2017/07/31

EL DON ENCADENADO III: Los brazos de un amante, los brazos de una madre





La Maediam Corail era una visión digna de contemplarse: el bello rostro reclinado en una mano perfecta, las mangas de finísima gasa que apenas velaban el bien torneado brazo, los hombros cubiertos por una multitud de pequeñas trenzas entretejidas con hilos de plata... En su presencia, nadie desaprovechaba la oportunidad de mirarla a placer, tanto como lo permitían las formas. De hecho, cuando Caradhar acudió aquella mañana a sus departamentos privados, Nestro ya estaba allí, dedicado a tan agradable tarea. No iba a reprochárselo. A pesar de la diferencia de edad, él mismo encontraba a aquella elfa irresistible.
Pero cuando el dotado se hizo notar, al maestro de armas no le costó nada volver la cabeza y darle la bienvenida con una sonrisa complacida. A diferencia de su primer encuentro, el muchacho no interrumpía nada; su presencia duplicaba el número de cosas hermosas que disfrutar en la habitación.
He aquí a tu pupilo, Nestro —dijo la dama, señalándole al recién llegado una silla—. ¿Sus habilidades marciales son dignas de tu maestría?
Lo serán cuando termine con él, os lo garantizo. Aunque he de decir que no carece de cualidades innatas para blandir la espada. —Nestro soltó una risita y sus ojos chispearon. Caradhar entendió al punto que no se refería a ese tipo de espada.
Celebro oírlo. Por mi parte, sospecho que todo lo que hace es anhelar los laboratorios de Llia'res.
Sobre eso no puedo hacer nada. ¿Es cierto, muchacho? ¿Prefieres rodearte de brebajes malolientes que...cruzar hojas conmigo?
No alcanzo a ver para qué me servirá.
Ya te ha sido explicado. Entre las obligaciones de la guardia personal del Maede está garantizar su seguridad.
Garantizar su seguridad... Ni siquiera he sido llamado a su presencia.
Oh, sé paciente. Mi marido no es amigo de pasearse en público, tendrás que aprender a ganarte su favor.
Me sorprende que Llia'res aceptase dejar marchar al chico —confesó Nestro—. Un pobre maestro de armas como yo es una cosa. Ahora bien, un dotado... Mi vaiam Corail es, sin duda, muy persuasiva.
Por supuesto, mi hermano también está interesado en mantener una buena relación entre las dos Casas. No sé si me estás halagando o censurando, Nestro. —Corail arqueó las cejas en fingido reproche.
Pongo mi cabeza a vuestra disposición si alguna vez me atrevo a censuraros, mi vaiam. —El maestro de armas la inclinó acto seguido, en un exquisito gesto de cortesía—. Sabed que sería el último en criticar esta o cualquier otra decisión que hayáis tomado en el pasado.
Caradhar asistió al intercambio de frases con curiosidad. La deferencia inicial de Nestro a la Maediam estaba ahora entrelazada con pequeñas alusiones a la debilidad que sentía por el dotado. Aunque prendía en él una chispa de satisfacción, le hacía asimismo preguntarse si la dama no habría de notar lo que sucedía entre ambos. A la salida, Nestro hizo una nueva reverencia y se llevó su mano a la frente.
¿Siempre de mi lado? —preguntó Corail.
Siempre.
Y, haciendo gala de una gran audacia, el elfo la retuvo durante un lapso de tiempo muy poco decoroso antes de despedirse. Al alejarse por el patio interior, el dotado le preguntó, en voz baja:
¿Os acostáis con ella?
El elfo de más edad parpadeó, tomado por sorpresa. Costaba trabajo acostumbrarse al carácter tan crudo y directo del muchacho.
Vaya, vaya, no nos andamos con rodeos —bromeó cuando recuperó la voz—. ¿Por qué? ¿Celoso?
No, es simple curiosidad.
Nestro le lanzó una mirada de advertencia.
La Maediam es muy hermosa, sí, pero también es una dama sobre cuya honorabilidad no se puede arrojar una sombra. Es mejor que recuerdes eso, Caradhar. Además... he de admitir, con cierto embarazo, que no frecuento otras camas estos días. Mis jóvenes muchachas acabarán por darme por perdido, ¿sabes? Tú agotas todas mis energías.
»Es por ello justo, supongo, que yo pretenda agotar todas las tuyas.





El brazo más estirado, la pierna más adelantada, la espalda más recta. Mal, mal, mal.
Dado que la noche estaba al caer, en la sala de entrenamiento solo había un puñado de elfos practicando. Todos eran novatos con sus mentores. Aquellos que disfrutaban la ¿suerte? de contar con su propio instructor personal recibían un entrenamiento más exhaustivo, pero los instructores tenían sus propias obligaciones que atender durante el día, así que las clases extras debían limitarse a los ratos en los que estos quedaban libres. Tal era el caso de Nestro y su apretada agenda de maestro de armas. Resultaba admirable que aún le quedasen ímpetus para dedicar aquellas veladas a su nuevo pupilo..., sin contar lo que solían hacer aún más tarde.
El elfo era un maestro exigente que no dejaba nada a medias. Si se iba a ocupar de adiestrar al joven, los dos se emplearían a fondo, y más habría de valerles a aquellos delgados brazos ser capaces de sostener una espada. Y durante semanas, y a pesar de las protestas de Caradhar, se cercioró de que así fuera.
Lanzas la estocada como un niño de pecho, así no atravesarías ni un pichón. He visto damas remilgadas en el comedor clavar el tenedor con más energía que tú. No, no, te lo advierto: si dejas caer la espada, la ira de los dioses no será nada en comparación con la mía. —La sala se fue vaciando mientras Nestro seguía gritando órdenes y haciendo comentarios sarcásticos—. No está mal esa pose, te alabaría el esfuerzo si fueses cojo y manco. Y ahora supongamos que conservas los dos brazos y las dos piernas...
