2013/03/09

CON LA VISTA AL CIELO II: Los ojos son la ventana del alma



PRIMERA PARTE: FLORENCIA





II: Los ojos son la ventana del alma




—Maestro, voy a visitar la botica, si os place. La azurita se ha agotado, algunos otros pigmentos también están a punto de hacerlo y andamos escasos de aceite de linaza y de nuez.

Verrocchio despegó la vista del papel y la fijó en el alumno al que pertenecía aquella voz. Sus ojos se alternaron, por un momento, entre el esbozo que había comenzado la víspera y la alta y esbelta figura envuelta en tela blanca y verde. Estaba deslumbrador bajo el sol matutino, aunque ¿había alguna ocasión en la que Leonardo no le resultase agradable de contemplar?

—Creía que Pietro se ocuparía de hacerlo, lo mencionó hace dos días —respondió el artista. Tomó la mano izquierda del joven y la flexionó para estudiar el ángulo que formaba con su muñeca. Las yemas de los largos dedos revelaban las horas que dedicaba a perfeccionar su técnica musical con la lira. Los acarició, pensativo.

—Pietro ha tenido que salir de nuevo por el asunto del cobre.

—Que se ocupe cuando vuelva, ahora quisiera continuar con el estudio de ayer; apenas avancé, y no logro comprender en qué se nos fue el día. En cien cosas o en ninguna, supongo. La edad no perdona a nadie —sentenció, tirando del brazo de su aprendiz y atrayéndolo hacia sí.

—No es cierto, maestro, aún sois joven. Y no me importa encargarme de tratar con el boticario —añadió, entre sutiles esfuerzos por liberarse—. No quisiera que el trabajo se demorase sin necesidad. Si me lo permitís...

Verrocchio suspiró y lo dejó ir. Intentaba recordar la razón por la que no lo había visitado la noche previa, considerando lo mucho que lo deseaba. Había debido dormir como un tronco, lo cual era muy extraño. Oh, bueno, nada que no se pudiera remediar más tarde. Volvió a concentrarse en el papel, tratando de encontrar un sentido al exiguo grupo de líneas trazadas en él y que, curiosamente, había olvidado.







Para Leonardo, cuya infancia había transcurrido en un pueblo pequeño, siempre era estimulante recorrer las calles de Florencia. A veces echaba de menos las colinas, los árboles y el hermoso y pintoresco paisaje que siempre le había ofrecido el valle del Arno, pero solía estar tan ocupado que no le alcanzaba el tiempo para abandonarse a los brazos de la nostalgia. Y cuando tenía ocasión de salir y caminar a lo largo del río, cruzar alguno de los cuatro puentes y divisar, en la distancia, la alta torre cuadrada del Palazzo della Signoria o el campanario verde y blanco de la iglesia de Santa Maria, sentía que había puesto el pie en un magnífico primer peldaño hacia el resto de los portentos que aguardaban en el mundo. Le fascinaba mezclarse con la abigarrada marea humana florentina; con las delicadas jovencitas solteras, de relucientes cabellos trenzados; con las damas casadas, que cubrían sus cabezas con velos sutiles como una tela de araña; con los señores acomodados, erguidos bajo los bonetes o tocas que indicaban su posición...

Aquel día, no obstante, su atención estaba cerrada a cualquier estímulo, incluidas las ojeadas apreciativas que solía recibir y que lo llenaban de silencioso orgullo. Lo único que lo impulsaba era repetir el camino recorrido el día anterior. No había mentido a su maestro, en absoluto, y pensaba hacer esa visita a la botica de la que había hablado, pero antes debía acudir a una cita con sus misteriosos visitantes.

Mientras caminaba, no dejaba de preguntarse por el método que habían empleado para borrar su entrada en escena. Por increíble que pareciese, ninguno de los espectadores del taller recordaba nada. Intuía que un jovencito simplón del estilo de Nicola debía resultar fácil de manipular, mas, ¿su maestro? Verrocchio era un hombre inteligente, sabio y capaz, y todo lo que conservaba de la jornada anterior eran recuerdos nebulosos y una larga noche de sueño. Leonardo mismo había espiado en su dormitorio mientras dormía y nada había turbado su descanso. ¿Cuál era el secreto que permitía a una persona así olvidar? La pasada noche en blanco le había proporcionado muchas horas para meditar y ningún resultado concluyente. ¿Llegarían a desvelarle algunos de esos enigmas?

Por el cielo, por el averno, o por cualquiera que lo estuviera escuchando entonces, él rogaba que sí.

Llegó a su destino, la casa desocupada, y se dirigió a la entrada lateral, cuya puerta estaba abierta. Al entrar corrió el cerrojo y se dirigió a la misma estancia que ya conocía. En apariencia estaba vacía, aunque, ¿podía confiarse a sus sentidos? Revisó la casa de arriba abajo, indagó tras los muebles polvorientos, trató de aguzar el oído... y, dado que todo continuaba en el más solemne de los silencios, reclinó la cabeza en el cristal de una de las ventanas y esperó.

—Buenos días, belleza. ¿Me echabas de menos?

Aquella voz, tan cerca que casi sentía su aliento... Leonardo se sobresaltó y giró la cabeza hacia los extraños ojos azul marino y la inquietante sonrisa de Navekhen, quien, contraviniendo todas las leyes de la razón, se había materializado a su lado... por segunda vez.

—¡Vos! —exclamó—. No esperaba... Es decir, sí esperaba, pero... No se escuchaba nada, y...

—¿Creías que no sabíamos hacer apariciones discretas? Por regla general no... triangulamos, y perdona mi audacia con tu lenguaje, tan despreocupada y ruidosamente como lo hicimos ayer, ni ante espectadores. Y recuerda lo que te dije sobre tutearme, mi joven amigo.

—¿Triangular? No entiendo.

—Así llamamos a nuestro sistema de transporte. Elegimos unas coordenadas, introducimos datos relativos al peso, volumen y demás del objeto o sujeto y... Observo, por tu cara, que no estás familiarizado con mi parloteo, claro. ¿Quién de los tuyos lo estaría? Te lo explicaré en otra ocasión. Acompáñame.

Leonardo lo siguió sin rechistar. En una de las alcobas de la planta superior esperaban otras dos figuras familiares, las de los extraños llamados Draadan y Neudan. El más joven se volvió hacia él, se despojó de su visor y le sonrió; su alto compañero permaneció tras su oscuro parapeto gris y su hierática expresión, sin decir una palabra. Los ojos del joven florentino localizaron otro elemento discordante de la estancia que, sin duda, ellos habían traído consigo: una caja plana de color púrpura sin cerradura, asidero ni ninguna otra decoración. La curiosidad lo animó al instante.

—¿Ha sido duro, ver pasar el día sin poder compartir con nadie una experiencia tan... fuera de lo corriente? —preguntó Navekhen mientras caminaba hacia el objeto en cuestión.

—¿Y quién me habría creído, como vos dijisteis? —murmuró Leonardo, sin perder detalle de sus movimientos.

—Ven aquí, Leonardo, y siéntate —pidió su anfitrión. Para ello le señaló una silla tapizada de ajado y polvoriento damasco—. Recuerda, te dije que nos garantizaríamos tu discreción con un procedimiento similar a lo que experimentaste en la caverna. Tranquilo, no es doloroso. Acércate tú también, Neudan-mekk. Esta es una sencilla operación que te habría correspondido realizar a ti; ahora bien, dadas tus actuales circunstancias, me ocuparé yo de ella y tú mirarás y aprenderás.

¿Actuales circunstancias?, se preguntó Leonardo. No fue capaz de ahondar más allá en la cuestión, pues la caja se abrió bajo el contacto de los dedos de Navekhen. El visitante extrajo un pequeño aparato alargado que se adaptaba perfectamente a la palma de su mano, con un extremo más afinado que el otro y un tubo central transparente. Cuando lo acercó a él y le apartó el cabello rubio de la nuca, el muchacho se revolvió.

