2012/05/14

EL DON ENCADENADO XXIII: La sombra habla






Caradhar soñaba. Eso creía, al menos: ¿eran sueños las sensaciones que experimentabas cuando estabas dormido? Él nunca había soñado antes y no podía estar seguro, pero debía estar dormido. Estaba en un lugar oscuro y alguien había gemido muy quedamente. Unos labios se habían acercado a su oído y le habían susurrado algo que no había podido entender muy bien; era extraño, porque no había sentido el aliento de los labios en su piel. Ah, sí: Haz lo que debas. Eso es lo que la voz de curioso acento había dicho. Haz lo que debas.

Un nuevo gemido. Si estaba dormido, ¿cómo podía saber que soñaba? A menos, le habían dicho, que estuviera a punto de despertar. Y todo era tan real: el frío del suelo de piedra; la sensación pegajosa sobre su cuerpo; el vacío en su estómago; el dolor... El dolor era muy real, una presión sorda en su pecho, justo en el corazón, como aquella vez en Argailias...

La certeza lo golpeó. El dotado abrió los ojos de súbito: no estaba dormido. Estaba en un sótano, en una casa de la ciudad de Varemethe. Sül había venido a buscarlo y había sido herido; sin duda era él quien gemía y necesitaba su sangre. Pero no estaba allí. Se arrodilló con esfuerzo y miró a su alrededor; en el suelo había un cadáver, el del espía Misselano; la puerta temblaba ligeramente, como si alguien acabara de salir por ella.

Darial. Sül no estaba allí, pero el alquimista estaba echado en aquella cama y era él quien gemía. Haz lo que debas. En el suelo, junto a la cama, había un puñal.

Sül se había marchado sin él. No; debía estar muy malherido, y no era su voz la que había oído. Debía ser aquel otro elfo, el que había aparecido de la nada. Sus dedos se cerraron sobre el puñal y sus ojos se volvieron al elfo rubio. Lo contempló desde lo alto; en todo aquel tiempo nunca había sentido nada especial por él, salvo desprecio, quizás; una ligera náusea; un breve momento de rabia, cuando había amenazado con tomarlo a la fuerza en su dormitorio de Elore'il. Pero ahora...Oh, ahora creía sentir algo. Sül se había ido y sentía que debía agradecérselo...



Darial abrió los ojos y se llevó la mano al cuello. El dolor era insoportable, y tenía la garganta tan maltrecha que sólo podía emitir sonidos inarticulados. Al momento se dobló debido a un ataque de tos que agudizó aún más su suplicio. ¿Cómo había llegado a aquello? No podía responder a la pregunta; todo era demasiado nebuloso aún. Fijó la vista al frente, y entonces lo vio.

Alguien lo miraba desde los pies de la cama: un pálido cuerpo desnudo, horriblemente cubierto de sangre seca a pesar de no mostrar ninguna herida, con su larga melena revuelta, de un color rojo aún más vivo, desparramada sobre los hombros y cubriendo parcialmente su cara. Caradhar. En la mano derecha llevaba un puñal.



-No digas nada, Darial. No soy susceptible a la poción, como has podido comprobar, y si intentas gritar sólo me llevará un segundo matarte. Pero quiero contarte algo.



Caradhar se colocó a horcajadas sobre el alquimista, que lo miraba mesmerizado: aun en aquella situación, no pudo evitar sentirse cautivado por esa aparición completamente blanca y carmesí que lo rodeaba con sus piernas y bajaba la vista hacia él. Era como si fuera el dotado quien hubiera bebido el elixir dorado y él estuviera obligado a obedecerlo. No habló, ni se movió.



-Yo maté a Lord Killien -el alquimista tragó saliva-. ¿Quieres saber por qué lo hice? Me ordenó que hundiera mi espada en el cuello de Nestro. Podría haber desobedecido; probablemente habría ordenado que me encerraran o me ejecutaran, pero podría haber elegido. El hecho es que la hundí.

"También podría haber elegido pelear en Argailias, en vez de dejar que me arrastraras a esto. Y podría haber prestado más atención y no permitir que pronunciaras esa palabra, para que Sül no hubiera resultado herido, o muerto, no lo sé. Pero no lo hice, así que tengo una extraña sensación de que vuelvo a estar en el punto de partida; no me gusta en absoluto, pero al menos sé lo que tengo que hacer. ¿Quieres saber cómo lo hice?

"Él estaba en la cama, y yo me coloqué a horcajadas; presioné mi puñal contra su garganta -su brazo siguió lentamente a sus palabras, ante los ojos horrorizados de Darial- y me incliné para mirarlo a los ojos. No fue como mirar a Nestro cuando murió; me gustaba mirar los ojos oscuros de Nestro. No eran tan profundos como los de Sül, pero... En cambio, la mirada de Lord Killien era vacía y vulgar. No sentí nada cuando lo maté.

"Tus ojos, Darial... Creí que no sentiría nada, pero me equivoqué.



Deslizó el puñal a lo largo del pecho del alquimista hasta su estómago; sus enredadas guedejas caían a ambos lados de su rostro, como una cortina que les proporcionara intimidad. El puñal penetró en el vientre de Darial, cuyo cuerpo se sacudió ligeramente; un borbotón de sangre brotó de entre sus finos labios; su rostro se torció en una mueca de sorpresa, como si no pudiera creerse lo que el joven acababa de hacer.



-¿Por.. por qué? -balbució, agarrando débilmente la muñeca de su asesino- Yo siempre... siempre... has sido todo para mí...



Caradhar siguió mirándolo fijamente hasta que la luz se apagó en sus ojos amarillos.



Después se levantó, se puso las calzas, extrajo el puñal ensangrentado de su horrenda vaina y se lo llevó. Puesto que la puerta estaba abierta, se dirigió hacia ella. No sabía lo que se encontraría al otro lado, pero no le importaba en absoluto. Necesitaba saber.

Salió a un corredor en penumbra; miró a ambos lados y estaba desierto y en silencio. El lado derecho terminaba en una pared, así que caminó hacia la izquierda; pero no había dado ni dos pasos cuando un par de manos le taparon la boca y le sujetaron el brazo del puñal. ¿Que manos? Allí no había nada; era...



-¿Recuerdas mi voz? Ahora subiremos al tejado, porque hay norteños en la entrada. No hagas ningún ruido.



Sin más, el extravagante elfo lo tomó por la muñeca y lo guió hasta la ventana más próxima; una vez allí, Caradhar sintió el contacto de unos hombros y un cuello robustos bajo los brazos. Era la sensación más extraña que había experimentado: trepar a la espalda de alguien a quien no podía ver... Pero aquel personaje lo hacía con una velocidad sorprendente, incluso con el peso extra, así que no duró mucho. Se encontró en el tejado de la casa vecina, junto a la chimenea; era de noche y apenas había luz bajo la luna creciente.