El maestro de armas se acercó a Caradhar y corrigió algunos de sus fallos. Este casi dejó caer la espada ante la rudeza con la que su mentor lo sacudió.
Esto os encanta, ¿verdad? —masculló el dotado, la comisura de sus labios arqueada en una mueca cínica.
Nestro miró alrededor; solo quedaban ellos dos. Visiblemente más relajado desde su posición a la espalda del joven, con los dos brazos derechos estirados en paralelo, acarició la muñeca que sujetaba y deslizó la otra mano desde la esbelta cintura al vientre, introduciéndola bajo las ropas. Algunos cabellos rojos se habían soltado de la cinta y estorbaban el camino de sus labios hacia el cuello. Tras apartarlos de un soplido, besó y mordisqueó con pasión; la suficiente para dejar marcas rojas que desaparecieron enseguida.
Deberías probar a tutearme, al menos en privado. Y por supuesto que me encanta. Cuando empezamos te advertí que iba a hacer de ti un espadachín decente, y aquí —palpó el bíceps y los abdominales del joven— han brotado músculos que no estaban antes. Si me vas a colocar siempre en el extremo que recibe —la mano sobre el vientre se coló bajo la cintura de sus calzas— este es el único lugar que me queda para reivindicar mi fuerza.
Para satisfacción de Nestro, la respiración del dotado se tornó más agitada. Atrás había quedado aquella idealización suya de un Caradhar delicado al que podría manejar igual que a una de sus amantes. A veces se avergonzaba cuando rememoraba la forma que tenía de dominarlo en el lecho. Dónde habría aprendido aquel condenado chico todo aquello y por qué no le permitía hacerle lo mismo siquiera una vez, solo los dioses lo sabían. Jamás hablaba de sus anteriores experiencias; cualquier tentativa de sacar el tema desembocaba en un silencio hosco o una huida en toda regla. Bien, quizá algún día cambiara de idea. Esperaría.
Uh, ¿debo entender que la clase ha concluido por hoy? —preguntó el dotado, entre jadeos.
El brazo de la espada se rindió y la apoyó en el suelo. Nestro no respondió, sino que arrancó la cinta del pelo con los dientes y liberó sus cabellos, en los que sepultó el rostro. El aroma de los dotados era dulce, diferente al del resto de los elfos. Aspiró con deleite y lamió la piel de su nuca y de sus hombros.
Estoy cubierto de sudor. Deberías... ah... esperar a que tomase un...
¿A quién le importa? Hmmm... Así ya hueles y sabes mejor que nadie con quien haya estado, es increíble. ¿Qué clase de conjuro has tejido en torno a mí, maldito hechicero?
La mano dentro del pantalón aceleró el ritmo. La que sujetaba su brazo se deslizó hacia la zona por encima de los muslos y comenzó a juguetear a su alrededor, hasta que Cardhar lanzó un gemido ahogado y se estremeció. Entonces soltó el arma, que rebotó en la piedra con un estridente sonido metálico. Nestro aguardó unos segundos a que su respiración se calmara. Al sacar la mano húmeda de los pantalones, sonrió.
Has dejado caer la espada. Ahora tendré que pensar en un castigo ejemplar.


Era el lugar más extraño para un encuentro con un miembro de una Casa noble. Y, no obstante, allí estaba Caradhar, ante una puerta sucia y despintada en uno de los callejones exteriores de la Zanja. Por suerte para él, no había tenido que adentrarse en las entrañas de aquel laberinto de proscritos y criminales. Hasta el más temerario habría comprendido el peligro de acudir allí sin un guía local.
Tras comprobar que el puñal de su bota estaba en su sitio, golpeó según la señal convenida. La puerta se abrió al instante, desvelando un amplio recibidor, un corredor decorado con elegancia, una fina cenefa de frescos y candelabros de bronce. El contraste con la miserable fachada era tan notable que le costó creer que no se había movido de la peor parte de la ciudad. Fuera como fuese, el entorno no le ofreció ninguna pista sobre la identidad del misterioso dueño, así que se limitó a seguir a la silenciosa persona que le había franqueado la entrada; una elfa, a juzgar por su silueta bajo la túnica encapuchada.
Lo hicieron esperar en una pequeña sala sin ventanas ni tapices, aunque arreglada con idéntico gusto. La misma elfa de la puerta lo siguió poco después con una bandeja de bebidas. Llevaba la capucha bajada y Caradhar pudo contemplar su delicado rostro mientras le escanciaba una copa de vino. Extraño sitio para una chica bonita, pensó. Poco imaginaba que la otra ocupante de la vivienda estaría aún más fuera de lugar que ella: precedida por el susurro de la seda al deslizarse, la Maediam Corail en persona hizo su aparición en la estancia. El sorprendido Caradhar posó la copa y se levantó. Corail le regaló una de sus sonrisas de miel, tomó asiento junto a él en el diván de brocado y tiró de su mano para que la imitase.
Mi vaiam...
Mi querido Caradhar, me alegro de que hayas localizado la casa sin percances.
¿La nota en mi escritorio citándome aquí era vuestra? ¿Por qué? Esta zona es peligrosa.
Cierto, pero cuenta con una ventaja que no existe en Elore'il, la privacidad completa. Es mi escondite secreto, mi refugio. Aquí podremos hablar sin que nadie nos escuche.