—Relájate, ya te he dicho que no te dolerá —susurró en su oído, con esa particular voz hipnótica. El frío del metal, un ligero chasquido y una pequeña presión en la nuca fueron cuanto sintió—. Observa el punto exacto donde ha de colocarse para que penetre a más profundidad, Neudan-mekk.

De nuevo notó la presión, aunque esa vez la cabeza comenzó a darle vueltas. Trató de fijar la vista en Draadan, el cuarto miembro del grupo, que se mantenía a distancia y no mostraba ningún interés en la escena. Su figura atlética se convirtió en un borrón grisáceo.

Las voces a su espalda se amortiguaron, se volvieron más y más lejanas.

—... Datos para transportarlo a la pirámide...

El gris viró a negro y ya no escuchó nada más.






Abrió los ojos y se encontró en el mismo dormitorio, con la salvedad de que estaba tumbado en la cama y solo llevaba puesta la camisa. ¿Cómo había llegado allí, y por qué le habían quitado la ropa? Curiosamente, su cerebro funcionaba con una claridad inusitada, considerando que acababa de despertarse. El episodio de la caverna... Le habían dicho que iba a ser el mismo procedimiento de aquel día. ¿Significaba eso que había dormido durante setenta y dos horas? Se llevó la mano a la nuca, allí donde había sentido la presión, si bien no palpó nada diferente; ni siquiera el pequeño abultamiento que esperaba.

—¿Tuviste dulces sueños? —Giró la cabeza hacia la voz de Navekhen.

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—Apenas unas horas, aún luce el sol.

—¿Y por qué estoy desvestido?

—Porque me aburría esperando a que volvieses en ti y decidí que me divertiría un poco contigo. —Los ojos celestes de Leonardo se abrieron de par en par. El moreno rio y le tendió sus ropas, que estaban pulcramente dobladas a un lado del colchón. Al hacerlo, rozó uno de sus muslos desnudos; el aprendiz se apartó, rehuyendo el contacto—. Relájate, muchacho, estoy bromeando. No te lo tomes a mal, pero no me interesan los críos. Por otra parte, ya he tenido ocasión de contemplarte en toda la gloria de tu joven desnudez —yo, y un buen grupo de gente— y sé qué tipo de relación te une a tu maestro cuando os encontráis en la intimidad de su lecho. Es imposible que me sorprendas o me ofendas.

—¿Lo... lo sabéis? ¿Cómo podéis hablar con tanta ligereza de...? Si una cosa así se hiciera pública, podrían llevarme ante las autoridades y... —Incapaz de terminar la frase, el horrorizado Leonardo apretó las ropas contra su cuerpo.

—Estamos al corriente de las leyes y de la moralidad de tu país con referencia a las relaciones entre dos hombres, y te aseguro que somos los últimos con capacidad para juzgarte. O para entenderlas, ya que hablamos de ello. Tendrás suerte si eres capaz de encontrar entre los míos a un puñado que solo sientan placer con la compañía del sexo opuesto..., y yo, desde luego, no me cuento entre ese grupito.

El aprendiz florentino se relajó. Mientras deslizaba las piernas en las calzas, sus labios pronunciaron algunas palabras sin pensar.

—No soy un crío. —Respiró hondo—. Si me habéis visto con mi maestro, usando esas artes que no puedo comprender, deberíais saber que no soy un crío. Ya no.

—Y si tú supieras mi edad, te considerarías a ti mismo un pequeño embrión, de vuelta en el vientre de su madre. No, no preguntes, y termina de vestirte.

—Aún no me habéis explicado por qué teníais que quitarme la ropa.

—«Aún no me has explicado por qué tenías que quitarme la ropa». ¿Tan complicado te resulta tutearme? La respuesta a tu pregunta es que no me apeteció terminar de vestirte después de que te practicaran un examen completo en el laboratorio al que fuiste trasladado mientras estabas inconsciente. Y prepárate, porque has de conducirnos al lugar donde viviste tu misterioso encuentro antes de que se vaya la luz.

—¿Examen? ¿De qué laboratorio habláis? ¿Y cómo vamos a llegar antes de que anochezca? ¡Está lejos!

—Cada cosa a su tiempo, deja las preguntas para después.

—Pero mi maestro...

—Tu maestro ha recibido un (falso) mensaje de tu estimado padre, Messer Piero. En él expresaba que se topó contigo en tu camino hacia la botica, que te encontraste mal, que decidió llevarte a su casa hasta que te recuperases y que te enviará de vuelta cuando eso ocurra. Cállate y escucha: nos dijiste que las formaciones rocosas se encontraban en el camino entre Vinci y Pisa, ¿cierto? Vas a ver una imagen en movimiento del área en cuestión; quiero que me indiques el emplazamiento más próximo que recuerdes. ¡Supervisor! ¿Estás listo?

Colocó su visor ante los asombrados ojos de Leonardo, que seguía sin entender cuáles eran las intenciones de su interlocutor. Las gafas le producían la sensación de mirar a través de un cristal ahumado. Y Draadan, ¿había estado con ellos en la habitación desde el principio? Lo vio acercarse, su figura gris delineada con increíble claridad a pesar de la pantalla, y...

Ya no fue capaz de percibir nada más: el río Arno y el valle que tan bien conocía se aparecieron frente a él con tanta nitidez como si se encontrase allí mismo. Jadeó, sin aliento.

—¡Por todos los santos! ¡Esto es...! —exclamó, cuando recuperó la voz—. ¿Dónde estoy? —Apartó el visor y volvió a acercárselo—. Son las gafas, las gafas me enseñan...

—Céntrate, o te daré auténticos motivos para asustarte. Eso es, gira la cabeza y avanzarás en esa dirección. ¿Hay algo que te resulte familiar?

—Aquí —murmuró, al cabo de un largo rato—. Pasando esa roca que se ensancha desde la base.

—¿Lo tienes, Draadan-mekk? —Arrebató el objeto del rostro del desconcertado muchacho y luego continuó en su propio idioma—. Pásame las coordenadas. Neudan-mekk, yo voy primero, no vayas a fastidiarla de nuevo y empotrarte contra un árbol.

Leonardo seguía sin entender. Los insólitos triángulos se materializaron a los pies de Navekhen, giraron y se lo tragaron cuando todavía estaba hablando en ese rápido y seco lenguaje desconocido. Eso lo dejaba con la única compañía de...

—Acércate y no te muevas bajo ningún concepto.

A través de los labios de Draadan, el musical toscano sonaba igual de abrupto que su lenguaje. El joven se levantó como un autómata e hizo lo que le ordenaba; al momento, su compañero se colocó a su espalda, le rodeó los hombros con el brazo izquierdo y lo mantuvo pegado a su pecho. La situación ya era desconcertante de por sí, aun sin la nueva aparición de las figuras triangulares sobre el suelo. Tembló, incapaz de despegar los ojos de ellas.

—No te muevas —repitió Draadan.

Un momento de oscuridad angustiosa. Un vacío en el estómago. Una leve sensación de mareo, como la que se experimentaba al abandonar un barco y sentir el suelo firme balanceándose bajo los pies, todo en el tiempo de unos pocos parpadeos.

Abrir los ojos le inspiraba un temor involuntario. Lo sobrecogía la idea de que, al hacerlo, habría de hallarse en la sima más profunda y ardiente del infierno, en los brazos del demonio al que había entregado su alma a cambio de algo prohibido. Pero Leonardo no pertenecía a la clase de personas que podían mantener los ojos cerrados.

—No es posible...

Habían llegado al lugar. Recordaba aquella formación rocosa porque se asemejaba a una torre y a un muro fortificado, e incluso había tomado algún apunte que aún conservaba. Y más allá se encontraba la entrada de la caverna, la que lo atrajera y atemorizara a un tiempo. Justo la que habían venido a buscar.

