2018/05/14

EL DON ENCADENADO XXIV: Duelo





Imagina que tu mente es una atalaya en medio de un campo desierto. En ella alcanzas a dominar todo lo que te rodea, sin perder un solo detalle, con solo volver la vista alrededor. Cualquier intruso que se aproxime por el horizonte, cualquier otra mente que se coloque a tu alcance se hará visible para ti. Lo quieras o no. A menos que reciba entrenamiento, el vigía en la atalaya es incapaz de cerrar los ojos, ni siquiera cuando duerme.
»Así funcionan los telépatas y los empáticos. Tú también percibes a quienes te rodean. No identificas con precisión esos pensamientos o emociones, pero sabes que están ahí de una manera vaga, como una vibración en el aire o un objeto que se interpone entre ti y la fuente de luz que te ilumina, arrojando una sombra. Estar en un lugar con mucha gente hará que sea aún peor, pues cada entidad deja su huella dentro de ti, provocando ese zumbido que en ocasiones se vuelve tan insoportable. Por eso has de aprender a no ver desde lo alto de tu atalaya, a volver la vista hacia tu propio interior y no hacia fuera. Llegado el momento, también deberás dominar la ocultación de tu propia consciencia ante las intrusiones de los demás, porque así como dominas el campo a tus pies tú mismo eres visible desde muy lejos, en lo alto de tu torre. Escucha dentro de ti, ignora lo que te rodea; concentrarte para oír solo tus propios pensamientos, para tejer ese escudo que te aísle del exterior y te encierre en tu propio silencio.
Caradhar se esforzaba por seguir las indicaciones de Lioges. Desde su llegada a Dervarn el zumbido en sus oídos no había hecho más que aumentar, en especial tras su visita a las cavernas. También empezaba a tener sueños, tan vívidos como su primera experiencia en el mundo onírico, y cada mañana solía despertar lleno de desconcierto, dudando sobre si lo que había visto era real o una fantasía. Y esa nueva experiencia tan extraña, la sensación de que su mente se hallaba a leguas de su cuerpo y todo cuanto lo rodeaba estaba oscuro, ya fuese de noche o a la luz del sol...
No funciona —se lamentó—. Procuro hacer lo que me dices, centrarme en mis propios pensamientos, pero a veces me da la impresión de que ya ni esos me pertenecen.
Está bien, no lo vamos a forzar. —Lioges posó una mano tranquilizadora en su hombro—. Por ahora seguiré tejiendo un escudo para ti. Es difícil aprender a controlarlo tras toda una vida sin ser consciente de ello.
Leer mentes... Jamás lo he hecho. ¿Cómo puedes saber que poseo esa habilidad latente? Quizá este lugar solo intenta hacerme daño y es mejor que me aleje.
Caradhar —la mano subió hasta su mejilla—, nadie de aquí te haría daño, y si hubiera una remota posibilidad de ello yo te defendería de...
¿Echas de menos a tu esposa, Lio? —preguntó una voz juguetona desde la ventana. El elfo se apartó al instante.
Mirtuillë...
La joven elfa sonrió de oreja a oreja, se coló sin invitación en el salón del sanador y se sentó en el suelo, abriéndose hueco entre ambos elfos. Lioges suspiró y lanzó una silenciosa acusación a los culpables de tal falta de disciplina. Vira, el primero, no pasaba mucho tiempo entre los suyos, pero la muchacha solía seguirlo a todas partes cuando lo hacía y había adquirido algunas de sus incivilizadas costumbres. Padre, segundo responsable a su entender, no aprobaba esa influencia, aunque, por otro lado, solía afirmar que era mejor que la ejerciese sobre una chica y no sobre un jovencito. En general era permisivo con ella, orgulloso del increíble talento que daba muestras de desarrollar. Algún día, afirmaba, sería una tejedora magnífica, tan buena como Lioges.
Hola, Caradhar —saludó la elfa—. ¿El señor Aguafiestas no te ha matado aún de tedio? He de decir que luce mucho más animado desde que estás tú y que ya no apesta a libros rancios de tanto encerrarse en la biblioteca. ¿No es gracioso? Ha tenido que ser un elfo de la ciudad quien viniera a sacarlo de allí. Eso sí, ¡la manera en que te monopoliza es muy injusta! ¿Cuándo vas a tener un rato para mí? Esta noche hay un recital en el claro y se contarán historias antiguas. Algunas te harán aullar de aburrimiento, pero siempre hay algunos recitadores decentes. ¡Dime que vendrás conmigo!
Muchacha... —comenzó el sanador.
No importa. Iré contigo, Mirtuillë —respondió el dotado—. Te veré en el claro después de la cena.
¡Magnífico! —exclamó, abrazándolo. Acostumbrado a su exuberancia, Caradhar la dejó hacer; a diferencia de lo que ocurría con la mayoría de los habitantes del bosque, su proximidad obraba efectos relajantes en el caos de sus pensamientos—. Ponte guapo, yo pienso ponerme muy guapa. ¡Seremos la envidia de Dervarn! Bueno, tú, yo... y Lio, porque te garantizo que no andará muy lejos. ¿A que no, señor Aguafiestas? Os dejaré solos, antes de que nuestro respetado sanador me obsequie con su mirada más taladrante. ¡No se te ocurra faltar!
Mirtuillë salió por donde había entrado con la agilidad de una comadreja. Lioges le dedicó el profetizado gesto de desaprobación antes de volverse hacia su compañero.
¿Dónde está tu esposa? —preguntó este. Era la primera vez que le hacía una pregunta personal.
Pertenece a otro clan. Es habitual para nosotros vivir lejos de nuestros cónyuges; la necesidad de no emparejarnos con nuestra gente no tiene por qué interferir con el cumplimiento de nuestros deberes aquí.
¿Tienes hijos?
Sí.
Aunque Lioges buscó alguna reacción personal en el dotado, únicamente encontró curiosidad. Decepcionado, sopesó los motivos tras sus preguntas. No era muy difícil adivinarlos.
¿Sigues pensando en aceptar la petición del guía? —Caradhar asintió, ausente—. Dime, ¿qué te ha hecho cambiar de parecer? Creía que detestabas la idea.
Si es el precio que he de pagar para que pongan en orden mi cabeza, lo haré.
No tienes que pagar ningún precio.
No deberé nada a nadie. Y como es obvio que mis fluidos son lo único de valor que poseo —había ironía y amargura en su voz—, los usaré también para saldar esta deuda. Siempre me han considerado un bicho raro, aun aquellos que se han sentido atraídos por mí. Me han hecho preguntas que no he entendido, me han pedido cosas que no podía dar, han compartido otras cuya utilidad ignoraba. Les ha pasado a todos, incluso a... —Se detuvo en seco. Lioges asistió a la formación de una imagen muy clara, un rostro con los ojos oscuros y la melena recortada de los Darshi'nai—. He procurado llenar mi vida practicando la alquimia, confiando en que la ciencia era la gran certeza. Y ahora descubro que siempre he estado equivocado, que la magia nunca ha dejado de estar ahí, que yo me he encargado de ahogarla...
No tenías manera de saberlo.
No, pero ahora lo sé y, aunque no acabo de tragarme que esa sea mi herencia, voy a seguiros la corriente. Nunca me ha importado saber quién soy, Lioges; ni a mí ni, seamos justos, a nadie más. Saber qué soy... Eso sí es importante. Lo necesito.
»Savran vino a hablarme tras regresar de las montañas. Cree a pies juntillas en las viejas leyendas, en la mezcla, en que llevo en mi sangre una semilla que ayudará a purificar la magia. ¿Quiere que colabore para limpiar lo que yo mismo he ayudado a contaminar? De acuerdo. Eso sí, lo haré una sola vez. Si tanta fe pone en la intervención de la mano de los dioses, un crío bastará. ¿Ha decidido ya quién será la madre?
Será... su propia hija —respondió Lioges. Sus palabras le supieron amargas.
No es que me importe, en realidad.
Y supongo que te ofrecerá casarte con ella.
Caradhar negó.
No. No pienso emparejarme ni atarme más allá. —El dotado se levantó—. Voy a darme un baño y luego pensaré una excusa para esta noche. No estoy de humor para recitales.
Ya a solas, Lioges se debatió en un mar de conflictos internos. Confiaba en su guía, sabía que debería sentirse satisfecho al ver cumplirse el deseo que habían anhelado todos aquellos años. Y, sin embargo...
No por primera vez, se lamentó de que Caradhar no hubiera nacido elfa.