Le ofreció de nuevo el recipiente. Al sujetarlo, sus dedos se rozaron, manteniendo el contacto el tiempo suficiente para que el joven notase la suavidad de su piel. Ella no pareció ofenderse; sus párpados cayeron de una manera que mostraba a todas luces lo cómoda que le resultaba tal intimidad. Ligeramente turbado por aquel ambiente, Caradhar lo vació y volvió a llenarlo. Aunque el alcohol no intoxicaba a los dotados y él ni siquiera podía saborearlo, seguía conservando la propiedad de infundir ánimos.
¿De qué queréis hablarme?
De muchas cosas. De tu estancia en la Casa, en primer lugar. ¿Te tratan todo lo bien que te mereces? ¿Eres feliz?
Caradhar le lanzó una mirada vacía, como si no entendiese por qué su señora habría de molestarse en hacerle semejante pregunta. Sabiendo que se esperaba de él alguna respuesta convencional, musitó:
Yo... supongo que sí.
¿Hay algo que eches de menos y que esté en mis manos ofrecerte?
Mis estudios de alquimia. Me dijisteis que tuviese paciencia pero ya han pasado muchas semanas y nada ha cambiado. De hecho, esta es mi primera salida autorizada de Elore'il desde que estoy allí.
¿Te sientes un prisionero?
Me gustaba acompañar a los aprendices en las visitas a Therendanar. Solo es una jornada de viaje.
Es natural que Elore'il limite tus movimientos. Eres un recién llegado, y demasiado valioso. Oh, mi pobre muchacho... —El roce sobre los dedos se trasladó a la mejilla. Para ello, Corail acortó distancias en el diván—. Te prometo que usaré mi influencia para conseguir que te envíen fuera muy pronto. Entretanto, procuraremos hacerte la vida más fácil. Aunque no todo ha sido tedioso, ¿no es cierto? He oído que Nestro y tú habéis desarrollado... cierto grado de proximidad.
¿Hay algún problema con eso? —inquirió un tenso Caradhar.
En absoluto, querido, si es lo que deseas. Cultivar la... amistad entre varones nunca ha estado mal visto en los círculos nobles. Siempre y cuando, claro está, se guarde un poco de afecto para las muchachas. ¿Te gustan las chicas?
Sí.
Me alegra oírlo. —Corail apartó una hebra rebelde del rostro del dotado y acarició su cabellera roja—. Y dime, ¿qué tipo de chicas te atraen?
Estaban tan cerca que sus rodillas se tocaban y el aliento cálido de la elfa bañaba sus labios. En medio de la oleada de señales, ante aquella mirada inequívoca, cabía una única interpretación: que ella lo deseaba y lo había atraído a aquel agujero apartado para tenerlo sin peligro de testigos. Caradhar estaba seguro. ¿Y por qué no dejarse llevar? Era cautivadora y hermosa, tan hermosa...
Cuando, ya sin más razonamientos, se inclinó y terminó de salvar la distancia entre ambos, Corail interpuso la mano en su camino. Era suave y tierna, pero dejaba claro que no pasaría de ahí.
Caradhar, aun con todo el afecto que has llegado ha inspirarme, más que ningún otro elfo de Argailias, no podemos tomar esa senda —susurró.
¿Es porque estáis casada? El Maede no lo sabrá por mí.
No, no es eso.
¿Entonces por qué me habéis citado aquí? ¿Por qué no queréis continuar ahora?
Porque... —Aspiró hondo—. Porque soy tu madre.
Las cejas rojas del dotado casi se tocaron ante lo que consideraba una broma incomprensible. Retrocedió hasta su extremo del diván y trató de buscar una explicación en los rasgos de la Maediam. Al no hallar ninguna, se levantó.
Os burláis —replicó, con voz átona.
Acababas de nacer, yo tenía apenas tu edad ahora y estaba soltera. Habría sido un escándalo para Llia'res y el fin de todas mis expectativas, así que lo oculté tras arreglar que te criasen en la Casa. A pesar de nuestra separación, nunca he dejado de preocuparme por ti. Y ahora... Ahora estás conmigo. Juntos de nuevo para conocernos, para forjar el vínculo que siempre debimos tener.
Nunca habéis dejado de preocuparos. —Sus palabras sonaron tan gélidas que fue imposible distinguir si encerraban resentimiento o ironía. Tras ajustarse las ropas, alcanzó la puerta de la sala—. Es la hora de mi entrenamiento. Si no deseáis nada más, regresaré a Elore'il.
¡Caradhar! Sé que es difícil y no te pido que lo aceptes al instante, pero medítalo. Escúchame, perdóname, dame una oportunidad. Todos estos días juntos... ¿No sentiste que había algo especial entre nosotros? Por favor, no te vayas así. —Lo alcanzó e intentó, inútilmente, retenerlo. Suspiró—. Esperaré, esperaré el tiempo que haga falta. Solo ten una cosa presente: no debes contárselo a nadie. Si el rumor llegase a oídos del Maede, yo estaría perdida y tú también.
»He puesto mi vida en tus manos. Te ruego que consideres lo mucho que significas para mí.
Ni un grito, ni un reproche. Después de semanas de estudiar al reservado e indiferente muchacho, la falta de reacción no habría debido tomar a Corail por sorpresa. Pero ese vacío tan completo... Había renunciado a otros medios, como la seducción o la promesa de riquezas, para ganárselo. Había arriesgado lo indecible confiándole la verdad. Había dejado atrás la seguridad de Elore'il, la protección de sus guardaespaldas, para que nadie más averiguase su secreto. ¿Sería capaz su hijo, que no manifestaba ninguna lealtad hacia nadie, de mostrarse leal con ella? Poco podía hacer, salvo confiar en su instinto y ser paciente.