Cuando el brazo que le rodeaba los hombros lo soltó, volvió a tener presente con quién había hecho tan imposible viaje. Se dio la vuelta al instante, mas Draadan se separó de él a grandes zancadas, siguiendo la dirección marcada por sus ojos azules. Fue el joven Neudan quien vino a acompañarlo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, solícito—. Dicen que el transporte hace enfermar a los terráqu... a algunas personas.

—No... no poseo un estómago débil, gracias, puedo soportarlo. —Los ojos de Leonardo se abrieron como platos—. ¿He vuelto a dormirme y me habéis traído a cuestas, o realmente nos encontrábamos en Florencia y, de repente, hemos aparecido aquí?

—Oh, no, no te has dormido. El transporte está basado en un principio sencillo. Los... las pequeñas partículas de las que está compuesta la materia se...

—¡Eh! ¡Venid aquí ahora mismo, niños, no es momento de cháchara!

La voz de Navekhen los arrastró hasta la abertura de piedra que desembocaba en un oscuro túnel. El muchacho florentino no había vuelto a poner los pies allí desde aquel incidente de varios años atrás, y aunque se notaba el hormigueo en el vientre, fruto del nerviosismo, ya no sentía el miedo de antaño. Escuchaba las voces de sus acompañantes, hablando en su lengua incomprensible, y eso le brindaba una inexplicable tranquilidad. Y también, por qué negarlo, cierta desazón.

—No quisiera sonar atrevido pero, si pudieran usar mi idioma... Juro por lo más sagrado que nada de lo que me revelen habrá de salir de mis labios.

Tres visores se volvieron hacia él; fue Navekhen quien reanudó la conversación.

—¿Hasta qué profundidad penetraste, mi joven amigo?

—No logro recordarlo. Estoy casi seguro de que no avancé mucho más, porque ya no soy capaz de ver sin una luz.

—Muy cierto, había olvidado que para ti es imposible. —¿Y para vos no lo es?, pensó Leonardo—. No te muevas de ahí, nosotros hemos de continuar.

—Es muy poco probable que Eal haya dejado alguna pista —se oyó decir a Draadan, líder del grupo, desde la esquina tras la que había desaparecido.

—¿Y quién sabe si ese viejo zorro no quería abandonar algo para que lo encontrásemos, como hizo con nuestro decorativo rubito? Neudan-mekk, no remolonees y recoge todas las muestras que puedas, nadie se lo va a comer si se queda un ratito a solas. Me da la impresión de que correrá más peligro si lo dejamos contigo.

—¡Navekhen-dabb! —se escandalizó el más joven.

El sonido de las voces siguió llegando, cada vez más amortiguado, hasta que todo quedó en silencio. Leonardo consideró acercarse a la entrada en busca de luz, si bien decidió que no se arriesgaría a provocar un encuentro fortuito con algún caminante. Se quedó allí, con la espalda pegada a la pared, maravillándose de que su razón no hubiera decidido abandonarlo ante semejante cúmulo de pruebas abrumadoras de que había empezado a dejar de usarla.

Cuando volvieron no hicieron comentarios y continuaron sus pesquisas por los alrededores. Hubo un momento en el que Navekhen y Neudan se perdieron de vista, y de nuevo el florentino se encontró solo con el alto y serio supervisor. El sol comenzó a ocultarse tras una gran roca que se alzaba a sus espaldas; aún brilló con fuerza durante unos segundos, y sus rayos rodearon la piedra con un nimbo dorado.

La atención de Draadan fue capturada por la pequeña explosión de claridad que precedía a las sombras. Se retiró el visor y se giró hacia poniente, y Leonardo pudo contemplar, por primera vez, su rostro de rasgos firme y bellamente esculpidos bajo el centelleante bronce de su cabello castaño. Y sus ojos...

Había imaginado dos espejos fríos, a juego con el carácter de su adusto propietario. No se esperaba aquellos iris del color de la miel, que el sol volvía traslúcidos como dos piezas de ámbar, relucientes como el oro líquido, cambiantes como el fuego...

Los ojos son la ventana del alma.

Deseó, con todo su corazón, el poder disponer de algo para tomar un apunte de la escena. Lo deseó casi con desesperación, consciente, en su interior, de que el instante moriría rápido, igual que la luz tras la roca.

No se equivocó. Al percatarse de que era observado, Draadan se volvió hacia él; sus labios volvieron a convertirse en la tensa línea que habían sido desde un principio. Parapetándose tras las gafas grises, convocó a sus compañeros y dio la orden de retornar a la capital con el mismo método que habían usado para la ida. Y si el muchacho había esperado encontrar algo de camaradería en su abrazo, vio bien frustradas sus expectativas: lo atenazó con la misma gentileza que habría empleado para sujetar un trozo de granito.






De nuevo en la casa que les estaba sirviendo de refugio improvisado, Leonardo se frotó la zona de la nuca donde había experimentado la presión. Era cierto que el transporte, el nombre que ellos le daban, no resultaba muy agradable, aunque estaba convencido de que era un precio despreciable a pagar, comparado con lo que ofrecía. Navekhen sugirió que había llegado la hora de regresar junto a su maestro. Tal fue el desencanto en los ojos celestes, que el visitante soltó una risita, se dejó caer en una silla con una postura muy poco decente —considerando lo apretado que era su uniforme negro— y le concedió unos minutos de gracia.

—Piensas que será un suplicio devolverte a casa de esta forma —dijo—, y que dos noches seguidas sin dormir restarán lozanía a ese joven y bello rostro cuya contemplación tanto disfruta tu maestro, Verrocchio. No somos tan crueles, planeábamos hacerte un relato de la jornada. Pero tampoco queremos comprometer tu situación en el taller; quizás sea mejor esperar a mañana, y...

—Vos... ¿vos creéis que, a estas alturas, puede importarme menos mi posición en el taller? —lo interrumpió el florentino, abriendo y cerrando las manos—. ¿Creéis que aspiro a aprender algo allí, cuando aquí mismo tengo... tengo...? ¡Oh, Dios mío!

—Solo por seguir utilizando el vos debería callarme. Siéntate y relájate, estás tan tenso como una de las cuerdas de tu lira. Y escucha.

»Por más que pueda parecerlo, no pertenecemos a este mundo. Llegamos aquí desde las estrellas, nosotros y el resto de la... tripulación, utilizando un navío que surca los cielos...

—¿Surcar los cielos? ¿Igual que las aves? —La expresión de Leonardo era la esencia misma del asombro y el deleite—. ¿Qué tipo de navío?

—Te he dicho que escuches. Y cállate la boca, hoy no vamos a responder preguntas irrelevantes. Bien, si quieres saber lo que nos trajo aquí, te diré que vinimos a estudiar algo entre tu gente a lo que sois completamente ajenos y que, en cambio, es muy importante para los míos. Un nefasto día, a Eal, uno de nuestros superiores —alguien a quien podrías llamar Primer Ingeniero, en tu lengua— se le ocurrió largarse. Nadie sabe el motivo. Al margen de que nuestras filas son escasas y de que no podemos permitir que ande suelto entre tus congéneres, hay razones de peso por las que necesitamos encontrarlo. Nadie más posee tantos conocimientos sobre el funcionamiento de nuestro navío, y al esfumarse se las arregló para llevarse consigo información esencial sobre los mecanismos de control y navegación, las localizaciones de los yacimientos de combustible y...

—¿Combustible? —preguntó, a pesar de todo, Leonardo—. ¿Del tipo de la madera, o el agua que se convierte en vapor?

—A grandes rasgos, sí. —Navekhen alzó una ceja, molesto por la interrupción.

—¿De qué forma utilizáis el combustible? ¿No usáis el viento para impulsar vuestro navío?