Los ejércitos de Argailias y Therendanar han retomado Varemethe y se dirigen hacia el Norte, a Aiksen. Hay mucho movimiento en las calles. Los argailianos y los humanos envían levas para cubrir las bajas en esa ciudad y reforzar sus defensas, pues el grueso de las tropas ha partido junto con el Sennim. En mi opinión, los norteños se moverán hacia el oeste y probarán por las montañas. Apuesto a que ya habían tanteado el terreno por si la situación se complicaba en el llano.
Sül blandió la espada bastarda con la izquierda y se puso en guardia imitando el gesto de su contrincante, Vira. Por poco que le apeteciese entrenar con el Silvano, tampoco tenía nada mejor que hacer. La presencia de Dainhaya, sus dulces palabras y sus historias sobre lugares desconocidos habían conseguido sosegar su ánimo lo suficiente para recuperar el apetito y las energías. En cuanto al Silvano desvergonzado..., bien, había que reconocerle el mérito de que era sorprendentemente bueno con las armas. Sül sospechaba que empleaba trucos mágicos durante las sesiones, por más que el elfo jurase y perjurase que recurría a sus puras habilidades físicas. Holgaba decir que el Sombra —y su orgullo— no confiaba mucho en su palabra.
Por mí, pueden irse a tomar por el culo —fue la respuesta de este—. Ummankor es un agujero inmundo y la maldita alquimia no me ha traído más que desgracias, así que estaría más que satisfecho si se consumiera en llamas. —Vira sonrió. Como era natural, concordaba con la opinión de su compañero sobre la alquimia aunque no sobre Ummankor—. Y me sorprende que a ti te interese cómo va esta guerra. Pensaba que en el bosque os dedicaríais a cosas más espirituales, a adorar a los dioses y celebrar rituales de fertilidad.
El Sombra atacó. Vira solía utilizar la izquierda para pelear, por lo que Sül se esforzaba por ajustar sus movimientos para penetrar las defensas del zurdo usando él mismo la mano a la que no estaba acostumbrado. Los Darshi'nai entrenaban contra oponentes de cualquier tipo, pero en la práctica los luchadores zurdos no eran muy comunes. Además, aún no había recuperado la forma y la espada bastarda le resultaba muy pesada a una sola mano. Después de varios golpes que el Silvano bloqueó con facilidad, el Sombra afianzó la derecha en la empuñadura de su arma y la blandió a dos manos.
Vigila ese agarre, céntralo un poco más en lugar de irte tan a los extremos... Llevo mucho tiempo rondando esta ciudad, Sül. Al final acabas por interesarte en las mismas cosas que sus habitantes. ¿Adorar a los dioses? Los respeto y espero que, a cambio, ellos me dejen en paz. ¿Rituales de fertilidad? ¿Yo? Debes estar de broma... Suelta la mano derecha. No, no la sostienes como es debido; un golpecito y saldrá volando, seguida de cerca por tu virilidad...
Vete al infierno. Eres una cabeza más alto que yo y, además, zurdo. Y comes como un animal, claro que tendrás más fuerza y energía... ¿Y por qué te exiliaste de tu gente, te convertiste en un proscrito y viniste a pudrirte a Argailias? ¿Te patearon hasta aquí porque no veían la hora de librarse de ti? Eso puedo creérmelo.
Oh, ¿crees que juego con ventaja? No hay problema. —El Silvano cambió de mano dominante y lanzó un poderoso ataque contra el muslo izquierdo de su rival. Aun parando con ambas manos, la embestida hizo que el arma de Sül temblara—. Suelta la mano derecha, te digo... Digamos que ambas partes, mis mayores y yo, estuvimos más que satisfechos de perdernos de vista. Por mucho talento que corriese por mis venas, no estaba dispuesto a realizar la... llamémosla siembra, y eso era, venerable diosa, una mala influencia para los elfos jóvenes e impresionables, así que determinamos de común acuerdo que mi colaboración le sería muy útil a Dainhaya aquí, bien lejos. No he tocado a una elfa en toda mi vida (la sola idea me produce escalofríos) y por ello soy una especie de blasfemo con poca utilidad para los míos. Por suerte para ellos, la sangre de mi hermano es aún más pura que la mía y él se toma sus deberes muy en serio. Tiene ya cuatro hijos, de los cuales dos ya han manifestado el talento. A este paso cubrirá la cuota de ambos para complacer a la comunidad.
Entonces, ¿cómo puedes estar de acuerdo en enviar a otros a hacer algo que a ti te repugna? —Atacó con su mano menos hábil, pero estaba perdiendo la energía y la concentración. Vira paró sin mirar.
¿Crees que fue idea mía? Para empezar, mis circunstancias y las del chico son muy diferentes: yo soy prescindible, mientras que él posee una herencia única. Por otro lado, has de admitir que su actitud hacia el otro género no es, en absoluto, igual de excluyente que la mía.
El comentario cayó sobre Sül como una bofetada. Por mucha razón que tuviese, no dejaba de ser doloroso. Descargó espadazos a diestro y siniestro; la espada de Vira se balanceó con precisión, sin desperdiciar un solo movimiento. Cruzaron las armas ante ellos y forcejearon; si bien el Sombra cargó con todas sus fuerzas, no hizo retroceder a su contrincante ni una pulgada. El Silvano, por su parte, propinó un golpe circular a la hoja de Sül para empujarla hacia abajo y se apartó de súbito. Este perdió el equilibrio y se precipitó hacia el frente por efecto del impulso y el peso del arma. Tras librarse de caer a base de pura fuerza de voluntad volvió a encarar a su adversario, pero la espada de Vira, cuyo agarre era mucho más firme, impactó con contundencia, enganchó la suya y la mandó volando contra una de las paredes, según había anunciado. Él mismo dejó caer la suya sin ocultar su desprecio.
Supongo que charlar y entrenar a un tiempo no es una buena idea —dijo—. A la sola mención de tu amante, tu concentración se ha ido a los fuegos del abismo. Culpa mía; Últimamente has estado más calmado y creí que habías aprendido a aceptarlo.
¿A aceptar el qué? ¿Que se haya ido? Eso no lo aceptaré jamás. Olvidará lo que pasó, volverá. Tiene que hacerlo.
El Silvano lanzó un prolongado suspiro. Aquella era una situación a la que no estaba acostumbrado: por primera vez en su vida, alguien a quien deseaba se le resistía. Aunque... No, no era cierto que fuese la primera vez. Una oleada de recuerdos de su adolescencia en Dervarn se abatieron sobre él, uno detrás de otro.
Desde el principio había sabido que sus instintos no seguían esos dictados generales de la naturaleza que tan arraigados estaban entre su gente. Para él, la atracción hacia su mismo sexo era tan instintiva que nunca había tratado de reprimirla. Recordó al primer elfo por el que había concebido ese tipo de sentimientos. Era joven como él, con una sonrisa tan contagiosa que bastaba su presencia para animar el momento más amargo. Siempre solía decirle lo mucho que envidiaba sus ojos y sus cabellos, la doble marca del talento. Si bien no carecía de habilidades mágicas, él no poseía ninguna de las dos, y no dejaba pasar la ocasión de bromear y pedirle que le cediera una de ellas. Tomaba entonces un mechón de la larga melena color corinto y lo dejaba caer sobre su hombro, pretendiendo así que formaba parte de su propia cabellera.
Recordó el día que aprovechó esa proximidad de sus rostros para besarlo. Fue un beso inocente, apenas un roce de los labios. Su primer beso. El joven no reaccionó enseguida; únicamente soltó los mechones que sujetaba, que se esparcieron libres y se mezclaron con su propia melena negra.
Recordó, cómo olvidarlo, su disgusto, la incomodidad con la que se había apartado. El puente que sus cabellos habían tendido entre su hombro y el del joven elfo se estiró poco a poco y se deshizo, hasta que ni una sola de aquellas hebras del color del vino permaneció en contacto con él.
Nunca más lo tocó, sus conversaciones se redujeron a fríos saludos. Era su primer amor y su primer rechazo. No lo superó jamás.
Cuando surgió la oportunidad de abandonar los bosques no tardó en aprovecharla. Había comenzado a desarrollar sus talentos para el combate y poseía las habilidades necesarias para mezclarse entre los elfos de fuera y apoyar a Dainhaya. Entre otras cosas, aprendió mucho de los Darshi'nai; aunque sus técnicas palidecían en comparación con las de alguien con el talento, no dejaban de ser útiles. Por último, y no menos importante para él, pudo dar rienda suelta a sus impulsos y enzarzarse en una aventura tras otra, con tantos elfos que ya había perdido la cuenta. Argailias no compartía los puntos de vista de Dervarn sobre la necesidad de fructificar, significaba libertad: la libertad de entregarse al placer del galanteo, la conquista, la recogida del premio..., sin necesidad de llegar a usar su talento de atracción.
Sabía que nunca elegía a candidatos capaces de suscitar en él algo más que lujuria, que no solía volver a verlos, que nunca se molestaba en conocerlos. ¿Y qué? El amor no era más que una fuente de problemas, frustraciones y sufrimientos. ¿Necesitaba más pruebas? Tenía una bien patente delante de él. La tortura que reflejaban aquellos ojos oscuros habría bastado para ponerlo en guardia ante cualquier impulso de dejarse vencer por los sentimientos.
Lástima que había llegado tarde. Lástima que ya no había forma de parar lo que sentía por aquel Sombra apasionado que, a diferencia de él, nunca había rechazado de pleno la idea del amor, que lo había abrazado al encontrarlo. En la devota sociedad de Dervarn, donde lo único que importaba eran la magia y la sangre; en la decadente sociedad argailiana, donde todo se basaba en la búsqueda de poder y el placer mediante la alquimia..., ¿cuántos elfos como Sül existían? Bello, ardiente, apasionado, vivo igual que pocos que él hubiera conocido. Y aquel joven había elegido alimentar su fuego con un témpano de hielo.
Y lo peor era que él, Vira, lo había seguido en su caída. Su corazón, que habría debido permanecer cerrado, se había abierto de nuevo para dejar pasar a alguien que estaba fuera de su alcance. Aquello lo torturaba, lo enfurecía.
¿Y si no puede cambiar, Sül? ¿Y si continúa haciéndote lo mismo una y otra vez? ¿Y si, al final, no vuelve?
Esperaré —afirmó el obstinado joven—. Todo lo que haga falta.
¿Y si a pesar de todo no lo hace?
Entonces... Entonces nada merecería la pena. Y no podéis vigilarme siempre.
¿Preferirías estar muerto que con otro?
Preferiría estar muerto que sin él.