Revivió con inquietud el rostro de Caradhar al partir, luchando por recordar si sus ojos solían estar tan fríos y desprovistos de interés. Aunque no fue consciente entonces, el gesto no era nuevo entre ambos; era la misma mirada que ella le dedicara el día en que le dio a luz.


Para los aspirantes a la guardia de Casa Elore'il había llegado el momento de realizar su primera misión de campo, un paso decisivo en la consecución del rango y la armadura oficial. Caradhar se las había arreglado para formar parte del grupo. No era nada común que un dotado fuera incluido en esas expediciones, y el hecho despertó suspicacias entre algunos altos rangos, pero nadie se atrevió a poner pegas al visto bueno del maestro de armas. El joven no se hacía ilusiones al respecto: si bien le habría gustado creer que el permiso se debía a sus propios méritos, sabía de sobra que era la Maediam quien estaba detrás de todo, tal vez en un intento de recuperar su confianza. No había vuelto a hablar con ella tras la revelación de la Zanja, aparte de una entrevista fugaz y saldada con monosílabos; habría podido decirse que la dama —su madre— respetaba su periodo de reflexión y lo sobornaba con la anhelada salida que tantas semanas llevaba esperando. Nada en Caradhar delataba lo que pensaba al respecto. Sentía verdadera curiosidad por el lugar objetivo de la expedición y planeaba concentrar sus energías en ello.
En un agostado valle en medio de la frontera entre Therendanar y los territorios élficos se agazapaban algunas de las consecuencias vivientes de la rotura del tejido mágico y de la Gran Blasfemia. Según había quedado registrado en algunas crónicas olvidadas, los primeros experimentos que Therendas y sus discípulos perpetraron sobre los tejedores de hechizos, cuando los alquimistas aún se movían en la oscuridad, dieron como fruto terribles abominaciones. Los horrorizados humanos se libraron de ellas y pusieron gran empeño en que sus fracasos no vieran la luz. Algunos de aquellos seres, sin embargo, escaparon con vida de los laboratorios subterráneos. Cómo llegaron hasta el valle, se ocultaron, se multiplicaron y corrompieron la red de cavernas que serpenteaba en las entrañas de las montañas a su alrededor seguía siendo un enigma hasta entonces.
Años y años de práctica alquímica habían convertido el lugar en una especie de vertedero a donde iban a parar los experimentos fallidos. Por alguna razón desconocida, las abominaciones nunca lo abandonaban, así que humanos y elfos se limitaban a emplazar destacamentos de guardia en sus respectivas zonas de influencia, junto con algunos audaces investigadores en sus laboratorios de campaña. El pueblo llano rehuía la zona, conocida como el Valle de Ummankor, y hablaba de aquellas tierras con temor supersticioso.
Casa Elore'il tenía asimismo su propia agenda en Ummankor y sus investigadores trabajando a las órdenes del Gran Alquimista. Ante la falta de noticias de uno de los destacamentos se habían enviado exploradores, cuyos informes reportaron la pérdida total de los efectivos. Ese fue el motivo de que se organizase una nueva expedición, integrada por los aspirantes y cierto número de veteranos, para recuperar los cadáveres y todo el material posible. El Gran Alquimista había hecho gran hincapié en el material.
El emplazamiento estaba desierto. Los cuerpos muertos de varios elfos yacían en el suelo del laboratorio de campaña, entre viales rotos, libros deshojados y retorcidas piezas de metal. Los jóvenes guardias —Caradhar incluido—, los oficiales y los alquimistas emprendieron las tareas de recuperación.
Aunque el dotado había recibido la orden expresa de permanecer con los civiles, no desaprovechó la ocasión de apartarse del grupito y fisgonear. Al final, algo llamó su atención entre los restos, el lateral de un pequeño cofre decorado que sobresalía bajo una pila de pergaminos hechos jirones. El sello del cierre, un ser mitológico compuesto por partes de diferentes animales, le resultaba muy familiar. No dejó de darle vueltas hasta que recordó que era el escudo de armas personal del Gran Alquimista. Su instinto entró entonces en juego y le susurró que debía hacerse con aquel objeto. Tras cerciorarse de que nadie lo observaba, se acercó a la pila y escamoteó el cofre deslizándolo en el interior de su armadura.
Las labores de rescate se completaron en poco tiempo, con lo que su estancia en Ummankor fue mucho más breve de lo que le hubiese complacido. No opinaba así Nestro, quien lo recibió en Elore'il con gran alivio, tras días de preocuparse por su suerte en los peligrosos dominios de las abominaciones. En cuanto cayó la noche, el maestro de armas se precipitó en su dormitorio, lo aprisionó contra el colchón como solía y lo cubrió de caricias feroces antes de rendirse y darle la espalda.
Caradhar aún estaba despierto cuando lo sorprendió la madrugada. Nestro, en cambio, había caído exhausto tras una intensa sesión para recuperar el tiempo perdido. Al contemplar su atractivo rostro en calma, el dotado reflexionó sobre las largas semanas que llevaban acostándose y lo poco que sabían el uno del otro. No era que le importase; después de todo, acostumbraba a dispersarse cuando el otro parloteaba sobre sus hazañas con la espada o sus conquistas. Ahora bien, ¿cómo habría de reaccionar Nestro si supiese uno solo de sus secretos? Que le había robado material al Gran Alquimista, que tal vez era el hijo bastardo de una noble...
Sacudió la cabeza y se acomodó. Compartir intimidades únicamente servía para meter a la gente en líos y por eso no lo había hecho nunca con nadie. Los amantes iban y venían, los problemas tendían a quedarse. Era mejor aprovechar la buena racha, aunque en el fondo sintiese un prurito de curiosidad por saber qué había impulsado a la Maediam a reconocer su parentesco tras todos esos años. Porque no era ningún ingenuo, sabía que debía tener un motivo.
