2012/05/07

EL DON ENCADENADO XXII: Una sombra que se desvela






Cinco días de camino habían hecho mella en Sül, no tanto física como mentalmente. Al principio, la incertidumbre sobre el misterioso Darshi'nai -porque, según pensaba, se trataba de un Sombra. ¿Qué otra cosa podía ser?- lo había mantenido en vilo y había ocupado sus pensamientos mientras hacía conjeturas. Hacía meses que venía experimentando la sensación de que los observaban. ¿Era alguien a las órdenes de la Dama Corail? Parecería propio de ella tener vigilado a su hijo. Pero ese tipo era demasiado bueno... Sül era consciente de sus propias limitaciones, pero se preciaba de tener un sexto sentido que no solía fallarle. Las habilidades de ocultación de ese Darshi'nai debían ser prodigiosas.

Pero tras agotar el tema, no pudo quitarse de la cabeza la visión de Caradhar en las garras de Darial. A su mente acudían lúgubres imágenes de su compañero posiblemente atado, golpeado, a merced de ese espía extremadamente peligroso. Y sobre todo, le parecía estar viendo al alquimista recorriendo con sus sucias manos la piel del dotado... No era difícil: era algo a lo que ya había asistido en el pasado y había intentado olvidar, sin éxito. Y ahora... Sabía que la seguridad de Caradhar eclipsaba todo lo demás, pero no podía dejar de sentir unos horribles celos, y se odiaba por ello. No sabia cómo, pero por todos los dioses que tendría a esa serpiente resbaladiza de pelo amarillo agonizando bajo sus manos. Algo que debería haberlo hecho antes, y al infierno con el laboratorio de Elore'il, las malditas pociones y todo lo demás. Lo único que le importaba en el mundo podía estar en aquel momento debajo de...

Apretando los dientes, volvía a espolear el caballo y a concentrarse en la persecución. A ese ritmo no tardaría en fatigar al animal, pero de todas formas tendría que continuar a pie muy pronto. La zona relativamente segura llegaba a su fin y los caminos estarían infestados de patrullas a las que debería evitar a toda costa. Su único consuelo era que aquello también debía retrasar a aquellas alimañas. Rogaba por que así fuera.

Antes del amanecer del sexto día, y tras varias horas de caminar en la oscuridad guiando al caballo, seguidas por apenas tres horas de sueño, Sül fue despertado por un ruido de pasos que se aproximaban entre los árboles. Espabilándose lo mejor que pudo espantó al caballo y trepó al árbol más cercano; se agazapó sobre una rama y esperó.

Cuatro humanos aparecieron en su campo de visión. Iban envueltos en capas de color pardo que no revelaban su alianza y blandían sus espadas. Parecían ser exploradores; no era la primera de aquellas patrullas que se encontraba, pero se las había arreglado para esquivarlas a todas. Jamás dejaba huellas que delataran los lugares donde se paraba a descansar.

Maldijo en silencio, porque parecía que habían elegido aquel lugar para detenerse; tal vez habían escuchado algún ruido que debía haberse ahorrado. Pronto quedó desvelado, al menos, el misterio de su afiliación, porque comenzaron a hablar empleando un dialecto del norte; por suerte, estaba suficientemente familiarizado con él para entender lo que decían.



-... Y yo os digo que he oído un caballo.



-Busca tú tu maldito caballo, yo estoy cansado -el que había hablado en segundo lugar se dejó caer sobre un tronco caído.



-¡Ajá! Huellas de cascos. Por aquí acaba de pasar un jinete.



-"¿Acaba?" ¿Ahora te has vuelto un rastreador experto?



-Un rastreador, y una mierda. Lo único que sabe rastrear son los escotes de las mozas... Y eso, a costa de llevarse sus buenos guantazos.



Esto provocó las risas de los demás, quienes imitaron el ejemplo del que había tomado asiento. El primero en hablar siguió escudriñando el terreno durante un rato, sin quedarse satisfecho.