—Ahí fuera no hay viento que nos impulse, muchacho.

—¿No? ¿Cómo es posible, entonces, que...?

—¿Qué parte de «hoy no vamos a responder preguntas irrelevantes» se te hace tan difícil de comprender? —El joven cerró la boca al instante—. Ya tendrás ocasión de hacerlas, no te vas a librar de nosotros con tanta facilidad. ¿Por dónde iba? Ah, sí: por nuestro Primer Ingeniero fugado, que se las ha arreglado desde entonces para escapar a nuestros mecanismos de detección; algo tan sencillo como esconderse en un llano a plena luz del día, créeme. Pues he aquí que, al cabo del tiempo, localizamos a un chico preguntón a quien Eal juzgó conveniente inocular una cierta substancia, a pesar de que eso nos permitiría localizarlo tarde o temprano, y por motivos que aún desconocemos. Te hemos observado y estudiado durante días, Leonardo; hemos registrado minuciosamente cada objeto, pequeño o grande, que has llegado a tocar; te trasladamos a nuestro navío mientras estabas inconsciente y realizamos un análisis en profundidad —tanta, que no puedes ni imaginártelo— y no hemos encontrado nada. Creemos que su intención fue utilizarte a modo de intermediario para transmitir algún mensaje o realizar alguna tarea, aunque los efectos aún aguardan en estado latente dentro de ti, ¿lo entiendes? Una crisálida en su capullo. Lo único que podemos hacer es seguir buscándolo, esperar y observar.

Se produjo un largo silencio. Leonardo volvió a llevarse la mano a la cabeza.

—¿Es perjudicial, para mí o para quienes me rodean, lo que me hizo? —pregunto al fin, con sorprendente serenidad.

—Las probabilidades son mínimas. Estás sano y conservas el pleno control de tu voluntad, hasta donde sabemos.

—Vuestro Primer Ingeniero debe ser un hombre muy sabio, si es capaz de obrar así y burlar al resto de su gente durante tan largo periodo.

—Dejando de lado el hecho de que tus palabras nos dejan en pésimo lugar —Navekhen esbozó una sonrisa cínica—, te garantizo que lo es.

—¿Y por qué habéis hecho vosotros lo mismo? ¿Qué me habéis introducido en el cuerpo?

—Nuestras... máquinas no funcionan de manera espontánea con los terráqueos. Para que lo comprendas, es igual que llevar una armadura forjada para alguien cuyas medidas son muy diferentes a las tuyas; aunque no podamos reforjarla, está en nuestra mano realizar adaptaciones que te permitan usar algunas piezas. Y, en nuestro caso, esas pocas piezas equivaldrán a utilizar el transporte, conocer tu localización y asegurarnos de que no digas nada que no debas. Entre otras cosas que irás descubriendo poco a poco.

—¿Cuál..? ¿Cuál será mi cometido?

—Ya te lo he dicho, la responsabilidad de esperar y observar es nuestra, tú solo has de continuar con tu vida en la misma forma que has estado haciendo hasta ahora. No es imposible que Eal vuelva a ti en algún punto del futuro, o que te haya transmitido algunos datos de los que no seas consciente y que nos serán revelados si se cumplen unas determinadas condiciones. Por eso es conveniente que no pierdas tu statu quo, tanto en el taller como en Florencia, por más que creas que tus nuevas... circunstancias podrían justificar distraerte de tus obligaciones.

—Continuar con mi vida... —Leonardo volvió a abrir y cerrar las manos y a retorcérselas—. Yo... Yo me preguntaba si... si habría alguna posibilidad de que me aceptaran como aprendiz y convertirme en parte de su tripulación. Puedo esperar a completar mi adiestramiento con el maestro, si lo desean. No pretendo impresionarles con lo que estoy aprendiendo de perspectiva, óptica o geometría, pero ha de haber otros campos en los que demostrar mi utilidad.

—Eso —Navekhen frunció ligeramente el ceño— lo estudiaremos más adelante, cuando...

—Mi compañero acaba de mencionar la incompatibilidad de nuestra tecnología con la fisiología de los terráqueos —intervino Draadan, con voz fría—. Es imposible que un extraño se convierta en parte de nuestro equipo, así que no merece la pena retomar esta conversación más adelante. Y tú lo sabes muy bien, Navekhen-dabb.

Por una vez, el interpelado no replicó. Leonardo no se rindió con tanta facilidad.

—Entonces... podría aprender desde aquí, yo solo.

—Observamos en silencio porque bajo ningún concepto vamos a interferir en la evolución terráquea. En cuanto a ti, no te será permitido revelar nada de lo poco que logres entender. Tu pretensión no tiene sentido. —El muchacho rubio palideció—. Si aspiras a algún tipo de resarcimiento por esto, estamos autorizados a ofrecerte oro, aparte de protección. No conviene a nuestros intereses que sufras algún accidente mientras averiguamos qué pretendía Eal.

—El oro no me atrae, gracias —musitó Leonardo.

—Pero te atraen la salud, la juventud, y la belleza, ¿no es cierto, mi joven amigo? —preguntó Navekhen, mirándolo especulativamente—. Activaremos una pequeña parte de lo que te hemos inoculado y no tendrás que enfermar ni envejecer durante el tiempo que permanezcamos aquí. Preséntame a alguien que no desee eso, y me cubriré con plumas y brea e iré a agitar los brazos al tramo del puente ocupado por los carniceros.

El florentino no pudo contener una pequeña sonrisa al visualizar la escena. Buscó la mirada de los chispeantes ojos azul marino, tratando de discernir si estaba hablando en serio.

—¿De verdad podéis hacer algo así? ¿No os veis aquejados de los males que afectan a toda la humanidad? —Había maravilla, y también tristeza, en las palabras del joven—. Imagino lo que sucedería, lo que diría la gente: «Ese es Leonardo, que fue aprendiz de Verrocchio, y por el que no pasan los años. Es innegable que ha debido firmar un pacto con algún demonio y ha entregado su alma a cambio de la eterna juventud. Hagamos venir a los Santos Padres de la Iglesia, pues no consentiremos que un brujo camine entre nosotros».

—No estás en condiciones de frivolizar con semejante oferta. —Draadan intervino de nuevo, aún más gélido—. De acuerdo con nuestros cálculos, ese cuerpo que habitas tiene una duración estimada de menos de cincuenta años. Si rechazas...

—¡Draadan! —Neudan, que había escuchado toda la conversación con los puños crispados, acabó por estallar—. Supervisor... ¡Señor! ¿Cómo puedes tratarlo con tanta frialdad? ¿Cómo puedes informarle así de los años de vida que le quedan? ¿Y tú eres el tripulante que más misiones de contacto ha llevado a cabo? ¡Sin duda, no habrá sido por tu diplomacia y amabilidad!

—No valoro ni lo uno ni lo otro —replicó Draadan en su propio idioma—. Tenemos una tarea crucial entre manos y la desempeñaremos con eficacia. Y en cuanto a ti, aprende a controlar tu temperamento, al menos delante de extraños. Sabemos el motivo por el que te han permitido unirte a nosotros, Neudan, y, sin duda, no habrá sido por tu inteligencia y sabiduría.

El iracundo joven moreno caminó hacia la puerta, la abrió con tanta fuerza que rebotó contra la pared y se alejó a zancadas. Draadan lo siguió, sin mover un solo músculo de lo poco que se veía de su semblante tras el visor.

—¿Qué ha...? ¿Qué le ha dicho? —preguntó Leonardo, con timidez.

—Nada de relevancia, básicamente lo ha llamado idiota. Algún día te contaré ciertos datos apasionantes de mis camaradas.

—No era tan importante, no me había ofendido. Otros cincuenta años de vida es más de lo que disfruta mucha gente. Mas no entiendo cómo podría aceptar vuestra oferta y quedarme en Florencia. Si todos vieran que no envejezco...