Siempre lo tenían.



Justo cuando Caradhar se rendía al sueño, Corail atendía en su salón privado a su particular visitante misterioso de la voz profunda.
¿Cómo está? —preguntó ella sin rodeos—. ¿Se desenvolvió bien en Ummankor? ¿Se expuso a algún peligro?
La zona estaba tranquila y bien defendida. No llamó la atención sin necesidad ni se comportó de manera inapropiada. Excepto...
¿Excepto?
Poca cosa, se quedó con algo que encontró entre los restos. Ordenaré que registren sus pertenencias para averiguar qué es.
Déjalo estar. Es joven, tiene derecho a ocultar algún que otro secretillo. Y dime, ¿qué está haciendo ahora?
Durmiendo. Con el maestro de armas, según es su costumbre.
¿De qué suele charlar con Nestro? —preguntó Corail al descuido mientras jugueteaba con su colgante de plata—. ¿De qué charla con cualquiera, en realidad?
Ya os respondí a eso, ni es un gran hablador ni se le da muy bien escuchar. No suele relacionarse con nadie, menos aún desde que tiene compañero fijo de cama. Responde a las preguntas de sus profesores y poco más.
Hmmm. ¿Y eso no ha cambiado en estos últimos días?
No. Debería preocuparos más otro tema: vuestras reuniones habituales con esos dos han acabado por llamar la atención del Maede. Eso traerá consecuencias.
Sí, supongo que no te falta razón. ¿Qué me aconsejarías al respecto?
Creo que es evidente, mantener las distancias.
Ah... —El colgante se soltó y le resbaló de las manos. No llegó a tocar el suelo, pues su acompañante lo interceptó a medio camino y se lo devolvió—. Mucho me temo... que eso no entra en mis planes.





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2017/07/24

EL DON ENCADENADO II: Las armas del maestro






Caradhar, por Mar Espinosa



A diferencia de su época en Llia'res, donde siempre se buscaba algo que hacer, la vida parecía discurrir despacio para Caradhar mientras en torno a él todo se movía deprisa. En aquella disciplinada organización diaria de sirvientes, soldados y funcionarios, a nadie le sobraba tiempo para detenerse y encomendarle alguna tarea o intercambiar unas palabras con él. A veces tenía la impresión de que no lo veían o, mejor dicho, que estaban entrenados para no verlo, como si una entidad invisible hubiese dado órdenes de que era una pieza suelta y no debía contarse con ella hasta que le asignaran un hueco. Poco importaba con quién intentara hablar o en qué parte de la Casa intentara colarse: la mayoría de las veces recibía una frase corta por toda respuesta o era devuelto a las zonas comunes sin más comentarios. Corail fue la única persona con la que conversó de veras durante las escasas ocasiones en las que fue convocado. Y no era que echase de menos las charlas banales, pues hablar y socializar nunca habían sido sus pasatiempos favoritos; era la inactividad lo que le hacía añorar su antiguo puesto en Llia'res. ¿Divertirse? ¿Acaso la Maediam sabía lo que le pedía?
Por suerte para él, no tardó en descubrir que las noches eran muy diferentes en Elore'il. Cuando desaparecía la luz y concluían las rutinas cotidianas, el ánimo de la Casa se volvía más receptivo con ayuda de los barriles de la bodega. Fue su oportunidad de explorar y conocer a algunos de sus habitantes, como había sugerido la Maediam. Y de divertirse.




Al girarse, se encontró con los ojos de la joven elfa clavados en él. Estaba tumbada boca arriba sobre la cama, con la cabeza colgando desde el borde. Desde aquella posición invertida, su melena castaña era una lisa cortina sedosa que llegaba hasta el suelo, y su boca, curvada en una sonrisa ladina, dotaba a su rostro de una curiosa apariencia de depredador.
Todavía eres un chiquillo. ¿Dónde están tus músculos? —se burló ella, estudiando su cuerpo desnudo de arriba abajo—. ¿Y se supone que vas a formar parte de la guardia? Pues ya puedes rogarle a Nestro que se emplee a fondo contigo, ¿eh?
El joven pelirrojo se arrastró hacia la mesa central de su habitación y sirvió dos copas de vino espumoso, receta especial de Therendanar. Lo cierto era que se sentía molesto por el reproche. Tenía en la punta de la lengua recriminarle a su acompañante que aquello no le había importado hacía un ratito, cuando aún se retorcía gimiendo de placer debajo de él, pero se contuvo. De vuelta en el lecho de sábanas revueltas, le tendió un copa a la elfa de lengua inquieta. Ella se giró sobre el vientre y la aceptó con satisfacción.
Mmmm, ¡hace cosquillas! —exclamó, en referencia al vino. Tras vaciarlo de dos tragos, sostuvo el recipiente en alto para que se lo rellenara—. Así que eres un dotado. Nunca había tenido a nadie con el Don al alcance de la mano. Y menos en la cama... ¿Puedo? —La elfa rebuscó en sus ropas tiradas en el suelo, pescó una insignia de bordes afilados y, sin esperar permiso, hincó una de sus puntas en el costado de Caradhar. Para su asombro y deleite, la herida se cerró casi al momento—. Vaaaya... Sí que funciona rápido...
No soy insensible al dolor —se quejó él, con el ceño fruncido.