-¡Ah! A mí no me importaría rastrear un buen escote, con guantazos o sin ellos -apuntó otro de los humanos- ¿Cuántos días llevamos en este maldito puesto avanzado en medio de ninguna parte? Si esto sigue así, os advierto que no le voy a hacer ascos a nada. En tiempo de guerra, cualquier agujero es trinchera...



-Tú no estabas ayer cuando pasaron los elfos con la monadita, ¿verdad? -dijo el que aún no había hablado, cuando las nuevas carcajadas se calmaron.



-¿Monadita? ¿De qué hablas?



-Ayer, en la base, aparecieron dos elfos. Sabían exactamente dónde estábamos situados. Les dimos el alto, pero uno de ellos llevaba un salvoconducto de Misselas -Sül abrió mucho los ojos y aguzó el oído-. A lomos del caballo llevaban un fardo que resultó ser una belleza de pelo rojo; bueno, sólo la vi de refilón, y estaba amordazada y atada como un embutido, pero si hubieran dejado el caballo sin vigilar durante unos minutos, os juro que yo le habría embutido algo más...



-Tu belleza de pelo rojo -dijo el que había estado ausente, reuniéndose con el grupo- era un elfo, no una elfa, imbécil.



Más risas. El que había contado la anécdota frunció el ceño, contrariado. Luego masculló:



-¿Cómo infiernos se supone que hay que hacer para distinguirlos? Pues yo os digo que elfo o elfa, me habría importado poco: seguía teniendo por dónde meterla, y seguro que mucho mejor que cualquiera de vuestros peludos traseros.



Los demás humanos continuaron burlándose de él. Sül tuvo que contener el deseo de saltar sobre aquel tipo y reventarle el alma a golpes. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo sólo eran cuatro malditos humanos... Cuatro enemigos menos y no le tomaría ni un minuto. Desenvainó las espadas.

El cuarteto eligió aquel momento para finalizar su descanso y reanudar su camino. Sül ahogó un juramento, volvió a envainar y se preparó para seguirlos. Cuando se hallaban a una distancia prudencial, bajó del árbol y caminó tras ellos, silencioso como un felino. Las armas le quemaban en la mano; se moría de ganas por hundirlas en el cuello de aquellos norteños repugnantes... Sólo un minuto más...

Ya se preparaba para lanzarse sobre el que caminaba en retaguardia cuando algo se echó sobre su espalda y lo inmovilizó: alguien, para ser más exactos. Solo que era tan incapaz de ver a su atacante como lo había sido de oírlo acercarse... Intentó librarse de la presa pero le resultó completamente imposible. ¿Qué infiernos...? pensó. Y no pudo pensar más allá, porque escuchó un nuevo murmullo de pasos, y el grupito de cuatro no tardó en reunirse con otros cinco más que habían surgido de entre los árboles. Sül contuvo el aliento.

Una vez que los humanos se hubieron alejado, el Sombra aún tardó un buen rato en poder moverse. El peso que lo había retenido hasta entonces desapareció de súbito, y el joven se volvió sobre su espalda y desenvainó los puñales: allí no había nadie.

Se preguntaba qué prodigio era aquel, y si se las habían arreglado para someterlo al efecto de alguna droga, cuando sucedió algo aún más inesperado: una voz susurró junto a él. Tenía un acento extraño, y estaba seguro de que era la primera vez que la escuchaba. Tuvo que alargar la mano, incluso, para asegurarse de que el espacio vacío de su alrededor estaba realmente vacío...



-Otra tontería como esa y te dejaré en el camino, Darshi'nai -dijo la voz- Te dije que evitaras las patrullas. ¿Quieres que te maten? En el mejor de los casos, la ruta está plagada de espías, y lo que conseguirías es poner sobre aviso a ese misselano de que lo van siguiendo. Por una vez piensa con la cabeza, y no con otra cosa.