—Eso no tiene que preocuparte. Los métodos que usamos para ocultarnos a la vista se pueden adaptar con facilidad para otros menesteres. Confía en mí, Leonardo: puede que no te conviertas en nuestro aprendiz con todas las de la ley..., pero te doy mi palabra de que no te aburrirás.

»Además, ¿quién sabe? Aunque ahora eres demasiado jovencito para mi gusto, tal vez dentro de diez o veinte años cambie de opinión. Será muy divertido averiguarlo.

Se colocó su visor y lo rodeó con los brazos, preparándose para transportarlo de vuelta a casa.





 


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2013/02/04

CON LA VISTA AL CIELO I: El infinito no se puede abrazar con la razón



INTRODUCCIÓN


I: El infinito no se puede abrazar con la razón



El maestro lanzó un juramento, se acercó a la ventana, la abrió y dejó que la luz bañara su rincón predilecto del estudio. Eran las nueve de una brillante mañana florentina, y las calles bullían bajo sus ojos merced al trasiego de un millar de ciudadanos atareados. ¡Ah!, pensó, Florencia ha dejado de ser un agujero y se ha convertido en algo digno de contemplar gracias al oro de esos astutos Medici..., y, modestia aparte, gracias al talento e ingenio de artistas de nuestra categoría. Y pronto, muy pronto, volveré a realzar esa belleza con otra obra salida de mis manos. Suponiendo, claro está, que ciertos patanes ineptos y perezosos dejen de sabotear mi trabajo...

Inútil era decir que el maestro no hacía gala aquel día del mejor de los humores. Se había levantado al alba, como de costumbre, y se había encaminado a toda prisa a la forja para reanudar la comisión más importante de la que se ocupaba en aquellos días, el orbe que se alzaría sobre la linterna de Santa Maria del Fiore. Una pieza pequeña, en comparación con la magnificencia del Duomo, pero ¡tan grande, a la vez! Allá arriba sería visible desde toda la ciudad, casi tocaría el cielo. Ya había movilizado a todos los artesanos y aprendices, ya tenía los moldes preparados para fundir las piezas... y, por tercer día consecutivo, se demoraban en entregarle el cobre. Semejante falta de seriedad no podía ser tolerada. Había enviado a Pietro para que protestara enérgicamente, aunque dudaba que la molestia fuera a servirle de mucho.

Ahora bien, él no era el tipo de persona que se quedaba mano sobre mano, a la espera de noticias para actuar, así que no tardó en buscarse otra tarea. En un extremo de la habitación descansaba una gran tabla con un encargo a medio terminar; un par de jóvenes aprendices preparaban los utensilios para que Pietro pudiera retomar el trabajo nada más regresara. Además, debía concluir los diseños de un pequeño querubín en bronce. Sí, no le faltaban quehaceres, pero no le apetecía dedicarse a ninguno de ellos. Necesitaba sosegar el espíritu, y sabía cuál era la mejor manera: realizaría algunos apuntes para una nueva obra que tenía en mente.

—¿Deseáis que me coloque aquí, maestro? —preguntó una melodiosa voz a sus espaldas.

El maestro se volvió y estudió al propietario de la voz, que había elegido sin titubear el punto en el que recibiría la mejor iluminación. Observó la manera en que la luz incidía en su piel clara y, decidiendo que era muy intensa, volvió a cerrar el marco de pequeños vidrios rectangulares. Asintió, al comprobar el efecto y se acercó al caballete más próximo, donde le habían dispuesto una hoja tratada de color gris.

El muchacho que iba a ser su modelo aún no había alcanzado la veintena, lo cual no le había impedido convertirse ya en su discípulo más sobresaliente. Era muy satisfactorio para un mentor observar cómo la materia prima con la que trabajaba se convertía en un producto de primera calidad; satisfactorio y también inquietante, sobre todo cuando los destellos de genialidad comenzaban a alcanzar a los propios. Y qué decir del físico con el que la naturaleza lo había dotado. Dios sabía que él mismo no poseía ninguna característica notable, pero aquel joven... Paseó los ojos por su figura alta y bien plantada, cuya musculatura incipiente apenas cubría una simple camisa blanca que le llegaba hasta la mitad del muslo; por sus cabellos rubios y ondulados, que se había apartado del rostro para despejar las bellamente cinceladas facciones; por sus ojos azules, a los que el sol matutino confería una cualidad luminosa y casi líquida... Era hermoso. No importaba que, tarde o temprano, tuviese que dejarlo marchar, inclinando, incluso, la cabeza. Por el momento era arcilla que él podía modelar a su gusto, y pensaba hacer buen uso de esa prerrogativa.

—Quítate la camisa.

Resultaba curioso el embarazo que sentía dando esa orden. Él no acostumbraba a retratar desnudos, solía mostrar una consideración, siquiera mínima, al pudor. Además, los aprendices que zumbaban por la estancia lo incomodaban. Lanzó una mirada aviesa a uno de ellos —el joven Nicola—, allí plantado junto al caballete, rascándose entre los omóplatos con la ayuda de una punta de plata; justo la que pensaba emplear para trabajar. Cuando se disponía a decirle que se quitara de su vista, conteniendo el deseo de abofetearlo, la blanca prenda que llevaba su modelo aterrizó en el suelo. La imagen que reveló aquel gesto tan —secretamente— familiar y tan estimulante capturó su atención; intachable y completa desnudez... y, por una vez, legítima y a la luz clara del día.

—Apóyate en la pierna derecha y flexiona la izquierda... Sube más la cadera... Bien, ahora arquea la espalda y déjate caer en la columna sobre ambas palmas... No, los brazos están demasiado rígidos...

Cuando la pose resultó a su gusto, arrebató con muy mal talante la punta de plata al crío que la usaba de rascador, volvió a lijarla y procedió a medir y encajar la figura. Todo quedó en silencio. Apenas se oía el suave crujido del papel y la madera, pues el maestro no se mostraba paciente con quienes se atrevían a hablar cuando estaba concentrado.

Fue entonces cuando se dejó oír el ligero zumbido. No pasó desapercibido en medio de la calma, salvo, quizás, para el pintor, cuyos sentidos estaban volcados en su trabajo. Nicola alzó las cejas, buscando la fuente de ruido. El modelo no osó girar la cabeza; sus pupilas, no obstante, lo hicieron al máximo, tratando de imitar a su compañero.

Las siluetas de tres pequeños triángulos surgieron de la nada, a un metro del suelo, y refulgieron en el aire con un brillo purpúreo. Formaban entre sí otro triángulo equilátero en vertical, de tamaño considerable. Los espectadores que pudieron se frotaron los ojos, preguntándose si el sol estaría jugándoles una mala pasada. Al instante, las tres comenzaron a girar.

Giraban más y más rápido; tanto, que el triángulo equilátero se convirtió en un círculo borroso, y el zumbido se hizo más intenso. Quizá el pintor hubiera seguido ignorándolo de no ser porque su modelo, incapaz de contenerse más, se había vuelto hacia la increíble aparición mientras el resto de los presentes lanzaban grititos de asombro. Ahora bien, aunque hubiese sido capaz de pasar eso por alto, no habría logrado hacer lo mismo con el cuerpo que surgió del círculo flotante, voló por la habitación y aterrizó a los pies del inmóvil discípulo. Los muchachos gritaron, ya sin disimulo, y salieron atropelladamente, seguidos de cerca por su mentor, que se retiró haciendo la señal de la cruz.

El cuerpo que había hecho su entrada triunfal en el estudio del artista florentino resultó estar bastante vivo, aunque algo confuso. Quienquiera que fuese poseía una forma humanoide, cubierta de pies a cabeza por unos ropajes negros muy ceñidos y extravagantes. Negro era asimismo su cabello, y unas extrañas gafas grises le oscurecían el área de los ojos.

