2018/01/08

EL DON ENCADENADO XVII: Dos pájaros de un flechazo



A la mañana siguiente, Caradhar no llegó a contarle a Sül todos los detalles de su entrevista con Navhares. De hecho, apenas tuvo tiempo de hablarle antes de que dos de sus escoltas vinieron a llevárselo. Solo. El Sombra no pudo dejar de notar la fría mirada roja al abandonar la estancia. Se sintió extraordinariamente tentado de seguirlos, pero se contuvo. No les haría ningún bien, ni a él ni a Caradhar, contrariar los deseos de los nobles en el palacio del Sennim.
No mucho más tarde, aquellos escoltas regresaron por él y le comunicaron que sus servicios en palacio no eran necesarios por el momento. Tendría que acompañarlos a Elore'il, a donde, afirmaron, se asegurarían de que llegaba sano y salvo. Como bien sabía, aquello era un maravilloso eufemismo; lo que en realidad querían decir era que iba a quitarse de en medio, por su bien, y quedarse quietecito donde le ordenaran. Dado que Sül protestó y exigió ver a su protegido antes de abandonar el lugar, los guardias también perdieron la paciencia y le gritaron que, si no los seguía de buen grado, lo haría a rastras. Poco comprendían ellos a quién se enfrentaban y lo difícil que era doblegar a un Darshi'nai, sobre todo cuando uno no era más que un simple soldado. En consecuencia, el elfo se les escurrió de entre las manos.
A los fuegos del abismo con la diplomacia, pensó Sül mientras se dirigía a buscar a Caradhar a los aposentos del Maede. Jamás lo dejaría solo a menos que él se lo pidiese en persona. Además, quería saber qué había ocurrido la víspera entre él y Navhares. Aunque llegó a las lujosas habitaciones sin que nadie lo detuviera, descubrió que alguien lo estaba esperando allí.
Por tu bien, te recomiendo que des la vuelta y hagas lo que te han mandado, Sül. —La voz calmada y compuesta de Niliara lo tomó por sorpresa. Los labios de la elfa mostraban una suave sonrisa, pero en sus ojos brillaba la ironía—. Hazte un favor a ti mismo y a tu... protegido.
No creo que sea mucho pedir tener un par de palabras antes de largarme, digo yo. No hago más que seguir las órdenes de la Maediam de no perder de vista a quienes he de escoltar, así que...
Te recuerdo que son las órdenes del Maede lo que estás contraviniendo aquí, y no se encuentra de muy buen humor en estos momentos.
Por mucho que tenga ese título, los dos sabemos que aún es poco más que un crío.
Un crío que se sentará junto al trono del Sennim. Escucha, Sül, voy a hablar con claridad. —La dama dejó de sonreír. Se acercó a su oído y dijo, con voz muy queda—: Yo sé lo que eres y tú sabes lo que soy. Aunque solo sea por los lazos de hermandad que nos unen, no te deseo ningún mal; de hecho, te aprecio en conjunto más que a ese... tutelado tuyo del rostro hermoso pero impenetrable. Es obvio que tu interés por él sobrepasa el de un contrato. Ahora bien, si yo estuviese en tu lugar, me resignaría y daría un paso atrás, porque ese afecto entra en conflicto con el de alguien con cuyo rango no puedes competir.
¿Competir por el afecto? No entiendo qué tiene que ver...
Oh, lo entiendes a la perfección y es justo lo que estás pensando. —El Sombra palideció. Ni tan siquiera reparó en que los dos escoltas tras sus pasos habían doblado la esquina y se dirigían hacia ellos—. Sül, vuelve a Elore'il y espera allí, no hay nada más que puedas hacer por ahora. —Subiendo de tono para que los guardias la oyeran, añadió—: Tranquilos, ha sido un malentendido. Es el deseo del Maede que Sül llegue sin problemas a nuestra Casa, donde ha de ocuparse de importantes asuntos. Sin problemas, caballeros.
Los guardias se inclinaron ante la encantadora sonrisa de la elfa, destinada a encandilar a su audiencia, y llevaron a cabo su cometido. Demasiado anonadado para reaccionar, Sül se dejó guiar sin ofrecer resistencia.



El dotado se hallaba de pie ante la figura sentada de Navhares. Los ojos corinto no ocultaban su resentimiento.
Hola, Caradhar. ¿Has dormido bien? Si no es así, aprovecha hoy para descansar, porque es probable que esta noche tampoco durmamos mucho: planeo cumplir con mi deber sin dejar pasar un solo día más y preciso tu apoyo. Por cierto, he enviado al resto de los dotados a la Casa, así que te quedarás conmigo durante todo el tiempo que esté aquí. Teniéndote a ti, ¿para qué necesito a los demás?
¿Queréis que esté a vuestro servicio... yo solo?
Bueno, los dotados de palacio cuidan también de los aposentos de la Senniam. Por lo general no se permite la entrada a los de fuera, pero contigo harán una excepción. Ah, y no te preocupes: también he mandado a tu guardaespaldas de vuelta, así que nada te distraerá de tus obligaciones.
He de tener unas palabras con la Maediam. Si me permitís ausentarme...
¿Es que no me has oído? Solo quedas tú para hacerte cargo de mi bienestar, no puedes alejarte de mi lado.
Elore'il está muy cerca y...
¡He dicho que NO! —Navhares temblaba de furia. Después de tan inapropiado estallido apretó las mandíbulas, en un intento de recuperar la calma—. ¿Quieres que volvamos a Elore'il? Pues ruega a la diosa de la Luna para que mi esposa conciba pronto. A menos que hayas cambiado de idea y me permitas...