Sül tragó saliva y apretó los labios. Preguntó, en voz baja y tensa:



-¿Quién eres? ¿Cómo coño haces esto? Si eres amigo, ¿por qué no dejas que te vea?



-Soy amigo, Sül -la voz se tornó más amable, casi cálida-. Te he guiado por el buen camino y te aseguro que ayudaremos al chico. Pero sabes que esos dos son demasiado peligrosos y tienen aliados. Lo haremos a mi modo, porque es el único modo, ¿lo entiendes? Ahora apresúrate, hay que continuar a pie. Sigue la ruta que te indiqué y no te desvíes.





***





Darial cabalgaba en pos del elfo misselano, que portaba sobre la grupa de su caballo un paquete de cabellos rojos muy especial. Daba gracias a Therendas porque se había traído consigo algunas pociones para resistir la fatiga, pues aún les quedaban algunos días de camino y no estaba acostumbrado al intenso ejercicio.

El hecho de sobrecargar a su animal ya los estaba retrasando. El elfo le había dejado bien claro que la dificultad que entrañaba para los dos solos el llegar a su destino ya era muy elevada, y aquella carga extra hacía su tarea mucho más peligrosa. El alquimista había sugerido que podían obligar al prisionero a cabalgar junto a ellos, pero su guía tenía otros planes: sabía muy bien cuál era la naturaleza de la relación entre aquellos dos y no iba a arriesgarse a tener que arrastrar a un Darial con la atención completamente perdida en satisfacer sus deseos. El dotado sería tratado como un fardo hasta que se encontraran en lugar seguro.

El alquimista había aceptado a regañadientes. Intentaba controlarse, pero no podía evitar las miradas furtivas a su fardo y el ocasional contacto a pesar de la gruesa tela y las cuerdas que lo mantenían inmovilizado. Cuando al fin había obtenido lo que quería, ni siquiera podía tocarlo... Era para volverse loco.

Más de una vez se había preguntado si no había actuado precipitadamente al confiar en aquel elfo; al fin y al cabo, su única salvaguarda eran sus pociones. ¿Y si en su tierra se las habían arreglado para hacerse inmunes de manera generalizada? El misselano le había confiado que sus habilidades no eran comunes, y que él había necesitado una larga preparación. También le había asegurado que su destreza y sus fórmulas alquímicas eran demasiado valiosas y que le garantizaban su seguridad, y que dispondría de su propio laboratorio como hasta ahora, para dirigirlo a su antojo.

Ya era tarde para volverse atrás. Además, cada vez que posaba la vista en su preciosa carga, cada vez que acariciaba subrepticiamente algún mechón de color rubí escapado y pensaba en lo que le esperaba allí debajo... sentía que todo merecía la pena.

Por entonces trataría de plegarse a las indicaciones de su guía y mantenerse a salvo. La voz de mando era una defensa formidable, pero no le serviría de escudo contra una flecha disparada a larga distancia. El misselano sabía perfectamente cuál era la mejor ruta y dónde se ocultaban los puestos avanzados norteños. Con la ayuda de aliados llegarían pronto a Varemethe.





***





Sül tenía la impresión de que avanzaba a paso de tortuga. Tenía los pies ligeros, pero la distancia a cubrir era demasiado larga y debía aminorar la velocidad cada vez que había que esquivar una patrulla. Había norteños por todas partes.

Su propio guía misterioso no se hacía notar. A veces creía que pasaba largos periodos de tiempo en completa soledad, y otras sentía que había unos ojos fijos en él. Era la misma sensación que había venido experimentando en Argailias, aunque ahora sabía cuál era el motivo.

Como sospechaba, habían tomado la dirección de Varemethe. Las tropas de los aliados del sur estaban estacionadas a un par de horas de marcha, a la espera de lanzar la ofensiva que les permitiera retomar la ciudad. No era un gran problema para un Sombra burlas las defensas de uno o dos ejércitos, pero no sabía cómo se las arreglaría cuando finalmente se encontrara cara a cara con el alquimista. Su guía no había tenido la amabilidad de iluminarlo al respecto... ni tan siquiera de decirle su nombre.