¿Estás decidido, Caradhar? Por última vez, no tienes por qué ceder.
Por favor, Lioges. Lo único que quiero es terminar con esto.
Está bien —claudicó el sanador—. Tengo trabajo en la biblioteca. Espero... espero que todo...
¿Qué esperaba? Nada digno de expresar con palabras. Lioges abandonó la habitación a paso rápido y puso distancia entre ambos.
Caradhar permaneció sentado, observando. Así pues, aquel era el lugar elegido por la hija del guía para el emparejamiento, una casa en lo alto de un enorme árbol a la que solo se accedía por una larga escalera de caracol o por una pasarela a una altura de vértigo. La decoración era mucho más ornamentada y estilizada de lo común: trabajos de artesanía en madera y plata, un biombo con bordados exquisitos, la gran cama sobre la que se encontraba, con una fina cortina desplegada a sus costados... Las hijas de los jefes seguían siendo las hijas de los jefes, sin importar el nombre que a estos se les asignara. Sentía que desentonaba en ese ambiente refinado, con sus simples pantalones de lino y su camisa ligera.
Cuando ya se preguntaba si la joven en cuestión se había echado atrás, la puerta lateral se abrió y se cerró a toda velocidad y una figura femenina se apoyó contra ella. También llevaba una prenda masculina por la que asomaban sus piernas de una forma impúdica para los estándares de los Silvanos. Sonreía y tenía las mejillas encendidas.
¿Mirtuillë? —acertó a preguntar Caradhar—. ¿Qué estás haciendo aquí?
La muchacha se acercó y se arrodilló junto al intrigado pelirrojo.
Voy a ser tu pareja, Caradhar —respondió ella, ligeramente turbada—. ¿Defraudado?
Me dijeron que mi pareja sería la hija del guía. La conocí en las cavernas, era una elfa mayor que tú y...
¿Mi hermana mayor? Ella ya está prometida, tonto. Ja, apuesto a que no sabías que también soy hija de Savran. ¡Eres un desastre! No vas a salir perdiendo, si es lo que piensas, pues dicen que mi talento es más poderoso que el suyo. He hecho cuanto ha estado en mi mano para que nos conociésemos mejor, pero ¡eres tan esquivo! Bueno... —la joven se mordió el labio inferior y se acercó aún más a él—. Te advierto que es mi primer intento, así que no esperes gran cosa.
No lo comprendo. Te prestas a tener un hijo conmigo sabiendo que ni llegaré a convertirme en tu esposo. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué tu padre lo permite?
Será un gran honor llevar a tu sangre. ¿Qué hay más importante que eso? —Lo miró como si la pregunta le resultara absurda. Luego se colocó a horcajadas sobre su regazo, dejando la timidez a un lado—. Además, mi hijo será guapo de remate si sale a ti. Y muchos me han dicho que soy hermosa... Confío que lo bastante para no decepcionarte.
Mirtuillë se despojó de su túnica, la única capa de tela que ocultaba su desnudez. Aunque aún era joven, pocos habrían pasado por alto su belleza; el Caradhar del pasado no habría vacilado en empujarla sobre el colchón. El Caradhar del pasado...
No había vuelto a ser el mismo desde que su madre los usara a él y a la muchacha muda en su jugada maestra. Con la Maediam Neska —su única excepción femenina desde entonces— nunca se habría acostado por elección propia y ni una sola vez lo había hecho de manera... ortodoxa. Y ahora se esperaba que preñase a una chica a la que consideraba una cría bulliciosa y nada más.
¿Qué te pasa? ¿No te gusto?
Ella introdujo las manos bajo la ropa de Caradhar, acarició con timidez los bellos contornos de su vientre y lo besó junto a la oreja mientras una osada mano se deslizaba bajo la cintura de sus pantalones. Al palpar por allí comprobó que todo el cuerpo del dotado estaba tenso salvo la parte esencial. Paseó la palma de un extremo a otro, la rodeó con los dedos, presionó con tiento y luego con más vigor... Quizá careciera de experiencia, pero la que tenía le bastaba para saber que aquello no alcanzaba la consistencia debida. Ante la confusión de la muchacha, Caradhar apretó los labios.
Lo siento, creí que podría hacerlo pero... —Los ojos de color corinto se tiñeron de decepción—. Quizá mañana, cuando haya tenido tiempo de asimilarlo. Lo siento.
La muchacha se levantó, agarró su túnica y corrió fuera de la habitación, incapaz de entender aquel rechazo. Caradhar se tendió en el colchón y cerró los ojos. Como Lioges no estaba cerca para hacerle de escudo, el zumbido de su cabeza había aumentado. Era extraño, sentía en su propio cuerpo el deseo de la chica y su despecho, tan intensa era la fuerza con la que lo habían golpeado. Y aquella otra sensación, aquel nudo en el estómago... Esa necesidad insatisfecha, no de sexo sino de algo que no lograba identificar. Dioses... Habría dado cualquier cosa por poder dormirse en sus brazos.