Alzó la mano derecha y rozó un mechón de cabellos rojos. Los dedos se movieron con tiento para llegar a la mejilla, pero Caradhar se apartó cuando sus pieles estaban a punto de tocarse, escudado tras una de sus miradas más gélidas. El Maede se mordió el labio inferior. A su rostro afloró una expresión de desconsuelo.
Caradhar, ¿por qué no? —preguntó, en susurros—. Pensaba que te gustaba. Mi madre me decía, antes de que regresaras a la Casa, que eras alguien muy especial; que, aunque yo no te recordaba, tú llegaste a conocerme cuando no era más que un recién nacido; que cuidarías de mí... ¿Recuerdas nuestra primera noche juntos, ese instante en el que interviniste para que no me hiciera daño? Contigo nunca me han dañado. ¿Por qué iba a preferir estar con los demás? Ellos me tratan con deferencia porque me temen. Hasta Niliara se cuida de no contrariarme. Tú no. Tú siempre me miras a los ojos.
»En una ocasión me espiaste mientras me bañaba; te estaba observando a través del espejo y lo noté. Me contemplabas como si... como si me acariciases...
El dotado suspiró.
Es imposible dejar de notar que sois hermoso. El problema es que, a pesar de las apariencias, sé muy bien cuál es vuestra auténtica edad. No podría dejar de consideraros un niño.
Nunca me he considerado a mí mismo un niño, nadie lo hace ya. Y tú jamás me has hablado como si fuese una criatura.
No sabría hablarle a una criatura. Os hablo igual que lo haría con cualquiera.
Me he casado. Esta noche... dejaré de ser un niño de una vez por todas. —Una nueva ráfaga de irritación prendió las mejillas de Navhares—. Tú también tendrás que reconocerlo.
Y yo os digo que no por perder la virginidad dejaréis de ser lo que sois. Eso lo sé... de primera mano.



Aquella noche el Maede no huyó de la habitación conyugal, sino que hizo honor a su palabra y consumó el matrimonio. Aunque ciertamente no lo hizo con gentileza. Los gemidos de la Senniam fueron subiendo de volumen y adquirieron un ligero tinte de angustia.
Desde su emplazamiento en la pieza contigua, con una simple cortina por barrera, Caradhar se vio forzado a oír a la pareja e incluso cayó en la tentación de escudriñar entre las tela. A la luz de flotantes velas blancas distinguió la figura del joven Maede, que empujaba con brusquedad entre las piernas de su esposa. Los cabellos le cubrían en rostro y caían en roja cascada, atrapando a la muchacha como una telaraña.
De repente, el Maede echó la cabeza hacia atrás y su larguísima melena compuso una aureola alrededor de su bellas facciones antes de aposentarse entre sus omóplatos. Caradhar sintió entonces un par de ojos oscuros fijos en su dirección, conscientes, en apariencia, de que estaba espiando. Una inquietante sonrisa curvó la comisura derecha de los labios de Navhares.
El dotado dejó caer la cortina y se dio la vuelta, con la vista perdida en la oscuridad.


Navhares estudió a Caradhar con detenimiento entre sorbo y sorbo de su desayuno. Buscaba un detalle diferente, una señal de que se hubiera producido algún cambio en la manera en que lo percibía, una nueva versión de sí mismo reflejada en su rostro. La tarea fue vana, pues aquel semblante era tan poco revelador como de costumbre.
Ven, Caradhar, comparte mi desayuno. No me gusta sentarme solo a la mesa.
Ya he desayunado, mi vanim.
Ven de todas formas.
El elfo acató la orden, si bien rehusó el ofrecimiento del Maede de beber de su propia copa. Como el joven insistiera, mudo y con el brazo extendido, se convenció de que no tenía sentido discutir cada pequeña orden y terminó aceptando un sorbo. Lo que ignoraba era dónde hallar la paciencia para aguantar una situación que podía durar semanas.
Entonces las puertas se abrieron de par en par y el Sennim en persona entró en la estancia. El Maede y su dotado se apresuraron a ponerse de pie y hacer una reverencia, el segundo desde una discreta posición tras su señor. En su primer encuentro cercano, el gobernante de Argailias le recordó a Killien, de quien era pariente, aunque con algunos años extras y una expresión más benigna. Su cabello era tan rubio que casi parecía blanco; níveas eran también sus proverbiales vestiduras e, incluso, la dotada que lo seguía, una figura marmórea de fantasmagóricos iris de color azul hielo.
Sin ceremonias, muchacho, toma asiento —lo saludó el Sennim, indicándole su silla a Navhares y haciendo lo propio—. Solo he venido para congratularme, pues a partir de este momento puedo llamarte hijo. Tenía mis reservas después de ayer, pero la niebla se ha disipado. Y no es que no me haga cargo, por la diosa, después de todo sois aún jóvenes. Por desgracia, vuestra juventud no alcanza a dispensaros del imperioso deber que pesa sobre vuestros hombros. Lo entiendes, ¿verdad, hijo?
El joven asintió, con las mejillas coloreadas por el hecho de ventilar asuntos íntimos frente a una extraña. Por desgracia, los dotados que seguían a la familia a todas partes eran considerados en palacio poco más que mobiliario y su presencia se ignoraba por completo; un hábito al que le habría de costar acostumbrarse.
Pronto, si los dioses lo permiten, espero que se anuncie un feliz acontecimiento. Y será un niño muy hermoso, Navhares, posees la bella presencia de tu madre. —La atención del noble fue atraída por el otro ocupante de la estancia—. Y no eres la única cara llamativa, por lo que veo. Acércate, joven, déjame contemplarte de cerca.