Desde las ramas de un árbol contemplaba el panorama de aquellos miles de elfos y hombres aguardando el momento de entrar en combate; en algún lugar en medio de aquella marea, el mismo Príncipe y sus generales coordinaban sus fuerzas con sus aliados de Therendanar. Aquella visión, que en otros tiempos lo habría impresionado, se le antojaba entonces vacía y sin sentido: pelearían por la posesión de un valle baldío y lleno de abominaciones; miles morirían por la producción de substancias como aquella que entonces le seguía corroyendo las entrañas. No tenía palabras para expresar su desprecio. Ahora, aquel ejército y el que se encontraba dentro de los muros de la ciudad no eran más que una molestia que se interponía entre él y Caradhar.



-Saludos, Sül.



-Comenzaba a preguntarme si te habías olvidado de mí y ya iba a largarme por mi cuenta -observó el Sombra, con calma, sin molestarse en girar la cabeza para ver de dónde venía la voz- Dime que sabes dónde están.



-Sé dónde están. Sólo hemos llegado con dos días de retraso. Lamentablemente, el chico no ha tenido la oportunidad que esperaba de neutralizar al Gran Alquimista. Lo han mantenido atado todo este tiempo.



-¿Y cómo... cómo puedes saber eso, quienquiera-que-seas? -¿Y por qué lo llamas "el chico", cabrón?, pensó Sül. Aspiró hondo- Mira, la verdad es que me importa una mierda cómo: sólo quiero que me digas dónde están.



-Están en una casa en la ciudad. No creo que me cueste mucho encontrarla. Pero dime, Sül: ¿qué pretendes hacer, una vez allí? -preguntó la voz suavemente.



-Entraré a por Caradhar y me lo llevaré. Cuando esté a salvo, buscaré a Darial y lo mataré. Y me aseguraré de que sufra.



-Sabes que el único de nosotros que tiene una oportunidad contra él es el chico, ¿verdad? No puedes mantenerlo al margen. Si lo sacas de allí, debes olvidarte del alquimista.



-Eso, jamás.



Silencio. Al cabo de un momento, la voz volvió a sonar.



-Vamos. Estudiaremos la situación sobre el terreno. Pero no puedes hacer ningún movimiento. Un sólo paso en falso, y alguien acabará muerto. Has de tener la cabeza fría. Lo sabes.



Sül no respondió.





***





Caradhar despertó en la misma habitación en la que lo habían encerrado antes de cerrar los ojos. No había ventanas, pero entraba algo de luz por debajo de la puerta. No tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido; sólo sabía que había pasado días echado a la grupa de un caballo, sin poder moverse, y estaba exhausto.

Al parecer, la suerte no le sonreía. Ese espía no le había aflojado ni un solo minuto las ataduras, y no había tenido ocasión de ocuparse de Darial. Dudaba mucho que hubiera podido hacerlo de todas formas, ya que el elfo no lo había perdido de vista. De nada le habría servido intentar cortar el cuello a su antiguo guardián con ese misselano dando vueltas en torno a ellos; tendría que esperar una situación más propicia.

Y esta no parecía que fuera a llegar en un futuro próximo, dado que aún continuaba atado, sólo que esta vez... El dotado echó un vistazo a las gruesas cuerdas que ligaban sus muñecas a una barra de la pared sobre la cama en la que yacía. Tragó saliva, porque aquella posición era demasiado familiar... Aprovechando que tenía las piernas libres se incorporó y tiró, tan fuerte como pudo; la barra era demasiado sólida y las cuerdas demasiado resistentes. Afianzó las plantas de los pies sobre la pared, apretó los dientes y volvió a intentarlo. Tiró y tiró, con tanta fuerza que la piel del cuello y las mejillas se le enrojeció; las fibras mordieron en sus muñecas dolorosamente y los brazos casi se le desencajaron, sin resultado. Jadeando, miró a su alrededor, pero no había ningún saliente con el que hacer polea. Probó a morder las cuerdas y constató que cortarlas le llevaría una eternidad...

