Aparte de sacarte los peces de las botas.
Ja, ja. Es obvio que lo primero será ponerme al día con mis habilidades de defensa telepática. No voy a perder la esperanza de reír el último.
Buena idea —afirmó Caradhar—. Yo continuaré desarrollando las mías de ataque. Y tras comprobar que has estado perdiendo el tiempo, ¿qué más te propondrás?
Los ojos de Vira destilaban reproche pero también otras emociones. Parecían seguir el curso del río, que se perdía con rapidez entre los árboles.
Estoy inquieto. Es probable que no me quede en Dervarn mucho tiempo; nunca lo hago. He de convencer a Dainhaya de que se case con alguien o algo, prometí ayudar a Savran con Navhares y sus retoños, y después...
»Sopla viento del norte y a mí siempre me ha atraído ir contra corriente. Quizá es un desafío para que encamine hacia allí mis pasos. Después de todo, ¿quién sabe dónde estaré mañana?
»¿Y tú, Caradhar? ¿Dónde estarás tú mañana?
Tampoco lo sé. — Alzó la mano y la posó sobre la de Sül, que descansaba en su hombro—. Pero sé con quién estaré. Y es más de lo que he podido decir en toda mi vida.








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2018/05/28

EL DON ENCADENADO XXV: Renacimiento





Sobre el dormitorio de Lioges pendía un silencio alterado apenas por el sonido de la respiración del dormido Caradhar. Junto a él se sentaba el sanador, con el ceño fruncido por la inquietud. La luz del sol del mediodía brillaba y se hacía hueco entre las copas de los árboles, pero las contraventanas cerradas de aquel cuarto la mantenían a raya. Todo permanecía en penumbra, inmóvil, taciturno como el ánimo del Silvano.
Un mechón de los cabellos del dotado, desparramados en desorden sobre la almohada, se había deslizado sobre su nariz y su boca y se mecía bajo los débiles impulsos de aire. Lioges lo apartó con cuidado, aunque no pudo forzarse a soltarlo en seguida y dejó que se enredara entre sus dedos. La suave caricia sobre la piel acentuó la cualidad sombría de su ánimo; de haber estado despierto, el dotado no le habría permitido hacerlo.
No sería mala idea que durmieras tú también y dejases de comportarte como un acosador —aconsejó la queda voz de Vira desde las escaleras. Lioges no se molestó en responder—. Vaya, ya lleva dos horas desvanecido. ¿Lo has obligado tú a dormir? Me sorprende el desarrollo de tus habilidades, Lio. No es nada fácil tumbar a un dotado de esa manera fulminante.
Nuestra guía acudió a hacerlo ella misma —confesó el sanador—. Dijo que era una reacción normal, esperada e incluso necesaria, pero una noche entera llorando y estremeciéndose no puede ser buena para nadie. No, no he desarrollado mis habilidades; de hecho, fui incapaz de ayudarlo. —Lioges apretó los labios y posó el mechón sobre la almohada—. ¿De qué le sirvo? Suerte que Tirsseil estaba aquí.
En mi opinión, ella está en lo cierto, deberías haber dejado que siguiera. Tiene toda una vida de llanto que recuperar.
¿Qué clase de persona sin corazón lo vería penando de esa manera y no se conmovería?
En estos momentos, el chico no es precisamente una deidad de mi devoción. Deberías haber visto lo que hace a otros. Y él tiene suerte, ni se le van a quedar los ojos hinchados. No, te aseguro que unas lágrimas no son más que el comienzo.
Unas lágrimas... Cuánta sangre fría. Me sorprendes, Vira, ese asesino Darshi'nai debe haberte calado hondo. ¿Has decidido sentar la cabeza y perseguir a un solo elfo en lugar de a la mitad de la ciudad? ¿Y qué harás con tu recién desarrollada frialdad? ¿Convertirte en Sombra junto a él?
Tú también me sorprendes —respondió el otro con suave ironía—. Mi hermano el moralista, el que se ha pasado la mitad de mi vida sermoneándome por mis impulsos antinaturales y por mi falta de virtud, ¿ha perdido la suya por un guapo chico pelirrojo?
No es así. Solo me preocupo por él porque...
A mí no puedes mentirme, Lio. Puede que mi talento empático no sea igual de potente que el tuyo, pero me basta y me sobra para saber lo que piensas. Felicidades, orgulloso padre y esposo; bienvenido a mi mundo.
Si lo que te propones es torturarme —la voz del sanador tembló—, mejor vuélvete a tu condenada ciudad antes de que me obligues a hacerte algo que no va a gustarte.