-Ayer encontré un lugar donde podemos resguardarnos; vamos.



Un bulto negro que no había visto se alzó en el aire. ¡Sül! El dotado se abalanzó sobre él, pero la mano invisible lo detuvo.



-Después. Espera aquí porque me ocuparé de ponerlo a salvo primero. No te muevas.



Desapareció como un fantasma. Caradhar no podía creerse que lo hubiera dejado allí sin decirle siquiera cómo se encontraba el Sombra. Ponerlo a salvo, había dicho... Eso debía significar que aún estaba vivo...

Los minutos se le hicieron eternos hasta que sintió la presión de una mano sobre el hombro. Se encaró con lo que, según pensaba, debía ser el rostro del elfo y preguntó con voz dura:



-Dime qué ha sido de...



El elfo simplemente lo ignoró y lo levantó como si fuera un niño; el dotado emprendió el paseo más enloquecedor de su vida, colgando como un fardo sobre los tejados de la ciudad, que pasaban a toda velocidad bajo sus ojos. Miraba hacia abajo y sólo veía sombras oscuras, y ocasionalmente el vacío se abría bajo él cuando el elfo salvaba de un salto una distancia que parecía imposible.

El paseo finalizó junto a las contraventanas de madera de una buhardilla; al pisar suelo firme se sintió un poco mareado, pero no durante mucho tiempo, porque una pequeña vela se iluminó y el cuerpo de Sül apareció a sus pies. Corrió a arrodillarse junto a él.



-Ocúpate de él. Volveré pronto.



Las contraventanas se cerraron desde fuera; Caradhar no les prestó atención, porque estaba examinando a su compañero caído. Sül estaba pálido, mas al apartar sus ropas para ver el lugar donde había recibido la estocada lo encontró cubierto de sangre seca, pero ileso. El pecho del Sombra subía y bajaba débilmente; respiraba...

Caradhar también respiró, cerrando sus ojos carmesí, y se dejó caer hasta que su frente descansó suavemente sobre la de Sül. ¿Habría utilizado aquel elfo su sangre para cerrar la herida? Las fuerzas parecían haberle abandonado, pero poco le importaba; se tendió junto al joven moreno e intentó mantenerse despierto, vigilando el ritmo de su respiración.







Sus ojos se abrieron a la oscura profundidad de los de Sül, tendido frente a él, con la mano gentilmente sumergida en sus cabellos rojos. Lo miraba de tal forma que cualquier otra persona se habría sentido intimidada por la inmensidad de aquella marea; como siempre, fue su calmado fuego el que ganó el duelo, y el Sombra tuvo que bajar la vista y acercar los labios para ocultar su turbación. El contacto fue intenso y a la vez suave, como un primer beso, donde el deseo más genuino era atemperado con la cautela del desconocimiento. La mano se perdió aún más entre los mechones alborotados; las lenguas se hicieron más audaces; Sül tiró con fuerza de su pareja y lo apretó contra sí...



-En otro momento nunca se me ocurriría interrumpir, salvo para pediros que me hicierais un hueco, pero estamos en una ciudad sitiada, señores. Por si lo habíais olvidado.



Ambos se volvieron hasta el fondo de la habitación, de donde venía la voz del acento extranjero. Aquella aparición alta y oscura caminó hacia ellos con calma, abrió una de las contraventanas, dejando entrar un poco de luz, y soltó una bolsa de provisiones en el suelo y un libro con pastas de cuero a los pies de Caradhar. Aunque ninguno de los dos prestó atención a los objetos; estaban demasiado ocupados estudiando al recién llegado, y para Sül era la primera vez. Tenía un vago recuerdo, mientras había estado agonizando en el suelo, de una alta silueta moviéndose sobre él. No estaba muy equivocado: aquella tenía que ser una de las figuras más imponentes que había visto jamás. No entendía aquellas ropas que no dejaban mucho a la imaginación, ni el hecho de que no parecía cargar ningún tipo de equipo, pero lo cierto es que tenía un rostro realmente atractivo. Había en él algo que le resultaba extrañamente familiar; le costó darse cuenta de que aquel color de ojos y de pelo no era nada común en Argailias, y él solo conocía a dos personas que... Frunció el ceño y se volvió hacia Caradhar, pero lo que vio le hizo arrugar el entrecejo aún más, porque la expresión del dotado no era tan fría como de costumbre.

El elfo notó sus miradas y sonrió burlonamente.



-¿Veis algo que os guste? Yo llevo mucho tiempo viendo... muchas cosas que me gustan. Tú lo sabes, ¿verdad, Sül? -el Sombra apretó los labios- Excepto lo de ayer. Tu entrada al rescate fue un disparate, algo así como levantar la cola a un dragón dormido para intentar sodomizarlo... y eso que no esperaba mucho de un Darshi'nai fallido. En cuanto a ti -miró a Caradhar- buen intento, pero podría haber sido mejor: tu descuido casi hace que lo maten.



-¡Oye, grandísimo hijo de puta...! -Sül se levantó, encolerizado, y se enfrentó al elfo que era mucho más alto-¡Si estoy vivo es gracias a él! ¿Dónde coño estabas tú mientras ese espía usaba sus trucos sucios conmigo?



-Si me hubiera manifestado, lo más probable es que ahora estuviéramos muertos. La orden de ese alquimista también me afectó. Suerte que se desmayó, porque de otro modo no habría podido acabar con el Darshi'nai norteño.



-¿Y cómo llevaste a cabo esa hazaña? -se burló Sül- Sin duda tus trucos son mejores que los suyos...



-Se había escudado tras el chico -el elfo miró con interés al Sombra-; tuve que lanzarle una jabalina... a través de él.



-¿Que hiciste qué...?



-Déjalo, Sül -intervino el dotado, levantándose-. Hizo lo que debía, y después se ocupó de ti mientras yo estaba inconsciente. Tiene razón, no merece la pena discutir -el Sombra lo miró con ojos ligeramente torturados- ¿Eres un Sombra a las órdenes de Elore'il?



-No soy un Darshi'nai, chico.



-¿Quién eres, pues? ¿Tienes un nombre?



-No es el mejor momento para contarte quién soy; antes debemos estar de vuelta en Argailias, donde alguien con un dominio de las palabras mucho mejor que el mío te lo explicará.



-¿Mejor dominio de las palabras que tú? -observó Sül, con sorna-. Me cuesta creerlo...