Caradhar se relajó y estudió el lugar. Por lo que había oído, aquello debía ser la habitación de una casa en la ciudad de Varemethe. Aquel espía se las había arreglado para convencer a Darial de que abandonara una de las posiciones más prestigiosas en la sociedad argailiana y se pasara al enemigo. También había notado que lo miraba con mucha desconfianza; extraño, considerando que no tenía motivos para pensar que podía resistir las órdenes del alquimista. Suponía, como Sül, que se trataba de un Darshi'nai del norte: uno muy poderoso, a la vista de las circunstancias.

La puerta de la habitación de abrió y aquel que ocupaba sus pensamientos entró, llevando un plato en la mano. Sin decir palabra se acercó a su prisionero y depositó el plato junto a él, tomando asiento a los pies de la cama. Ambos se miraron fijamente.



-Deberías comer -dijo, al fin, el misselano-. Sé que ya debes estar recuperado del viaje, pero no puedo decir que te hayamos alimentado bien estos días. Mis sinceras disculpas.



Caradhar no movió ni un músculo. Le resultaba curioso que su propio carcelero se estuviera disculpando por la manera en que lo trataba; se sentó de cara a él, colocando los brazos atados lo más cómodamente que pudo.



-He tratado de mantener a Darial alejado de ti todo este tiempo porque no podíamos permitirnos distracciones hasta que estuviéramos en un sitio más seguro -continuó el elfo-, pero me temo que me he quedado sin argumentos. Mañana, seguramente, recibirás su visita, y supongo que ya sabes lo que va a pasar -el dotado no dijo nada-. Sí que lo sabes. Lo siento; esta situación no me agrada en absoluto, pero tú eras su condición para emprender este viaje y yo tengo que mantenerlo satisfecho.



Caradhar permaneció callado. ¿Darial había llegado tan lejos y él era una de sus razones? Qué halagador.



-¿Por qué no tienes miedo, muchacho? -preguntó el espía, con sus ojos clavados en él-. ¿Tan indiferente te resulta todo esto?



-¿Cómo sabes que no tengo miedo?



-No lo has tenido ni una sola vez desde que salimos de Argailias. Es... como si supieras algo que nosotros no sabemos. Nuestro Gran Alquimista no atenderá a razones, pero has de saber que no dejaré de vigilarte, y si tengo que usar la violencia...



El misselano se retiró y cerró la puerta. En la penumbra, Caradhar esperó, sin saber muy bien el qué. Luego probó lo que había en el plato, porque su cuerpo necesitaba alimentarse para lo que fuera que le esperara.





***





-Esta es la casa.



-¿Los has visto?



-No, pero el chico está ahí. Él, y cerca de una docena de elfos; de Misselas, por su idioma. Y el ex-prisionero. Y el alquimista.



El rostro de Sül se convulsionó en una mueca de asco. Desde su posición sobre un tejado cercano observaba una casa de apariencia vulgar, flanqueada por otras dos en una calle estrecha. Tuvo que contener el impulso de correr hacia ella y abrirse camino hasta encontrar a Caradhar. Era bastante absurdo, porque ni siquiera tenía la seguridad de que se encontraba allí: sólo contaba con la palabra de su misterioso aliado.



-Recuérdame por qué simplemente no entro y lo saco sin más.



-Porque Darial te ordenaría que te atravesaras con tu propia espada y tú obedecerías -dijo la voz, con suavidad- Por si te sirve de consuelo, al chico no le han puesto las manos encima. Aún.



