2017/09/18

EL DON ENCADENADO VIII: Reunión en Therendanar






¡Atiza ese fuego! Bien, y ahora hazlo hervir y cuídate de que el recipiente esté siempre descubierto. No queremos que haya vapor de agua presionando contra la tapa, oh, no, no queremos eso. Uno de mis aprendices decidió que era fatigoso escucharme y el gas acumulado le voló las cejas. Más habría valido que la tapa hubiese apuntado a su cerebro, sí, señor. Aunque, claro, entonces no habría habido nada que volar. Hum, veamos ahora, ¿dónde dejé esos viales? Mejor los busco cerca de la chimenea. Le dije a ese chiste que tengo por asistente que el calor los arruinaría y, claro, ¿dónde iba a dejarlos, si no? ¡Pues al calor! Juro que uno de estos días lo reemplazaré con una abominación putrefacta de Ummankor y ni su madre notará la diferencia. Suponiendo que tenga madre, claro. ¡Ah, los has movido a lugar seguro, chico! Siempre al tanto, sí, señor. Pásamelos, le ordenaré que se los entregue al herbalista. ¿Crees que se las arreglará para hacerlo y conservar la cabeza pegada al cuello, o será muy complicado para él? Puestos a elegir, que se le caiga la cabeza, no iba a ser una gran pérdida. Hum... Pensándolo mejor, los entregaré yo. Que los fuegos del abismo me consuman si no tengo mejores cosas de las que ocuparme, pero necesito hablar en persona con ese ladrón de arrancahierbajos. Volveré más tarde, te quedas al mando.
En cuanto Viejo Zorro abandonó la habitación, se adueñó del lugar el silencio, solo perturbado por el ligero sonido de la mezcla borboteando sobre el fuego. Caradhar respiró. Cuando Maese Jaexias parloteaba de esa forma era difícil distinguir si se estaba dirigiendo a alguien o lo hacía para sí mismo. Aunque se había acostumbrado a esos monólogos largo tiempo atrás, el joven elfo se sintió agradecido por la calma. Le ayudaba a oír sus propios pensamientos.
Más de ocho años habían transcurrido desde que el humano lo acogiese en calidad de aprendiz de alquimista. Caradhar recordaba muy bien el día de su llegada, la extraña sorpresa con la que Viejo Zorro se había tomado que abandonase la Ciudad Argéntea. Era un dotado, después de todo; ya el hecho de que le hubiesen permitido acudir a Therendanar era un milagro. No obstante, no le hizo muchas preguntas. Apreciaba al joven y, dado que era digno de confianza, diligente y útil, no le importaba habitar en un lugar con la sordidez de su laboratorio y se mostraba insensible a la atmósfera sofocante y pestilente, el alquimista había estimado que sería un buen aprendiz.
Desde el punto de vista de Caradhar, lo único reprochable entre las condiciones de su aprendizaje era la costumbre de Viejo Zorro de hablar como si no hubiese un mañana. Durante las primeras semanas le había resultado agotador mantener la concentración y separar la charla insustancial de los datos valiosos. Con el paso del tiempo, el elfo había desarrollado un método de escucha selectiva; eso, junto con el disfrute de los periodos en los que el alquimista estaba tan absorto que apenas decía una palabra, lo ayudaron a adquirir un vasto conocimiento sobre hierbas, destilación, formulación y todas las demás particularidades de la alquimia.
Seguía conservando la fórmula robada de Casa Elore'il en un lugar secreto. Aunque a lo largo de los años había llevado a cabo varios intentos de reproducirla, aún no lo había logrado, pues era vaga en la descripción de sus ingredientes y utilizaba palabras en clave. Con todo, no dejó de perseverar y realizar ensayos en directo con sus diferentes versiones.
Había sido similar en cada ocasión, un embozado Caradhar adentrándose en los bajos fondos de Therendanar en busca de un pordiosero razonablemente sobrio. No era una tarea sencilla: un éxito, aun parcial, implicaría la eliminación de un testigo en potencia. Localizado uno —el último había sido un tipo malcarado que pescaba con una caña rudimentaria en un tramo maloliente del río—, bebía el preparado y se colocaba junto a él. Ante la falta de reacciones, solía probar con una orden sencilla... e infructuosa. Cuanto había obtenido hasta entonces eran berridos que expresaban, de manera muy gráfica, invitaciones para acudir a un pintoresco lugar y el consejo de introducirse un determinado objeto por cierta parte de su anatomía una vez que estuviese allí.
Cada fracaso implicaba una vuelta frustrada al laboratorio, sin pararse siquiera a visitar la ciudad o a tomar una copa de vino en una taberna, y un exhaustivo repaso para tratar de deducir qué había hecho mal. Había transcrito los ingredientes a la perfección; había calculado las proporciones con un margen de error despreciable; había refinado el producto y vuelto a refinarlo, y aun así... El día anterior, sin embargo, una inspiración súbita al observar el último frasco a la luz había detenido su mano antes de arrojarlo a la chimenea. Los componentes de la mezcla, de diferente densidad, se arremolinaban en ondas de siluetas caprichosas suspendidas en el fluido dorado. En la superficie, una pequeña mancha proyectaba dos brazos que se cerraban formando un círculo, en el centro del cual había quedado atrapada una porción de líquido más denso, de un color más oscuro. Revisando por centésima vez la lista de componentes para comprobar qué causaba ese efecto, se había percatado de que dos de ellos, relativamente inocuos por separado, reaccionaban cuando se combinaban y adquirían propiedades alucinógenas y tóxicas. Ahora bien, su cuerpo con el Don estaba preparado para neutralizar cualquier sustancia perjudicial. ¿Significaba eso que no podría asimilar la fórmula? En ese caso, ¿cómo se las arreglaría para probarla?
Caradhar abandonó el mundo de las divagaciones y se centró en su trabajo actual. La cocción que cuidaba había alcanzado su punto de ebullición, así que la retiró del fuego y la vertió en un contenedor. Como Viejo Zorro parecía haberse entretenido con algún otro asunto, comprobó que todo estuviese en su sitio y cerró el laboratorio con llave antes de retirarse a descansar. Supuso que ya había anochecido. En el área de los alquimistas no había muchos huecos que dejasen entrar la luz, y a veces se pasaba días y días sin ver el sol. De lo que sí estaba seguro era de que llovía; lo deducía por el sonido del canal de los desperdicios y por las ocasionales filtraciones en las esquinas superiores de los corredores. Decían que la lluvia atemperaba la pestilencia del lugar, pero eso no podía notarlo.
En su sombrío cuarto sin ventanas, el joven se sentó en el colchón que le servía de cama, se abrazó las rodillas y aguzó el oído, esforzándose por distinguir el sonido del agua.