Oh, vamos, ¿para qué iba a querer torturarte? Lo estás haciendo muy bien tú solito. A lo que he venido es a sacarte de aquí. ¿Qué sentido tiene que te quedes languideciendo junto a su cama?
Creo que soy muy libre de elegir dónde quiero estar, si no te importa. Me necesita. Su mente aún no está preparada para... para el mundo.
Sostuvo con suavidad la mano de Caradhar y la acarició con el pulgar, sin importarle el juicio de su hermano. Él, de todos los habitantes de Dervarn, debía saber lo difícil que era combatir ciertos sentimientos.
Acepta la realidad. —Ya no hablaba con ironía, sino con sosiego—. Sabes tan bien como yo a qué se debía ese llanto. Sabes qué es lo que necesita.
Ha vuelto a nosotros. Nuestro guía quiere que se quede. Yo quiero que se quede...
¿Qué vas a hacer? ¿Mantenerlo dormido para siempre?
Había esperado... había esperado que lo olvidara. ¿Un Darshi'nai, el amante de uno de los nuestros? Viven empapados en pociones, no son mejores que asesinos. Pensé que no tardaría en ser cosa del pasado.
Ese amante también es el hijo adoptivo de uno de los nuestros. Deja de hablar de él como si fuera un extraño, ni siquiera lo conoces. —Vira bajó la vista, avergonzado—. Vale, admito que soy un imbécil, pero tú no me andas a la zaga. Y la principal diferencia entre nosotros es que yo lo acepto y haré lo que deba. Ya no puedo demorarme más, pronto tendré que volver, Lio. Y habré de llevarme algo conmigo,
Caradhar se revolvió; al cambiar de posición, se zafó de la mano que lo sostenía. El pequeño gesto casual hizo que el sanador se mirara la mano vacía y torciese el rostro en una mueca de desconsuelo.

Tres días después, Tirsseil regresó a visitar a su protegido más reciente. Lo encontró subido al tejadillo de la vivienda de Lioges, con el cuerpo laxo y la atención perdida en el trocito de cielo que se distinguía a través de las hojas.
Continúa igual —comentó la guía al sanador, con un suspiro—. Ha mudado la expresión indiferente en otra llena de melancolía.
Está un poco mejor, Tirsseil —se apresuró a afirmar Lioges—. Le estoy enseñando a escudarse de los pensamientos y ya no depende tanto de mí. Hasta duerme más seguido por las noches...
¿Y ha aprendido a cerrarse a esa mente en particular?
No, pero... —La sabia actitud de la elfa lo empujó a confesar—. A veces sigue prorrumpiendo en llanto, sin llegar a ser consciente de ello. Aunque se cierre a todas las influencias exteriores, aunque yo siga tejiendo en torno a él, aún no es lo bastante fuerte para cortar ese hilo.
O no quiere hacerlo. Has de considerar, Lioges, que tal vez el muchacho se haya convertido en su fulcro. Nada conseguirá cortar eso por muchas lecciones sobre protección que le ofrezcamos. Solo existe una solución.
¿Dejarlo en aquella ciudad maldita donde pereció Neharall? En su estado es muy peligroso, con todo ese gentío salvaje y sin entrenamiento. Y tenemos tanto que enseñarle todavía... ¿Y si le ocurre algo? ¿Y si...? ¿Y si no regresa?
No estará solo, Vira y Dainhaya lo protegerán. —Ante la porfía de Lioges, prosiguió—: ¿Pretendemos que permanezca así? Llegó incompleto e incompleto continúa. ¿No hemos de darle la oportunidad de aprender a sanarse a sí mismo? Su hijo está allí, su corazón también; si prefiere quedarse, tendremos que aceptar su decisión. Con todo... el mío me dice que regresará.

Sül se retiró al dormitorio que había estado usando desde que Dainhaya y él se quedaran en Argailias, sin más compañía que el uno del otro. Era sencillo, pero la atmósfera que en él se respiraba lo hacía diferente: los tonos verdes, la madera fragante, la luz cálida de las escasas velas, los jarrones con ramas y hojas recogidas de las plantas que crecían en el patio interior, los aceites aromáticos que ella solía quemar para hacerlo sentir mejor... En ningún otro lugar se habría sentido tan protegido y en calma. Si tan solo hubiese tenido consigo lo que más echaba en falta...