Fiel a su palabra, se presentó de nuevo al día siguiente. Mirtuillë parecía inclinada a perdonar su frialdad inicial y cambió de táctica: optó por no mostrarse tan agresiva, sino dulce y tierna. Después de todo, muchos elfos preferían tomar la iniciativa. Se tendió a su lado y se contentó con soplar sobre sus cabellos y apartarlos para besarle la suave piel del cuello. Puesto que el dotado seguía sin lanzarse, le tomó una de las manos y la colocó ella misma sobre su pecho mientras una pierna sugerente se abría hueco entre las de él. Buscó su boca y la rozó con los labios; probó de nuevo, a más profundidad, sin que él se apartara pero sin que tampoco pusiese de su parte. La decisión de ceder terreno no comulgaba en absoluto con el carácter de Mirtuillë... Finalmente, volvió a palpar el estado de la entrepierna del joven y comprobó, con gran decepción, que seguían sin producirse cambios.
Oh, de acuerdo, es tu manera de decirme que estoy perdiendo el tiempo. Es obvio que a ti solo se te levanta con los de tu sexo, ¿no es cierto? —le reprochó, herida en su amor propio, mientras batallaba por recolocarse la ropa—. Primero Vira y ahora tú... ¿Por qué tienen que atraerme los que nunca van a ponerme una mano encima?
Mirtuillë salió de la habitación hecha una furia, dejando a Caradhar de nuevo con aquel extraño sentimiento de vacío. No se percató del tiempo transcurrido hasta que alguien llamó a la puerta y se autoinvitó a entrar sin esperar respuesta; era Lioges. El sanador se sentó junto a él en silencio. Fueran cuales fuesen sus pensamientos, no compartía, desde luego, la frustración de la muchacha.
No te lo reprocharé si has cambiado de idea, Caradhar —afirmó, tras un largo paréntesis—. Nadie ha de ser forzado a compartir algo tan íntimo sin sentimientos.
He compartido cosas mucho peores, Lioges, no es eso... Es... —Se cubrió el rostro con la mano—. No sé lo que es. Supongo que aún no he superado la encerrona de mi madre y lo que implica tener un hijo que nunca has buscado, porque no he vuelto a ser capaz de... Sí, ha de ser eso, no encuentro otra explicación. Quiero hacerlo, quiero hacerlo, Lioges...
Tranquilo. —El sanador meditó la cuestión largo tiempo, guardándose para sí la otra probable causa de que Caradhar no lograse interesarse por el sexo desde su marcha de Argailias—. Hay más maneras de obtener el mismo desenlace y no te costarán tanto. ¿Sabes cómo cruzan los ganaderos humanos a los caballos de las planicies de Stabbal con las yeguas del sur? Los caballos son magníficos, pero salvajes e indomables, y a menudo hieren a las hembras sureñas, más pacíficas y menudas, cuando los obligan a montarlas. —El pelirrojo miró a su compañero sin comprender—. Los que hacen los criadores es obtener la semilla de los sementales mediante... procedimientos artificiales e inseminar después a las yeguas con ella.
El dotado se incorporó, la sorpresa pintada en su rostro. Pugnaba por digerir lo que Lioges había querido insinuar, pero se le antojaba demasiado extravagante, casi... casi como si él fuese un animal de cría. Aunque no merecía la pena engañarse; ¿para qué más servía, en realidad?
Es únicamente tu semilla lo que se precisa para que ella conciba, y ha de ser recogida justo después de que... haya abandonado tu cuerpo —prosiguió el sanador. De sus ropas extrajo una bolsa de tela que envolvía un singular contenedor metálico—. Ya imaginas cuál es el... método natural. Por lo demás, este pequeño artefacto imbuido con magia de conservación te serviría para almacenar en él el producto de tu... esfuerzo. Te recuerdo que soy un sanador, no te avergüences por nada de lo que ocurra entre nosotros en la privacidad de estas paredes. Medítalo, Caradhar. Si al final decides aceptar, te...
Caradhar no poseía la delicadeza que Lioges demostraba al usar todos esos eufemismos ni era aficionado a dar rodeos, y había poco que meditar. Aferró la bolsa y estudió el objeto. Era un pequeño cilindro algo mayor que un dedo compuesto por dos mitades, una de las cuales encajaba en la otra. La manufactura era reciente y se sentía helado al tacto, si bien se calentaba hasta una temperatura soportable al contacto con la piel. Lo que le había pedido era grotesco pero le resultaría más fácil que acostarse con la joven elfa. Además, se sentía relajado gracias al hechizo protector que Lioges había vuelto a tejer a su alrededor. Aspiró hondo, asintió y se soltó el cierre de los pantalones antes incluso de que el confundido sanador —que no se había esperado una respuesta tan rápida— tartamudeara una disculpa y se retirase a la habitación contigua.
Cuando concluyó, el sanador atendió a su llamada y recogió el recipiente con la máxima discreción. Caradhar aún jadeaba y sus mejillas estaban enrojecidas. No era la primera vez que lo veía prácticamente desnudo —el joven seguía estando tan carente de pudor como siempre— pero nunca así, después de un acto tan íntimo. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para mantener la compostura, para impedir que su mano rozase algo que no debía, que sus ojos cayesen sobre esa parte de él reservada al contacto de un amante.
Después de excusarse y abandonar el dormitorio no corrió a completar el proceso, como le había asegurado a Caradhar, sino que se vio forzado a apoyarse contra la pared para recuperar el resuello perdido. La sangre se le había agolpado entre las piernas.
Ya no le cupo duda acerca del tipo de atracción que sentía hacia el muchacho. Que la diosa mostrase misericordia, porque lo que más deseaba entonces era regresar al cuarto, aprisionarlo contra el colchón, besarlo, vaciarle el aliento y entrar en él hasta perder el sentido.
Por supuesto, no lo hizo. Se recompuso lo mejor que pudo y acudió a cumplir con su deber con reluctancia, poco motivado por la inminente discusión que iba a sostener con la explosiva Mirtuillë. Y también con el corazón algo más ligero por no haber tenido que compartir a Caradhar.

Estaba sentado sobre otro cuerpo desnudo y sudoroso, piel contra piel. Los muslos rodeaban los suyos, el pecho le servía de apoyo a su espalda, entre sus nalgas presionaba el miembro enhiesto..., aunque sin traspasar los límites de su entrada. Él no era la fuente, sino el receptor del placer. Las manos del misterioso amante se habían adueñado de su erección y la acariciaban de un extremo al otro, extendiendo el fluido resbaladizo en su rápido deslizar. Las suyas las cubrían para que no se retirasen cuando casi rozaba la cumbre. Ya estaba próximo, ya la saboreaba... Arqueó la espalda y reclinó la mejilla en su hombro, sensible apenas al cosquilleo de sus cabellos negros...
Cada cuatro días Lioges acudía a repetir el ritual, y él hacía cuanto estaba en su mano —apropiado juego de palabras— para excitarse mientras el sanador aguardaba. Aunque todo aquello lo asqueaba, aunque se sentía como un animal, una extraña satisfacción anidaba en su pecho cuando se recordaba que no estaba obligado a compartir la cama con nadie. Quizá habría conseguido no herir a Sül esta vez, quizá no habría hallado desagrado en sus ojos, quizá...
Pensaba en él antes de llevarse al límite, en sus caderas, en su lengua. Revivía los momentos compartidos con el Sombra, su habilidad especial para darle todo ese placer que nadie le había dado antes. En aquella ocasión había rescatado los recuerdos de cierto día de invierno, una tarde lánguida tras una jornada agotadora en la que, en lugar de otras partes de su anatomía, se habían limitado a usar las manos. Su mente había traído aquellos dedos de vuelta sobre su piel; no eran sino una sombra de lo que recordaba pero eran su Sombra, y la ilusión se hacía más y más vívida a medida que se acercaba al clímax. La tensión de sus músculos anunciaba el cercano desenlace. Oía su propia respiración agitada a través de sus labios entreabiertos, notaba los rápidos movimientos de su pecho, el calor en su rostro... El orgasmo lo sacudió. Durante unos instantes no pudo sino estremecerse, igual que aquella vez en el regazo de Sül. Abrió los ojos...
No estaba solo. Y no era Sül quien estaba echado junto a él, sino Lioges. Era el calor de su rostro el que experimentara, el aliento ardiente de su boca, el contacto de su mano, que —los dioses sabían cuándo— se había colado en sus pantalones y rodeaba su miembro aún trémulo. Permanecieron así durante muchos latidos, sin atreverse a mover un músculo, hasta que el sanador se decidió a salvar la escasísima distancia que separaba los labios de ambos. Caradhar cerró los suyos de golpe.
Puede que se eche a perder si no lo recojo enseguida —advirtió, con tono helado—. Tampoco me hace falta tu ayuda, Lioges, soy muy capaz de hacerlo solo.
Lioges volvió a quedarse paralizado. Al cabo de un rato demasiado largo se incorporó despacio, dio la espalda a Caradhar y permitió que llenara el contenedor y se lo entregase. No pensaba con claridad; la frialdad del rechazo le había congelado el pecho de tal manera que apenas alcanzaba a contraerlo para seguir respirando.
Al terminar, salió de la habitación en silencio, con el pequeño objeto apretado en un puño y un terrible peso en el corazón.