Jonshian Flik, consejero del príncipe, presidía una reunión excepcional en una de las salas menos conocidas de palacio. El recinto era discreto, porque su contenido no debía trascender, mas no tan sencillo como para que los convocados dejasen de tomarse el evento con la seriedad merecida. A ambos lados del alto y bien vestido caballero, varias personalidades de Therendanar ocupaban las sillas de madera ornadas con el escudo de la casa principesca. Los respaldos, tallados con tanta minuciosidad que los relieves se clavaban en la espalda, servían para recordar a los asistentes que sus decisiones no debían ajustarse a su comodidad, sino al mayor bien de su príncipe.
Ya lo sabéis, hemos de planear con mucho cuidado nuestro próximo movimiento —proclamaba Flik a la concurrencia—. El príncipe insistió en que lo discutiésemos con premura. Para aquellos que no estéis familiarizados con todos los pormenores, el caballero Lenkares, adjunto de nuestro embajador en la Ciudad Argéntea, os dará una idea de la situación.
Flik extendió la mano hacia un gentilhombre incluso mejor vestido que él, con detalles élficos aquí y allá, cuyas maneras comedidas y rostro plácido no ocultaban la inteligencia que brillaba en sus ojos. Tras inclinarse a modo de saludo se dejó caer con suavidad sobre la mesa, con las cuidadas manos descansando delante de él; un gesto de paz típico de los diplomáticos.
Hace algún tiempo —relató— el príncipe en persona aprobó el envío de un destacamento a Ummankor bajo la supervisión del Gran Laboratorio, con el propósito de establecer un nueva área de dominio en territorio inexplorado. Su objetivo era obtener especímenes de las abominaciones y estudiarlos para determinar cómo llegaron a adaptarse al valle y a las cavernas y si habían tenido algún papel en la formación de estas. Varias Casas élficas siguieron nuestro ejemplo, así como algunos representantes selectos de otras ciudades humanas. Y se demostró que la iniciativa no era vana, pues los descubrimientos realizados por nuestros alquimistas han compensado las dificultades de la tarea.
»Cierto día, los mensajeros del grupo de estudio situado en la región más profunda fallaron en presentar informe. Temiendo una desgracia, enviamos un escuadrón de reconocimiento que, para su sorpresa, halló nuestra base ocupada por los elfos y ni rastro de nuestra gente. Al ser interrogados al respecto, los elfos replicaron que se habían encontrado la zona devastada e infestada de abominaciones, y que entre los escasísimos despojos no había supervivientes humanos.
»Cuando requerimos que nos devolvieran la base se negaron, pretextando que suyos habían sido el riesgo y las pérdidas de limpiar la zona de abominaciones. Para resumir la historia, baste decir que la vía diplomática con Argailias también fracasó. Ya sabéis que el poder político en la sociedad élfica está muy fragmentado; la Casa del Sennim asume el mando, por supuesto, pero necesita el apoyo de las familias nobles. Y dado que los ocupantes pertenecen a una de las Casas del primer círculo, su influencia, me temo, no se puede obviar.
»Hace varios días, los rastreadores hallaron el cuerpo sin vida de uno de nuestros hombres no muy lejos del emplazamiento original. Examinado el cadáver hallaron algo revelador: una punta de flecha que resultó ser de manufactura élfica.
El discurso de Lenkares, que había recibido algún que otro comentario en voz baja hasta entonces, provocó en ese punto un estallido de indignación. El caballero Raff-Kein, veterano de los maestros de armas, se levantó, hizo temblar la mesa con un manotazo de su palma inmensa y gritó:
Yo digo que paguemos a esos orejas puntiagudas con la misma moneda. ¡Matémoslos a todos y recuperemos lo que es nuestro!
Las palabras de Raff-Kein fueron apoyadas por varios de los asistentes y originaron un acalorado debate. Lenkares esperó a que se restableciese la calma sin dejar traslucir emoción alguna en el rostro. Flik retomó entonces su papel de moderador y alzó la voz para demandar silencio. Cuando el maestro de armas transigió en sentarse y callarse, Lenkares continuó con su exposición.
No digo que no hayamos considerado usar la fuerza, caballero Raff-Kein, pero conservar las relaciones diplomáticas con Argailias es uno de nuestros principales intereses. —Previendo una protesta del aludido, Flik alzó la mano en gesto de silencio. Aunque el maestro de armas gruñó, no abrió la boca—. No hago sino comunicar los deseos del príncipe, el cual nos exhorta a discurrir otra solución para nuestro problema.
Tal vez debierais compartir con los demás el nombre de la Casa que ha provocado el problema —apunto Verella Dep'Attedern. Pertenecía al Gabinete de Inteligencia o, lo que era lo mismo, los espías, y por ello era muy improbable que saliera a la luz algún dato que no conociese ya.
No faltaba más: se trata de Casa Arestinias. Nuestra relación con un puñado de Casas argailianas es muy satisfactoria, no así con la que nos ocupa. Por desgracia para nosotros son muy conscientes de que el Sennim no tomará partido, arriesgándose a quebrar su delicado equilibrio de poder, y menos por una punta de flecha.
»Ahora bien, se da la circunstancia de que otra de las Casas ha manifestado un gran interés en uno de los hallazgos de nuestro laboratorio. —Los ojos se volvieron hacia el Gran Alquimista, quien asintió e instó a Lenkares a continuar—. Como es de esperar, están al tanto de nuestra situación y, si bien prefieren no actuar abiertamente contra Arestinias, nos han revelado que la posición de esta Casa en el primer círculo no es todo lo estable que debiera. Un... golpecito en el punto apropiado podría sacarlos de la cima, consiguiendo así que otra Casa aliada ocupara su lugar y nos restableciese nuestros derechos en Ummankor de manera incontestable. Nos ofrecen su ayuda si desplegamos, eso sí, la paciencia necesaria para trabajar en una solución que puede tomar algún tiempo.
Un negocio redondo para los elfos —indicó Dep'Attedern, con cínica sonrisa—. No solo los asistimos en la consecución de sus intereses políticos sino que, además, les entregamos lo que necesitan de nuestro laboratorio; ganancia doble. ¿No quedaremos a la altura de unos principiantes? Por otro lado, dejar el asunto de Arestinias en manos de los propios elfos no me parece satisfactorio. Yo opino que debemos descubrir lo que tramaban desde un principio al usurpar nuestra base de las cavernas. Coloquemos a agentes propios en la Casa.
Admito que nuestros... socios obtendrán un gran beneficio del acuerdo —concedió Lenkares—, pero también a nosotros nos dará un nuevo aliado en el primer círculo si tiene éxito. En cuanto al interés en reunir inteligencia de nuestros antagonistas, si bien es legítimo y lo comparto sin reservas, admitámoslo, no será tarea fácil emplazar agentes humanos en una Casa élfica. ¿Alguna sugerencia?