Dainhaya se había estado comportando de manera curiosa desde hacía unos días. Y también él, para qué negarlo. Desde aquel episodio de llanto incomprensible, una extraña congoja se había apoderado de su ánimo, y solía vagar por la casa con la melancolía de un fantasma con cadenas en el alma. En cuanto a la elfa, parecía nerviosa y olvidadiza. Eran pequeños detalles, como la vacía repisa de madera donde cada noche se quemaba aceite para recibirlo. Dainhaya no solo había olvidado encenderlo sino que, además, se había llevado el quemador y el tarro. No era tan importante, pensaba el joven, pero esos pequeños rituales que habían pasado a formar parte de su vida eran lo único que traía un poco de sosiego a su castigada psique, y no podía evitar echarlos de menos. Se aferraba a ellos como a la dulce voz de su compañera, a las pequeñas noticias que ella le ofrecía gracias a su conexión con Vira, a sus recuerdos... Un sutil aroma de madera flotaba en el aire. Tendría que bastar.
Se quitó las botas, se tumbó sin molestarse en desvestirse y cerró los ojos. Había contado las horas desde la marcha de Vira. ¿Cuántos días eran necesarios para llegar? ¿Por qué tardaba tanto? En los últimos tiempos, Dainhaya había sido tan parca en noticias...
Un inesperado hormigueo le erizó el vello de la nuca, una especie de calambre que le imposibilitó adoptar una postura cómoda para dormir. No sirvió de nada tenderse sobre un costado; empeoró, de hecho, cuando al calambre se unió un inquietante ardor en las mejillas. Su corazón empezó a latir muy deprisa.
Volvió a incorporarse de súbito, sus puños aferrando el borde del colchón con tanta fuerza que los nudillos se le tiñeron de blanco. El golpeteo amortiguado de la sangre en sus oídos se volvió cada vez más fuerte, más ensordecedor.
Un ruido de pasos precipitados llegó desde el pasillo. La puerta se abrió con un golpe contra la pared.
Caradhar.
Caradhar, cuya presencia hizo que todo quedase en silencio. Se miraron durante un momento interminable en el que pasaron revista a sus rasgos familiares, a los pequeños cambios: la figura algo más magra del Sombra, la expresión menos distante del dotado. Finalmente, indecisos como adolescentes e incapaces de iniciar un diálogo, optaron por permanecer uno junto a otro, sentados al borde de la cama.
Estás más delgado —musitó Caradhar.
Tú no has... cambiado nada.
Te he echado de menos.
Giró el rostro hacia él. Buscó en su interior, a mucha más profundidad de la que el distante hilo le había permitido, y lo que halló hizo que sintiera miedo, tan intenso y arrollador era para una psique expuesta como la suya. Pero también era único. Aspiró hondo, se levantó e hizo lo que había estado tentado de hacer desde un principio, abrazarlo. Instalado entre sus piernas separadas, adentró las manos en sus cabellos negros y las juntó sobre su nuca.
Sül no se atrevió a abrir la boca, aterrado ante la posibilidad de que la visión, el sueño o lo que fuera se desvaneciese ante él. Ya casi había olvidado lo hermoso que era, con esa expresión de arrobo y esos labios entreabiertos, invitadores. No, algo era diferente; el calor de sus ojos, la manera en que llameaban, como si los iluminase el fuego de la chimenea... La suya no era la mirada a la que estaba acostumbrado. ¿Se trataba de un engaño? ¿Otro de los trucos de Vira? Justo entonces su compañero se inclinó y hundió el rostro en su cuello, y por un instante distinguió la alta figura del Silvano en el pasillo —parapetada tras una mueca inescrutable— antes de que cerrase la puerta, aislándolos del mundo.
El siguiente beso de Caradhar cosquilleó bajo su oreja. Que los dioses lo ayudasen pero, si aquello era un truco, era el mejor que había visto jamás, porque el tacto de sus labios era idéntico al de sus recuerdos. Y su lengua, y su perfume, y aquel susurrante sonido de aspirar profundamente...
Estaba aspirando. Estaba absorbiendo su aroma. No se equivocaba, el susurro junto a su oído era nítido e inconfundible. Se abría paso entre sus cabellos, aspiraba con toda la fuerza de sus pulmones, retenía el aire..., y, con un nuevo susurro al soltarlo, volvía a repetir el ritual sobre una nueva porción de piel. Bajó a lo largo de su clavícula, se paró en su pronunciada escotadura, tironeó de los cierres de su camisa; cayó entonces sobre sus rodillas y continuó explorando su pecho, luciendo tal expresión de éxtasis que el Sombra volvió a preguntarse si aquel elfo no sería un producto de la magia o de su fantasía. Al llegar a la zona sobre su corazón, Caradhar se apoyó en su torso y escuchó la música acelerada, como si, además del olfato, hubiese recuperado el oído. Sül no pudo resistirlo más; le rodeó los costados con tanta fuerza que a duras penas le permitió respirar.