Tras recibir la orden del Sennim, Caradhar no tuvo más remedio que obedecer y someterse a su escrutinio.
Vaya, qué ojos y qué cabello tan notables. Has traído fuego al palacio de las lunas blancas, hijo. —Los dedos del Sennim volaron a juguetear con un mechón de color rubí. Navhares los siguió con la mirada, conteniéndose para no hacer ningún comentario—. Deberías ofrecerle este dotado tan distinto a los de palacio a tu esposa. No me cabe duda de que le complacería mucho.
Aunque el rostro de Caradhar no dejó traslucir ninguna emoción, el Maede fue incapaz de reprimir la alarma que el suyo reflejaba.
Es... mi dotado más próximo, y lo cierto es que mi esposa disfrutará de su compañía en la misma medida que yo, dado que pasaremos juntos mucho tiempo.
¿Temes que su cabellera roja le recuerde a la tuya y se consuele admirándola cuando no estés a su lado? —preguntó el Sennim, con sonrisa burlona.
Es solo que... este dotado fue un presente de la Casa Llia'res a Elore'il —dijo, en un esfuerzo por presentar una excusa convincente—. Las normas de cortesía establecen que bajo ningún concepto debemos desprendernos de algo que previamente nos ha sido regalado, ¿no es cierto?
Tienes razón, tienes mucha razón. Lo que no sabía era que esa máxima se aplicaba también a las personas. Ah, me temo que tengo asuntos de estado de los que ocuparme. Espero que te unirás a nosotros durante la cena, hijo.
El Sennim dejó ir los cabellos de Caradhar y lo acarició con el mismo afecto que habría mostrado hacia un animal doméstico. Cuando cruzó la puerta, Navhares se permitió fruncir el ceño. Su plan de conservar al dotado en palacio, fuera de los muros de Elore'il, comenzaba a resultarle una idea cuestionable. Entonces notó que el joven no había rechazado la mano del Sennim igual que hiciera antes con la suya, y que, si lo enviaba de vuelta a la Casa, correría a continuar lo que había interrumpido con ese guardaespaldas. Sus mejillas ardieron por la indignación.
¿No has cambiado de parecer? ¿Todavía sigues tomándome por un niño? Sé que me viste con mi esposa. Esas... cosas, ¿las habría hecho un niño?
Ya os dije lo que pensaba al respecto.
Bueno, veremos. —Su actitud se endureció aún más—. Nos quedan muchos días y muchas noches por delante.

Las palabras de Navhares fueron proféticas. Jornada tras jornada se repitieron los mismos encuentros, las mismas preguntas, las mismas noches interminables llenas de gemidos mientras la insatisfacción se volvía cada vez más insoportable. Ni en sueños habría imaginado Caradhar que lo que el joven estaba haciendo era seguir el consejo de su dama de compañía: para minar la resistencia del dotado, nada como ahogarlo en su propio deseo frustrado. Y las palabras, los ademanes, la audacia creciente del muchacho al tocarlo... Caradhar llegó a un punto en el que tenía que contenerse para no tomarlo por la fuerza, para no ceder y darle algo que lo mantuviese callado.
Y una mañana la corte empezó a murmurar, con regocijo, que la Senniam estaba encinta.




La comitiva del Maede volvió a Elore'il entre gritos de bienvenida y exclamaciones de júbilo. El joven pasaría algún tiempo en su propia Casa mientras su esposa descansaba y se preparaba para llevar su embarazo a buen término. No bien terminó de entrar su carruaje en el patio y se apearon el señor y sus siervos más allegados, Caradhar divisó la oscura figura de Sül tras una esquina discreta. Merecía la pena aprovechar la popularidad de Navhares para perderse entre la multitud; poco a poco, se abrió camino hasta su compañero. Cuando Sül lo tuvo al alcance de la mano, tiró de él hasta colocarlo a salvo de miradas y lo sostuvo contra el muro sin atreverse a moverse. Su corazón latía con tanta fuerza que, a pesar del griterío, él no escuchaba más que el zumbido de la sangre en sus oídos. Caradhar no era tan paciente; quería escuchar gemidos que sacasen de su mente los de palacio, quería reclamar lo que había echado de menos durante semanas. Implacable, aferró sus mejillas para intercambiar posiciones y lo lanzó contra la pared mientras su lengua penetraba como un ariete en su antiguo dominio y volvía a reclamarlo hasta el fondo mismo de su garganta.
Ah... Adhar —musitó el Sombra cuando recuperó el uso de la palabra—. Oh, dioses... te mandé mensajes a menudo, no sabía lo que ocurría... Apenas he tenido noticias de ti en todo este tiempo y pensaba que ya no me...
Supongo que el Maede se ocupó de que permaneciésemos incomunicados. Sül, créeme, ahora no me apetece hablar.
Para manifestar con claridad cuáles eran sus auténticos deseos, frotó su entrepierna rígida entre las caderas del Sombra.
Pero Niliara dijo que tú y Navhares... Adhar, tengo que saberlo. No he podido dormir pensando que vosotros dos estabais... juntos.
Tras lanzar un suspiro de frustración, Caradhar rompió a regañadientes el contacto con Sül y se dejó caer sobre su antebrazo.
¿Pensabas que yo iba a poner las manos sobre mi...? —Se contuvo antes de pronunciar la palabra maldita—. ¿Sobre un crío?