En la asamblea se asentó un silencio incómodo. Y entonces alguien habló, un hombre que se había mantenido callado y ajeno, en apariencia, al encuentro. Muchos rostros sorprendidos se volvieron hacia él.
Creo que yo tengo una, sí, señor. O, al menos, un candidato —dijo Maese Jaexias, alias Viejo Zorro.
Viejo Zorro golpeó la puerta de la habitación de Caradhar. El espartano alojamiento no contaba con ventanas, así que debía alumbrarse con velas o lámparas de aceite a todas horas. Por lecho tenía un colchón colocado en el suelo junto a un baúl casi vacío. En una esquina había un desvencijado escritorio y una silla; en la otra, una tina de madera, una jarra y una especie de pantalla plegable con la que el alquimista había equipado el cuarto en deferencia al decoro del elfo. La pantalla había permanecido plegada y cubierta de polvo todos aquellos años. No era que Maese Jaexias careciese de consideración hacia su aprendiz —su alojamiento no era mucho mejor—, pero de un alquimista se esperaba cierta frugalidad que aumentaba, decían, el rendimiento en el aprendizaje y el trabajo. A Caradhar nunca le importó ni manifestó queja alguna al respecto.
En aquel momento, el elfo estaba encogido en la tina de madera, en medio de un baño para librarse del hedor a azufre de un experimento. Cuando su mentor entró, se levantó sin ningún pudor y echó mano de un paño para secarse. Había perdido bastante peso. El viejo fue capaz de contar sus costillas bajo aquella piel tan pálida que parecía enferma.
Vaya, me halaga que admires tanto a tu maestro que hagas todo lo posible por asemejarte a él —observó, con ironía—. Chico, antes de adquirir el aspecto de un viejo alquimista humano deberías llenar más la barriga y pasar menos horas en el laboratorio, sí, señor. —El elfo no respondió. Viejo Zorro suspiró, sacudió la cabeza y renqueó hasta la silla—. Tengo algo que proponerte y es un poco largo y complicado. Bueno, primero quiero decirte que no estás obligado a aceptar y que, por mi parte, las cosas no van a cambiar hagas la elección que hagas, ¿lo entiendes?
El elfo frunció el ceño y asintió. Maese Jaexias lo puso entonces al corriente de los temas tratados en la asamblea, respetando los límites impuestos por sus superiores. A veces se atrevía a excederlos un poco porque sabía que el muchacho, a pesar de tener sus secretos, no lo traicionaría. Cuando llegó a la parte en la que se había barajado la posibilidad de enviar a un infiltrado, el alquimista se mantuvo firme.
Sé que es una tarea muy arriesgada, ya lo creo. Por otro lado, requeriría de ti actuar con lealtad a Therendanar, quizá en contra de los tuyos, y convertirte en agente en una Casa extraña. Tampoco sería inusitado que nuestros aliados en la Ciudad Argéntea pusieran empeño en convencerte de que no compartieses con nosotros una u otra información. ¿Podrías resistirte? En fin, si tienes la más mínima duda al respecto y piensas que no estarás a la altura de tu papel, lo mejor es que rehuses.
Caradhar no dedicó mucho tiempo a sopesarlo. Aunque no deseaba abandonar la seguridad del laboratorio ni volver a sentirse atrapado en una Casa élfica, tenía que pagar la deuda contraída con el viejo alquimista por todos los años pasados bajo su protección.
No le debo nada a Arestinias. No le debo nada, de hecho, a ninguna Casa de Argailias —dijo, sin exaltarse—. ¿Qué he de hacer?




Verella Dep'Attedern era una de esas personas que atraían las miradas. Era más alta que la mayoría y solía vestir trajes masculinos cerrados hasta el cuello, tan ceñidos que dejaban intuir las formas de su cuerpo atlético. El elaborado recogido de su largo cabello rubio le permitía lucir una nuca muy bella en las escasas ocasiones en las que daba la espalda a la gente. Su rostro, libre por completo de afeites, era anguloso y deliciosamente ambiguo, con un astuto par de ojos del color del acero y tan cortantes como él. Si bien en su juventud había asumido tareas de espionaje, la edad —imposible de adivinar por efecto de las pociones— la había vuelto fuerte, sabia... y cómoda. Ahora se dedicaba a dirigir el Gabinete de Inteligencia del príncipe y había dejado atrás el trabajo de campo. Las malas lenguas diferían en las opiniones sobre su vida privada. Algunos murmuraban que era una amante exclusiva de mujeres; otros, que se permitía deslices con un varón en concreto, el príncipe.
Sentado frente a ella en la privacidad de su despacho, Caradhar se sentía incómodo. No estaba acostumbrado a relacionarse con humanas, y menos con la presencia de esa en concreto. Era atractiva pero, al mismo tiempo, le recordaba de alguna forma retorcida a Darial. Para Verella, por el contrario, aquella era una entrevista interesante. Aunque estaba al tanto, por supuesto, de que Maese Jaexias había tomado un aprendiz elfo, era la primera vez que se le presentaba la oportunidad de conversar con él. El viejo alquimista se había ocupado de mantenerlo apartado de los curiosos.
¿Has tenido algún contacto con Casa Arestinias, Caradhar? —le preguntó la mujer. El elfo negó—. Sabrás que pertenece al primer círculo y está gobernada por la Maediam Neska, quien heredó el título de su padre. Aún no ha contraído matrimonio, según dicen para no tener que compartir el poder. Los miembros de su consejo se propusieron forzarla a tomar un esposo y garantizar la sucesión; se sabe que tres de ellos han muerto por causas naturales desde entonces. También se rumorea que es aficionada a tener amantes, unos de forma notoria y otros con más discreción.
»Según nuestras estimaciones, en este punto de su gobierno necesita realizar algún movimiento que refuerce su prestigio. No es una Casa particularmente rica ni posee los mejores alquimistas, y hay Casas del Segundo Círculo que codician su posición y la siguen muy de cerca. Con vistas a ello, es muy posible que hayan puesto sus esperanzas en potenciar su laboratorio, y por eso hemos concluido que alguien con tus conocimientos podría muy bien ofrecerse para completar su formación junto a sus alquimistas. Es difícil que rechacen adeptos hábiles en estos días.
Aunque el intercambio de alquimistas no sea infrecuente, solo se hace entre Casas aliadas —interrumpió el elfo—. Jamás aceptarán a un extraño como yo.