Adhar... Adhar, no te arrodilles... Soy yo quien debiera estar de rodillas, actué igual que una bestia. Te prometo que, a partir de ahora...
Fue acallado por un beso. El dotado no se tomó su tiempo antes de entrar en su boca, lo consumía el ansia de probar de nuevo el sabor de su lengua. El sabor... Sül volvió a decirse que aquello no era posible, pero su manera de explorar cada hueco, sin dejar una sola pulgada por paladear, y aquellos gemidos tan sugerentes que resonaban en sus gargantas y lo estaban volviendo loco, ¿qué más podían ser? Sus manos le atraparon las mejillas y las movieron a su antojo para tener acceso a todos sus rincones; las lenguas se volvieron tan hambrientas que la suave caricia se trocó en un violento combate por decidir quién conquistaba la boca de quién, quién penetraba a más profundidad en el otro. Los recios brazos del Sombra se enroscaron aún más alrededor de su cuerpo, sus piernas inmovilizaron sus caderas... Se separaron un instante, entre jadeos entrecortados, para enfrentar las llamas de sus ojos. Esa roja mirada que arde, se preguntaba Sül, cuyo brillo ha derretido el hielo, ¿de dónde ha salido? ¿Quién la ha prendido?
Tú. La has prendido tú.
Las palabras sonaron tan claras en su mente como si él se las hubiera susurrado al oído. No quería ser brusco, pero aquella sencilla frase había espoleado tanto el deseo largo tiempo reprimido que se sentía capaz de aplastarlo dentro de sus brazos. Caradhar se libró de su camisa. Al retorcerse contra él, sus ingles entraron en contacto y sus entrepiernas rígidas se frotaron a través de la tela. El gemido que bañó el mentón de Sül, tan enloquecedoramente sensual, lo convirtió en poco menos que una bestia depredadora. Enganchó la cintura del dotado, lo lanzó de espaldas y lo contempló, voraz, antes de correr a desatarle las calzas. Sus manos colisionaron con las de Caradhar, igual de ansioso por verse fuera de aquella tela que Sül por desnudarlo. Sí, aquello tenía que ser un sueño maravilloso. Era demasiado perfecto para ser verdad.
El bello cuerpo de líneas familiares, desvelado debajo del suyo, habría bastado para empujar al Sombra al punto de no retorno del deseo. Y esa desvergüenza al separar los muslos para ofrecerse aún más, y ese abandono, como si ya no se perteneciera a sí mismo —no eran imaginaciones suyas, el sentimiento gritaba con claridad en su cabeza—... Todo ello lo llevó a tal estado de frenesí que se arrancó los cierres de los pantalones para descubrir una erección resbaladiza y lo penetró casi de golpe. Caradhar contuvo un quejido y apretó los párpados. Sül se congeló dentro de él.
¿Te he hecho daño? —susurró dentro de su boca. Dotado o no, seguía siendo de carne y hueso y el paso era angosto en exceso.
Desde que me marché no he vuelto a acostarme con nadie. Pero por favor, no pares.
Así pues, todo aquel tiempo había estado imaginando fantasmas... Ahogando una plegaria a los dioses, Sül enredó los dedos en sus cabellos rojos y lo acarició con ternura. Se obligó a moverse con gentileza, a entrar en él despacio. Nunca más le causaría dolor.
Ante esta tierna disposición, Caradhar quiso protestar. No pretendía que su compañero se contuviera, sino que lo arrollase con su deseo. Quería hacerle sentir tanto placer que se volviera insensible a cualquier cosa que no fueran sus dedos hundidos en la piel, las caricias de su lengua, el balanceo de sus caderas... Se abrió y absorbió los pensamientos de su amante con la misma facilidad con la que su nariz le traía aquellos aromas embriagadores. Y el Sombra entró también en ella, a tanta profundidad como lo había hecho entre sus nalgas. Al encontrarse así, doblemente lleno de él, sabiendo que Sül lo estaba sintiendo desde el interior, Caradhar se quedó sin aliento.
Supo lo que el joven sentía por él al nivel más íntimo y fundamental, grabado a fuego en cada idea, enterrado en su corazón entre capas de carne y sangre. Ese era Sül, sin lugar a dudas: el Sül que había vivido, que había matado, que había sangrado, que había sufrido, que moriría por él. El Sül que siempre lo perdonaba aunque le retorciese las entrañas.