¡No! Es decir, pensaba que no ibas a tener elección. Oh, joder. —Se cubrió la cara con las manos. Llegado a ese punto en el que la tensión y el alivio luchaban por tomar el control de su cuerpo, sus piernas perdieron la fuerza para sostenerlo y acabó deslizándose, poco a poco, contra la pared de piedra—. Me comporto igual que un pelele, lo sé, pero no te haces una idea del infierno que he pasado estas últimas semanas. Incluso llegué a reunir el equipo para colarme en palacio, a pesar de la prohibición.
Y tú, ¿tienes idea de lo que he pasado yo? ¿Día tras día de rechazar los avances de Navhares, noche tras noche de oírlo en la cama, haciendo lloriquear a su mujer, hasta que me sentía tan frustrado que ya no podía mas? —Se acuclilló frente al Sombra y flanqueó sus sienes con las manos, sus labios apenas separados una pulgada, su voz tan áspera que casi se quebraba—. Más tarde hablaré con Corail para atajar esto. Ahora lo único que quiero es oírte gritar, oírte gritar tan fuerte que te olvides hasta de tu propio nombre. Y si tengo que echarme encima de ti en este patio, delante de todo el mundo, no me importa lo más mínimo.
He conseguido otro refugio en la Zanja. —Sül tragó saliva. La voz le sonaba igual de ronca y ansiosa—. Las paredes son... muy gruesas.
Quizá te salves de dar espectáculo por esta vez.



Las paredes del refugio eran gruesas, aunque no lo bastante, y los gritos amortiguados de Sül llegaban al exterior. Pero aquello era la Zanja; nadie iba a inmutarse por un poco de ruido.

Llegas demasiado tarde, Vira.
La voz acusadora era masculina. La lengua, desconocida en Argailias, ya se había escuchado no hacía mucho tiempo en los túmulos al sur de la ciudad.
¿Demasiado tarde para qué? ¿Me he perdido algo importante, para variar?
Dainhaya estaba preocupada por tu tardanza. Sabes que es agotador entrar en trance y sujetar el hilo cuando el ánimo se encuentra inquieto.
Déjalo, Ulmeh. —Dainhaya apareció a sus espaldas y se acercó—. Hacía tiempo que no necesitaba emplear tanta concentración y ha sido una buena práctica. Estoy bien, en serio, no merece la pena discutir. Lo que ocurre es que llevas poco tiempo en la ciudad y no te has familiarizado con las extravagancias de Vira.
¿Por qué has entrado en trance? —preguntó Vira—. ¿Para espiarnos a todos a la vez? ¿No te fías de mí? Tu vida es monótona en exceso, mi querida Dainhaya. Deberías imitarme y divertirte un poco. ¿No te apetece pasarlo bien con un mozo guapo? ¿Con una moza, y aderezar así tu vida amorosa? Vale, vale, te hago la crónica, sal de mi cerebro... —Vira gesticuló con vehemencia. Los enfrentamientos entre telépatas y bocazas solían saldarse con la victoria de los primeros—. Bien, después de que el chico hablara con su madre, ella se ha puesto lívida. No puedo decir que la compadeciese, pero supongo que a nadie le divierte oír que su nieto siente debilidad por su propio padre. —Aunque Dainhaya no se inmutó, Ulmeh sí torció el rostro en una mueca de desagrado—. Como no sabe qué hacer, por el momento ha mandado al chico a la ciudad de los humanos para quitarlo de en medio. Un parche provisional, claro está, ya que algún día tendrá que regresar. El chico opina que debe contarle la verdad a Navhares.
¿Por qué no lo deja estar? —preguntó Ulmeh—. No tiene por qué ceder a sus deseos impuros, es solo un niño y debería obedecer a su madre. Quién sabe lo que hará si se entera de todo... ¿Y si habla más de la cuenta y mete en un lío al chico?
La Senniam está preñada, ¿recuerdas? Navhares planea hacer gala de su recién adquirida madurez y exigirle a su madre el disfrute de todos los privilegios del laboratorio. Y digo todos.
Ah, sí, esa condenada poción... En cualquier caso, el chico es inmune a sus efectos. No podrá forzarlo a nada... inapropiado.
Piensa un poco, Ulmeh, y sé que te cuesta. ¿No crees que se quedará más que perplejo cuando vea que su plan no tiene éxito y el chico no dobla las rodillas... ante él? No es ningún idiota, sabe que su supuesto padre fue asesinado. Adivina quién pasará a ser el primer sospechoso. Dejarlo estar... Qué inocentes sois los elfos de campo. Ah, la discusión con Corail tuvo sus grandes momentos; cuando el chico le preguntó si debía ceder, pretender que no era inmune a la voz de mando y dejar que Navhares le hiciera lo que con tanto celo ha perpetrado a su esposa durante todas estas semanas, el cutis de nuestra dama adquirió la palidez de una flor de almendro. —Vira sonrió de oreja a oreja, para disgusto de su compañero—. No pongas esa cara de susto, querido Ulmeh. Si hubieses visto lo mismo que Dainhaya y yo durante todos estos años...
Lo que insinúas es repugnante. Un padre y su propio hijo...
Una unión que no puede fructificar no atenta contra los dictados de la naturaleza, mi joven amigo.
Deja en paz a Ulmeh, Vira —pidió Dainhaya—, es un recién llegado y no ha aprendido a comprender las costumbres de las ciudades. Y por el Telar que espero que no le dé tiempo a hacerlo. ¿Crees que Corail hablará con el Maede?
Sí. Quizá debas escudriñar su mente si quieres estar segura. Conviene que nos preparemos para cualquier reacción de Navhares.