Oh, eso es lo mejor. En el principado de Misselas, a quince jornadas de viaje al norte, hay una próspera comunidad élfica que trabaja codo con codo con el laboratorio del príncipe. Su Gran Alquimista estará más que satisfecho de dar por pagado un viejo favor que nos debe, así que podemos conseguirte un certificado, salvoconducto, carta de recomendación y lo que deseemos. Únicamente tendrías que emplear algún tiempo en adquirir conocimientos básicos sobre la ciudad y crear un personaje coherente. Además, nuestros aliados de la Ciudad Argéntea han ofrecido su colaboración para ultimar detalles. Y bien, ¿aceptarás?
Quisiera saber una cosa: ¿quiénes son esos aliados?
El secretario del embajador te recibirá en sus dependencias, en los alojamientos de la parte sur de la fortaleza. Haré que te guíen hasta allí.
Caradhar fue conducido, a través de los patios exteriores, al ala donde pernoctaban los invitados especiales del príncipe. Allí lo hicieron pasar a una estancia decorada a la manera de Argailias, aunque el mobiliario escaso y la ausencia de cortinas y tapices llamó su atención. Las desnudas paredes de piedra no hacían nada por atenuar el frío reinante. Por suerte, en la chimenea ardía un buen fuego.
El tiempo pasaba y no acudía nadie. Cuando ya se preguntaba si no se habrían olvidado de él, una figura que antes no estaba allí se materializó en su campo de visión; vestía de negro y una capucha ocultaba sus facciones. Su voz despreocupada resultaba muy familiar.
Saludos, Adhar. ¡Joder, tienes un aspecto horrible!
Tú no eres el secretario del embajador. —Caradhar frunció el ceño.
No me digas —se burló el visitante, que no era otro que el Sombra—. Sí, estas son sus dependencias, pero él es lo bastante amable para dejar que un viejo conocido tuyo te ponga al corriente de todo.
No necesito que me pongas al corriente de nada —el dotado trató de alcanzar la puerta— porque no vais a atraparme en vuestra encerrona. Sospechaba que esto tenía que ver con Elore'il. Informa a tus superiores de que ya no pertenezco a la Casa y no deseo involucrarme en nada que tenga que ver con ella.
¡Espera! —El espía lo sujetó por el hombro—. Estoy aquí por cuenta de Casa Llia'res, yo nunca he pertenecido a Elore'il. Vale, es cierto que viene a ser lo mismo, tal y como están las cosas, pero ¿por qué volver la espalda a la Casa donde te criaste? —Caradhar se revolvió y siguió caminando—. ¡Te he estado observando! De vez en cuando, siempre que podía... todos estos años.
Esas palabras sí que provocaron que el aprendiz de alquimista se detuviera en seco. De espaldas al Sombra preguntó, con un sutilísimo matiz de cólera en la voz:
¿Es que nunca me van a dejar en paz? ¿Qué quieren de mí?
Caradhar, tienes el Don, tienes... otros dones que yo aún no comprendo. ¿Crees que van a dejar que te largues así como así? Considérate afortunado de que te permitiesen venir a Therendanar, y que me parta un rayo si sé cómo conseguiste eso siquiera. No planeaban mezclarte en esto, fue sugerencia de los humanos, créeme. Deben confiar en que te mantendrás leal a ellos a pesar de no ser de los tuyos.
¿A quién debería mantenerme leal? ¿A unos nobles que plantan un espía a mi puerta para vigilar que no... confraternice con los humanos? Si así están las cosas, me marcharé a una de las ciudades del norte.
No van a dejar que te vayas más lejos. Por tu propio bien, no lo intentes. ¿Un dotado en comunidades que apenas han visto uno? Te meterían en una jaula y te drenarían poco a poco.
Entonces volveré a mi laboratorio y seguiré viviendo mi cautiverio en mi jaula algo mayor. No tengo por qué mover un dedo para contentar a ningún amo. No tengo por qué...
Caradhar, he visto cómo vives. ¿No estás cansado de ese nido de ratas? —El Sombra extendió la mano con gentileza y volvió a posarla en el hombro del dotado—. ¿No te apetece volver a respirar aire sin contaminar? ¡Pues que les den a los humanos y que les den a los nobles! Yo sé muy bien lo que es moverte en círculos por culpa de esa cadena en el cuello que no da más de sí. Al principio me resistía, hasta que acepté que esas eran las cartas que me habían tocado y tenía que jugar con ellas. Si hay que vivir al extremo de una cadena..., ¡al menos diviértete mordiendo a quien se ponga a tiro!
Dado que Caradhar seguía sin dar su brazo a torcer, el Sombra jugó su última baza: decirle toda la verdad.
En todo este tiempo, nunca me ordenaron que te espiase. Si alguien lo hizo, no se trataba de mí. Yo siempre vine por propia iniciativa, porque necesitaba comprobar si estabas bien, porque quería volver a verte. Te he echado de menos.
El elfo pelirrojo dudó. Luego se giró de improviso y tiró de la capucha del Sombra hacia atrás, sin encontrar resistencia. Como ya había adivinado, era joven. Poseía facciones regulares, unos labios que tendían a arquearse con suavidad y unos brillantes ojos oscuros bajo las cejas en punta. Era atractivo. En cierta forma, le recordaba a una versión juvenil de Nestro con la melena negra más corta y recogida en una cola de caballo.
Vaya, el dotado pelirrojo ha crecido. Ahora eres casi igual de alto que yo. —El Sombra sonrió; esa vez, sin una pizca de burla.






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2017/09/11

EL DON ENCADENADO VII: Se recoge lo que se siembra





A medida que pasaban las semanas y el vientre de la Maediam se hacía más prominente, la paciencia de su hijo disminuía. Al hecho de que sus esfuerzos para introducirse en el laboratorio no daban fruto había que añadir, para colmo de males, que Darial parecía más ocupado y ausente que nunca. «Para congraciarme con la bruja», decía, explicación que no convencía a Caradhar. Cuando ya se preguntaba si no habría ensombreciendo de alguna manera la inclinación que Darial sentía por él, este mandó a buscarlo una noche, con la misma exigencia y pasión de siempre; casi como si estuviese poniendo todo su empeño en recuperar el tiempo perdido.
Durante la madrugada, dos guardias aporrearon imperiosamente la puerta del alquimista. El elfo abandonó el lecho, intercambió algunos susurros nerviosos con los soldados y regresó junto a Caradhar. Su rostro era una máscara inexpresiva.
Vístete, has de acompañarme. —El interpelado obedeció, a la espera de obtener una explicación. Darial añadió—: Acaban de encontrar a la Gran Alquimista. Muerta.