Vira salió del baño, se sentó en el banco y se acarició el labio inferior, su gesto particular cuando se sumía en pensamientos profundos. Había pasado varios días en peregrinaje por la ciudad, dejando a Dainhaya y Sül en mutua compañía. Se había colado en todas partes, hecho acopio de noticias de la guerra, de secretos de estado, de simples cotilleos. Por último había intentado entretenerse en algún que otro burdel de la Zanja —no le apetecía molestarse en seducir a ningún jovencito—, pero los resultados habían dejado mucho que desear. No dejaba de pensar en nadie más que en aquel de quien se había apartado... para no tener que pensar en él.
De buena gana habría embestido la pared con la cabeza por delante; que él, a quien su compañera elfa le había asignado el cariñoso apelativo de el prostituto, se sintiera tan vulnerable como cuando era un muchachito virgen e inocente colado por aquel chico... Solía pensar que el Sombra rozaba el patetismo, aunque en su defensa había que decir que había necesitado años para alcanzar ese estado. A él le había bastado mucho menos tiempo.
A lo mejor, se decía, era simple insatisfacción sexual, y quizás una sesión de sexo con el Darshi'nai bastara para aplacar su ardor. Perdía el interés en sus conquistas no bien conseguía llevárselas al catre. ¿Era casualidad que sintiese algo justo por quienes no se habían acostado con él? De todas formas, razonaba, teorizar sobre eso no va a conducirme a nada porque Sül no está por la labor de colaborar. ¿Qué voy a hacer? ¿Drogarlo? Llegado a ese punto sí que se golpeó el craneo contra la pared con cierta saña. Su quejido hizo eco en las paredes del baño; aquello había dolido...
Entonces alguien llamó a la puerta y asomó la nariz. Precisamente él.
Se supone que has de esperar a que te dé permiso para entrar —masculló Vira. Sin importarle ofrecer la espalda al espectador, blandió un peine con la sutileza de una maza y comenzó a pasarlo por su cabellera mojada—. Imagina si me pillas desnudo, tendrías sueños húmedos durante semanas. ¿Qué quieres, Sül?
Siempre vistes unas ropas que no son mucho mejores que andar por ahí en pelotas. ¿Cómo iba yo a saber que eras tímido? —El Sombra entró en el baño y cerró la puerta tras de sí. El Silvano alzó una ceja—. Escucha, me preguntaba si... Bueno, no es que me enloquezca pedir favores...
Abrevia, antes de que me haga viejo.
Me preguntaba... A mí no me está permitido ir al bosque donde está Caradhar sin invitación. Tú, en cambio, podrías acercarte y ver cómo están las cosas, traer alguna noticia. Yo me quedaría cuidando de Dainhaya... y ella de mí.
Vira se detuvo en seco. Aquella petición, por otro lado razonable y que se le habría ocurrido a cualquiera con un mínimo de sensibilidad, conseguía exasperarlo.
¿En serio? Y si me lo encuentro retozando con alguna elfa bajo los árboles, ¿también querrás que te lo cuente? —El aludido palideció—. Si está tan a gusto que no se le pasa por las mientes volver, ¿te interesará saberlo?
Yo... Yo solo quiero saber si está bien, nada más que eso.
¿Por qué? ¿Te parece que él haga muchos esfuerzos por saber cómo estás ? Qué amor más desinteresado.
Tras entender que allí iba a recibir poca comprensión, Sül aferró el tirador de la puerta. El Silvano se abalanzó sobre él; sus largos brazos lo flanquearon, impidiéndole que la abriese.
Aguarda, de acuerdo, haré lo que me pides. Y que conste que soy tu única oportunidad, ya que Dainhaya nunca te abandonaría para ir a traerte cotilleos. Eso sí, tendrás que darme algo a cambio.
¿Qué es lo que quieres?
Veamos, veamos... —Vira se inclinó sobre él—. ¿Qué tal una noche contigo? Unas horas de fastidio y nunca más volveré a molestarte. No es mucho, si te paras a pensarlo. Nada que él no haya hecho bastantes veces.
El rostro del Sombra se torció en una mueca de furia, hasta el extremo de que Vira no requirió de su empatía para saber lo mucho que se arriesgaba a ser golpeado hasta la inconsciencia. En lugar de ceder a la tentación, Sül casi arrancó la puerta de sus goznes y se alejó de allí a zancadas. Los labios del Silvano se curvaron en una sonrisa cínica y amarga mientras observaba al joven alejarse.
Aquella misma madrugada, Sül se coló en su cuarto sin llamar. Los comentarios mordaces murieron en la garganta de Vira al distinguir la torturada expresión del recién llegado y su falta de firmeza al hablar: se pasaba la lengua por los labios, abría y cerraba los puños, sacudía los pies... Al comprender lo que aquello significaba, los ojos suspicaces de Vira se abrieron de par en par. Sül claudicaba.
¿Una noche, dijiste? —preguntó este al fin, con voz ahogada—. ¿Y después volverás con noticias? Está... está bien. Tienes razón, joder, ¿qué es una noche? Nada. No significa nada.
El primer paso fue darle la espalda, sacarse la camisa y dejarla al suelo. No puede ser tan difícil, pensó. Vira tenía razón, Caradhar lo había hecho muchas veces sin sentir nada en absoluto. Además, tenía la certeza de que a él no habría de importarle, si llegaba a enterarse. Probablemente no le importase aunque llegara a acostarse con la mitad de la Zanja.
No puede ser tan difícil. El dolor de las cicatrices que llevaba en la espalda había sido más atroz y había sobrevivido. La partida de Caradhar había sido peor y aún no estaba muerto. Y Vira era uno de los elfos más atractivos que habían pisado Argailias. Qué suerte. No, no puede ser tan difícil. Se desató los pantalones.
Los brazos de Vira rodearon sus costados; sus manos se posaron sobre sus muñecas y las inmovilizaron.
Ya lo había convenido con Dainhaya, parto al amanecer —susurró, ronco y seco—. No hablaba en serio. No sé por qué clase de bestia me tomas, Sül.
Vira lo liberó y se marchó a respirar algo de aire fresco sin echarle siquiera una mirada.

En su última reunión en las alturas de aquel árbol, Caradhar se preguntaba si lo que hacían tenía algún sentido. No había vuelto a toparse con una Mirtuillë molesta por el cariz que habían tomado las cosas. En cuanto a Lioges, su relación había perdido la naturalidad con la que se iniciara. Aunque no se evitaban ni nada por el estilo —de hecho, el Silvano seguía cuidándolo y tejiendo sus escudos—, ya no se mostraba tan sereno y abierto como lo había sido antes del incidente.
Buenos días, Caradhar. —Parapetado tras una amplia sonrisa, el sanador cruzó la puerta y caminó hacia él—. Es algo más temprano que de costumbre pero supongo que, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
Ya se retiraba el dotado la túnica y deslizaba la mano dentro de sus pantalones, a la espera de que el Silvano le ofreciese privacidad, cuando lo asaltó un pensamiento repentino. No, no era un pensamiento sino, más bien, una corazonada. Alzó la vista y estudió la silueta de su compañero.
Tú no eres Lioges.
El sanador le dedicó una mirada asombrada y ¿burlona? En aquel momento, la puerta volvió a abrirse... y Lioges protagonizó una segunda entrada en la estancia. Ambos sanadores se estudiaron hasta que el primero soltó una risita.
Vira —bufó el segundo en llegar al reconocer una de las tretas de su hermano.
El falso Lioges asumió su auténtica forma tal cual Caradhar la recordaba, pero, para sorpresa del dotado, el cambio fue automático, sin transiciones, sin esas franjas negras que habían ralentizado siempre la magia del Silvano. Vira se cruzó de brazos y suspiró con fingido sentimiento.
Qué lástima. Pensaba ver el espectáculo en primera fila y, con un poco de suerte, toquetear un poco la...
¡Vira!
La irritación de Lioges era tan auténtica que su hermano decidió no seguir tentando a la suerte con su peculiar sentido del humor. El dotado no pudo evitar compararlos ahora que los veía juntos. Físicamente compartían aquel rostro agraciado; en cuanto a su carácter... Le habían parecido muy distintos, pero ya no estaba seguro. Algo le decía que, más allá de lo que dejaban percibir, compartían más similitudes de las que nadie habría creído.
Caradhar —continuó Lioges—, nuestra guía Tirsseil, la esposa de Savran, ha regresado de su viaje y desea verte. Deberías... vestirte e ir a su encuentro.
¿Nos vamos a saltar la sesión de hoy?
No, la pospondremos. —Se afanó en sonreír—. Esto es más importante.
En cuanto Caradhar se perdió escaleras abajo, Vira agarró la silla más cercana y se sentó a horcajadas, con los codos sobre el respaldo.
Su estancia aquí ha afinado la percepción del chico —comentó—. Mi orgullo profesional me empuja a pensar que un elfo cualquiera no me habría reconocido.
¿Por qué has vuelto ahora, dejando sola a Dainhaya? A Padre no le gustará en absoluto.
No está sola, ya lo sabes, y he vuelto en busca de noticias. Y vaya si las hay... Mirtuillë anda por ahí hecha una furia; dice que ha sido idea tuya que la trates como a una yegua para no tener que compartir a tu adorado chico del Don con...
Disparates. No me apetece hablar de eso, Vira. Tengo otras cosas de las que ocuparme ahora que nuestra guía ha vuelto.
Sin añadir nada más, el sanador siguió el camino de Caradhar. Su hermano permaneció allí un buen rato, acariciándose el labio inferior. Ciertamente no podría haber llegado en un momento más interesante.