Intuyo que él es lo bastante maduro para saber que no ha de hablar. Me asusta lo que le han hecho esas pociones, pero no puedo dejar de maravillarme. ¿Vas a seguir al chico a Therendanar?
Faltaba más. Cualquier excusa es buena para escapar del tedio. —Vira guiñó un ojo.
Presiento que algo va a ocurrir y ruego que así sea. No me queda mucho tiempo.
¿Qué sucede? —se alarmó Ulmeh. En el corto periodo que llevaba en Argailias había llegado a admirar a la bella y dulce Dainhaya de una forma especial.
Nada importante: Padre ha sentenciado que Dainhaya no debe retrasar más el momento de traer hijos al mundo. Su apuesto prometido estará impaciente tras una espera tan larga. —La expresión de desencanto de Ulmeh casi se saboreaba. La actitud de la elfa le recordó a Vira que estaba pisando arenas movedizas—. En fin, confiemos en que tu corazonada sea cierta para que no te pierdas el final de la historia. Yo voy a echar un sueñecito antes de ponerme en camino.
Por cierto, desde que asististe a la charla entre el chico y su madre han pasado tres horas. ¿A dónde fuiste después?
Oh, eso... Me temo que el reencuentro entre el chico y el Darshi'nai fue de lo más sugerente. ¡Nunca lo había oído gritar de esa manera! ¡Qué aullidos! —Ulmeh parpadeó, confundido, ante el nuevo giro de la conversación—. Un dato curioso: a pesar de lo distraidísimo que estaba, juraría que hubo un instante durante el cual volvió la cabeza hacia donde yo me encontraba. Eso querría decir que me ha percibido por segunda vez y que yo subestimado las capacidades de los Darshi'nai en general y de ese en particular. Por supuesto, no descarto que se debiera a mi propio descuido. Es lógico y perdonable que la concentración se rompa al asistir a ciertos espectáculos. Pero miradme, estoy divagando. ¿Por dónde iba? Ah, sí: la imagen seguía tan vívida en mis pensamientos después del encuentro madre e hijo que tuve que volver a la Zanja a procurarme algo de diversión terapéutica con un par de jovencitos antes de venir a presentar mi informe. Estrictamente por motivos de salud.
Vira —la voz de Dainhaya sonó calmada y desprovista de emoción—, a estas alturas ya no eres muy diferente de cualquier prostituto de taberna.
Ulmeh se sobresaltó; que palabras tan rudas salieran de labios tan delicados era algo que jamás se habría esperado. En cuanto a Vira, no se sintió ofendido en absoluto, sino que sonrió y ronroneó como una pantera satisfecha.

Por Therendas, no esperaba que la Maediam enviara de nuevo a nuestro joven viejo conocido. Bienvenido, Caradhar.
El caballero Lenkares, la mano derecha del embajador de Therendanar en Argailias, hacía los honores al dotado y Sül en el despacho de Verella Dep'Attedern. Ante la conveniencia de sacar a su hijo de la circulación, Corail había aprovechado la oportunidad para enviarlo a ocuparse de cierta misión diplomática. Lenkares no hizo comentarios por la ausencia de los agentes habituales, si bien su ceja derecha se elevó un punto sobre su horizontal. Dep'Attedern, por su parte, no se inmutó en lo más mínimo y los recibió con una ligera sonrisa.
Espero que el camino hasta aquí no se hiciera tortuoso en exceso. Ya os podéis imaginar que la defensa es nuestra máxima preocupación en estos días ominosos y el número de patrullas se ha triplicado. —Caradhar asintió. A Lenkares se le pasó por la mente que aquel elfo debía ser el diplomático menos hablador de todas las tierras conocidas.
Mis sinceras felicitaciones —interrumpió Dep'Attedern— por la futura paternidad del Maede. Es esperanzador que no todo sean malas noticias, y nos alegra saber que él se encuentra en perfectas condiciones tras el tratamiento, como salta a la vista.
La sonrisa de la dama se intensificó. Sül sabía que a los miembros del servicio de inteligencia les gustaba presumir, en algunas ocasiones, de que no se quedaban cruzados de brazos en sus despachos. Ahí lo tienes, pensó, un alarde y un «de nada» en la misma frase. Oh, bueno, dudo que esta mujer pudiera enseñarme gran cosa, a menos que sean tácticas para complacer a otras mujeres...
Planeo volver a Argailias con vos —prosiguió Lenkares—. Para entonces supongo que nuestro laboratorio habrá concluido sus investigaciones con nuestro... invitado forzoso.
Absorto en sus propios pensamientos, Caradhar no replicó. Su compañero sospechaba que su actitud tenía que ver con ciertas palabras susurradas por un alquimista a la entrada del despacho, pero no era el mejor momento para abstraerse. Un golpecito es la espalda lo hizo reaccionar.
Eh... Solo estoy al corriente de que hay que escoltar un prisionero a Elore'il —comentó, al fin.
Un elfo de Misselas. Ya sabéis que solíamos relacionarnos con ellos antes de que la coalición del norte se declarase hostil. Cuando la última delegación de la ciudad se marchó, uno de ellos se quedó atrás; o, al menos, esa es nuestra versión de los hechos, pues no se nos ocurre con qué otros medios logró introducirse en Therendanar. Nuestros alquimistas se han empleado a fondo para sonsacarlo, pero...
... no suelta prenda —completó la espía—. Enojoso, muy enojoso. Por suerte, el laboratorio de vuestra Casa posee merecida fama de guardar algunas fórmulas eficaces para despertar la locuacidad. Eso sí, no voy a pretender que este último recurso no hiera el amor propio de mi departamento. Hubo un tiempo en el que los interrogatorios no se realizaban en habitaciones rodeadas de botellitas.