La segunda visita de Caradhar al laboratorio resultó menos agradable de lo esperado. El cadáver de la poderosa elfa a la que solo viera en una ocasión estaba tirado en medio de un batiburrillo de viales y frascos rotos; la causa del fallecimiento había sido, según concluyeron, inhalación de vapores tóxicos. Cómo una alquimista de su categoría había cometido tal error permanecía envuelto en misterio, lo bastante para no descartar hipótesis de sabotaje y asesinato. En cualquiera caso, una cosa era cierta: no había nada que la milagrosa sangre del dotado pudiese hacer por su cuerpo, ya frío.
En su calidad de asistente principal del laboratorio, Darial acudió a informar al Maede de la tragedia. Mientras tanto, en Elore'il se respiraba la atmósfera habitual. Ninguna Casa se habría apresurado a anunciar el hecho de que habían perdido a su Gran Alquimista, misión tanto más fácil cuanto que la fallecida no se dejaba ver en público. Sus virtudes jamás serían ponderadas en un funeral fastuoso.
Decir que Killien estaba furioso era quedarse corto en extremo. Se prometió una muerte lenta y dolorosa para el culpable, si lo había. Se intensificó la guardia, se habló en susurros de Darshi'nai que habían acudido a vigilar la Casa. Durante los días siguientes, Caradhar no recibió la visita de su Sombra particular. En cambio sí que pudo acceder al laboratorio, de la mano de un Darial que había asumido las funciones de Gran Alquimista. Aunque las malas lenguas murmuraban que el elfo no poseía la habilidad para ostentar tan alto cargo, su candidatura era la única viable en medio de la crisis. Con orgullo mal disimulado, y en clara contravención de las reglas, enseñó sus nuevos dominios a Caradhar, quien vagó de un extremo a otro sin dejar rincón por examinar mientras su guía, parapetado tras una copa del mejor vino de la bodega privada de su predecesora, lo contemplaba con indulgencia. ¿Las reglas? Ahora era él quien las decidía. Al cabo de una larga sesión de curioseo y preguntas, agotada su paciencia, lo tomó por la cintura y lo acorraló contra una mesa.
Vamos, vamos, ¿qué puede haber aquí tan interesante para un joven como tú? ¿No deberías estar celebrándolo conmigo? ¿O te divierte hacerme sentir celos de una habitación? He asumido uno de los cargos más codiciados de Argailias y planeo conservarlo, podrás seguir acudiendo en el futuro. Y ya que desde ahora estaré confinado en la Casa, necesitaré que te quedes a mi lado para hacerme compañía. —Acarició los labios de Caradhar con el pulgar y lo hizo beber de su copa. Luego se inclinó para saborearlos—. Ah, ¿no lo encuentras delicioso?
Supongo.
Darial remató los últimos restos del vino, aupó al elfo sobre la mesa y se encajó entre sus piernas separadas. Estaba de un humor excelente.
Confieso que no logro entenderte, Adhar. Tan joven y a veces te comportas igual que un viejo elfo hastiado de los placeres de la vida. No importa; de una forma u otra, me las arreglaré para derretir todo el hielo que guardas dentro. —Se dedicó a soltar las cintas que cerraban su camisa y a besar con pasión la piel al descubierto. El nuevo anillo que lucía en el meñique, herencia de su predecesora, dejaba una estela helada allí por donde rozaba—. De una forma u otra...
Ahora que estaba instalado en su trono particular, Darial se sentía henchido de orgullo. Todo lo que deseaba era suyo. Si bien se había expuesto a un gran riesgo, ciertamente había merecido la pena.

El Sombra hizo su reaparición al cabo de varios días, cuando Caradhar ya comenzaba a preguntarse si volvería a verlo. Encontrarse la oscura silueta repantigada en su cama, según era la costumbre del espía, fue más tranquilizador de lo que esperaba.
Tiempos difíciles —dijo, a modo de saludo. Caradhar se sentó en el otro extremo del colchón y se desató las botas—. Hola, Adhar. Sé que me extrañabas, pero se ha armado un buen revuelo con el asunto de la bruja asfixiada y no era seguro dejarse caer por aquí. No la habrás matado tú, ¿verdad?
El elfo se detuvo para echarle una ojeada huraña, como si no entendiese lo que decía. Al cabo de unos segundos, replicó:
No. Mi recuento de muertos asciende, por ahora, a una persona.
Por la manera en que has respondido, veo que no descartas una futura ampliación. Y si no has sido cosa tuya, ¿tienes idea de quién ha podido hacerlo? No sé, ¿algún rival celoso? ¿Algún... subordinado aprovechado?
Según dicen, inhaló productos tóxicos.
Claro que sí, ciñámonos a la versión oficial —ironizó el Sombra, no sin cierto respeto por la voz tan desprovista de expresión que era capaz de usar el dotado—. En fin, ¿sigues interesado en colarte en el dormitorio del Maede?
Sí. ¿Podrías facilitarme el acceso?
Podría..., pero antes deberás ponerme al tanto de tus planes. Ya es difícil para un Sombra arrastrarse hasta allí, así que imagina llevar a hombros a un tipo tan visible como tú. No voy a dejar que arriesgues mi pellejo ni el tuyo.
Por ahora no hay nada que decir, salvo que tengo una idea. Te la contaré en cuanto resuelva cierto asunto en el laboratorio.
Joder, me descubriría ante ti, te has abierto camino hasta el lugar más impenetrable de Casa Elore'il. Sí que te trabajaste bien al alquimista...
Búscame un somnífero —lo cortó Caradhar—. Que sea potente.
Ahora sí que siento curiosidad. ¿No querrías explic...?
No.
Desde el otro lado de la oscuridad de su capucha, el espía escrutó a aquel joven, casi un adolescente, que se desvestía sin atisbo de pudor mientras maduraba planes suicidas con toda tranquilidad. Y que —habría puesto la mano en el fuego respecto a ello— era el responsable indirecto de la muerte de la Gran Alquimista. Buscó en su cinto y le lanzó un pequeño saquito.
Un pellizco basta para echar a dormir a un ser vivo con la complexión... ¿digamos del alquimista?
En tanto Caradhar examinaba el saquito, él se colocó a su espalda, tan cerca que llegaba a aspirar el aroma de su largo cabello, rojo como el plumaje de un cardenal. Si es cierto el rumor de que los dotados despiden un olor más dulce y agradable, pensó, esta es la mejor ocasión para comprobarlo. Y así era —admitió tras hundir la nariz en su nuca—, al menos para aquel en concreto. Cerró los ojos un segundo, se inclinó un poco más...
No deberías confiarte hasta el punto de compartir una cama con alguien de mi calaña, soy peligroso. ¿O es que tratas de ponerme cachondo a propósito?
En las palabras del Sombra vibraba una nota de deseo. Caradhar se volvió de súbito y manoteó para apartar la capucha que ocultaba su rostro. Fue muy lento, por supuesto. Cuando quiso lanzarse sobre él para obligarlo a descubrirse, el Darshi'nai ya se hallaba junto a la puerta con una mano en el tirador.