Sül no pudo evitar sentir cómo se desataba uno de los nudos de su estómago. Cerró los ojos y se reclinó ligeramente contra el murete de piedra tras el que se parapetaba.



-¿Cómo... cómo puedes saber esas cosas? -susurró, confundido.



-Te lo contaré pronto. Pero ahora debemos concentrarnos en lo que nos ocupa.





***





La puerta se abrió y sacudió a Caradhar de su sopor. En las últimas horas sólo había recibido una visita más del misselano con la comida. Pero no era él esta vez; era...



-Al fin.



Darial se detuvo un segundo y contempló al dotado desde la entrada, con una mirada de triunfo en sus ojos amarillos. La luz de la lámpara proyectaba sombras siniestras sobre su rostro afilado. La posó sobre la primera mesa que encontró y se volvió para trabar la puerta. Luego se acercó al joven atado, que seguía sus movimientos desde la cama con su roja y comedida mirada. Lo contempló desde lo alto, sonriendo untuosamente, deleitándose con anticipación por lo que le esperaba, y dejó caer su capa al suelo. Propinó una fuerte bofetada a su prisionero, y este volvió la cabeza pero no reaccionó más allá. El alquimista lo sujetó rudamente por el cuello y hundió la lengua entre sus labios, y un ligero murmullo de satisfacción resonó en la boca del elfo más joven. Sus besos son igual de desagradables que siempre, pensó Caradhar, obligándose a dejarlo hacer. Cuando Darial se separó, con reluctancia, acarició la mejilla allí donde la había golpeado.



-Soy brusco -dijo el alquimista, pasando la lengua por la piel que acariciaba- pero tienes que comprender que mereces algún castigo por todo lo que me has hecho pasar. ¿Ves lo que soy capaz de hacer por ti? ¿Lo que he hecho? -susurró a su oído- Por ti fui capaz de matar al anterior Gran Alquimista. Créeme si te digo que nunca voy a renunciar a ti..



Sacó un puñal de entre sus ropas y lo blandió, volviendo a sonreír.





***





-Darial ha entrado en su habitación; solo.



La voz pareció sorprenderse ella misma de haber sonado en voz alta. Sül se puso en tensión. No, aquello era demasiado: ¿pretendía que esperase sin hacer nada, mientras...?





(Vira, ¿por qué se lo has dicho?, proyectó Dainhaya en la mente de Vira. Ahora no tendrás forma de parar a Sül.)

(Culpa mía, lo siento. Pero, Dainhaya, tengo que entrar. No vamos a permitirle hacerlo, ¿verdad?, respondió Vira, usando sólo sus pensamientos, a la elfa que se comunicaba mentalmente con él. No si tenemos la oportunidad de evitarlo, y la tenemos.)

(Si el alquimista se apodera de tu voluntad podría obligarte a matar a cualquiera, incluido tú. Es demasiado arriesgado.)

(Dainhaya, va a violarlo.)

(Él sabía lo que podría pasarle, y aun así se marchó con ellos. Es horrible, pero no quiero arriesgar la vida de ninguno de los tres.)

(Voy a entrar.)

(Vira...)

(Te olvidas del chico. Tengo fe en él.)

(¡Vira!)



Vira decidió no prestar atención a la conciencia que se proyectaba en su mente y se preparó para colarse en la casa. No tardó en darse cuenta de que algo no marchaba bien: se había distraído unos segundos y Sül ya no esta allí.



-Mierda.



El elfo casi voló hasta su destino.





***





-Lamento hacer esto con tus ropas, pero prefiero dejarte las ligaduras. Ya hace tanto tiempo... No te preocupes, te conseguiremos otras. No quiero que nadie más se recree la vista con lo que me pertenece...