El círculo se desvaneció tras haber sido atravesado por la criatura, pero un nuevo juego de triángulos se materializó en el mismo punto, distribuidos esta vez en horizontal sobre el piso de madera. De nuevo se produjeron el zumbido y la vertiginosa rotación. Y del círculo brotó... nada.

Aparentemente.

—Una triangulación impecable, querido mío. —Una voz burlona se hizo oír en esa nada—. Apuesto a que has errado las coordenadas y no has revisado la masa corporal. Nuestro estimado supervisor utilizará conmigo ese tono suyo tan glacial hasta que se me congelen las orejas, y todo por insistir en dejarte programar tu propio transporte. Bien, más me vale cazar a ese grupito que acaba de huir antes de que la emprendan a gritos histéricos. —La voz se alejó hasta la entrada. A medio recorrido, añadió algo más—. Ah, y otra cosa: dado que tú no te has molestado en activar tu ocultación, yo tampoco me he molestado mucho con la mía, así que nuestro joven amigo no solo puede verte, sino también oírme. Comprendo que desde ahí disfrutes de un panorama inmejorable, pero conviene que vayas levantándote.

Con una última risita, el ser invisible calló. Y el compañero al que había dirigido el discurso, que aún estaba tirado cuan largo era en el suelo de madera, clavó la vista en el par de pies desnudos que reposaban delante de sus narices. Luego la subió, muy despacio, a lo largo de dos piernas largas y bien formadas, hasta una ingle tapizada de ligero vello rubio que le confirmó, sin lugar a dudas, que aquella persona pertenecía al género masculino. Tras demorarse allí más de lo que habría sido necesario para sexar al individuo, continuó sobre un vientre y un pecho firmes y concluyó en un rostro cuya atención estaba prendida en algún punto junto a la puerta. El rostro se inclinó entonces hacia él, vertiendo toda la curiosidad que destilaban sus asombrados ojos celestes. Ambos se miraron.

Con calma, para no asustar a su involuntario anfitrión, el postrado visitante se incorporó. Al hacerlo se permitió un paseo turístico bien cerquita de su piel —todo hay que decirlo—, hasta que sus miradas estuvieron a un nivel similar; aquel joven tenía casi su misma altura.

—Saludos. No te asustes, por favor. —El rubio no movió ni un músculo—. Eh, quiero decir que es admirable que no te hayas asustado, después de invadir de esta manera el recinto.

Seguía estudiándolo, sin dar señales de comprender. El visitante se percató de que había estado empleando su propio lenguaje, así que ahogó una palabra malsonante y repitió las frases en toscano.

—¿Habláis mi idioma? —preguntó el muchacho, maravillado—. ¿Quién sois? ¿Cómo habéis hecho eso? ¿Sois un hombre, como yo? No, imposible, pues, si mis oídos no me traicionan, tenéis un compañero al que no puedo ver. Y eso... esos son los atributos de los ángeles. Solo que vos no parecéis un ángel...

Su mano inquisitiva se estiró y manipuló el cuello de las extrañas ropas negras. Luego se deslizó sobre las gafas grises, rozando los morenos y cortos cabellos, y se atrevió a tirar de ellas, desnudando unos intimidados iris oscuros. ¿No era paradójico que el intimidado fuera el invasor? Y, sin embargo, así era: estaba amedrentado por su propia torpeza, por la avalancha de preguntas, por la aparente falta de reacción de aquel joven rubio, que no había huido igual que los demás; por sus manos intrépidas, por su cuerpo desnudo, por sus ojos azules...

Aquel zumbido que ya se había vuelto familiar volvió a reverberar tenuemente en el estudio. Sobre el purpúreo círculo horizontal se hizo visible un tercer visitante, que hizo su entrada de forma discreta y silenciosa y se acercó a los otros dos. Llevaba el mismo uniforme negro y las mismas gafas grises, si bien era más alto y atlético. Su cabello castaño claro estaba recogido en una tirante cola de caballo, sus labios tensos en una línea severa.

El recién llegado lanzó un rápido vistazo a la puerta. Luego contempló al muchacho rubio y dio una vuelta completa en torno a él, examinándolo de arriba abajo con detenimiento. Su carencia de tacto era tan notable como desapasionado su semblante.

No obstante, la inspección fue recíproca.

—Eh... Draa... supervisor... —Su camarada tartamudeó, tratando de justificarse—. La-lamento mucho mi aterrizaje, te aseguro que no se va a repet...

—Vuelve a ponerte tu visor —lo interrumpió en su propio idioma, con voz fría y átona. La orden fue obedecida sin demora, después de que el joven rescatara el mencionado objeto de los dedos que lo sostenían. El hombre utilizó entonces el toscano para hacerse entender por el florentino—. Hay un asunto muy importante que debemos exponerte, así que es preferible que nos sigas a un lugar menos público. No te causaremos ningún perjuicio.

—¿No es con mi maestro con quien deseáis tratar? —se asombró el interpelado—. Acaba de salir por esa puerta.

—Sé quién es tu maestro y sé quién eres tú. —De nuevo usó aquel tono cortante y desapasionado—. Y es a ti a quien me dirijo.

—Pues yo estoy en desventaja, porque no sé quién sois vos —contraatacó el muchacho, sin perder las formas y sin amilanarse—. ¿Tendríais la amabilidad de darme vuestro nombre?

El visitante permaneció en silencio unos instantes, ante la mirada de reproche de su camarada.

—Draadan —respondió, al fin.

—Draadan —repitió el joven, esforzándose por imitar su manera de pronunciarlo—. Nunca lo oí antes. ¿Solo Draadan? —Ante la falta de respuesta, alzó las cejas y continuó—. De acuerdo, señor. En ese caso, os diré que el mío es Leonardo. Solo Leonardo.

—Si estimas que podemos dejar el resto de las formalidades para más tarde, ¿te importaría acompañarnos? —Al notar la expresión embobada de su compañero, se agachó, recuperó la camisa blanca y se la lanzó a su propietario—. Y puedes vestirte, si quieres. De hecho, te lo agradecería.





***





Si alguien le hubiera sugerido al aprendiz Leonardo que se codearía con tres visitantes surgidos de la nada que podían volverse invisibles a voluntad —y que no eran ángeles, y puede que tampoco demonios— quizá no habría rechazado la idea de plano, pero, sin duda, habría adoptado una postura muy crítica. Y, no obstante, allí estaban todos, en aquella casa desconocida y deshabitada al noreste de los muros de la ciudad. La atmósfera olía a viejo y el polvo flotaba en el ambiente lleno de luz que penetraba desde un patio interior. Algo le decía al muchacho que estaban invadiendo una propiedad privada. Aun así, ¿había mostrado reticencia a seguirlos hasta ella? En absoluto: los habría seguido hasta la antesala del infierno, si hubiera sido menester.

Su vista se paseó de uno a otro. Comenzó por el más joven, el que había volado dentro del estudio, y continuó con el aparecido en segundo lugar, a quien había reconocido por la voz. Sus facciones eran atractivas, pasando por alto la expresión burlona; sus labios llenos no dejaban de curvarse en una media sonrisa cínica, y sus ojos rasgados, de un inusitado color azul marino, se clavaban tan profunda y molestamente como estiletes. El intenso brillo de su pelo moreno también poseía un matiz azulado. Al igual que el de los otros, su vestuario consistía en una pieza ajustada y continua de un tejido negro desconocido para él; tenía el aspecto de la piel curtida y un acabado satinado, si bien debía ser algo diferente, pues no despedía ningún olor. Su única certeza era que les confería un aspecto... muy sugestivo.