Tirsseil, la otra guía de la comunidad de Dervarn, era una hermosa elfa cuya semejanza con Mirtuillë no se podía negar y que, como ella, lucía las dos marcas de la magia. La principal diferencia entre ambas era la manera en que se mostraban al mundo: mientras la jovencita era franca, ruidosa y expresiva, el rostro de su madre era una máscara serena e impenetrable. Necesitaba semejante compostura, pues debía mantener la guardia alta sin descanso para controlar el flujo de todos aquellos pensamientos. Era una de las más poderosas telépatas de la Antigua Raza y también una sanadora, pero, a diferencia de Lioges, ella era capaz de curar los males invisibles que aquejaban a la mente. Había pocos con un talento así; su asistencia era a menudo requerida desde otros clanes y solía recorrer grandes distancias. Con todo, al regresar con los suyos y saber de la venida de aquel joven de sangre mezclada, cuya búsqueda costara tantos desvelos a sus parientes, ni siquiera se había detenido a descansar. Había solicitado reunirse con él cuanto antes.
Caradhar la conoció en una de las viviendas más apartadas de la comunidad, sin pasarelas que la uniesen a ninguna otra ni árboles que la camuflaran. Tras subir la solitaria escalera, ella le señaló un cojín en el suelo, se sentó junto a el y pidió que los dejaran solos, que abandonasen la casa y despejasen sus proximidades. No le ofreció un refrigerio, ni le hizo preguntas, ni comentarios. Nada susceptible de distraerlos.
Debía cerciorarse de que no había nadie próximo porque quería levantar el muro que lo aislaba de los demás y penetrar sin reservas en aquel joven al que, hasta entonces, solo había alcanzado a percibir de lejos. En cuanto supo con certeza que nada interferiría entre ellos, se sumergió en él.
La expresión no era, en realidad, muy ajustada. Habría resultado más correcto decir que lo envolvió dentro de su mente, que esta se derramó alrededor de la suya igual que lo había hecho la de Lioges en las cavernas. El contraste, sin embargo, era tan grande como el que había entre embutirse dentro de una apretada coraza y caminar con desenvoltura por las habitaciones de un castillo bien custodiado. Era libre por primera vez desde su llegada a Dervarn: ningún zumbido, ningún sonido que lo turbara, ningún contacto, por amable que fuese, con los pensamientos de otra persona; solo él en su propia cabeza, y el silencio. Había olvidado aquella sensación.
Lo que el joven ignoraba era que nada estaba más lejos de la verdad. Tirsseil estaba allí junto a él, aunque muda e invisible, contemplando aquel mundo casi monocromático, aquel paisaje desértico que acechaba tras la puerta de los sentimientos del joven. Igual que a Dainhaya, la visión le provocó dolor, si bien evitó confundirlo con sus emociones. Era duro ocultar la compasión. Por las venas de aquel muchacho corría la sangre de los suyos, el talento de la Antigua Raza, el Don de los elfos del exterior. Tantas bendiciones, tantas promesas..., y los dioses lo habían castigado de aquella forma.
La elfa no buscó en sus recuerdos. Sabía lo que iba a encontrar y espiar en su intimidad no les reportaría ningún bien. Tuvo que adentrarse, en cambio, en las mil y una vueltas de su cerebro, en aquellas conexiones sutiles que lo ligaban exterior, en su manera de percibir unas cosas, en esos cortes abruptos que le impedían llegar a sentir otras. Era un instrumento musical con infinidad de cuerdas, y debía probarlas todas para saber cuáles sonaban desafinadas.
Presionó una al azar. Para ello se presentó, al fin, a su invitado.
Me alegro mucho de conocerte, Caradhar —saludó. El dotado no supo si utilizaba los labios para hablar o si se comunicaba en directo con sus pensamientos—. Mi esposo me ha dicho que posees un gran talento. Eso puedo verlo, pero hay algo que no lo deja salir. ¿Sabes por qué?
No. Tampoco reconozco cuál es ese talento del que todos me hablan. Por otro lado es cierto que desde mi llegada he experimentado... cosas que nunca había sentido antes.
Háblame de ellas. No te avergüences, nada de lo que digas me empujará a juzgarte, tan solo me ayudará a ayudarte. Sé que lo deseas, que lo necesitas. Sé lo duro que debe ser porque puedo ver dentro de ti. ¿Confías en mí?
No. —Aunque el dotado no pudo percibirlo, esa respuesta, esa cuerda provocó una discordancia—. No os conozco, no sé si cumpliréis lo que decís. Hasta ahora, todos los que han pronunciado esas palabras me han dado motivos para no hacerlo. ¿Por qué habría de ser distinto ahora?
Eres sincero. No te haré, pues, promesas que no sabes si mantendré. Simplemente continuaremos hablando hasta que lo desees, ¿estás de acuerdo?
Supongo que sí, pero no veo cómo me beneficiará eso.
Háblame de tu madre, Caradhar. —La pregunta lo tomó por sorpresa—. ¿Qué es lo que sientes por ella?
¿He de contestar a eso? —Como la elfa no respondía, el joven se encogió de hombros y aceptó exponerse un poco más—. No lo sé. Aunque odiarla habría sido lo más lógico, yo nunca me he visto capaz de hacerlo. Tan solo en un par de ocasiones... —Otra cuerda sonó desafinada—. No, aquello pasó pronto. Ayuda el que no haya contacto entre nosotros. Eso es algo que no puedo darle, y ella lo sabe.
¿Sientes lo mismo por tu hijo?
No... no sé lo que debería sentir. Jamás me interesó ser padre, y los hijos no crecen hasta alcanzar tu edad ni pretenden... —Se tragó la parte del interés romántico de Navhares—. No me desagrada su compañía. Lo echo de menos. —Eso afectó a una cuerda más—. Con él estoy en paz.
¿Y por tu padre?
No era nada para mí. —El ánimo del joven se endureció—. Era su vida o la de...
Aun así, antes de que cerrara los ojos le susurraste algo que lo ayudó a partir con el espíritu sosegado. ¿Por qué lo hiciste, si no significaba nada para ti?
Porque pensé que a él le habría gustado saber que su sangre... —Dudó, rompiendo de nuevo la armonía—. No... no lo sé.
La charla continuó hora tras hora, a veces sin llegar a mover los labios. A pesar de que un interrogatorio como aquel habría agotado a cualquiera, Caradhar se las arregló para hablar durante todo el día. Quizá el motivo fuera que su mente lo dejaba descansar por primera vez en mucho tiempo y estaba aliviado; quizá fuera porque cada frase, cada fragmento de conversación, lo liberaba de pequeños pesos que siempre lo habían oprimido. El peso de los secretos no compartidos... ¿Por qué accedía a descargarlo en aquella desconocida?
Al caer la noche descansó con placidez, sin sueños ni recuerdos que lo inquietasen. La elfa, en cambio, sí fue testigo de las imágenes que poblaron sus pensamientos mientras lo velaba; le ofrecieron más pistas sobre dónde tenía que buscar.