No sé por qué, pero las tripas me dicen que confíe en ti, chaval —afirmó antes de marcharse—. Bien, veremos qué tramas.

La oportunidad de usar la droga no tardó en presentarse. Igual que muchos alquimistas, Darial solía pasar noches en vela en su lugar de trabajo cuando estaba en medio de algún experimento crucial. A Caradhar no le costó mucho convencerlo para quedarse a hacerle compañía, y tampoco le fue difícil deslizar la sustancia en su bebida y ofrecerle un sorbo. Cuando cayó dormido sobre su mesa, el joven fue capaz, al fin, de registrar el laboratorio sin interrupciones.
Ya había estudiado el lugar durante sus escasas visitas previas. Eso, sumado a su experiencia en Llia'res, le permitió identificar los rincones más idóneos para servir de escondite. El primer obstáculo, un armario cerrado con llave, lo venció al registrar las ropas de Darial, donde localizó un aro de plata del que pendían varias llaves. Insertó la llave correcta pero no se atrevió a girarla. Algo le decía que el procedimiento no podía ser tan sencillo, que una trampa lo protegía. Los elaborados relieves de la puerta, una sucesión bien ordenada de sellos con la marca de la fallecida Gran Alquimista, tenían que guardar alguna relación. Al momento pensó en el nuevo anillo de Darial. Lo deslizó fuera de su dedo, lo encajó en un sello ligerísimamente más profundo que los demás y escuchó el suave clic de un mecanismo oculto. Para su decepción, el armario solo contenía viejos pergaminos iluminados. Después de presionar las paredes de madera y pasar la mano por la parte inferior de los estantes, se resignó y continuó la búsqueda.
Por casualidad se fijó en un panel para colgar anotaciones que parecía clavado a la pared. El objeto, tan a la vista que pocos habrían sospechado de él, se deslizaba sobre unas guías y revelaba otra puerta de metal con cerradura. Probó hasta dar con la llave adecuada, palpó en busca del hueco del sello, la abrió... y halló un compartimento con pequeñas cajas idénticas al cofrecito de Ummankor. En una de ellas, entre capas de algodón, había un vial lleno de líquido dorado y un pergamino cubierto de notas, signos y pequeños diagramas desconocidos para él. Tras copiarlo lo mejor que supo y devolverlo a su sitio, lo venció la curiosidad de examinar el vial más de cerca. Nada ocurrió al sostenerlo bajo su nariz; se sintió tentado a probar un sorbo, pero decidió que era arriesgado y despertaría las sospechas de Darial. Al cerrar el compartimento no le quedaban dudas: aquella era la fuente del extraño poder del Maede.
Cuidándose de dejar todo igual que estaba, escondió la copia del pergamino en lugar seguro y se preparó para soportar la reprimenda del alquimista por haberle permitido dormirse.

Se decía que a la Maediam le habían comenzado los dolores de parto y estaba recluida en la sala del nacimiento con su dama de compañía y el Cirujano Mayor. Elore'il en pleno se pasó todo el día en vilo, a la espera de noticias. A última hora de la tarde, el júbilo inundó las voces de sus habitantes: Corail había traído al mundo un varón sano. El Cirujano Mayor presentó el bebé ante el Maede, quien le otorgó la más satisfecha de las bendiciones. El niño era, con carácter oficial, el heredero de la Casa.
Caradhar se recluyó en su cuarto porque auguraba que recibiría una visita. No se equivocó; el Sombra se presentó por la noche, cuando todos celebraban el acontecimiento.
Si lo has meditado bien, esta noche es la mejor, todos caerán borrachos como cubas en poco tiempo. Me ocuparé de neutralizar la seguridad y a los acompañantes, pero sabes que no puedo mover un dedo contra el Maede. Y tú tampoco. Te lo repito, ¿cómo vas a enfrentarte a él?
Creo que he dado con un método para evitar lo que llaman su voz de mando.
Veo que no he sido lo bastante claro. Si te cortan el cuello o te capturan, a mí me recompensarán con una muerte lenta y dolorosa, así que tendrás que ser más específico para que le de el visto bueno a ese método tuyo y siga adelante con el plan.
No puedo. El otro día dijiste que... confiabas en mí.
Caradhar tuvo la sensación de que un par de ojos punzantes se clavaban en los suyos desde las sombras de aquella capucha. Mantuvo la mirada al frente, sin perder una pizca de serenidad. Al cabo de unos instantes de pesado silencio, el Darshi'nai se rindió con un gruñido exasperado.
¡Al abismo de fuego contigo! Prepárate, te haré una señal cuando haya vía libre. —Antes de desaparecer, advirtió—: ¡Y no se te ocurra hacer que te maten!



Tras el barullo de las celebraciones, la mayoría de los habitantes de la Casa cayeron en un profundo sueño etílico. Caradhar se encontró el camino despejado para llegar al ala de los aposentos principales, atravesar los corredores y presentarse ante las recias puertas de madera. Misteriosamente, los guardias estaban inconscientes.
Nos hemos ocupado de que todos duerman —susurró una figura invisible con la voz inconfundible del Sombra. Aunque el dotado registró el plural, la tarea que tenía por delante monopolizaba su concentración—. Por mucho que quisiera ayudarte, para lo único que serviría ahí dentro es para ser un pelele del Maede, así que estarás solo a partir de aquí.
Caradhar franqueó las puertas, atravesó la antecámara a tientas y se deslizó en el dormitorio de Killien. La claridad de la luna delineó algunos detalles de la magnífica estancia octogonal. En sus ocho paredes, ventanales con elegantes vidrios rojos, grises, blancos, negros y plateados se alternaban con tapices tan amplios que cubrían todo el espacio del techo al suelo; los hilos de plata entrelazados en sus diseños resplandecían bajo la tenue luz. Presidía la habitación la cama más enorme que había visto jamás, flanqueada por cuatro columnas de madera tallada y colgantes cortinas de gasa. En una camita a sus pies dormía con placidez una figura adolescente, aunque el dotado no supo reconocer si era un chico o una chica. Se acercó de puntillas y observó a los durmientes sobre el gran lecho.
A través de la tela translúcida se distinguían tres cuerpos, Killien y dos elfas. Ni con su recién estrenada paternidad había renunciado el señor de la Casa a su prerrogativa nocturna. Una de ellas era casi una cría; Caradhar calculó que debía ser la hermana del que descansaba en el pequeño lecho, la pareja de mellizos con el Don al servicio del Maede. La otra era una joven de formas voluptuosas cuya cabellera de rizos negros componía una aureola en torno a sus sienes. La atención del intruso osciló de la silueta de la joven, apenas perfilada por la luz argéntea, a los deditos de la niña enredados en su melena. Luego escuchó durante un largo rato, buscando cualquier sonido inusual en el silencio. Dado que no percibió nada amenazador, se acercó al señor de la Casa y extrajo un puñal de sus ropas.