El Sül que lo amaba.
Una lágrima resbaló por la comisura de su ojo encarnado. Su rostro se contrajo en una mueca de remordimiento al saber lo difícil que le resultaría perdonarse a sí mismo. Su compañero observó aquella estela brillante y se detuvo, sobresaltado.
Dioses, Adhar, ¿te estoy haciendo daño? —Enjugó la húmeda marca con el pulgar—.¡Adhar!
Perdóname, Sül —susurró, casi silabeó.
El Sombra no supo qué hacer, hasta que comprendió que era su turno de acallarlo y demostrarle con su cuerpo que no había necesidad de palabras. Ignoraba qué le había sucedido durante su ausencia, pero ahora lo tenía bajo él y que lo maldijeran si iba a verlo marcharse de nuevo. Cuando las sacudidas se reanudaron, Caradhar enlazó sus caderas con sus piernas tensas, cruzó los tobillos sobre su trasero y presionó con los talones en su entrada. La calidez sobre el estómago de Sül fue la prueba de que aún no había perdido su propio toque mágico. Inmóvil en aquel abrazo irresistible, él también se dejó ir.
¿Cómo había podido sobrevivir todos aquellos días sin él?
Los dedos de Caradhar habían pasado de clavarse en su carne a trazar las curvas de sus cicatrices. Sus ojos aún estaban húmedos, y que los dioses lo perdonaran pero las gotas diminutas eran hermosas bajo la luz del fuego. Los besó con delicadeza, rozando apenas sus pestañas. Aquel sabor salado... Era parte del sueño, era perfecto. Sus caricias tiernas, teñidas de lascivia, se trasladaron a ingle aún resbaladiza del dotado, que hizo honor a su condición y no tardó en volver a endurecerse.
Es mi turno —susurró el Sombra tras despojarse del resto de sus ropas. A horcajadas sobre Caradhar, comenzó a guiar el arma húmeda hasta lo más profundo de sus entrañas.
Sül, aguarda un poco, vas... muy rápido. Así no disfrutarás... Ah...
No me importa. —La dura carne desapareció dentro de él hasta la base—. Te... hmmm... te necesito...
Caradhar siguió los movimientos de aquel hermoso cuerpo a caballo del suyo, de sus músculos ondulando bajo la piel, de la erección que, poco a poco, volvía a remontarse. Y sus ojos... Se asemejaban a la poza del claro de Dervarn: profundos y oscuros, capaces de capturar la luz de un dios. Se alzó sobre los codos, lo acomodó en su regazo y volvió a hundir la lengua entre sus labios entreabiertos. Aquel sabor...
¿Cómo había podido sobrevivir toda su vida sin él?




«¿Estoy soñando?», se preguntaba Sül por centésima vez mientras acariciaba los cabellos de color rubí esparcidos sobre su pecho. El nuevo Caradhar, ese al que le complacía enterrar la nariz en sus recovecos, se había empeñado en familiarizarse con su aroma de la misma manera que lo había hecho con los relieves de su anatomía. Le alzó la barbilla y se asomó de nuevo a sus iris; sí, era él, había que rendirse a la evidencia a pesar de esa diminuta sonrisa tan poco característica que le surcaba el rostro. Volvió a besarlo.
Sabes tan bien, Sül —murmuró el dotado—. Mejor que las moras, el vino y las flores de espino. Mejor que Lioges.
Esa debería decirlo yo. Además, ya cambiarás de idea cuando hayas probado los otros placeres del mundo y... ¿Lioges? ¿Cómo que Lioges?
Lioges, el hermano de Vira.
Creía... Creía que habías dicho que no te habías acostado con...
No me he acostado con nadie, solo lo olí. Quiero estar contigo, Sül. Todos los placeres que necesito están aquí.
Los latidos del corazón de Sül, disparados tras la mención del Silvano, recuperaron una pizca de serenidad. Sí, debía estar soñando, era imposible que él hubiese vuelto con sus sentidos restaurados por... por arte de magia. Ese sentimiento que lo envolvía como un manto cálido, ¿era el reflejo de lo que ahora habitaba en él? ¿Qué habían hecho esos elfos con Caradhar?
Supongo que aún quedan muchas cosas que debes contarme. ¿En serio... puedes leer mis pensamientos igual que esos Silvanos?
Lo siento, no lo hago aposta. —Un Caradhar confuso bajó la vista—. No he aprendido a controlarlo. Y tengo miedo de hacer algo que no deba, de proyectar en ti un sentimiento que no te pertenezca, pero... no quería esperar más para regresar.