Darial terminó de deslizar el puñal entre los últimos jirones de la camisa del dotado y desnudó su pecho y sus brazos. Casi relamiéndose, pasó la mano por la suave piel expuesta y se tomó su tiempo en explorar cada rincón, como si sus dedos trataran de recordar el mapa de su anatomía. Nervioso, arrojó el puñal a un lado, se abrió la parte superior de su propia túnica y se tumbó sobre él, frotándose lascivamente, su lengua lamiendo el surco entre sus pectorales y la línea de su clavícula. El bulto entre sus piernas rozó la ingle de su joven pareja, y el alquimista sintió que ya no podía tomarse más tiempo, como había sido su intención; que tenía que tomarlo en ese mismo momento. Volvió a pegar su boca a la de él mientras sus dedos volaban, febriles, hasta liberar la entrepierna del joven, y cuando tomaron contacto con la blanda carne de su miembro se demoraron en palparlo con brusquedad. Las calzas le estorbaban: quería tener cada centímetro de aquel cuerpo que le había sido negado durante tanto tiempo totalmente expuesto ante él, así que tironeó de ellas hasta que nada se interpuso entre sus ojos y la blanca piel de Caradhar. Con ellos fijos en lo que había entre sus muslos, el alquimista echó mano de sus propias calzas y comenzó a desatarlas.

Una silueta oscura se recortó contra la luz de la entrada, con las espadas desenvainadas. Darial se volvió y miró hacia allí con incredulidad; su rostro se congestionó en una mueca de ira cuando reconoció a Sül. Por un momento, se quedó sin habla...

Cuando al fin reaccionó, dispuesto a gritar una orden que acabara con aquel despreciable guardaespaldas de una vez por todas, sintió las piernas de Caradhar apresando su cuello y tapando su boca. Abrió mucho los ojos, atónito. ¿Cómo infiernos...? Se revolvió, nervioso, tratando de zafarse de la presa, utilizando también los brazos, hundiendo las uñas cruelmente en los muslos del joven para que aflojara la presión y pudiera pronunciar una orden, al menos... Preguntándose histéricamente si quedaba alguien por allí que fuera susceptible a los efectos de la voz de mando, trató de localizar el puñal, pero lo había lanzado demasiado lejos.

Caradhar, los dientes apretados, mantuvo la presa y aguantó el dolor lo mejor que pudo. Sabía que si dejaba hablar a Darial, Sül podía darse por muerto.

En cuanto al Sombra, se sintió repentinamente sacudido por su propia estupidez. Aquello que había hecho era el abecé de las cosas que su neidokesh le había enseñado a evitar, pero no era el momento de pensar en ello. No podía atacar a aquel perro de cabellos amarillos, pero podía aprovechar la tregua que le había dado su compañero para cortar sus ligaduras. Avanzó hasta la cama...

Una hoja le rozó el costado derecho, causándole una herida superficial. La había esquivado a base de puro instinto, porque ni siquiera había notado a nadie más entrando en la habitación. Al volverse, blandiendo sus dos espadas, se encontró cara a cara con el espía misselano.

Rápido como el rayo, el espía lanzó otra estocada hacia su pecho. Sül se dobló, dejando pasar la hoja junto a él; entonces fue la mano izquierda del elfo la que golpeó por el otro costado, y el Sombra desvió el golpe con su espada larga. El misselano lo miró con una expresión extrañamente calmada y se puso en guardia, como si hubiera decidido permitir a su contrincante tomar la iniciativa.

Sül afianzó las manos sobre las empuñaduras de sus espadas y lanzó la derecha al antebrazo de su enemigo; este desvió sin esfuerzo. El Sombra encadenó el golpe con una estocada de la izquierda, que prácticamente se vio frenada a medio camino por la espada larga de otro elfo; nueva acometida con su arma principal y nueva parada; Sül intentó un ataque con ambas armas a la vez, y ambas fueron interceptadas a ambos lados de su enemigo; casi al instante, lanzó una patada a las piernas de este para intentar derribarlo, pero el espía saltó tranquilamente y la evadió. El joven moreno jadeó ligeramente, con el ceño fruncido. Tenía la impresión de que aquel tipo estaba jugando con él...