Ha sido un cortecito diminuto, no seas crío. Y dime, ¿qué estabas haciendo cerca del laboratorio a altas horas de la noche? Dotado o no dotado, si no hubiésemos dado contigo antes que los guardias del cambio de turno ahora estarías en poder del capitán, explicándole tu bonita historia. Y el capitán es famoso por su falta de paciencia y su ilimitado mal genio. Tienes suerte de que Nestro no te asesinara. ¿Cómo has conseguido engatusarlo? Ah, espera, ya lo recuerdo: tú eras de la misma Casa que él, ¿verdad? Bueno, todavía estará presentando su informe, así que tardará un poco. En agradecimiento hacia mí, tu obligación es seguir entreteniéndome hasta que vuelva. Habla, ¿qué esperabas encontrar? El laboratorio está totalmente fuera de los límites. Un chico como tú nunca tendría posibilidades de colarse.
Un instante de silencio, al fin... Caradhar miró a su alrededor y pasó revista a los acontecimientos de la noche. Su primer encontronazo con el maestro de armas tras su regreso había sido bastante lamentable. No había que ser un genio para leer en los ojos oscuros de Nestro lo mucho que lo irritaba lidiar con críos fastidiosos, pero ya nada podía hacerse. Tampoco sentía especial interés por agradarle. Lo importante, meditaba, era mejorar sus habilidades de sigilo para que no lo pillaran la próxima vez que rondase el laboratorio. Había estado tan cerca... Justo al otro lado de la estancia circular con los frescos, como había supuesto. Un poco más de tiempo y se las habría arreglado para echar un vistazo.
Acabó aceptando que había tenido suerte; de todas las personas que podrían haberlo descubierto, aquellas dos eran las únicas que no habrían de delatarlo ni tomar represalias. A la chica, que era miembro de la guardia, la había conocido hacía tres o cuatro días y se había encaprichado con él. En cuanto a Nestro, Caradhar creía que pasaría por alto la falta si respetaba las órdenes de la Maediam. De una manera u otra, el maestro de armas les había dicho que se quitasen de su vista mientras concluía su informe, y eso era lo que habían hecho.
En ningún lugar se especificaba que tuviesen que esperar por separado. O vestidos.
Sentía curiosidad —se decidió a confesar, al final, Caradhar—. Aún no he conocido al Maede pero he oído cosas sobre él, cosas que solo pueden explicarse con la ayuda de la alquimia. Quería echar un vistazo al lugar donde debe trabajar uno de los alquimistas más poderosos de Argailias.
Nadie que aprecie su vida trata de colarse en el laboratorio sin previa invitación. Créeme, chico: si quieres seguir creciendo, te guardarás muy bien de provocar al Maede. Imagina, se dice que mantiene una guardia personal por puro protocolo, porque es capaz de defenderse muy bien sin ayuda. Hay algo en sus palabras, en su presencia... No sé, el hecho es que nadie ha desobedecido una orden suya directa o emprendido un ataque personal contra él. —En la voz de la elfa había un toque de orgullo, y también de temor—. Nadie.
Pero eso es obra de una fórmula, no algo innato, ¿no? Pues entonces no me equivoco, el Gran Alquimista posee mucho talento.
Mejor no preguntes ciertas cosas por ahí si no quieres tener una experiencia desagradable. Aunque estás en lo cierto, es la mano derecha de nuestro Maede —añadió, con una sonrisilla enigmática.
Y ese poder suyo, ¿me afectará a mí también?
Puedes apostar a que sí. Tiene una especie de... aura que te embota los sentidos. Vamos, que si me hubiera ordenado ponerme a cuatro patas, ¡lo habría hecho sin pestañear, ja!
No me cabe duda.
Ante la evidente perversidad del comentario, la elfa vació su copa con un bufido y se la arrojó al joven, quien la esquivó con facilidad. Ella se arrodilló sonriendo con lascivia, su barbilla húmeda debido al hilillo de vino que se derramaba por la comisura de su boca. Caradhar interceptó con la lengua el líquido rosado hasta que su rostro acabó hundido en piel suave y cabello fragante.
¿Te gusta mi perfume? —preguntó la elfa, interpretando sus profundas inspiraciones como un intento de paladear su aroma—. Nestro me lo regaló. Dijo que volvería loco a cualquiera de mis amantes.
Y no has perdido el tiempo en correr a probarlo con otro —afirmó alguien, con voz sardónica, desde la puerta en penumbra. Era el maestro de armas.
El recién llegado echó el cierre y caminó despacio hacia los otros dos mientras se despojaba de la capa y los guantes. A la altura del lecho, alzó el rostro de la joven y la besó con toda la naturalidad del mundo. Ella respondió a la caricia con un roce de la lengua, sin cubrir su cuerpo desnudo. Resultaba obvio que no la incomodaba aquella situación, ya que comenzó a desatarle el tahalí para luego continuar con los costados de su armadura. En cuanto a Caradhar, tampoco se molestó en hacer concesiones a la modestia. Se limitó a observar la escena desde un revuelto nido de sábanas, con las piernas despreocupadamente separadas y una expresión de indiferencia que estaba lejos de sentir. Se preguntaba cuál era el motivo de esa visita. ¿Castigarlo por su infracción? ¿Sermonearlo? ¿Vengarse por pillarlo en la cama con la chica? Porque esos dos habían compartido intimidad antes, no cabía duda. Fuera como fuese, Nestro no llevó su familiaridad más allá. En cuanto se vio libre de las correas, retrocedió hasta una silla y se acomodó en ella.
Y bien, ¿qué tenemos aquí? —preguntó—. Al rondador de rincones prohibidos (cuya vigilancia me robará horas de sueño si no quiero que deshonre nuestra Casa madre) intimando con una de mis guardias.
No sabía que hubiese algo entre ella y vos —afirmó Caradhar a modo de excusa.