-Es cierto, tampoco debo pasarme de modesto; las palabras son sólo uno de mis dones. Y no te imaginas las otras cosas que puedo hacer con mi lengua, Sül... -antes de que el Sombra pudiera replicar con un juramento, el elfo prosiguió- Descansad y comed algo, porque tenemos que esperar a la noche para salir. Para un Darshi'nai y para mí sería un juego de niños, pero tenemos a nuestro llamativo amigo de quien preocuparnos. Yo saldré a preparar la mejor ruta de escape.



Caradhar se fijó por primera vez en el libro que había en el suelo y se agachó a recogerlo.



-¿Qué es esto?



-El libro de fórmulas del alquimista. No querrías que cayera en manos de los norteños, ¿verdad? Después de todo, fue una de tus razones para dejarte arrastrar hasta aquí.



El dotado pasó las páginas con total indiferencia; como la mayoría de los alquimistas veteranos, Darial había escrito sus anotaciones de una manera que resultaba extraordinariamente difícil de descifrar, de manera que solían ser de poca utilidad si eran robadas. El joven elfo lo sabía bien.



-Necesitaban a su autor si querían sacarle el máximo partido -prosiguió el elfo- por eso ese Darshi'nai debió tomarse mucho trabajo para convencer al alquimista. Claro que tenía otros incentivos en mente... -miró especulativamente a Caradhar y sonrió descaradamente- Bien, tendréis que admitir que no habríais podido llegar muy lejos sin mí. Merezco una recompensa.



-¿Qué recompensa? -preguntó Sül con suspicacia.



-Poca cosa, tranquilo -el elfo siguió mirando al dotado- Siento curiosidad por probar algo que parece ser muy apreciado, a pesar de que un baño no te sentaría nada mal. ¿Qué tal un beso?



Caradhar sostuvo su mirada sin inmutarse; pero el Sombra, airado, se interpuso entre los otros dos, empujando al altísimo extranjero.



-Escucha, gilipollas: si te crees que...



-Calma. Si no quieres que cobre mi recompensa de ahí, simplemente la tomaré de otra parte.



Los ojos del elfo se clavaron en los de Sül. El Sombra devolvió la mirada, confuso: aquellos ojos de color corinto... no eran ingenuos como los de el Maede, sino profundos e hipnóticos como los de... Neharall. Temor y atracción a la vez. Deseaba apartarse, pero se sentía incapaz de mover siquiera la mano que descansaba en el pecho de aquel desconocido; tampoco se resistió cuando inclinó la cabeza y pegó los labios a los suyos, y deslizó suavemente la lengua entre ellos...

De alguna manera el hechizo se rompió. Sül lo empujó violentamente y desenvainó una daga, decidido a dejarle un doloroso recuerdo si volvía a acercarse a él. El elfo no lo intentó; sus labios se arquearon en una enigmática sonrisa.



-Nos vemos esta noche. Por cierto, sí que tengo un nombre: Vira.



Desapareció. Sül se volvió hacia Caradhar, avergonzado, pero el dotado no parecía estar molesto. Su rostro seguía igual de inexpresivo y tenía la mirada ligeramente perdida. El Sombra no pudo evitar sentirse frustrado ante la falta de reacción. ¿Acaso no le importaba en lo más mínimo? Si hubieras sido tú, yo...

Caradhar volvió a sentarse en el suelo, flexionando las piernas y abrazándose las rodillas.



-Lo he matado, Sül. A Darial.



-Ojalá hubiera podido hacerlo yo mismo -se arrodilló junto a él-. No puedes imaginarte cuánto me habría gustado...



-Yo no lo deseaba. Sólo lo hice porque pensé que podrías estar muerto. No quiero tener que matar a nadie más; nunca me permiten olvidarlo.



Toda la irritación que sentía el Sombra desapareció al instante. Colocó la mano sobre la mejilla del dotado y le hizo volver el rostro hacia él.



-Perdóname, Adhar. Te prometo que no dejaré que pase otra vez. Pero, por favor, no vuelvas a apartarte de mí, porque no puedo soportarlo. Ni por tu madre, ni por el Maede, ni por la Casa... Por favor...



Caradhar lo besó. Sül temió que notara el sabor extraño de los labios de aquel elfo, hasta que recordó que no podía gustar ningún sabor. Sus miedos desaparecieron pronto; hacía muchos días que no sentía aquella piel ni olía aquel aroma, y no le importaba nada más: ni el extraño que decía llamarse Vira, ni el peligro que los rodeaba, ni el viaje que tendrían que afrontar. Estaban juntos, y era todo lo que necesitaba, y por los dioses que deseaba estar dentro de él, si se lo permitía. Sin interrumpir el beso se inclinó poco a poco sobre el joven pelirrojo hasta que lo tendió de espaldas, flanqueando su rostro con ambos antebrazos y rodeando sus caderas con las piernas. La boca del dotado se apartó.



-Estoy cubierto de sangre.



-No me importa en absoluto.





***





Aquella noche tres figuras se aventuraron a cruzar las murallas de la ciudad, firmemente custodiadas por miedo a un ataque del sur. En las torres de vigía ardían grandes fuegos y había arqueros apostados a lo largo de todo el perímetro. Vira guió a los otros dos hasta el punto donde el río penetraba a través de los gruesos muros. Estaba sometido a una vigilancia continua, pero era la solución mejor y más rápida.

La ira de Sül contra el extranjero se había aplacado bastante gracias al día que había pasado con Caradhar; aun así continuaba mirándolo con desconfianza y, por qué negarlo, con cierto embarazo por lo que había ocurrido. Una vez que el elfo hubo regresado a la buhardilla con ropas limpias para ambos, y mientras aguardaba pacientemente a que se prepararan para seguirlo, el Sombra había preguntado:



-¿Y dónde está tu equipo?



-No lo necesito.



-¿Cómo? ¿Y tus armas?



-Tranquilo, Sül. Llevo conmigo todo aquello que preciso.



El Sombra había fruncido el ceño. Por más que mirara, aquellas "ropas" no dejaban sitio para esconder nada; nada en absoluto...

Llegaron a su destino. Un orificio lo bastante grande para que cupieran por él permitía el paso del agua. Parecía que la reja que lo protegía era segura, pero Vira afirmó que ya se había ocupado de ello. El lugar estaba bien iluminado, con cinco norteños de guardia, y eso sin contar los que patrullaban periódicamente a lo largo de la muralla. Vira señaló a una zona alejada y más oscura.



-Ve hacia allí y arréglatelas para atraer a uno de ellos y cuando lo... neutralices me ocuparé del resto. Mantén un ojo en la patrulla de la muralla, por si acaso, aunque he calculado bien los intervalos de tiempo de que disponemos.