No tengo nada que esconder de ti. Mi único maldito secreto ya no tiene remedio y me temo que nunca lo olvidarás porque yo nunca podré olvidarlo. Si me perdonases...
No. No más disculpas, no las merezco. Mientras cabalgaba hacia aquí no dejaba de torturarme, pensando que podrías haber decidido pasar página. Le pregunté a Vira media docena de veces.
¿Pasar página? No sabría cómo.
Te he herido de tantas maneras. No entiendo por qué no me odias, Sül.
De nuevo Sül sintió una ráfaga imparable de dolor, y comprendió entonces que procedía de él. Estaba tan agradecido por sus sentimientos que a duras penas contenía el deseo de ponerse en pie y elevar una plegaria a los dioses, pero no los quería así, no al coste de esa congoja. Sujetó sus mejillas con fuerza y lo obligó a leer en sus ojos. ¿Podría obligarlo? Adhar, pensó, Adhar, mírame. ¿Odiarte? ¿Crees que viviría sin ti? También podrías pedirme que me arrancase el corazón, tú, el único capaz de volver a colocarlo en su sitio y devolverle su latido.
Adhar, fue error mío pretender imponerte mis deseos, decirte que te quería y establecer condiciones. Dicen que amor es incondicional...
¡No! Lo que hay entre nosotros no puede ser incondicional. ¿Sabes lo que he aprendido de la magia? Que este hilo, esta conexión funciona en ambos sentidos. Cuando uno de los dos se interrumpe significa tormento, dolor, significa que estás... incompleto.
»Estas son nuestras condiciones: lo que me des, te lo devolveré. Nunca volveré a traicionarte, ni...
Estuve a punto de acostarme con Vira.
Caradhar cerró la boca de golpe ante aquella confesión que Sül no había podido aguantar más tiempo. La imagen se formó, muy nítida, en su mente, hasta el punto de que su ceño fue arrugándose de manera gradual conforme se enriquecían los detalles. Aún ignoraba el nombre del flamante sentimiento que añadía a su colección, celos.
En cualquier caso, no... no lo hiciste, y habría sido culpa mía, y... y si lo hubieras hecho —su voz se convirtió en un murmullo amargo— yo no habría tenido el más mínimo derecho a reprochártelo. Ni ahora, ni las próximas cien veces.
No pretendo acostarme cien veces a tus espaldas. No pretendo hacerlo ni una, grandísimo idiota. —Rio con suavidad. El alivio le inspiraba ganas de bromear—. Los únicos planes que tengo son seguirte; a donde quiera que te dirijas, con cualquier cosa que te propongas.
Nos iremos. Te vendrás conmigo a Dervarn, donde podrás librarte de los Darshi'nai y de sus malditas pociones. Es decir, si tú lo deseas. Tengo tantas cosas que contarte y que enseñarte... Los Silvanos construyen en los árboles, igual que los pájaros, excepto que sus nidos son mucho más lujosos. Y poseen escuelas de magia, y la biblioteca más inmensa que he visto, y... Y si no quieres vivir cerca de ellos, nos buscaremos un lugar apartado para nosotros solos. Sin barrotes, Sül; sin cadenas.
Eso suena demasiado bien para ser cierto.
Pues lo es.
Estoy pensando...
¿Hmmm?
Cien veces, ¿eh? ¿Tantas? Bueno, tendré que buscar cómo cobrármelas. Y como prácticamente estaremos tú y yo solos, los árboles y quizás alguna ardilla, apenas se me ocurre una. —Sus manos se aposentaron sobre el trasero de su compañero—. Ya puedes ir agradeciéndoles a los dioses que te diesen el Don; de lo contrario no habría forma, ni divina, ni mortal, de que te las arreglaras para sentarte en mucho mucho tiempo...
Tras la tensión inicial por lo que parecía una amenaza, la sonrisa de Caradhar se expandió hasta convertirse en el bosquejo de una pequeña carcajada. Sül se quedó sin aliento. El sonido de su risa...
¿Podía quererlo aún más?
Solo me queda una cosa por hacer antes de irnos, hablar con Navhares. Es curioso... Tanto tiempo huyendo de él y ahora me siento impotente al pensar que ha de quedarse en Argailias. Ojalá pudiese sacarlo de aquí; ojalá no fuese el Maede de Elore'il ni el esposo de la Senniam.
No es culpa tuya.
¿Y si me odia?
No te odiará, te quiere. —Suspiró—. Más de lo que pensé que un mocoso podría llegar a querer a alguien. Adhar, no te desanimes. No vas a perder a tu... hijo.