Los encuentros entre Tirsseil y Caradhar continuaron los siguientes días, en sesiones más reducidas para que el agotamiento no acabase por espantar al joven. Para ser sinceros, el peligro de que eso ocurriese no era muy grande; aunque disfrutaba poco lo que él consideraba cuestionarios sin sentido, apreciaba las ventajas del entorno, con aquel silencio en su cabeza y la privacidad del emplazamiento, lejos de los conflictos con Lioges y los otros elfos.
La guía, por su parte, utilizó aquellas jornadas para conocer mejor a su paciente. Los sanadores del cuerpo jugaban con ventaja a la hora de reparar el mal funcionamiento de un órgano, un hueso roto o una herida abierta: eran dolencias evidentes. Los sanadores de la mente debían buscar a ciegas, y el trabajo era mucho más laborioso.
¿Qué opinas de mi hija, Caradhar? —le preguntó una mañana, en cierto momento de su conversación.
Mirtuillë es hermosa, sus talentos son muchos. Pero es demasiado joven para ser parte de esto.
No es mucho más joven que tú. ¿Es por eso por lo que no has podido emparejarte con ella?
No creo que deba relacionarse con alguien como yo.
¿Y nada más?
No siento... ese tipo de atracción.
En el pasado eso no ha impedido que te vieras envuelto con otras personas. ¿Por qué ahora no, Caradhar?
Porque él se habría sentido...
No supo qué decir. Y sonó una discordancia.
¿Cuándo sonreíste por última vez? —El cambio de tema, brusco en apariencia, sorprendió tanto al joven que respondió sin pensar.
La mañana que abandoné Argailias. Recuerdo que él no apartó el rostro cuando lo besé. Recuerdo que eso me complació.
¿Y cuándo fue la última vez que lloraste?
Fue... ese mismo día, al salir de allí. No, no es cierto. —Apretó los labios—. No era yo, no logro recordarlo. Era... él.
Has tenido sueños, ¿verdad? Una nueva experiencia en tu vida.
Caradhar no creyó necesario contestar a eso. Sabía que ella podía leer en él.
Hay uno que se repite. ¿Lo recuerdas?
Sí.
¿Querrás contármelo? No las imágenes, sino lo que te hacen sentir.
Me abraza. Tiene el rostro hundido en mi cuello, en mis cabellos. Está aspirando; lo sé por el sonido del aire que entra a través de sus fosas nasales. Es un sonido que me relaja, ignoro por qué. Quizá porque le gusta mi olor. Me lo ha dicho tantas veces que quisiera poder replicar lo mismo, pero no me es posible. Noto su calor cuando lo rozo, el latido de la sangre bajo la piel, el cosquilleo de su pelo. Y lo abrazo, a veces lo abrazo tan fuerte que le duele y no... No sirve de nada, siempre permanece fuera de mi alcance. Soy incapaz de sentir lo mismo que él.
Si bien Tirsseil había esperado una discordancia tan fuerte que eclipsara todas las demás, no alcanzó a percibir más que un estruendoso silencio. Esa era la fuente, la cuerda que había permanecido amordazada durante toda su vida, la nota cuyo mutismo se elevaba, atronador, en medio de los otros sonidos. Se aisló de las vibraciones, en pos de aquel vacío singular, y siguió su tenue rastro hasta la raíz. Por desgracia, cuando ya creía alcanzarlo, el silencio quedó ahogado por los pensamientos del joven; desaparecido el estímulo que lo había originado, la guía perdió todo contacto con él.
Quisiera retirarme por hoy —solicitó Caradhar—. Yo... deseo estar solo.
Comprendiendo que no podía forzar la discordancia, ella asintió. Jugaba, sin embargo, con la ventaja de haber acotado el terreno de búsqueda.
Quédate en la habitación de la planta baja. Yo iré a visitar a mis hijas, nadie te molestará.
La solitaria casa quedó a disposición del dotado. Tirsseil no regresó en todo el día; cuando se hizo de noche, su invitado cayó dormido allí, en medio de la burbuja de calma que encapsulaba aquel bendito remanso.
Pero ella no estaba lejos. Observaba y esperaba.

Aunque las estrellas nocturnas eran las mismas sobre ambos, ninguno de los dos pensaba en salir a contemplarlas. Caradhar dormía. Sül aspiraba a ello, con la nariz hundida en la almohada que tantas veces compartiera con su amante y que había rescatado de su refugio en la Zanja. Abrazado a ella, el Sombra se preguntó por qué se aferraba a un consuelo tan pequeño. No poseía sentidos sobrenaturales; poco olor, o ninguno, quedaba a aquellas alturas en la tela polvorienta. Con todo, si cerraba los ojos, aún traía a sus fosas nasales el aroma de su nuca cuando se encajaba en sus brazos para descansar. ¿Estaría pensando Caradhar en él aquella madrugada? Por cálida que fuese la esperanza, el pesimismo le decía que no. El sencillo gesto de aspirar y evocar, que para él era tan natural, resultaba inalcanzable para el dotado. Mientras él revivía las sensaciones imperecederas que el afecto había clavado en aquel trozo de tejido, a Caradhar solo le quedaba una colección de imágenes desdibujadas por el tiempo. El estómago se le encogió al reconsiderar una vida con esas carencias. ¿Me echas de menos, Adhar?, susurró, soñando despierto. Sé que he sido injusto, que te he pedido más de lo que podías dar, pero... ¿me echas de menos, aunque sea con un triste puñado de imágenes corrompidas?

En aquel preciso instante, Caradhar soñaba. Sujetaba un cuerpo atlético en brazos, tenía la nariz hundida en una nuca a medias cubierta por una maraña de cabellos oscuros. Si bien era un escenario lógico después de pensar en Sül aquella mañana, incluso un soñador novato como él habría intuido que aquel no era un sueño normal, por más que no supiera decir por qué. Puede que fuese por la viveza de las sensaciones, o por la perfecta recreación de sus recuerdos —excepto que era él quien sostenía a su amante, y no al contrario—, o —y eso ya entraba en el misterioso terreno de la magia—, por el hecho de que la mente del Sül despierto se hubiese sincronizado con su dormida conciencia. Aunque eso no tenía manera de saberlo; la única persona al tanto era una telépata silenciosa que se había colado a espiar en su mundo onírico.
En su nítido escenario, Caradhar se maravillaba de lo agradable que era aquella simple postura: experimentaba confort, calidez, algo que interpretaba como afecto..., y nada más, únicamente el placer de su mutua compañía. También, cómo olvidarlo, esa pizca de frustración que no había identificado hasta aquel día; la frustración por no poder aspirar su aroma, por haberse mantenido siempre lejos de él a pesar de compartir lecho. El Caradhar incompleto a tantos niveles aceptaba sus carencias pero no sabía cómo solucionarlas, y se lamentaba, y sufría. En medio de su cacofonía de discordancias volvió a hacerse evidente el silencio de la cuerda muda, tanto más atronador cuanto que el mismo Sül estaba al otro extremo y padecía idéntico sufrimiento.
Abraza el dolor, tú, que nunca has sabido sentirlo. No lo sueltes...
Una psique extraña volvió a remontar la corriente de sonidos, localizó el implacable vacío de la cuerda amordazada y la arrancó de un tirón. Se trataba, por supuesto, de Tirsseil. Gracias a sus habilidades sanadoras tejió una nueva, fina, sutil, aún tierna y frágil, pero que bastaría para conectar con el exterior los adormecidos sentimientos del muchacho, para hacer que la magia fluyese, libre, en ambas direcciones. Con el tiempo se fortalecería, no abrigaba dudas. Restablecido el acceso a su interior, había podido comprobar la riqueza y la complejidad de aquel templo del talento y sabía de lo que sería capaz.
Así que esta es la pureza que nace de la mezcla... No tengas miedo a sentir, Caradhar. Lograrás cosas maravillosas.
De vuelta a su propio cuerpo, la elfa sonrió y emprendió el camino de regreso a la casa de su hija mayor. Era preferible dejar descansar al joven aquella noche, dado que el siguiente día sería duro para él. Y ya que el objeto de sus deseos estaba lejos, dispondría, al menos, que contase con una cara amiga al despertar.