-Te vas a ocupar de cuatro antes de que uno siquiera pueda dar la voz de alarma -afirmó Sül con escepticismo-. Ya...



-Lo haría con los cinco pero el movimiento es más fluido con cuatro.



-Y lo vas a hacer sin armas.



Caradhar comenzaba a lamentar el haber pasado el día entre arrumacos y no haber puesto al Sombra en antecedentes. Lanzó una mirada a su compañero y asintió. Sül calló, muy poco convencido, pero fue a apostarse en el lugar indicado. Cuando los guardias de la muralla estuvieron en la posición óptima un ruido atrajo a uno de los de abajo, que se dirigió a echar un vistazo. Sül tardó muy poco en ocuparse de él, así que no se perdió el espectáculo.

Contempló, atónito, la silueta negra que se materializó de la nada, justo a la espalda de dos de los guardias, y su extraña transformación en el elfo. Vio cómo dos estilizadas dagas aparecían en sus manos y se convertían en dos borrones casi imposibles de seguir con la vista al degollar a ambos norteños; al instante, las dos dagas volaron e hicieron blanco en las gargantas de los otros dos, que sólo pudieron emitir un gorgoteo antes de caer, casi a la par que sus camaradas. El elfo volvió a desvanecerse, repitiendo aquel proceso a la inversa, y una forma invisible pareció perturbar la superficie del agua. Ambos espectadores sabían que aquella era la señal para seguir a Vira, aunque a Sül le costó más trabajo reaccionar porque no acababa de asimilar lo que había presenciado: ningún Darshi'nai de quien él tuviera noticia era capaz de...

La figura de Caradhar entrando en el agua y mirando a su espalda con desconcierto lo sacó de su ensimismamiento. Corrió tras el dotado y nadaron hasta la reja, que ya se sacudía como movida por una fuerza que no podían ver; entre los tres la separaron lo suficiente para deslizarse por el conducto y llegar al otro lado, donde repitieron la operación.

No tenían tiempo que perder; pronto, los cuerpos serían descubiertos y se lanzarían en su persecución. Debían cubrir la máxima distancia posible para poder llegar al bosque y despistarlos.





***





El camino de vuelta a Argailias resultó de nuevo agotador para Caradhar y Sül, aunque para ambos fue toda una mejora, comparado con el de ida. En cuanto a Vira, parecía haberse esfumado; de vez en cuando se hacía notar para dar indicaciones a sus compañeros pero desaparecía enseguida.

Tan pronto como pudieron, los elfos se hicieron con monturas y cabalgaron el resto del camino; cuando por fin se hallaron a las puertas de la ciudad élfica, un total de veintidós días habían transcurrido desde que comenzaran su andadura... Era de noche, y apenas se oía nada: tan sólo se veían las luces de la ciudad y los guardias de la muralla.



-Querréis volver a informar a Elore'il de vuestra vuelta -susurró Vira, apareciendo junto a ellos.



-Elore'il puede esperar; lo que yo deseo saber es qué es lo que tienes que contarnos -afirmó Caradhar, con voz resuelta.



-Ya veo. Seguidme entonces; hay alguien a quien debéis conocer.





Ninguno de los dos elfos frecuentaba el círculo de casas de la periferia, justo antes de llegar a la Zanja. Allí fue a donde los guió la voz de Vira, y tras muchas vueltas se hallaron frente a una puerta bastante corriente de una vivienda bastante corriente; la puerta se abrió ante ellos y se cerró y aseguró una vez que estuvieron dentro. Una silueta coloreó de un negro aún más intenso la oscuridad que ya reinaba en el lugar. La siguieron.

Ambos tenían buena vista, y cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz pudieron distinguir que era una casa humilde, sin pretensiones, que no parecía ser usada a menudo. Pero cuando Vira los condujo a una de las habitaciones del fondo...

Al menos dos docenas de velas iluminaban la pequeña estancia, confiriéndole una claridad amarilla. No había muebles, sólo alfombras y tapices donde el color verde reinaba sobre todos los demás, cojines en el suelo y una tupida cortina que ocultaba a la vista la única ventana. Era extraño, como un pedazo de otro lugar transportado a una casa a la que no pertenecía en absoluto. Vira apartó la cortina y se instaló sobre el alféizar de la ventana con la indolencia de un felino, flexionando una pierna y dejando colgar la otra; una enorme y oscura pantera. Pero la atención de los argailianos estaba centrada en los otros ocupantes de la habitación.

De pie, en el centro, había un elfo. Era alto y fuerte, aunque no tanto como Vira. Brillaban a la luz de las velas sus ojos castaños, y su larga melena del mismo color estaba recogida en varias trenzas anudadas todas juntas y rematadas en cintas de cuero pardas y verdes. Junto a él, sentada sobre un cojín en el suelo, una hermosa y pequeña elfa de cabellos del color de la canela observaba a los recién llegados con una intensa mirada de sus ojos amables, y en sus labios se dibujaba una dulce sonrisa. Ambos iban vestidos con sencillas ropas verde oscuro. El elfo inclinó la cabeza, pero ella se levantó, caminó hacia el dotado con decisión y alzó la cabeza para estudiar sus facciones con más detenimiento. Aunque hacía bastante que había entrado en edad de emparejarse, era delicada como una niña, y cuando sus finos dedos acariciaron la mejilla del joven lo hicieron de forma tan gentil que Caradhar no pensó siquiera en impedírselo.



-Deseaba tanto verte de cerca... -dijo ella, con una voz que sonaba como la de Vira, pero cálida y densa como la miel, y que parecía hablar directamente a los pensamientos. Luego se volvió hacia Sül- Y también a ti, Sül. Hacía mucho tiempo que deseaba... -la elfa se inclinó ante el Sombra, con la mano derecha apoyada de canto sobre el corazón: un ancestral gesto élfico para solicitar perdón- Y espero que tú también aceptes ofrecerme tu arrepentimiento algún día.



-¿Por qué... por qué me pides perdón? ¿Y por qué he de pedírtelo yo? -preguntó el joven moreno, confuso. Y fue entonces cuando notó que los ojos de la elfa eran del mismo color corinto que los de Vira... y Neharall.



-Sentaos, por favor -ofreció ella, señalando sendos cojines junto al suyo- y permitidme que nos presentemos. Ya conocéis a Vira; este es Ulmeh -el aludido inclinó de nuevo la cabeza- y yo soy Dainhaya. Hace mucho tiempo que te observamos, Caradhar, aunque nunca hemos abrigado malas intenciones hacia ti; hacia vosotros.



-Sé por experiencia que poner a un espía tras el rastro de alguien no suele ser para nada bueno -comentó Sül con el ceño fruncido, mirando de reojo a Vira-. Y especialmente a alguien como él... con esos trucos que no sé cómo diablos consigue sacarse de la manga...