Confieso que estoy algo nervioso. Me han advertido que es muy probable que haya perdido la inmunidad a los efectos de la voz de mando.
¿Y aun así vas a exponerte? —Sül tragó saliva—. ¿Y si la usa contigo?
No lo ha hecho ni una sola vez desde que Corail se la otorgó. Confío en que no empezará ahora.
Ahora es diferente. Si yo... si yo estuviese en su lugar, haría lo que fuera para no perderte.
Entonces tendré que confiar aún con más fuerza.
Besó a su compañero en el cuello, se incorporó y se vistió. El Sombra aguantó cuanto pudo; al final lo inmovilizó con un ansioso abrazo por la espalda.
Lo siento, Adhar, sé que me comporto como un crío. No puedo evitarlo, es que tengo miedo de no volver a verte en mucho tiempo si sales por esa puerta, y yo...
Enmudeció después de que su compañero se volviera y susurrase algo a su oído. Solo fueron dos palabras, dos comunes y sencillas palabras... Una diminuta frase que Sül había pronunciado varias veces pero nunca había escuchado antes.
Algo que había esperado toda su vida.

Navhares se revolvió en su sueño. Había entrado en un ciclo de noches con poco descanso que derivaban en mañanas de agotamiento; conforme avanzaba el día, su cansancio se transformaba en introspección, las cavilaciones le impedían caer dormido y el ciclo comenzaba de nuevo. Y aquella madrugada no era diferente. De hecho, resultaba ser peor que ninguna otra, porque estaba en un lecho extraño en un dormitorio extraño y, además, los sueños no dejaban de acosarlo: sueños extravagantes, demasiado vívidos para que pudiese distanciarse de ellos. Inquieto, se giró sobre el costado y abrió los ojos de golpe. La luna iluminaba aquel lado de la cama con un hermoso brillo plateado. Y él estaba allí.
Caradhar se había tendido a su lado, imitando la postura de sus clásicas jornadas de vela. Sonreía. Aquel rostro tan inexpresivo lucía su primera sonrisa abierta ante él. Y era tan hermosa... Durante un largo rato, Navhares se quedó sin palabras.
Estaba soñando —dijo al fin, como si se hubiesen acostado juntos un par de horas antes y tener a Caradhar allí fuese la cosa más natural del mundo—. Soñaba que el bosque de la Antigua Raza acudía a Argailias y me envolvía, y no dejaba de pensar que era raro, ya que ni siquiera sé cómo es. Cuando desperté, algo me decía que debía estar preparado para lo que pudiese ocurrir, así que abandoné mi cuarto y me colé en este sin vigilar. Seguí soñando... y te presentaste tú.
El dotado escuchó, perplejo. Vira lo había ayudado a colarse en Palacio y había sido ciertamente más fácil de lo esperado, gracias a la accesibilidad del dormitorio. ¿Alguno de los Silvanos le habría enviado aquella premonición?
Hola. —El inocente saludo de Navhares desvió el curso de sus pensamientos. Los labios del muchacho, arqueados de igual manera que los suyos, los hacían parecer original e imagen en un espejo.
Hola —respondió, utilizando el mismo tono.
No te confundas, estoy furioso contigo. ¿Tienes idea de lo que me dolió que te marchases?
No tengo palabras para expresar cuánto lo siento. —Caradhar extendió la mano y acarició su mejilla; él respondió al afecto con los ojos cerrados y un melancólico suspiro de felicidad—. He sido el mayor miserable, lo sé.
¿Me has echado de menos?
Sí. Tú eres una de las dos personas que más me importan, Navhares.
Pero no soy el primero.
La mano del dotado se inmovilizó sobre su rostro, una sombra de angustia oscureció los ojos rojos. Navhares se la tomó y la besó en la palma antes de volver a colocársela sobre la mejilla, bien cubierta por la suya.
Ya no soy el Maede de Casa Elore'il —continuó—. Bueno, casi: mi esposa está de nuevo embarazada. Cuando el bebé nazca será mi sucesor y yo pasaré a pertenecer a la Casa del Sennim.
Y eso no te hace muy feliz.
Siento que me pierdo algo. De alguna forma, Elore'il era un lugar al que siempre podíamos volver. Aunque ya no importa, ¿no es cierto? No has venido para quedarte, sino para despedirte.
Los ojos de Caradhar brillaron bajo la luz de la luna. Se acercó aún más a su hijo, hasta que sus frentes se tocaron.