Por último, se centró en el que se había presentado a sí mismo como Draadan. Era el único cuyo rostro permanecía parapetado tras la pantalla gris, con lo que no pudo distinguir muchos más detalles. Debido a su posición, de cara a la ventana, el sol bañaba su piel inmaculada y arrancaba reflejos broncíneos a su cabello castaño claro, que se mantenía igual de disciplinado y tieso que él. El joven aprendiz siempre se había considerado alto, pero aquellos desconocidos lo eran más, y ese a quien llamaban supervisor destacaba entre todos. Y, sin embargo, se movía con una ligereza y una agilidad casi felinas. Bajo su particular visión artística, los hombres grandes solían ser desgarbados y sin gracia; quizás habría de revisar su opinión, pensaba, a juzgar por lo que tenía delante.

Le sorprendió que fuera su camarada, el de la eterna sonrisita, quien tomase la iniciativa.

—Es un placer saludarte cara a cara, mi querido Leonardo. Permíteme que me presente: mi nombre es Navekhen. Ya conoces a nuestro supervisor, Draadan, y a mi joven y nada discreto compañero Neudan, que sabe cómo hacer una aparición impactante. —El aludido le lanzó una mirada de profundo reproche y luego bajó la cabeza, turbado—. Me alegra que te tomes nuestra intrusión con tanta calma, cualquier otro habría huido como alma que lleva el diablo. Tu maestro, sin ir más lejos... Ah, aprovecho para decirte que no te preocupes, ni él ni tus condiscípulos han sufrido ningún daño. Mi único interés fue asegurarme de que no cantaran más de la cuenta. Eso habría resultado molesto para nosotros y mortal para su reputación, porque, ¿quién iba a creerlos, aparte de un inquisidor celoso de su trabajo?

—Y, ¿cómo os las habéis arreglado para conseguirlo? Mi maestro goza de gran prestigio y credibilidad. Nadie tomaría sus palabras a la ligera.

—Tenemos nuestros métodos que aún no podemos explicarte. Bien, ¿qué sabemos de ti? —El tal Navekhen volvió a colocarse su visor—. Leonardo, hijo de Ser Piero, notario establecido aquí, en Florencia. Nacido en Vinci hace dieciocho años, aprendiz de la bottega o taller del maestro Andrea hijo de Michele hijo de Francesco di Cione, llamado Verrocchio... Bla, bla, bla... Altura... Peso... Ojos... Datos que podemos obviar, ya que los hemos verificado de primerísima mano, ¿no? Relaciones conocidas... Mira, eso es mucho más interesante...

El muchacho frunció el ceño. El visitante sonrió con suficiencia y se quitó las gafas.

—Quiero que comprendas que conocemos muchas cosas, muchas más de las que te gustaría. Y no —especificó, al ver que su interlocutor se disponía a decir algo—, tampoco puedo explicarte aún cómo las hemos averiguado ni por qué. De hecho, el primer motivo de nuestra visita es que nos ilumines acerca de algunas particularidades de tu vida que escapan a nuestra investigación.

Leonardo abrió la boca de nuevo. Un brillo suspicaz iluminó sus ojos entrecerrados.

—Y ahora vas a sugerir que no entiendes por qué deberías responder a un interrogatorio cuando yo mismo no suelto prenda —adivinó el astuto Navekhen, cuya sonrisa se hizo más abierta—. Ah, no hace falta que te pongas de morros, todavía eres joven y fácil de leer. Te amenazaría con técnicas menos amables que una educada pregunta para obtener lo que queremos, pero me gustas, muchacho, y sé que tu curiosidad es más fuerte que tú y que colaborarás voluntariamente. —El visitante de los ojos azul marino se acercó al florentino y le dedicó una de sus particulares miradas intensas—. Necesito que recuerdes: ¿alguna vez viviste un incidente memorable, sufriste un accidente o recibiste un golpe que pudiese dejarte algún tipo de secuela dolorosa? Tienes que meditar bien la respuesta; es muy importante que no se te escape ningún detalle, por pequeño que te parezca.

—Yo... —Leonardo enmudeció durante unos segundos. A buen seguro no era ese el tipo de pregunta que se habría esperado. Aun así, trató de hacer memoria—. No... no recuerdo nada extraordinario. Es decir, me he enfrentado a contratiempos, lo mismo que cualquiera. En una ocasión me caí de un árbol al trepar para observar un nido, y en otra resbalé de lomos de un caballo. Aparte de eso, las heridas habituales de cualquier crío. Tengo buena encarnadura, así que no me quedaron cicatrices.

—Lo he examinado de cerca —Draadan rompió su silencio con el mismo tono desapasionado de antes, sin dejar de darles la espalda— y no presenta marcas en la piel. Quedaron fuera de mi examen las plantas de los pies, el perineo y áreas adyacentes y el cuero cabelludo.

—Vaaaya, has dejado una de mis zonas favoritas para mí. ¿No es estupendo? Deberíamos concentrar ahí nuestras pesquisas. ¿Estás de acuerdo, Leonardo? —Navekhen alargó la mano y la apoyó en su hombro. El muchacho no retrocedió, si bien se tensó ostensiblemente, a lo que el hombre del uniforme negro reaccionó riendo entre dientes—. Lástima que, siendo realistas, lo más lógico es comenzar por la cabeza. No te preocupes, no te haré daño.

Tras colocarse de nuevo el visor gris, tiró del florentino con suavidad y lo hizo volverse. Sus dedos se desplazaron con gentileza entre los cabellos dorados para facilitarle el estudio de la piel al descubierto.

—Sí, he encontrado algo —confirmó en su propia lengua, señalándole la parte posterior del cráneo. Sin poder contenerse más tiempo, el joven Neudan se acercó a mirar—. La inoculación se produjo por aquí; noto un abultamiento casi imperceptible y la concentración enzimática es mayor.

—¿Qué...? —El solo resignado a medias conejillo de Indias se revolvió bajo sus manos.

—Relájate, mi encantador amigo. —Navekhen volvió a emplear el toscano y le acarició el punto mencionado—. Todo te será explicado en su momento, pero ahora necesito saber algo. Esta contusión, ¿cómo te la hiciste? Debió resultar molesta, o dolorosa. Debió causarte alguna impresión. Trata de traerlo de vuelta a tu memoria.

Su boca estaba mucho más pegada a su oído de lo que habría resultado decente y necesario, y se cuidaba bien de usar un tono suave. Semejante intimidad infundía en el aprendiz una inexplicable mezcla de sensaciones: a la par que le erizaba el vello, le provocaba una relajación intensa, casi un trance.

Recordó...

—Tuvo que ser cierto día —relató, hablando despacio—. Yo tendría unos catorce o quince años y me hallaba recorriendo el camino que bordea el río Arno, en dirección a Pisa. Había tomado el nuevo caballo de Padre para adentrarme en una zona que deseaba explorar. Las formaciones rocosas que se encuentran por allí son tremendamente interesantes, ¿sabéis? Estaba haciendo algunos esbozos, cuando descubrí una caverna que debía ser mucho más profunda que las demás. El arrastrar de mis pasos resonaba en las paredes de piedra y, de repente, cesaba por completo, como si... como si alguien hubiera dispuesto un gigantesco muro de algodón para amortiguarlo en algún recodo del oscuro corredor. El eco traía sonidos perturbadores. Me sentía atraído por aquella penumbra, deseaba entrar, ver lo que me esperaba allá, en sus entrañas... y, al mismo tiempo, experimentaba un profundo temor a lo que pudiera encontrarme, a algún monstruo de pesadilla que acechase en las sombras.

»Entré. Mi curiosidad me venció. Avancé por el estrecho corredor todo lo que me permitió la luz diurna, pues no llevaba ninguna otra fuente de iluminación conmigo. Y vi...