-Era necesario; no sabíamos qué clase de elfo eras, Caradhar. Y una vez que lo averiguamos no hallábamos el momento más adecuado para darnos a conocer y demostrarte que no éramos tus enemigos.



-Aun en el supuesto de que aceptáramos que no sois enemigos -continuó Sül, a regañadientes- ¿quién sois, entonces? ¿Y qué queréis de él?



Los ojos de Ulmeh se volvieron hacia el Sombra cargados de censura; Dainhaya, en cambio, sonrió.



-Caradhar, mi madre era la hermana de tu abuela. Somos parientes de sangre; el elfo que te engendró, a quien los Darshi'nai dieron el nombre de Neharall, era mi primo -la mirada del dotado se endureció; en cuanto a Sül, apenas podía creer lo que oía-. Comprendo que mis palabras no te resulten tranquilizadoras, pero debes permitirme que te cuente toda la historia. ¿Lo harás?



Era difícil negarle nada a aquella pequeña elfa de voz cálida. Caradhar no respondió, pero pareció estar dispuesto a escuchar. Dainhaya prosiguió.



-Durante tantos años que no puedo llegar a contarlos mi gente vivió aislada, decidida a no tener nada que ver con los humanos ni con los elfos que se habían aliado con ellos. Escondieron por completo su existencia, convencidos de que era la única manera de sobrevivir. No hubo remordimientos, ni añoranza, ni miraron hacia atrás; simplemente vivieron en la forma en que creían que debían vivir los elfos, en la forma en que lo habían hecho desde que despertaron a la luz que la diosa del bosque dejó que se filtrara, por primera vez, entre los árboles.

"Fue un tiempo en el que viejas heridas comenzaron a sanarse; sé que para ti y para la mayoría de quienes nos rodean Maese Therendas fue el humano que trajo la ciencia a una época bárbara y caótica, pero te aseguro que los míos nunca lo vieron así. Nunca olvidaron lo que hizo a nuestros antepasados, ni aquello de lo que los privó, como hicisteis vosotros. Muchos árboles engordaron, círculo tras círculo, y muchos murieron, y nunca pudieron dejar de recordar.

"Pero entonces recobraron la esperanza, porque la vieja sangre comenzó a correr de nuevo por las venas de los recién nacidos. Era una llama pequeña y débil, al principio, pero era cálida y su brillo crecía poco a poco. Hasta que descubrieron qué era lo que la había prendido en un primer momento y no pudieron sino maravillarse, porque había estado tan cerca todos aquellos años pero en un lugar donde nadie había soñado buscarla.



-No entiendo una mier... una palabra de lo que dices -masculló Sül. Ulmeh volvió a taladrarlo con la mirada.



-Me refiero a lo que mantiene unido el tapiz del mundo, Sül; al don de los tenedores del Telar; a....



-Magia -interrumpió Caradhar-. Quieres decir magia. Pero la magia era un talento salvaje que desapareció de la tierra hace demasiados años; ya no es más que un mito, una historia para entretener a los críos...



Vira sonrió. Alzó la mano e invocó, una tras otra, hasta seis hojas arrojadizas que desplegó entre sus dedos como si fueran un abanico. Estiró el brazo y las lanzó hacia Ulmeh tan rápido que fue imposible seguir el movimiento. Pero las hojas no llegaron a golpear a su objetivo: parecieron impactar contra un escudo invisible que rodeara al elfo de cabellos castaños, y flotaron en el aire formando un círculo y luego una línea vertical perfecta. El elfo tendió la palma de la mano y las hojas cayeron en ella con un tintineo inofensivo, y luego se desvanecieron.



-Dime si os enseñan esto los Darshi'nai, Sül -dijo Vira-. Y dime tú, Caradhar, si hay pociones que permitan hacer estas cosas.



La apariencia de Vira cambió de esa manera tan peculiar hasta convertirse en una copia perfecta de Lord Navhares con las ricas vestiduras de su ceremonia de bodas; Caradhar se puso rígido, y Sül abrió los ojos de par en par, con incredulidad. El falso Maede sonrió.



-Una gran familia feliz -dijo, con una voz que nadie habría podido distinguir de la de aquel a quien imitaba, antes de que su cuerpo volviera a convertirse en aquel despliegue de líneas oscuras y, por fin, de nuevo en él mismo.



-Te aseguro que la magia existe, Caradhar -dijo Dainhaya con voz suave- y nunca ha dejado de hacerlo. Todos somos tejedores, y tú lo llevas en la sangre. Es tu herencia.



-Yo... yo sólo soy un dotado; esto no es magia, hay otros como yo... ¿Quienes...? ¿Quiénes sois vosotros? ¿Quién es tu gente?



-Somos los de la vieja sangre, Caradhar, los que decidieron no contaminarse con el veneno de la alquimia. Siempre hemos vivido en el bosque que llamáis de la Antigua Raza, porque eso es lo que somos. Somos los Silvanos.



No era fácil que el dotado se mostrara confuso, pero lo cierto es que casi balbuceaba. Sül se dividió entre el asombro por lo que acababa de ver y oír, a pesar de que había muchas cosas que no entendía, y la preocupación por Caradhar.



-Averiguamos qué era lo que hacía fuerte de nuevo a la magia -prosiguió la elfa- y tratamos de hacerlo nuestro, de borrar cualquier tipo de contaminación de nuestra sangre. Nuestro clan fue el descubridor, y pronto adquirimos fama de tener los mejores tejedores entre todos los clanes que habitan el bosque. Y es cierto que nos nacen más niños con el talento que a ninguna otra comunidad, y que nuestra sangre es solicitada desde muy lejos.

"Somos fuertes, pero algunos de nuestros sabios determinaron que debía haber una forma de intensificar aun más la herencia de nuestros antepasados, y que volver la espalda a nuestros parientes de fuera de los bosques no era la respuesta. La alquimia ha corrompido la antigua sangre, pero has de saber, Caradhar, que aun aquí aquella fluye en estos días, fuerte y pura, al menos hasta que es ahogada por los efectos de las pociones. ¿Sabes cómo? En tus venas; en las venas de los elfos con el Don. Entre mi gente hay muchos tejedores, pero ningún dotado. Y eso debía significar algo: debía significar que los mismos dioses nos ofrecían una pista de que nuestra sangre y la sangre de fuera debían ser una.

"Era una prueba de que la pureza sólo nace de la mezcla.



Dainhaya hizo una pausa; su semblante y su voz se tiñeron de una ligera melancolía.