No somos bárbaros, Verella. Además, quizá el prisionero se muestre más receptivo con miembros de su misma raza. Confío en que los colegas de nuestros alquimistas en Argailias tengan más suerte que nosotros. En fin, nuestros invitados deben estar cansados, los dejaremos retirarse por ahora.
Una vez fuera del despacho, Caradhar apretó el paso para dirigirse a la zona de los laboratorios.
¿Qué pasa, Adhar? Ahí dentro solo te faltó bostezar —ironizó Sül—. ¿Es por lo que te dijo ese alquimista? ¿Y qué te dijo, por cierto?
Mi maestro está enfermo, se ha enterado de que estoy aquí y quiere verme. En todos estos años nunca se enfermó antes, gracias a las pociones.
Ah... Lo siento. Espero que no sea nada grave.
Veremos.
Les permitieron el acceso a la habitación que Maese Jaexias consideraba, vagamente, su dormitorio. No había gran diferencia entre ella y cualquier laboratorio de palacio, porque cada superficie disponible estaba atestada de libros, instrumentos alquímicos y polvo en grandes cantidades. Pero era cierto que había una cama y, sobre ella, la magra figura del alquimista.
Maese Jaexias, que siempre había sido enjuto, ya no era más que un saco de huesos que la piel mantenía unidos. Aunque no parecía posible que el viejo humano mostrase un aspecto menos saludable del habitual, lo cierto era que la vida lo estaba abandonando poco a poco. Solo sus ojos acuosos brillaban con una chispa de inteligencia.
Sül frunció el ceño y miró de reojo a su compañero mientras tomaba asiento junto al cabecero. Si esperaba descubrir alguna emoción en su rostro, sus expectativas quedaron de nuevo frustradas.
Viejo Zorro.
Que me aspen si no es Caradhar, sí, señor. Es una coincidencia notable que aparezca justo la única persona con la que quería hablar. Por Therendas que es una coincidencia notable...
¿Qué te ocurre? —preguntó el pelirrojo, con voz suave, antes de que su maestro se lanzase a divagar.
¿Qué me ocurre? ¿Qué crees tú, muchacho? Que me muero. Ha llegado mi hora, las pociones ya no pueden estirarme más. Oh, no me quejo, vaya si lo han hecho, hasta que estos viejos huesos se han negado a seguir sosteniéndome.
Buscaré en los laboratorios de Elore'il. Es posible que cuenten con algo que no hayas probado.
Claro que no, muchacho. Escucha, ya he vivido más que suficiente. He pasado muchos años... —El viejo tosió; perdida la costumbre de hablar durante tanto tiempo, la garganta se le secaba. Caradhar le sirvió una copa de agua y le ayudó a sostenerla—. He pasado muchos años posponiendo lo inevitable. Siempre había nuevas posibilidades, nuevas cosas por descubrir, pero incluso los humanos llegamos a hastiarnos al final, muchacho. Estoy cansado.
Los tres quedaron en silencio. Apenas se oía el estentóreo sonido del aire entrando y saliendo de los pulmones de aquel anciano para quien respirar era una tarea en extremo fatigosa. Aunque Sül sentía un nudo en el estómago y la imperiosa necesidad de colocar una mano sobre el hombro de su compañero, no se atrevió a mover un músculo.
En fin, no te he llamado para eso, no, señor. Tengo otra cosa muy importante que decirte y quisiera asegurarme de que no nos escucha nadie más.
Sül asintió e inspeccionó la habitación con minuciosidad antes de salir a vigilar la entrada. Solo entonces prosiguió Maese Jaexias.
Conseguí sintetizar la fórmula. Ya sabes cuál, aquella de la que tu Elore'il está tan orgullosa. Y tú, todo este tiempo dejando pistas delante de mis narices... Eres un chico muy descarado, sí, señor. —Caradhar levantó una ceja—. Fue más un ejercicio de autocomplacencia que otra cosa, lo reconozco. No tenía intención de perjudicarte, así que nunca se la mostré a nadie.
»Sé que todos piensan que no hay orden ni concierto en la manera en que clasifico mis cachivaches, pero no es verdad; no me llaman Viejo Zorro por nada. Pues bien, pondría la mano en el fuego a que, hace algunos meses, alguien anduvo trasteando con mis papeles. Si bien haría falta el cerebro más preclaro del continente para sacarles todo el jugo, Therendas sabe que han echado el guante a la fórmula. Lo siento mucho, muchacho. Ha sido un descuido imperdonable e ignoro cómo arreglarlo.
No te preocupes por eso ahora. —Caradhar meditó—. Lo lógico sería pensar que uno de tus colegas conspira para presentarla como si fuera suya ante el Gran Alquimista y el príncipe, o que quiere usarla en su propio beneficio.
Pues el ladrón se está tomando demasiado tiempo en ganarse su fortuna, sí, señor. O bien es demasiado inexperto para reproducirla, que todo puede ser.
El viejo pescó unos papeles de entre los pliegues de su túnica, agarró la mano del elfo y los deslizó en ella. Al hacerlo, sus dedos huesudos presionaron sobre los del joven durante unos segundos.
Aquí la tienes, haz con ella lo que te parezca. Siempre fuiste el mejor de mis discípulos, Caradhar, nada me hubiese complacido más que conservarte a mi lado. Y ahora..., largo. Márchate, elfo descarado, y que los dioses te sonrían.
Si no vas a dejar que te preste ayuda, permíteme quedarme contigo.