No, apuesto a que no te lo ha dicho. Pero esa es una cuestión secundaria, nunca me he tenido por alguien celoso. Mi intención al venir era ponerte en tu lugar respecto a la estupidez de esta noche. Por la diosa de la Luna que no esperaba toparme con... esto.
Cuando los ojos oscuros de Nestro se pasearon por la estampa que componían los dos jóvenes, su determinación de poner firme al protegido de Corail sufrió un ligero revés. Poco le había atraído la perspectiva de ser el niñero de un dotado, por más que una orden de la Maediam fuera sagrada e ineludible para él; ni le interesaban los críos ni solía fijarse en otros elfos varones. Pero ese joven dotado... Lo último que habría esperado era encontrárselo exhibiendo su desnudez sin una pizca de vergüenza, después de haberse acostado con su propia amante. Y por los dioses que era hermoso. El cuerpo todavía adolescente, de deliciosa ambigüedad salvo por la contundente prueba de su sexo, la larga melena roja sobre la piel pálida, los iris de fuego, aun en su aparente indiferencia... Su escrutinio quizá fue demasiado obvio, puesto que sus miradas se cruzaron. Para sorpresa de Nestro, Caradhar no apartó la suya.
Observo que mi pequeña muchacha se ha ocupado bien de ti —añadió con brusquedad, ocultando su fascinación con un viaje a la mesa para servirse su propia copa de vino—. No habría esperado otra cosa, siempre ha sido muy hospitalaria.
No estás enfadado, ¿verdad? —preguntó ella en un tono juguetón—. Tú siempre me has dicho que no debemos desaprovechar las oportunidades.
Claro que no. La cuestión es que soy una persona curiosa y me gustaría saber qué estabais haciendo antes de que yo llegase. ¿Qué te ha dado este chiquillo tierno para preferirlo antes que a un guerrero como yo?
¡No lo prefiero! ¿Por qué habría de preferirlo si puedo... teneros a los dos?
La muchacha sonrió con malicia y tanteó entre las piernas de Nestro. Aunque los avances no parecían molestarlo, el maestro de armas sujetó la mano indiscreta y la tomó por la barbilla.
Acabo agotado después de un largo día de trabajo, en su mayoría por culpa del chaval de ahí detrás. Y, cuando al fin quedo libre para relajarme, me encuentro con que la bonita dama en cuyo regazo iba a hacerlo se ha escapado para jugar, a mis espaldas, con mi problema pelirrojo. No, no estoy de humor para compartir lecho con dos inconscientes a un tiempo. Pero os doy mi permiso para que continuéis. Adelante.
Caradhar enarcó las cejas, desconcertado por escuchar semejante petición en lugar de gritos o un estallido de celos. Aún lo desconcertó más ver cómo la sonriente elfa hundía el rostro entre sus piernas para volver a afilar el arma que ya la había atravesado dos veces. Te paseas bien estirado con tu uniforme, actúas muy digno ante la Maediam, ¿y en realidad eres un pervertido al que le gusta mirar?, se preguntó, con una ojeada pasajera al observador.
Si la situación llegó a incomodarlo, el momento pasó muy rápido. Él no era nada recatado; de hecho, consideraba entretenido y excitante contar con semejante público. Tardó muy poco en volver a alzarse en todo lo alto de su gloria. Tomando a la elfa por las mejillas, pasó la lengua a lo largo de sus labios. Luego la hizo volverse, tiró de sus caderas hacia él, apuntó entre sus muslos abiertos y se tomó su tiempo penetrándola, poniendo buen cuidado en que Nestro no se perdiera detalle de su inmersión en las sedosas paredes que ambos ya habían disfrutado. Cuando comenzó a empujar, lo miró sin pudor entre la cortina desperdigada que eran sus cabellos. Escudaba su rostro tras la copa de vino, pero Caradhar poseía la experiencia necesaria para saber que su actuación no lo dejaba indiferente. Se fijó entonces en su ingle, en el claro abultamiento de la tela que la cubría. La visión lo impulsó a inclinarse sobre su pareja y embestir con más fuerza, su melena trazando un patrón de líneas rojas sobre la espalda arqueada. La joven hundió la mejilla entre las sábanas y gimió con deleite.
De acuerdo, me ha quedado muy claro a qué os dedicabais —admitió Nestro no bien los otros dos cayeron, jadeantes, sobre el colchón. Su voz sonaba algo enronquecida por el vino—. Debe ser maravilloso ser tan joven. Pero ahora, querida, he de pedirte que me permitas tener una charla con el nuevo miembro de la Casa. La disciplina no cede ante la diversión.
La expresión de Nestro ahogó las protestas en la garganta de la elfa, que se vistió con desgana y abandonó la habitación. En maestro de armas acudió de nuevo a trabar la puerta. No recuperó, sin embargo, su silla junto a la mesa, sino que se dejó caer al lado de Caradhar.
Tienes mucha experiencia para ser un chiquillo tierno, ¿eh? —afirmó—. ¿Me equivoco al suponer que ella no es la primera visitante de este dormitorio?
No soy un chiquillo, ni tierno. Y lo que haga al margen de mis deberes no debería importarle a nadie, la Maediam me dio permiso para divertirme. ¿Acaso vos no actuáis igual? ¿O solo os agrada mirar?