"Tu abuela era una gran tejedora, una sanadora tan buena, a su modo, como poderoso es tu Don, Caradhar. Fue en sus tiempos cuando los míos comenzaron a observar en secreto a los elfos de Argailias, y en especial a los dotados. A pesar de estar encinta, la madre de tu padre se unió a una de las expediciones y quiso observar de cerca a aquellos parientes de los que habíamos estados separados durante tanto tiempo. Dicen que no había nadie capaz de guiarla por el camino de la prudencia excepto, quizás, su consorte, pero él pertenecía a otro clan y se hallaba muy lejos por entonces. Raras veces nos emparejarnos entre nosotros; la endogamia debilita la sangre y la nuestra está demasiado solicitada desde fuera...

"No sabemos lo que ocurrió. Mi madre me contó que tu abuela se separó del pequeño grupo y se perdió en la ciudad; sintió su pánico y su confusión, porque desconocía el idioma, y la angustia cuando fue capturada por unos elfos extraños que vestían prendas oscuras y la encerraron en las sombras, incapaces de entender apenas algunas palabras de lo que decía...



Sül tragó saliva. Comenzaba a entender a dónde conducía todo aquello. Su compañero pelirrojo sólo escuchaba, con rostro grave y concentrado.



"La buscaron durante meses. Ambas hermanas compartían un lazo psíquico, pero no podían saber dónde se hallaba. Los elfos que la retenían eran los maestros de los secretos, como podéis imaginar. Cuando le llegó el momento de dar a luz, tuvo que hacerlo sola; mi madre compartió cada uno de sus dolores, porque aunque su talento era grande para sanar a los demás, los dioses no le habían permitido quedarse siquiera un poco para sí misma. Ofreció todo lo que tenía para que el niño naciese sano, y murió.

"Mi madre casi enloqueció, pero tuvo que sobreponerse porque aún le quedaba un hilo que sujetar, el fino hilo que la unía a aquel niño recién nacido y que había tejido a través de su unión con su madre. Y lo aferró con toda la energía de que fue capaz.

"Era realmente descorazonador. De todos los destinos plausibles, de todas las posibilidades, el bebé había tenido que caer en las manos de la única gente que no lo dejaría salir a la luz del sol. Mi madre sabía que estaba en la ciudad; sabía que estaba vivo; pero no sabía dónde, ni como era. Sujetó el hilo durante muchos años, hasta que las fuerzas la abandonaron y siguió a su hermana, y yo tomé su lugar junto a Vira y otro de nuestros compañeros. Sí; hemos pasado gran parte de nuestra vida ocultos en esta ciudad. Hemos aprendido a apreciarla, y también a odiarla. Porque la diosa del bosque sabe que la odié con todo mi corazón cuando encontramos el cadáver de Neharall. Aquella sería la primera y la última vez que mi primo caminaría bajo la luz sin esconderse.



Sül bajó la cabeza. No podía evitar sentir remordimientos por lo que había hecho; siempre los había sentido, pero ahora que conocía aquella historia sentía como si un puñal le hubiera atravesado el estómago y se estuviera retorciendo dentro de él. Y lo peor de todo, lo que más le dolía... era que estaba seguro de que volvería a hacerlo. Entre su padre adoptivo y aquel elfo pelirrojo que se sentaba junto a él, y aunque le desgarrara el corazón, no podía haber otra elección posible.



-Tranquilo, Sül: sé lo que estás pensando -dijo ella, con voz suave- y sé por qué lo hicisteis. Él había sido la razón de la existencia de mi madre, y luego de la mía, y confieso que yo quería venganza, por entonces. Entre nuestros tejedores hay un puñado que son capaces de mirar en los ojos de los difuntos y obtener imágenes de ellos. Nos guiaron a vosotros. Y vosotros no estabais en las sombras; ya no.

"No pude odiarte cuando te conocí, Sül. Lo que él te había hecho desde que te recogió... -la elfa lo miró con aflición- Sentí que debía disculparme ante ti, en nombre de alguien de mi sangre. Pero aun así...



Sül entendió entonces las palabras de la elfa cuando se disculpó. Apretó los labios y repitió el gesto apologético, inclinando profundamente la cabeza.



-Lamento mucho haberte causado ese dolor. Ojalá hubiera podido ser de otra forma. Pero no puedo mentirte: mi elección seguiría siendo la misma.



-No, no puedes mentirme, y sé que eres sincero, y por eso te he perdonado, Sül -la elfa mostró una sonrisa triste.



-Pero, no entiendo... Dices que me conociste, pero yo... es la primera vez que te veo...



-Mi talento es la telepatía, como lo fue el de mi madre. Cuando supimos quiénes erais sólo necesité contemplados una vez para tejer vuestros hilos, y mi conexión con Caradhar es especialmente fuerte porque tenemos la misma sangre. No... no pude seguir llorando la muerte de Neharall. Tuve que aceptar que los dioses habían sido sabios al decretarlo así, porque a través de sus ojos sin vida pudimos llegar hasta su sangre... ¿Entendéis? En aquella ocasión, de todos los destinos plausibles, de todas las posibilidades... Neharall se había enamorado de una elfa y había engendrado un hijo. Un hijo con el Don.

"Pensad en la diminuta esperanza que cualquiera podía tener de que algo así sucediera. Creo que no podéis imaginarlo. Era la respuesta que los dioses nos ofrecían de que íbamos por el buen camino.



Caradhar no pestañeó. Así como Sül había quedado hondamente impresionado, el dotado no había manifestado ninguna emoción ni pronunciado ninguna palabra.



-Al tener el Don, y a pesar de haber dedicado buena parte de tu tiempo a la alquimia -prosiguió ella- tu cuerpo está limpio de pociones, porque nunca las has necesitado y no te las han suministrado. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de... Navhares. Me rompe el corazón saber que alguien de nuestra sangre depende en tal grado de la alquimia que dudamos que pudiera subsistir sin ella. Lo que tu madre hizo de él... Ya no hay nada que podamos hacer -suspiró- y su posición y sus descendientes lo han atado a Argailias. Pero tú...



-Espera un momento... - de nuevo interrumpió Sül- ¿Intentas decir que queréis llevaros a Caradhar con vosotros, a donde quiera que os escondáis?



-A él y a ti si lo deseas, Sül. Sé que no sois felices aquí. No sé si podrás cambiar de idea respecto a la alquimia, Caradhar, pero te aseguro que el poder de los tejedores es aún mayor, y más gratificante. Y lo llevas en ti, aunque sólo hayas sido capaz de sacar una pequeña parte... No tienes que dar una respuesta definitiva. Sólo queremos enseñarte de donde provienes y lo que podemos ofrecerte. Tendrás la oportunidad, ambos la tendréis, de conocer un lugar al que podréis llamar casa por primera ver en vuestras vidas.