No, muchacho. Ya es bastante malo que vayas a recordarme medio muerto y no quiero que te lleves también la imagen de un cadáver. Quítate de mi vista. Y acuérdate de Viejo Zorro de vez en cuando.



Cuando Sül recibió las noticias no supo cómo reaccionar. Por grave que fuese saber que había un desconocido al corriente del secreto de la fórmula mejor guardada de Elore'il, en aquel momento le preocupaban aún más los sentimientos de Caradhar por la suerte de su maestro. Sabía que era importante para él, deseaba prestarle su hombro para que se desahogase... pero su rostro continuaba tan impasible como siempre.
Caminaron en silencio por corredores poco iluminados hasta llegar ante una puerta decrépita. Al otro lado se hallaba la que fuese la habitación del dotado durante más de ocho años. El elfo dejó la lámpara en el suelo y se paseó morosamente por sus antiguos dominios mientras Sül cerraba la puerta y se dejaba caer contra ella. Los escasos muebles habían sido sustituidos por armarios, por anaqueles y mesas cubiertas de instrumentos... que no conseguían borrar su apariencia de nido de ratas. Con todo, durante una larga época había sido el refugio del joven con el Don y entendía que sintiera cierta nostalgia.
Lo conoces desde hace mucho, ¿no? A ese alquimista, quiero decir —preguntó el Sombra.
Desde que era poco más que un crío.
¿Cómo acaba un dotado de Llia'res en un laboratorio de Therendanar?
Darial venía de tanto en tanto y a veces los aprendices acompañaban a los oficiales alquimistas. —Al oír el nombre, Sül se tensó—. No le gustaba dejarme atrás si podía evitarlo, así que me traía a los laboratorios. En la primera oportunidad que se me presentó me aparté del grupo y vagabundeé hasta los dominios de Viejo Zorro. No hizo nada para ahuyentarme; supongo que me toleraba porque era muy infrecuente para un humano tener contacto con un dotado. Después mis visitas se volvieron algo cotidiano. Darial me hizo pagar cara la temeridad de marcharme, pero fue la única petición a la que me negué a ceder y, al final, hizo la vista gorda; quizá temía que hablase más de lo prudente sobre lo que me hacía cuando estábamos solos y quisiera congraciarse. Y tú no pongas esa cara; si no hubiera sido por eso, jamás habría conocido Therendanar, y es un lugar que me agrada. Al menos no me trae malos recuerdos.
Sí que te entiendes bien con los humanos. Yo he tenido escaso contacto con ellos, no me inspiran mucha confianza.
Son más directos y no se andan con tantas ceremonias.
¿Y has llegado, ya sabes, a dormir con alguno?
Turbado, Sül apartó la vista. Sentía curiosidad, y las ocasiones en las que Caradhar se mostraba comunicativo eran tan escasas que no convenía dejarlas pasar. El dotado arqueó los labios.
De hecho, fue la primera vez que me acosté con alguien por iniciativa propia. Fue mi primera vez para muchas cosas.
Oh... ¿Y cómo pasó?
Un día en que las ocupaciones de Viejo Zorro le impedían ocuparse de mí, me cubrí con una capucha y di una vuelta por la ciudad. —Se acercó a una de las superficies de trabajo, echó a un lado algunos trastos y se aupó—. Para mí era algo novedoso, mis primeros pasos al aire libre sin nadie que me vigilase. Como me alejé mucho del castillo, terminé perdido en algunas callejuelas. Aquello me preocupó porque sería castigado con mucha severidad si se veían obligados a salir en mi busca, así que busqué a toda prisa una referencia para orientarme o una persona a la que preguntar. Y entonces los vi. Eran una pareja de humanos jóvenes, según mi poca experiencia, y estaban abrazados (tan juntos que no se sabía dónde concluía uno y empezaba la otra) junto a la puerta trasera de una casa que daba al callejón. Tampoco quedaba claro a qué cabeza pertenecía la maraña de rizos negros, ni quién acorralaba a quién contra la pared. No habían esperado ni a pasar al interior para comenzar a devorarse. Ignoro cómo me descubrieron observándolos, en aquel lío de brazos y piernas; el chico se volvió hacia mí con la clara intención de echarme a patadas, la capucha se me escurrió...
»Intuyo que no estaban acostumbrados a ver a gente de nuestra raza, ya que no supieron cómo reaccionar. A juzgar por la mirada del chico, que era de todo, menos indiferente, apenas llegaban a distinguir si era un elfo o una elfa. En cuanto a mí, nunca había visto a una pareja de ambos sexos en actitud de intimidad, aunque distaba mucho de ser ignorante. Hacía mucho que Darial se había encargado de eso. El humano me preguntó si me había perdido. La chica me estudió con una mezcla de interés y desconfianza, como habría hecho con una competidora. Cuando me oyó hablar y comprendió que no era una elfa, su actitud cambió.
»No tardé mucho en hallarme dentro de la casa y fuera de mis ropas. Observaba de soslayo al humano, temiendo que se inquietase al ver que mi equipación bajo la cintura era similar a la suya, pero, si fue así, no lo demostró. Su nariz estaba hundida en mi nuca, su lengua en mi cuello, y cuando yo llevé la mía a los pezones de la muchacha y los lamí sin quitarle ojo de encima, él se descubrió la entrepierna, coronada por ese vello típico de los humanos, y se la frotó con verdadera ansia.
»Al concluir los juegos, ella me pidió que la penetrase. Él, reacio al principio, también se prestó a probar algunas de las cosas que Darial hacía conmigo, con la diferencia de que yo deseaba que sintiera placer. Todos lo sentimos; con ellos aprendí lo que era alcanzar la cúspide en brazos de un amante.