Si pudiera llevarte conmigo, lo haría. Pero por ahora tu sitio es este y tu posición aquí es importante. Eres el alma más noble de la ciudad, te necesitan.
Y yo te necesito a ti. ¿Me dirás a dónde pretendes marcharte?
Al bosque, con los parientes de tu abuelo. Allí me enseñarán a dominar mi herencia... nuestra herencia. Te he traído un pergamino que narra la historia de unos elfos cuya sangre corre por nuestras venas; léelo y no se lo enseñes a nadie, destrúyelo después. Si te sorprende su contenido, cree mi palabra cuando te digo que todo lo que está escrito en él es cierto.
»La guerra no ha terminado. Continuará, los dioses saben hasta cuándo, por un pedazo de tierra cuyo auténtico valor desconocen. Tienes un papel crucial en esta historia: enseñar a tu hijo, que algún día será el Sennim, la verdad tras todo ello, para que él sepa guiar a la gente de Argailias hacia una nueva época. Mientras tanto, prométeme que tú y tus hijos os mantendréis alejados de la alquimia. Es muy importante, prométemelo.
Por favor, no quiero que estemos separados. Por favor...
Te doy mi palabra de que no dejaremos de vernos, de que no estarás solo. Y aquí dentro jamás me apartaré de ti. —Presionó la frente del muchacho con la suya—. Sé fuerte, Navhares, tenemos un deber que cumplir; tú, con tu gente, y yo... con alguien que lleva esperándolo en silencio durante demasiado tiempo.
Si no... si no lo hubieras conocido a él antes, ¿te habrías quedado conmigo?
Siempre. Lo haría ahora si no supiera que terminaría volviendo a hacerle daño.
Entonces seré yo el que sufra...
Tú tienes tu posición, tus hijos, una importante tarea que cumplir. Él solo me tiene a mí.
No es justo.
No, no lo es. Pero es lo que me dice mi corazón.
Caradhar, yo siempre te he...
El dotado besó la frente de su hijo. Había tanta delicadeza en sus labios, tanta ternura en ese simple gesto, nuevo para Navhares, que una lágrima se deslizó por la comisura de su ojo. Tal cual había visto hacer a Sül, Caradhar posó los labios sobre aquel punto para enjugarla y luego lo abrazó. Lo abrazó con fuerza, con los cuerpos encajados, las manos aferrando su nuca y espalda, la nariz hundida en su cuello, aspirando por primera vez el aroma de sus cabellos.
Antes de que abandonase la habitación, Navhares le dijo:
Tuve otro sueño, Caradhar: soñé que tenía un hermano. —Los dedos del dotado se congelaron sobre el marco de la ventana—. Quizá me expliques lo que significa el próximo día que nos veamos. Pronto. Más pronto de lo que creo.
Navhares sonrió.

Cerca del crepúsculo, cuatro caballos se detuvieron a las afueras de Argailias. La mole oscura que era la ciudad volvía a brillar bajo la luz naciente; la torre más alta del Palacio de las Cuarenta y nueve Lunas, en cambio, ya perdía su característico destello nocturno. Era una visión hermosa, una bella estampa que llevarse de recuerdo.
¿No los echarás de menos, Adhar? A... Bueno, a tu hijo, a tu madre, a tus... —La voz de Sül se ahogó antes de que alcanzara a pronunciar la durísima palabra nietos.
Los veré a menudo, no estamos muy lejos. Será un paseo en cuanto logre aprenderme el camino. Le he prometido a Navhares que cuidaría de él, también he de velar por su familia, y Corail... —Aspiró hondo—. Corail es esa cadena sutil que siempre se ha enredado en torno a mi cuello. Cada vez que nos reencontremos intentará tirar de nuevo, pero tú, Sül, siempre me atraerás de vuelta hacia ti. Y así debe ser.
El antiguo Sombra colocó su caballo junto al de Caradhar, lo tomó por las mejillas y lo besó. Al igual que todos los besos que se habían dado en aquellos últimos días, fue el mejor de su vida.
Seguid así, comportándoos como adolescentes recién casados y diciendo cursilerías, y me haréis vomitar. —Vira rompió la magia del momento—. Si no os movéis ya, agarraré a Dainhaya por la oreja, me largaré a la velocidad del rayo y os dejaré ahí tirados, y a ver cómo os las componéis para llegar a Dervarn. Qué rayos, que os den. ¡Alcanzadme si podéis!
El Silvano espoleó su caballo y se perdió camino adelante. Los otros tres elfos sonrieron y lo imitaron, levantando una nube de polvo a sus espaldas.







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