Sül miró a su compañero de reojo. Su instinto le decía que aquella elfa no mentía, y su oferta era tan tentadora... Se moría por saber qué pensaría Caradhar.



-Hay algo más -afirmó el dotado, con voz fría-. No creo que los puros lazos fraternales sean la única razón de todo esto. Hay algo más que queréis de mi, ¿no es cierto?



Dainhaya lo miró con gravedad. Sabía que el joven no había desarrollado apenas el talento que tenía, pero había dado en el clavo. La causa bien podía ser su desconfianza natural, pero... Se preguntó si las pocas razones que le habían dado para confiar en él serían suficientes. Podría esperar, se dijo. Podría aguardar a que él acudiera junto a ellos por su propia voluntad, a que se confiara, a que tal vez no pudiera negarse a lo que le pidieran. Pero no podía hacerle aquello al chico, no después de la vida que había llevado.



-Tu sangre, que proviene de la mezcla, y que tiene la máxima pureza -dijo la elfa-. Eres uno de nosotros; y como nosotros hacemos, eso es lo que queremos que compartas, Caradhar.



-No entiendo... -dijo Sül, nervioso, aunque aquellas palabras le habían sonado ominosas.



-Queremos que engendres hijos con nuestra gente.



El sombra palideció. Apretando los puños, volvió el rostro a su compañero, pero el pelirrojo ni siquiera se había inmutado. No puedes aceptar, pensó. No, por favor, otra vez no... Te lo ruego, Adhar, no me importa soportar lo que sea, pero esto no...



-No -afirmó el dotado sin ninguna emoción, y Sül sintió que le devolvían el aliento que le habían robado-. No voy a hacerlo. Si lo sabes todo de mí, también sabrás que he pasado por eso y lo que opino de ello. No sé nada acerca de la magia, pero no veo por qué habría de hacer algo así por ella. Así que, ¿qué haréis ahora? ¿Me arrastraréis a la fuerza y me obligaréis?



Sül se puso en tensión. No creía que Dainhaya fuera ese tipo de elfa, pero si para ellos había tanto en juego...



-Si esa fuera nuestra intención, ¿no crees que lo habríamos hecho ya? Eres mi sangre. Nunca me llevaría a un dotado cualquiera contra su voluntad, y menos a ti.



-Bien; en ese caso, supongo que no hay más que hablar.



El pelirrojo se levantó y Sül lo imitó como un resorte. Vira miraba hacia abajo, y la sombra de una sonrisa aleteaba en sus labios.



-Caradhar -dijo ella-. Todo esto no cambia el hecho de que eres quien eres. Nunca te obligaremos a nada, y tampoco te daremos la espalda ni dejaremos que te ocurra nada malo. Eres uno de nosotros.



-Esas palabras ya las he oído antes. Vámonos, Sül.



Ambos jóvenes abandonaron la habitación. En la cabeza de la elfa resonó la voz de Vira, con un ligerísimo toque de suficiencia.





(Te lo dije; te dije que no aceptaría. Diablos: yo tampoco habría aceptado.)

(Lo sé, respondió ella, no necesito que tú me lo hagas notar. Pero no podía obrar de otro modo.)

(¿Cuál es tu plan ahora?)

(Insistir. Hasta que no me quede más remedio que marcharme.)

(Ya... El deber de unirte a tu prometido te llama...)

(Al menos yo cumplo con mi deber, Vira.)





La elfa se quedó pensativa. Era cierto que no había esperado que las cosas fueran fáciles, así que la entrevista no la había tomado por sorpresa. En cualquier caso, lo que más la había impresionado no había sido aquello, sino los sentimientos que las mentes de los dos jóvenes le habían inspirado. Por supuesto, no era la primera vez que se sumergía en profundidad en ellas, pero nunca con tal intensidad.

Entrar en la mente de Sül era una experiencia tortuosa. El Sombra era un elfo apasionado, que había conocido la violencia en su vida de muchas maneras; sus manos se habían manchado de sangre en numerosas ocasiones. Pero todo aquello no lo había dejado indiferente: era capaz de sentir remordimientos y compasión.

Mas lo que de verdad le llegaba al corazón era el profundo sentimiento que dominaba los pensamientos del elfo: el amor más ciego, poderoso, arrebatador... Era tan cálido que casi quemaba. tan profundo que ahogaba. Ella nunca había experimentado un sentimiento así; no sabía si debía envidiarlo o temerlo.

Pero la mente de Caradhar... Dioses, no era algo a lo que podía asomarse a menudo. Era como una puerta de la cual sólo había abierta una rendija; a través de ella se percibía un atisbo de un paisaje yermo y vacío, en el que sólo crecía un arbusto bajo el que cobijarse. Había algo tan desesperanzador en aquella visión que Dainhaya tenía que retirarse pronto porque sentía cómo la embargaba el abatimiento.

Y el dotado había vivido toda su vida atrapado en aquel paraje desolado.





***





Caradhar fue recibido con los brazos abiertos en Casa Elore'il. Dama Corail se ocupó de que descansara, pero no tardó en pedirle un relato detallado de lo que había ocurrido. El joven dejó caer en sus manos el libro de fórmulas de Darial e hizo una narración lo más escueta posible... excluyendo cualquier mención del papel que Vira había tenido en ella. La elfa acarició la cubierta del libro, pensativa.



-¿Así pues, ese espía era un Sombra del norte? -preguntó ella.



-Sí. No hay que subestimar a sus Darshi'nai, especialmente si son capaces de resistir tus pociones, Corail -respondió el dotado, con voz fría. Su humor no era benigno, tras su entrevista con los Silvanos.



-¿Y Sül fue capaz de derrotarlo? Admirable... considerando que hace mucho tiempo que apenas es más que un... escolta.



-Tal vez deberías comenzar a valorarlo en su justa medida.



-Por supuesto; si fue capaz de salvar tu vida, arriesgando la suya, créeme cuando te digo que estoy en deuda con él.



La dama se levantó y acarició las mejillas de su hijo; cuando se inclinó para besarlo, la puerta se abrió con gran estruendo y Lord Navhares entró en tromba en la habitación, corrió hacia el dotado y lo abrazó, completamente ajeno a todo lo demás. Caradhar lo dejó hacer, incomodo, pero la Maeda frunció el ceño.



-Que te escapes de palacio de esta forma es una violación del protocolo, Navhares. No creas que sus altezas te lo perdonarán tan fácilmente.



El chico la ignoró.