»No sé lo que vi; una jugarreta de mis ojos, un truco de la mente, un destello púrpura. De lo único que tengo la certeza es de que perdí el sentido y, cuando volví en mí, estaba confuso y dolorido. Supuse que me había resbalado y me había golpeado la cabeza, porque padecía una extraña molestia en la zona donde vos... donde me estáis tocando. —Los dedos se detuvieron, aunque no se apartaron—. Salí a trompicones, subí al caballo y no sé cómo me las arreglé para regresar a casa. Al llegar, Padre comenzó a gritarme por haber tomado el animal sin su permiso y haber salido sin decir a dónde. Algo preocupante debió notarme, porque se apaciguó; recuerdo voces agitadas, y unos brazos llevándome a la cama..., y nada más. Luego me dijeron que me había pasado tres días durmiendo, pero como me había despertado en plena forma y no presentaba heridas, todos suspiraron aliviados y no indagaron más allá. Incluido yo mismo. —Se dio la vuelta con estudiada lentitud y encaró a su interlocutor—. Y ahora aparecéis vos, localizáis una vieja herida sin cicatriz y me instáis a narraros un incidente del que no podíais tener noticia, puesto que nunca se lo había contado a nadie.

—Sí, admito que soy el primer sorprendido por haber tenido la oportunidad de encontrarte. —El hombre de cabellos oscuros sonrió con astucia, esquivando ese comentario—. Dime, Leonardo, ¿serías capaz de conducirnos a esa caverna, si te lo pidiésemos? Intuyo que así es, ya que posees una memoria magnífica, según hemos podido comprobar. ¿Tienes algún compromiso, digamos... ahora mismo?

—¿Realmente no vais a revelarme nada? —Las cejas rubias no perdieron su rígido frunce—. ¿Realmente esperáis que os guíe por caminos desiertos hasta una cueva perdida y oscura, sin tener la menor idea de quién sois ni cuál es vuestro propósito?

—¿Por qué? ¿Temes que pueda atacarte en algún paraje solitario? ¿Crees que, de ser esa mi intención —la mano que aún mantenía sobre su cabeza se hundió entre sus cabellos, tirando hacia él con suavidad—, no lo habría hecho ya?

—Navekhen-dabb, no es necesario que lo amenaces —se sintió obligado a aconsejar su camarada más joven.

—No lo dudo ni un instante. —El florentino tragó saliva y replicó, sin apartar la mirada—. Por más que me defendiera, no creo que pudiese hacer nada contra vos y vuestros amigos; sospecho que uno sería suficiente para reducirme. No intento resistir ni me niego a colaborar, únicamente... necesito saber. Esta situación es la más extraordinaria que he vivido jamás y necesito saber. Por mi vida, que no repetiré ante persona alguna nada de lo que salga de vuestros labios.

Navekhen lanzó una mirada furtiva a Draadan, su supervisor. Ningún movimiento delató lo que este estaba pensando —o, al menos, nada que Leonardo pudiese percibir—. Al final, la sonrisa del visitante se diluyó.

—Buscamos a alguien —confesó—, no a un terráqueo cualquiera, sino a uno de los nuestros. Y ese alguien, en apariencia, te encontró a ti primero y te hizo servirle para un propósito que desconocemos. Cualquier pista que nos lleve a él es esencial, y ahora tenemos dos: un guapo aprendiz florentino y una caverna. Hace tiempo que te observamos, joven Leonardo. Dado que la simple observación no nos ha conducido a nada, el siguiente paso era... acercarnos más.

»Antes de seguir hablando, hemos de garantizarnos tu discreción. No es que no confíe en tu palabra, encanto, pero existen dos importantes motivos por los que debemos mantenerte bajo control, y el más importante es tu propia seguridad.

»Necesitaremos hacerte lo mismo que aquel a quien buscamos te hizo en su día. —Los dedos volvieron a juguetear con su cuero cabelludo—. Seamos sinceros, no era esencial solicitar tu permiso; como bien has dicho, yo solo me bastaría para hacer lo que quisiera contigo. —Su sonrisa regresó—. La cuestión es que me has caído en gracia, ya ves, y preferiría que aceptases ayudarnos por iniciativa propia. Nada malo te sucederá y, de hecho, es probable que obtengas algo maravilloso a cambio. ¿Qué decides?

«No a un terráqueo cualquiera»... La cabeza de Leonardo daba vueltas. ¿Quiénes eran aquellos hombres que no se consideraban terráqueos cualesquiera? Y, lo más importante: ¿acaso había algo que decidir? No le estaban dando opciones, sino la posibilidad de aceptar por las buenas o por las malas.

Ellos sabían, y él también, que no cabía indecisión posible.

Tampoco le importaba.

—Digo que sí.

—Por supuesto. —La mano intrusa se retiró de su cabeza, entre una marea de finas hebras rubias—. Draadan-mekk, ¿me acompañas fuera? Quiero comentarte algo, será cuestión de un segundo. Neudan se quedará contigo, mi pequeño amigo. Ah, y otra cosa: tutéame, por favor. Todo ese formalismo del vos no se hizo para mí.

Con un guiño, el hombre se dio la vuelta y siguió a su supervisor fuera de la estancia. La mirada del aprendiz se cruzó un instante con la del frío y silencioso Draadan; eso creyó, al menos, pues no había manera de distinguir a dónde se dirigían los ojos ocultos tras las gafas grises.

Espió el patio desierto a través de la ventana de pequeños rectángulos de vidrio emplomado. A la fuerza habían debido salir por allí, así que, ¿dónde se habrían metido? Extraño, todo era tan extraño...

A la vez que observaba, él era asimismo observado. Su tímido compañero de habitación no le quitaba ojo, impresionado por la bella estampa que ofrecía bajo la claridad de la mañana. Llevaba un sencillo jubón celeste sobre la camisa blanca y unas medias de color azul oscuro. En contraste con su propio uniforme negro, era una sinfonía de color. La imagen de aquel mismo cuerpo —desnudo— que se había grabado en sus pupilas poco antes volvió a manifestarse ante él con fastidiosa nitidez. Se sintió enrojecer hasta la punta de los cabellos, más aún cuando el muchacho rubio eligió ese preciso instante para girarse. Entonces desapareció de la vista.

Fue un acto reflejo tosco y estúpido. Aunque tardó décimas de segundo en percatarse de lo irracional de su comportamiento y volver a hacerse visible, comprendió que estaba siendo muy infantil. Maravilloso, sencillamente maravilloso, pensó, luchando contra las ganas de embestir la pared con la cabeza por delante.

—Eh... Me... me preguntaba... —balbuceó, tratando de esconder su vergüenza—. Quiero decir... Tres completos desconocidos se materializan frente a ti de la forma más increíble, te piden ayuda, te hacen preguntas, no te ofrecen ninguna respuesta a menos que te sometas a algo que desconoces..., y tú mantienes el tipo y lo aceptas todo con una calma extraordinaria, sin que te tiemble la voz siquiera.

Leonardo le devolvió la mirada. Una pequeña sonrisa aleteaba en sus labios.

—Siempre he sabido que en el mundo había cosas maravillosas —respondió, al fin— y que debía hacer lo posible por encontrarlas y comprenderlas. Donde otros se conforman con fe ciega, yo prefiero hacerme preguntas. ¿Por qué aceptar siempre la palabra ajena, cuando puedo experimentar y buscar mis propias respuestas? ¿Por qué permanecer a oscuras, cuando puedo encender una luz?

»Hace mucho que dejé de creer que los ángeles bajarían para iluminarme. No, no sois ángeles; parecéis personas igual que yo, y es todo lo que sé. Mas de una cosa estoy seguro: el destino os ha puesto en mi camino y pienso aprovechar esta oportunidad. Llegaré tan lejos como pueda, tanto como me lo permitáis. Y si tengo que sacrificarme o pagar un precio por ello..., nombradlo, y haré todo lo humanamente posible por satisfacerlo. No tengo otra opción.

»Ahora que he visto la luz, no puedo quedarme en las tinieblas.


 




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