Sül tragaba saliva ante la confesión de aquel Caradhar que nunca había hablado tanto de sí mismo. Aunque escuchaba en silencio para no interrumpir sus recuerdos, al oír aquellas palabras se le hizo imposible seguir manteniendo las manos apartadas de él. Se colocó entre sus piernas, tiró del cuello de su camisa y descubrió, poco a poco, un sendero de carne suave que cubrió de besos. Los cordones se soltaron para despejar el acceso a una de sus tetillas. La capturó entre sus labios, la acarició hasta endurecerla, sacó a la luz a su compañera... Se desplazó hasta ella y le concedió idénticas atenciones sin dejar de saborear la piel que mediaba entre una y otra. Ardía.
Como de la boca de Caradhar no brotasen protestas, sino solo su respiración agitada, la de Sül se tornó más intrépida y cruzó las dunas de sus abdominales hasta la cintura de sus calzas. Se tomó antes su tiempo sobre el ombligo, trazando su círculo, danzando en sus profundidades; maniobras estudiadas para distraerlos a ambos mientras sus manos le separaban los muslos y recorrían su cara interna hasta desatar, al fin, los cierres y liberar la carne blanca y rosada. Ya en la base de miembro, trazó su circunferencia con la punta de la lengua antes de continuar sobre los sensibles relieves que lo surcaban de arriba abajo. Cada vez que su mejilla rozaba la humedad de su extremo, una descarga de deseo sacudía al dotado. Los espasmos se multiplicaron cuando llegó a su suave depresión y saboreó el néctar que la coronaba; los dedos de Caradhar se enredaron, casi por iniciativa propia, en los cabellos morenos, decididos a no permitir que aquella boca habilidosa se despegara de su cuerpo.
Sül alzó la barbilla, dividido entre el placer de probar cuanto tenía a su alcance y la curiosidad por echar un vistazo a la expresión que su pareja mostraba en aquel momento. Por desdicha, los cabellos rojos ocultaban su rostro como una cortina mecida por el viento de sus jadeos. El Sombra se concentró entonces en complacer a su amante, en envolver el hermoso aguijón que tantas veces había tenido dentro con su saliva, en tocar, lamer y extender aquella humedad lasciva por toda su erección. Notó, satisfecho, el rítmico empujar de sus caderas dentro de él, la tirantez de sus testículos; y cuando sintió los espasmos, y el calor, y la garra desesperada sobre su nuca, engulló por completo el miembro a punto de estallar y sorbió sin dejar ni una gota. Caradhar nunca culminaba en su garganta, sino que partía, siempre, en busca de otra gruta en la que derramarse; era la primera vez que bebía su esencia y la encontró dulce y deliciosa, igual que todo cuanto provenía de aquel cuerpo entre sus brazos.
Al incorporarse pudo al fin apartar los largos mechones y observar su rostro. Lucía distinto con las mejillas ruborizadas y los ojos cerrados, más joven, mucho más vulnerable. El Sombra sufrió una repentina sensación de vértigo, un impulso de acunarlo y, a un tiempo, un ansia ciega por abrirse paso en sus entrañas. Asomaron de nuevo los iris carmesí y trató de leer en ellos de qué nueva manera querían que los complaciese. Ocupado en recobrar el resuello, Caradhar no dijo nada, pero lo miró fijamente y separó aún más las piernas.
Sül se volvió aún más consciente de la necesidad acumulada que tenía entre las suyas. Sus pulgares se deshicieron de las calzas del dotado por completo, ayudados por las ágiles caderas de este. Desató sus propios pantalones, manoseó la carne resbaladiza que acababa de engullir para volver a despertarla. Todavía era muy pronto, lo sabía, y más aún para localizar el pasaje que pretendía cruzar y hundir los dedos con avidez. Sabía todo eso y, aun así, no podía detenerse, porque así de sencillo era con Caradhar; porque siempre se recuperaba con rapidez asombrosa y no necesitaba aceites aromáticos para que su paso fuese acogedor y placentero, porque reaccionaba ante él como jamás había reaccionado con ningún otro. Su índice pulsó sin demora la tecla apropiada y arrancó una nota muda de los labios del dotado, que se abrieron de par en par al sentir renacer el deseo. Y la nota fue sostenida, acompañada de nuevos jadeos, mientras el joven se tendía de espaldas en la mesa y Sül entraba en él con una gentileza que su cuerpo iba descartando a medida que se ahogaba más y más en placer. La mesa crujía a cada embestida; algunos frascos rodaron y cayeron al suelo con un estrépito que pasó desapercibido para los dos elfos, sordos a cualquier sonido que no fuesen sus propias voces.
Sül miró hacia abajo, a la espalda arqueada de Caradhar, a los brazos estirados a ambos lados de la cabeza. Incapaz ya de contener su orgasmo, se inclinó sobre él y atrapó sus labios con tanta furia que apenas le permitió respirar. Caradhar respondió con idéntica pasión antes de bañar el vientre atlético con su semilla.
Aún permanecieron largo tiempo fundidos en aquel abrazo. Presionando el rostro contra el cuello pálido, Sül susurró:
Te quiero. Dioses, Adhar, te quiero. Te quiero tanto...

Caradhar no contestó. Sül no era un ingenuo, no había aspirado a que lo hiciese, pero... no podía evitarlo. En lo más profundo siempre albergaba una chispa de esperanza de que algún día obtendría de aquellos labios la confirmación que anhelaba. A pesar de la íntima postura, el pecho comenzó a dolerle, abrumado por un repentino peso a la altura del corazón.






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