***





Pasaron varios días. Sül se había mantenido en guardia, esperando que los extraños elfos aparecieran de nuevo y trataran de convencer a su compañero de que se marchara con ellos. Pero no lo hicieron; todo se mantuvo curiosamente en calma. Él mismo había evitado tocar el tema porque lo aterraba que Caradhar reconsiderara su posición; de hecho, ni siquiera quería pensar el ello.

En cualquier caso, la calma sirvió para aplacar el frío humor del pelirrojo, y la tarde que arrastró al Sombra hasta su refugio en la Zanja sirvió para dejarle bien claro que su pasión no había disminuido ni un ápice.



Al anochecer, un ligero sonido que provenía de la entrada despertó a Sül, que se había quedado dormido debajo del dotado. Deslizándose con cuidado salió de la cama, se cubrió y tomó sus armas, aunque tenía la sensación de que ya sabía de quién se trataba. Esperó; ya no se oía ningún ruido.



-Sal de ahí. Sé de sobras que eres tú -dijo en voz baja.



-Y no pareces muy sorprendido -sonó la voz de Vira, y el elfo se hizo visible acto seguido.



-¿Por qué habría de estarlo? Como si fuerais a rendiros con tanta facilidad. Pero ya puedes largarte por donde has venido: no me apetece que lo despiertes para llenarle la cabeza otra vez con esa mierda.



-En realidad, era contigo con quien esperaba hablar. Seré todo lo breve que tú quieras, pero es importante. Sé que tienes dudas que te gustaría aclarar.



Sül pareció considerarlo unos instantes. Entonces terminó de vestirse, con el ceño fruncido.



-Vaya, un culo realmente atractivo.



El Sombra se volvió y gruñó. Sobre la cama, Caradhar seguía descansando boca abajo, y su cuerpo desnudo se mostraba en todo su esplendor. Sül se apresuró a cubrirlo con una manta y lanzó a Vira una mirada asesina.



-¿No es un poco tarde para eso? -sonrió el Silvano- Ya debo haberlo visto unas cien veces... en posiciones mucho más interesantes.



Sül lo empujó contra la pared, porque aquellas ropas no permitían que lo agarrara por ellas y lo sacudiera. Vira no parecía impresionado.



-¿Es que has venido a cabrearme? Porque me juro que...



-Sólo quiero hablar. Por favor, vamos afuera.



Muy a su pesar, el joven moreno se calmó de repente. Con una última mirada a su compañero dormido, acompañó a Vira y cerró la puerta.







Caradhar despertó. Estaba solo en la cama, y no se veía al Sombra por ningún lado. No estaban sus ropas y faltaban algunas de sus armas, así que supuso que había tenido que salir por alguna razón. Se vistió y decidió echar un vistazo por los alrededores.

Las noches eran animadas en la Zanja; la mayoría de sus habitantes no tenían que irse temprano a la cama ni levantarse para desempeñar trabajos honrados y honorables. El dotado no solía deambular solo por la ciudad, y menos por un lugar tan peligroso como aquel, pero sentía curiosidad; necesitaba mantener su mente ocupada para no pensar en otros asuntos... Muchos rostros lo miraron cuando entró en una taberna.



-¿Eitheladhar? -pronunció una voz incrédula a sus espaldas.



Aquel nombre... El dotado se volvió, con cierto aire fatalista. Tenía la sensación de que reconocía la voz, y no se equivocaba: era el guardia de Arestinias que lo había librado de la abominación en Ummankor. ¿Cuál era su nombre? No lograba recordarlo... Era... Reskveem... Hacía tanto tiempo...



-Eitheladhar... eres tú... Pero... dijeron que habías muerto al intentar escapar de prisión...



Caradhar miró a su alrededor y agradeció las discretas ropas que llevaba, que no delataban la Casa a la que pertenecía.



-Dijeron que eras un espía misselano... ¿Te escapaste de prisión? ¿Todo fue un truco? -el elfo perdió la paciencia ante el silencio del pelirrojo y lo agarró por el pecho- Respóndeme, o...



-Vayamos a un sitio más discreto -el dotado señaló un hueco bajo las escaleras que conducían a la planta alta.



El guardia apretó los labios, agarró al dotado por el antebrazo, tiró de él hasta el oscuro lugar que había señalado y lo sujetó de espaldas contra la pared.



-Habla. ¿Eres un espía?



-No. Es cierto que me encontré en la peor situación posible cuando pasó aquello, pero nunca he espiado para nadie. Sólo era un aprendiz de alquimista que no tenía idea de política, y cuando vi la posibilidad de escapar, la aproveché. No quería que me encerraran o ejecutaran por algo que no hice. Sólo intentaba sobrevivir... Reskveem -añadió con suavidad. No le gustaba mentir, por lo que intentaba ceñirse a la verdad... tanto como le fuera posible...



El elfo de Arestinias lo miró, aún con ojos escépticos



-Me resulta muy difícil creerte... Estamos en guerra con los tuyos. Tengo... debería entregarte -miró a sus llamativos cabellos, que llevaba recogidos en una coleta-. Te has teñido el pelo... ¿para esconderte?



Caradhar dejó caer los párpados. Tendría que deshacerse de aquel elfo que podría meterlo en líos. Si pudiera avisar a Sül...

Pero no; no podía hacerlo. No podía matarlo, después de lo que había pasado. Le había salvado la vida, allá en las cavernas; había arriesgado su posición por él. No caería tan bajo como había hecho con Nestro. Tenía que haber otra forma...



-Reskveem... me salvaste en Ummankor. Te debo la vida. Te doy mi palabra de que jamás te mentiría... Además, nunca tuve la oportunidad de agradecértelo. Por favor...



Conocía aquella mirada en los ojos del elfo, y ya se la había visto en el pasado: la mirada expectante de alguien que lo deseaba... Deslizó las manos sobre su pecho, hasta que las puntas de sus dedos llegaron a acariciar la parte alta de su cuello y el borde de su mandíbula. Acercó los labios lentamente, esperando una rechazo que no se produjo; el guardia lo miraba como hipnotizado, sin atreverse a moverse ni casi a respirar. Bajo el antebrazo, Caradhar sentía los acelerados latidos de su corazón.

Tentativamente acarició sus labios con el extremo de la lengua; una nueva pasada, aún más intensa... El elfo los separó, bañando al dotado con su ardiente respiración. El pelirrojo aventuró la lengua entre aquellos arcos temblorosos y halló un recibimiento cálido al otro lado, que pronto se volvió ansioso. Cuanto más se adentraba en su boca, más pesados se volvían sus jadeos, hasta que Reskveem no pudo controlarse más y lo acorraló contra aquel muro, aprisionando sus mejillas y atrapándolo bajo su cuerpo.



-Tengo... tengo una habitación arriba... -dijo el guardia al fin, casi con embarazo.



Caradhar asintió.



 


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