Alargó el brazo para terminarse un resto de vino de la copa. Nestro interceptó el movimiento, devolvió el recipiente a la mesita y lo contempló desde lo alto. Ofrecía la estampa más tentadora, con las mejillas sofocadas y los elásticos brazos y piernas encogidos en una pose que le confería una engañosa fragilidad. Con sus obligaciones de mentor, ¿estaría incluido el estipendio de probar un poco de lo que custodiaba? Tentativamente, tomó un mechón de sus cabellos rojos y lo enrolló alrededor de su índice. El joven no retrocedió en absoluto, sino que contraatacó desabrochando el chaleco y la camisa del militar. Su torso, esculpido a golpes de espada, era amplio, definido, una sucesión de cordilleras bronceadas que ostentaban con orgullo las cicatrices obtenidas en combate; las carencias de su propio cuerpo que, de manera paradójica, lo hacían más atractivo a los ojos de Nestro. Al abrirle las cintas de las calzas y frotar la erección recién liberada, el maestro de armas reaccionó sujetándole la muñeca y manoseando su vientre y sus caderas, como si el gesto le hubiese dado vía libre para ponerle las manos encima.
Os agrada algo más que mirar, entonces. ¿No decíais que estabais agotado? —ironizó Caradhar—. ¿Vais a impedirme tocaros?
Llevo mucho rato observándote, muchacho, no necesito más estímulos.
Enlazó la esbelta cintura y la atrajo hacia sí. Sus manos se pasearon por la piel inmaculada y y se enredaron en sus cabellos. Pronto se les unieron los labios, ansiosos por probar el sabor de esa boca que había estado disfrutando la muchacha. La besó, hambriento, su cabeza inclinándose de un lado a otro para acceder a cada rincón, su mente eludiendo el hecho de que se estaba dejando llevar. Durante un diminuto instante de cordura, se apartó y murmuró:
¿Qué vas a contarle a la Maediam si te pregunta sobre... esto?
Con quién me acuesto es cosa mía.
Entonces, ¿estás a punto otra vez para...? —Nestro espió el abdomen de su compañero y constató que una nueva erección se alzaba sobre él. Sonrió con alivio—. Por todos los dioses, ¿hay algo más sorprendente que la energía de un dotado?
Volvió a besarlo. Caradhar notó la calidez de su aliento ardiente cuando se separó para respirar; se le erizó el vello de la nuca al experimentar el intenso contacto de aquellas palmas a lo largo de su espalda, entre las nalgas; sintió el roce de los dedos sobre su entrada...
Su reacción fue violenta e inesperada.
No, eso no se lo permito a nadie —negó con rotundidad, sujetándole, ahora él, las muñecas. Al percibir la decepción del maestro de armas, trató de suavizar el golpe con un frotamiento de su pelvis. Nestro se estremeció—. He dicho que no os dejaré seguir por ahí, pero no tenemos por qué parar. Si queréis, puedo hacéroslo yo a vos.
El elfo más maduro no daba crédito a sus oídos. ¿Estaba aquel jovencito delgado, que apenas le llegaba a los hombros, sugiriendo lo que creía que estaba sugiriendo?
Chico, ¿en serio piensas que voy a dejar que me la metas? —Su sonrisa se tornó en una mueca sarcástica.
Lo tomáis o lo dejáis, no tenéis elección. Os gustará, ya lo veréis. Nadie se ha quejado de mí.
Las ganas de burlarse de Nestro se desvanecieron. La situación le parecía irreal, como si fuera una muchacha la que estuviese sugiriéndole que se colocara a cuatro patas. Volvió a plantar las manos sobre los firmes glúteos de Caradhar y lo miró con lujuria.
¿Y quién va a impedirme coger, simplemente, lo que quiero?
El pelirrojo frunció el ceño y se revolvió, en un intento de escurrirse de aquel abrazo. Parecía tan furioso que Nestro se temió que lo delatase ante la Maediam, que la fascinación del momento se fuera al traste. Que la hermosa criatura se apartase y no lo dejara acercarse nunca más. Condenado crío, pensó, ¿qué estás a punto de obligarme a hacer?
¡No, espera! —exclamó—. Lo... lo probaré, lo haremos a tu modo. Eso sí, te lo advierto: pararemos en cuanto te lo pida y, si te equivocas y no me agrada, me aseguraré de que no vuelvas a sentarte en una semana. Y esto es una promesa.
Caradhar arqueó los labios; amenazar con secuelas físicas a un dotado no resultaba nada intimidante. Nestro se dio cuenta de su desliz y se mordió la lengua. Con todo, sus palabras lograron el efecto deseado, pues el pelirrojo se relajó, lo empujó con suavidad sobre el colchón y se instaló entre sus piernas.
Os gustará —repitió.
Recorrió a besos todo el camino sobre su pecho agitado hasta su vientre, ofreciéndole una prueba de las otras habilidades de su lengua. Cuando la respiración de Nestro se volvió ensordecedora y sus manos se perdieron en la cabellera roja, el dotado se humedeció el índice y lo deslizó dentro de su apretado túnel posterior. El maestro de armas gruñó y abrió de golpe los ojos, aunque volvió a cerrarlos enseguida. Su quejido no tardó mucho en alcanzar tintes más sensuales.



Caradhar cumplió su palabra. El amanecer estaba próximo cuando Nestro se vistió con reluctancia y recorrió el camino de vuelta a sus habitaciones. Su despedida había sido desafiante: «Hoy habré dejado todo mi aliento en tu almohada, lo acepto. Disfruta el aroma de la victoria mientras seas capaz, porque otro día te tocará morderla a ti».
En la piel del joven y en sus sábanas flotaba, ciertamente, el olor al perfume de sus compañeros de cama. Claro que poco significaba aquello para Caradhar. En primer lugar, no planeaba permitirle a Nestro cambiar posiciones; por otro lado, no podía disfrutar de ese aroma, ni de ningún otro. Carecía por completo del sentido del olfato.
Nadie lo sabía. No era el tipo de detalle que se confesara a un amante después de pasar una tórrida noche con él.







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