El instinto de conservación de Killien actuó con rapidez y lo sacó de su sueño. Caradhar le concedió que su sangre fría era admirable, pues no mostró alarma alguna al verlo, sino que se limitó a ordenar de que se detuviese. Su calma estaba justificada; en condiciones normales, nadie se habría acercado con la intención de atacarlo ni se habría movido al escuchar esa orden.
Pero aquellas no eran unas condiciones normales.
Caradhar saltó a horcajadas sobre el noble, le aprisionó los brazos con las rodillas y le cubrió la boca. Killien se revolvió tanto que logró zafarse de la presa. Por unos segundos se olvidó de gritar, incapaz de comprender por qué ignoraban su voz de mando o por qué sus compañeras no gritaban pidiendo auxilio. No se quedó inmóvil hasta que sintió la presión del acero y reconoció, al fin, al intruso que obraba tan increíble magia.
Tú —logró articular el Maede—, eres el dotado de Llia'res. ¿Cómo...?
Caradhar experimentaba la sensación de haber vivido ya aquella escena en la que un hombre a sus pies, con la punta de un arma en su garganta, lo contemplaba con ojos implorantes. Se inclinó sobre su presa. Quería estudiarla con detenimiento, comprobar si sus ojos le recordaban a los de Nestro. Se miró en ellos durante unos instantes que a Killien se le hicieron eternos.
No sintió nada especial.
El elfo hundió la hoja en el cuello del Maede y aguardó a que dejara de sacudirse. Después esperó aún más, acercando el oído al pecho de su víctima. Su corazón se había detenido. Bajó de la cama, miró a su alrededor y se cercioró de que el resto de los ocupantes de la habitación continuasen dormidos. Limpió el puñal en las sábanas y salió a toda prisa, atravesando el corredor por el que había llegado.
Cuando ya se creía a salvo, un brazo surgió de las sombras y lo agarró por la frente antes de que pudiese reaccionar. Sufrió el mordisco de una hoja en la carne, la cálida humedad de su propia sangre, que se deslizaba cuello abajo... Antes de que la herida profundizase más, la presa que lo sujetaba se aflojó.
Al volverse, con la mano en el corte, descubrió el cuerpo muerto de un Sombra y a un segundo encapuchado que se guardaba una daga ensangrentada entre los pliegues de sus ropas negras. A primera vista no logró distinguir si se trataba de su aliado, hasta que se percató de que era, sin duda, más alto. Su salvador se llevó el dedo índice a la nariz, se propinó dos golpecitos y alzó la comisura derecha de los labios en una media sonrisa. Después le señaló la salida y se volatilizó.
Caradhar siguió su ejemplo y corrió a su habitación, tras detenerse un único momento para librarse del puñal anónimo. Allí hizo desaparecer cualquier traza de su aventura nocturna, incluida la herida del cuello y las ropas ensangrentadas, y se tendió para pretender que dormía, perdido en conjeturas sobre el Darshi'nai desconocido. Y he aquí que oyó un susurro y, al girarse, distinguió a su familiar visitante de negro en una de sus posturas habituales sobre el colchón. La luz de la luna reveló que tenía el labio partido y la mitad inferior de su rostro cubierta de sangre reseca. Frunció el ceño, sin comprender.
Quedaba uno —confesó, al fin, el Sombra—. Después de drogar a los guardias y al resto creí que los había neutralizado a todos, pero quedaba un Darshi'nai del Maede. Si mi neidokesh no hubiera sido rápido...
¿Tu qué?
Mi mentor, mi maestro, quien me hace probar el gusto de mi propia sangre. —Sonrió con desgana—. Supongo que me lo merezco. Oye, ¿es cierto que te has cargado al Maede? ¿Cómo? ¿Localizaste un antídoto en el laboratorio?
No.
¡No lo entiendo! ¿Por qué esa ansia de ser admitido allí, entonces? Y, si no conseguiste nada para inmunizarte, ¿cómo te las has arreglado para resistir?
No recibió contestación. Si Caradhar mismo ignoraba por qué era inmune a la voz de mando, ¿qué habría podido decir? Persistía, además, su malestar por el episodio con Nestro. Afirmar que lo era era igual a reconocer que había acabado con una vida sin necesidad. Ahora el equilibrio se había restablecido, y eso era cuanto le importaba.
El interrogatorio del espía se interrumpió de súbito después de que su finísimo oído captara algo. De un salto llegó a la ventana.
¡Mierda! Se oyen voces, me he demorado demasiado. Escucha, no actúes de manera sospechosa ni tampoco se te ocurra quitarte de en medio. ¡Aún no he terminado contigo!
No esperó más para esfumarse en la noche. Al poco, Caradhar empezó a oír ese rumor mencionado por el Sombra. Esperó a que el ruido aumentara antes de salir y unirse al creciente clamor, como si fuese uno más de los curiosos y los asustados.

Por inconcebible que pareciese, Killien había sido asesinado. El descubrimiento de los cadáveres de tres Darshi'nai llevó a la guardia a deducir que otra Casa rival había enviado a sus propios Sombras y que estos habían tenido éxito. Pero ¿cómo? Varios consejeros al borde de la histeria llamaron a la puerta de Corail en busca, paradójicamente, de consejo. «Acabo de dar a luz y acabo de perder a mi esposo. ¿Qué más esperáis de mí? Sabéis bien que debo preparar su funeral. Entre tanto, sed comprensivos y considerad que Casa Elore'il sigue teniendo un Maede», fue la poco útil réplica que les dijo. Por su parte, el nuevo Gran Alquimista no hacía gran cosa aparte de frotarse las manos, presa del temor a que pudiesen achacar la muerte de su señor a una negligencia por su parte.
Mientras tanto, Caradhar pasó las horas recluido en su habitación. Al anochecer fue convocado a los departamentos de la Maediam, donde una asombrada dama de compañía lo guio al aposento privado de su ama, allá donde nadie más era admitido. El lugar estaba en silencio salvo por los quedos balbuceos que brotaban de una enorme estructura de maderas nobles y colgaduras de gasa e hilo de plata. Una cuna.
Corail no tardó mucho en acudir. Se mostraba serena, bella aun con sus vestiduras de luto, si bien un poco pálida. Sonrió y caminó, orgullosa, hacia la cuna. El joven elfo no tenía experiencia con ese tipo de acontecimientos, pero se sorprendió de encontrarla en tan buena forma. Supuso que habría recibido los servicios de otro dotado.