Al principio no notó ninguna diferencia. Fuera se oía el canto de los pájaros, había calidez en el ambiente, columnas de luz entraban a través de las rendijas de las ventanas... Todo estaba en calma, la calma de una mañana igual a cualquier otra en Dervarn.
No, había algo más, algo que no identificaba... Una sensación dulce, como la de la miel deslizándose por la lengua. Excepto que no había miel, solo el aire a través de sus fosas nasales, y el impacto era mil veces más fuerte, más delicado y mucho más complejo.
De súbito lo asaltó otra sensación cálida, si bien esta no pasó por su piel sino que llegó directa a su cerebro. No era del todo agradable, ya que el calor iba en aumento, pero sabía de alguna manera que no pretendía hacerle daño. De hecho, era justo lo contrario. La puerta se abrió de golpe y por ella asomó la figura de un Lioges angustiado tras más de veinticuatro horas de espera.
La anterior madrugada, Tirsseil le había encomendado que hiciese compañía a su protegido después de un sueño reparador. «Es preferible que os quedéis en mi casa», le había advertido, «es demasiado pronto para que Caradhar salga fuera con todas esas mentes». Mientras el sanador meditaba por qué era demasiado pronto para salir, la guía había añadido:
Escúdate, Lioges. Sé que es duro pero de lo contrario le harás daño. Lo siento mucho.
Dado que tampoco había aclarado qué era lo que sentía, el sanador no las tenía todas consigo al acercarse a Caradhar y examinarlo. Parecía estar en forma, a excepción de su gesto confuso y perdido.
¿Estás bien, Caradhar? —susurró—. Necesitas comer algo. Debes estar hambriento después de saltarte la cena.
El sanador dispuso un copioso desayuno, igual que hiciera el día en que había conocido a su compañero. Movido por el rugido de su estómago más que por la apetencia, Caradhar se sentó y mordisqueó una rebanada de bizcocho con confitura de moras. Masticó sin interés el primer bocado, según era su costumbre, hasta que su nariz le reveló matices que jamás había experimentado antes: sobre la acidez y frescura de la fruta se elevaba un aroma que evocaba mañanas de primavera al aire libre; sobre la dulzura de la harina y la miel, la textura de tardes de siega, un buen fuego, ascuas de madera. No sabía explicarlo. Se quedó mirando el sencillo alimento como si fuese mágico hasta que un nuevo mordisco arrancó más delicias de su corteza horneada y confirmó que no estaba soñando. Hasta la infusión de hierbas le permitió paladear los recovecos de monte donde aquellas plantas habían nacido.
Nunca antes había picoteado Caradhar de tantos platos y nunca antes había tomado tan poco de cada uno, en su afán por catar todo cuanto se le ponía a tiro. Incapaz de quedarse quieto, abandonó la mesa cuando ya no le cabía ni una miga más y espió por la ventana. El aire le traía una nueva oleada de esas sensaciones dulces que se le subían a la cabeza; era el polen de los jóvenes arbustos de flor de espino, que él aún no reconocía, caracoleando por todo el claro. No esperó a alcanzar la puerta, sino que se dejó caer a la plataforma principal y husmeó cada hoja, corteza y fruto, cada ser vivo de su pequeño rincón de bosque. Creyó alucinar al descubrir todas las facetas de la hierba, de algo tan humilde como la tierra húmeda. Se llevó a los labios los dedos salpicados de rocío y se empeñó en distinguir su esencia.
Desde la entrada, Lioges asistía al despliegue de hallazgos de Caradhar con el ánimo de quien disfruta un espectáculo. ¿De verdad era ese jovencito fascinado el argailiano taciturno con el que había convivido durante semanas? Se asemejaba a un niño tras su primera salida al exterior. Sonrió con orgullo y también con melancolía, consciente del logro de Tirsseil: había restaurado, de una manera que superaba sus habilidades de sanador, los sentidos incompletos de Caradhar. Y con ello, ¿qué más había conseguido?
Inquieto por los consejos de la guía no le permitió ir muy lejos, pero tampoco le impidió disfrutar su nuevo don. Quiso almorzar fuera, en el suelo, saboreando las fragancias transportadas por el viento. Solo a la caída de la noche condescendió a volver dentro y a continuar sus pesquisas con un interesado fisgoneo entre los tarros de especias de la cocina y en las hierbas colgadas a secar.
El estrecho mirador de la cumbre les sirvió de sala de estar para la madrugada. Caradhar se tendió de espaldas a contemplar las estrellas. Estaba tan hermoso así, su melena un halo sombrío bajo la tenue luz de la luna, sus contornos apenas perfilados en la penumbra... La tentación era tan fuerte... Reclinado junto a él, Lioges no pudo evitar desoír el consejo de Tirsseil, y dejó caer su escudo y expandió sus sensaciones.
La proximidad de aquel cuerpo atrajo el interés de los fascinados ojos rojos, que lo traspasaron como si nunca antes lo hubiesen visto. Divisó bajo una nueva luz las líneas de su rostro, los largos mechones de color corinto que la noche había oscurecido. Sin previo aviso, el escrutinio se transformó en algo mucho más íntimo cuando el dotado hundió las fosas nasales en ellos y aspiró. No una, sino varias veces; con delectación, con el júbilo que habría mostrado al inhalar un perfume delicado. La indiscreta nariz se paseó a lo largo de la piel de su cuello, bajo el oído, sobre el hueco de su clavícula. Llevando más allá su osadía, se adentró hasta su nuca y permaneció ahí largo tiempo, tomando aire en breves bocanadas y extrayendo su aroma mientras de sus labios escapaban ligeros sonidos de placer.
Aquello fue más de lo que el sanador pudo soportar. Rodeó la cintura del joven, lo atrajo hacia sí y bloqueó su huida con las manos bien asentadas sobre su espalda. Caradhar observó cómo se inclinaba poco a poco en busca de su boca; se vio envuelto en el dulzor que emanaba de su aliento; anticipó el anhelo de aquel beso en su mente —esa mente que nunca había estado ahí y que ahora percibía con tanta claridad— antes de que los labios se tocaran... Pero la sensual atmósfera de descubrimientos no había llegado a cautivarlo hasta el punto de hacerle perder la cabeza: lo rechazó con tacto pero de manera inequívoca, interponiendo los dedos entre ellos.
La decepción de Lioges fue tan intensa que casi se saboreaba. Aún prolongó el abrazo un largo rato, inundando a su joven compañero con nuevas muestras de su cuerpo ansioso y sus pensamientos saturados de deseo. ¿Por qué rechazarlo, meditó Caradhar? Era muy atractivo, inteligente y talentoso. Tenían cosas en común. Conectaban, él había sido el bálsamo que aliviara el doloroso caos de sus pensamientos. Lioges... La esencia que emanaba de su cuerpo era agradable y cálida, alentaba el impulso de bajar y aspirar dentro de sus ropas, en todos sus rincones. Y la esencia que emanaba de su mente...
De repente, un hilo muy fino comenzó vibrar en su interior y suscitó nuevas sensaciones y sentimientos: unos iris oscuros, un cabello como ala de cuervo, la espalda más hermosa y grata bajo las yemas de los dedos que jamás había tocado. Si los pensamientos de Lioges gritaban, lo que aquel hilo susurraba en sus oídos era mucho más fuerte.
Recordó la primera vez que le hizo daño. Acababa de llegar con el placer de Neska aún humedeciendo su piel y él le dirigió aquella mirada herida y acusadora que no había alcanzado a comprender. Y la mirada había vuelto a acosarlo con cada sucesivo encuentro por más que él hubiese querido ocultarlo. Reflejaba su padecimiento con mucha más claridad que cuando había estado a punto de morir por el veneno Darshi'nai.
Recordó su primera declaración de amor, la necesidad de esconder su decepción por el silencio que había seguido a sus palabras. Y todos los silencios posteriores de todas y cada una de las ocasiones en las que él había esperado una respuesta, siquiera un murmullo; una señal de que sentía lo mismo, de que no era un amante más.
Recordó, en fin, la decepción cuando le confesó, con la mayor frialdad, que se había acostado con Reskveem. ¿Cómo había sido capaz de ignorar ese desconsuelo, de no perdonar el camino de errores que había recorrido después, de no reconocer su arrepentimiento? Ahogó un gemido. El nudo que se estaba formando en su estómago era más y más difícil de soportar.
Su mente restaurada se negaba a rememorar el día de su partida de Argailias. Era un mecanismo de defensa; temía —y con razón—, lo que podría hacerle sentir. Aun así, Caradhar se obligó a hacerlo. La pérdida... El temor a no volver a verlo jamás, a un futuro en soledad... El funesto deseo, vibrando a través del fino hilo que los unía, de morir... Solo entonces se dio cuenta de que todo ese lastre de sentimientos no era suyo, sino de Sül.
Notó la humedad en la cara. ¿Qué era aquello? Lágrimas, las lágrimas que no había vuelto a verter desde niño. Había olvidado el ardor en los ojos, la sal en la piel, el pequeño tirón cuando llegaban al borde del rostro y se precipitaban al vacío, y una nueva lágrima tomaba el relevo y temblaba antes de seguir a la anterior. Y el dolor...
Aquel dolor dentro de él, ¿era normal? Aquella sensación de que le faltaba el aire, de que un enorme peso le oprimía el pecho y le estrechaba tanto los pulmones que debía aspirar cinco, diez, veinte veces más para no ahogarse...
¿Caradhar? ¡Caradhar! ¿Qué te ocurre? Te lo ruego, cálmate y dime qué tienes... Venerable diosa, ¿qué puedo hacer para ayudarte? ¡Caradhar!
Ah, la familiar voz de Lioges y su reconfortante preocupación... Por desgracia, no escuchaba lo que decía. Era un eco que llegaba de muy lejos.

Sül estaba sentado junto a Dainhaya. La joven leía un libro, él observaba las estrellas por la ventana. En calma; tan calmado como podía estarlo bajo los efectos de una nueva oleada de recuerdos hirientes que, de improviso, habían asaltado sus pensamientos.
Una gota de agua asomó a sus ojos sin causa aparente. Tras enjugarla con los dedos, otra tomó enseguida su lugar, y otra, y otra más. Al final se vio forzado a utilizar las palmas de las manos para contener aquel inexplicable torrente de lágrimas, pero nada bastaba. La elfa alzó la vista y la dirigió hacia él, alarmada.
¿Sül? ¿Te sientes mal?
No... no lo sé. Han empezado a desbordarse y no puedo... No puedo pararlas...







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