Y bien, ¿no quieres conocer al nuevo Maede de Casa Elore'il? —preguntó ella, sacando al bebé y sosteniéndolo con gentileza.
Caradhar caminó hacia ellos con reluctancia, incomodado por la situación. En cuanto al bebé, hasta él supo reconocer el aire de familia; finas hebras de cabello rojizo cubrían ya su cabecita.
La toma de contacto fue interrumpida por un ruido a sus espaldas. Sobre el umbral que traspasara su madre se alzaba la figura de la doncella muda. El miedo distorsionaba sus facciones, la sangre cubría el borde de su camisón blanco. Aunque apenas se sostenía en pie, intentaba desesperadamente comunicarle algo mediante gestos. Al final señaló al bebé y luego a Caradhar mientras suplicaba comprensión.
Los ojos de Caradhar saltaron de un rojo a otro, de las delicadas hebras a las manchas que salpicaban la tela y las piernas de la muchacha. Era una visión tan hipnótica que no llegó a notar la furia de Corail al devolver al pequeño Maede a la cuna y dirigirse hacia la intrusa, a quien sacó a rastras. Durante unos instantes se escucharon sus débiles gemidos de dolor y el sonido de una pesada puerta que se cerraba; luego todo volvió a quedar en silencio.
¿Qué le ha pasado? ¿Qué es todo esto? —preguntó a Corail cuando regresó, el ceño fruncido por la desconfianza.
Debí haberme ocupado de ella. En cualquier caso, olvídala, ya no tiene nada que ver con nosotros. Pensaba decírtelo, te doy mi palabra, solo lamento que haya de ser así. —Lanzó un sentido suspiro y se acercó de nuevo a la cuna—. Caradhar, era cierto que ya no podía ser madre. Este bebé, el heredero de la Casa Elore'il , no es mi hijo —se volvió y lo miró a los ojos—, es tuyo.
La cabeza del joven comenzó a dar vueltas mientras negaba tal posibilidad desde todos los ángulos. Era absurdo, una mentira ridícula, él nunca se había prestado a ello. Aun así... Una diminuta posibilidad acudió a su memoria: las imágenes de aquellas noches en la Zanja, la joven doncella que se deslizaba en su dormitorio, dentro de su cama. No, no, Corail habría sido incapaz de urdir algo así. Ella...
La sangre abandonó su rostro.
Si hablas —prosiguió La Maediam—, privarás al pequeño de sus futuros derechos y nos condenarás a todos. En cambio, si permaneces en silencio y dejas que me ocupe de él, le convertiré en el Maede más poderoso que hayan conocido Casa Elore'il y Argailias. Y tú siempre serás su padre. Permanecerás aquí y serás el dotado que vele por él, ¿verdad?
»Acércate, mi querido Caradhar. Contempla a la carne de tu carne.
Caradhar cerró los ojos. Una presión creciente en su pecho le impedía respirar con normalidad, una mezcla de turbación, ansiedad, ira, expandiéndose como una burbuja. Esa sutileza al dirigirse a él, sin hacer mención al hecho de su parentesco... Porque no estamos en tu escondrijo seguro y es peligroso, divagó, porque ya no importa que seas mi madre, sino que yo soy su padre. Y tenía que ser yo, no te valía otra marioneta. Querías tu sangre en el sitial de Elore'il y eso es lo que has conseguido. Consideró tomarla por el fino cuello y apretar hasta partírselo. Consideró gritar con toda la fuerza de sus pulmones y hacer pedazos la habitación, sin importarle que hasta el último habitante del edificio descubriese su secreto. Consideró, en fin, hacerse un ovillo en el suelo y no volver a moverse. ¿Para qué? Hasta donde le alcanzaba la memoria, sus decisiones nunca habían sido suyas, siempre había sido el juguete de alguien. La toma de conciencia de este hecho lo golpeó con tanta fuerza que casi lo sintió en su cuerpo.
La burbuja dentro de él explotó y no dejó nada atrás, tan solo un cansancio infinito.
No —dijo, simplemente. Sus ojos recuperaron el hielo habitual.
Nada ha cambiado, Caradhar, excepto para mejor. Eres libre de pertenecernos, igual que los miembros de una familia. Tu única familia.
Familia... Ese crío es tan hijo mío como yo soy hijo de mi madre. —Tranquila, no te delataré, pensó. Si las apariencias son cuanto te importa, puedes quedártelas—. Después de todo, ¿qué se yo de esas cosas? Nada. No me quedaré, mi vaiam, recogeré mis pocas pertenencias y me marcharé enseguida de la Casa. ¿Deseáis mi silencio? Esa es la condición. No voy a seguir siendo el títere de nadie.
Caradhar, este es tu sitio. ¿A dónde ibas a ir? Aquí serás... serás más querido que en ningún otro lugar. —Se aproximó a él y posó la mano sobre la espalda que ya se presentaba ante ella. Su voz era suave, plañidera. Irresistible—. ¿Vas a abandonarme?
»Te lo ruego, no abandones a tu familia. Te lo ruego.
El elfo se detuvo y se giró para mirarla por encima del hombro. Por primera vez, le sonrió; era la sonrisa más amarga que ella había visto en su vida.
No lo detuvo mientras salía. Ni siquiera cuando la voz ronca que era su sombra diaria se materializó en un extremo de la habitación y sugirió:
Es muy peligroso permitirle partir. Ya ha cumplido su cometido, si no me equivoco. Mandaré que lo encierren o me desharé de él.
No harás nada de eso. —La suavidad de la voz de Corail adquirió la dureza de un diamante—. Pediré tu cabeza si tocas un pelo de la suya. No, déjalo que se vaya. Si no me equivoco, no irá muy lejos, y la distancia lo ayudará a calmarse y a recapacitar.
¿Por qué tantos miramientos? No os entiendo, mi vaiam, no entiendo que arriesguéis tanto por él. ¿Qué lo hace tan especial?
Eso será todo por ahora —dijo la Maediam tras una pausa en lugar de las explicaciones pedidas por su acompañante—. Ocúpate del resto de las órdenes que sí te he dado. Y ahora déjame descansar.

Caradhar cumplió su palabra. Preparó un paquete con dos o tres cosas imprescindibles —la fórmula robada, la cajita de Ummankor, su puñal—, se echó una raída capa de viaje sobre los hombros y lanzó un último vistazo al que había sido su rincón privado durante aquellos meses. No era la nostalgia lo que le movía; esperaba, quizá, que una voz burlona le dedicase unas pocas palabras antes de abandonarla. No obstante, nada llegó a turbar el silencio.
Se deslizó hasta la salida de los sirvientes, cruzó las puertas y emprendió su camino en la oscuridad, dejando atrás Casa Elore'il.




FIN DE LA PRIMERA PARTE 






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