(Tengo que intervenir, Dainhaya, pensó Vira, desde su oculta posición junto a la entrada. Ese elfo no sólo es capaz de bloquear su mente contra la mía, sino que además puede anticipar los movimientos de Sül sin problemas. Se ha encarado hacia la puerta; creo que, de alguna manera, sabe que estoy aquí.)

(Eso es porque no escudas tus pensamientos como te he enseñado. Quédate donde estás: si el alquimista consigue liberarse, aunque sea un segundo, será tu perdición y la de él.)







Aquellas palabras resultaron fatalmente proféticas. Darial tiró de la pierna que le cubría la boca con sus últimas fuerzas y articuló un estrangulado '¡alto!'. De nada sirvió que el dotado volviera a apretar su cuello con tanta energía que pudo sentir las venas de las sienes latiendo por el esfuerzo: el Sombra se quedó inmóvil.

El misselano hundió la hoja de la espada larga en el vientre de Sül, casi hasta la empuñadura. El joven miró hacia abajo, muy lentamente, y cayó sobre sus rodillas.

Caradhar gritó, a través de sus dientes apretados, y puso todo lo que le quedaba en aquella presa interminable. Darial se desmayó; el dotado no esperó siquiera a recuperar el resuello antes de reanudar los tirones desesperados a las cuerdas que lo mantenían sujeto.

Casi al instante el misselano saltó a un lado, como esquivando un ataque invisible, con una pizca de sorpresa en sus ojos normalmente sosegados. Pegó la espalda contra la pared y pareció concentrarse en lo que le rodeaba. Movió la mano hasta su cinturón, aún sosteniendo la espada, y se las arregló para lanzar un puñado de polvos para cegar a un punto aparentemente vacío frente a él. Una parte de los polvos no cayó al suelo, como era de esperar: se posó en el aire, dando forma a una silueta. La silueta de alguien invisible. La sorpresa del espía se intensificó; incluso Caradhar se volvió entonces para mirar por encima del hombro.

Ante los ojos asombrados de ambos, el contorno vagamente definido se volvió de un sólido ébano, y decididamente humanoide. Franja tras franja, el negro fue reemplazado por secciones horizontales que formaron paulatinamente el cuerpo de una persona, hasta que la última línea oscura desapareció.

Un elfo quedó de pie en frente de los otros. Era extremadamente alto y musculoso: de aquello no cabía duda, porque no parecía llevar encima más que un apretado mono de color verde, tan oscuro que casi parecía negro, que lo cubría totalmente desde el cuello hasta las manos y los pies. Sólo quedaban fuera su rostro atractivo y sus larguísimos cabellos, recogidos en una trenza que le llegaba hasta la cintura. Tanto estos como sus ojos eran de un intenso color corinto...

El aparecido concentró su atención en el misselano. Alzó la mano, y la silueta oscura de una hoja arrojadiza se materializó al extremo de sus dedos; de nuevo las franjas negras fueron tiñéndose de los colores de una auténtica hoja de metal hasta que no quedó ninguna. El alto elfo usó la confusión que había causado para lanzar la hoja al espía, que la esquivó a duras penas. Una fina herida apareció en su mejilla, allí donde el arma la había rozado. La hoja clavada en la pared se desvaneció.

El misselano recuperó la sangre fría, porque sabía que la vida le iba en ello. Nunca antes había asistido a un prodigio como aquel, pero haría todo lo que estuviera en su mano para, como proverbialmente se decía, poder luchar un día más. Se lanzó sobre el elfo de oscuro y atacó con ambas armas; la figura de este último se volvió borrosa mientras lo esquivaba; una espada larga se materializó en su mano izquierda, y una nueva hoja arrojadiza en la derecha. Su brazo se convirtió en una mancha indefinida mientras devolvía el ataque, y el misselano se encontró bendiciendo su habilidad de poder sentir la dirección de la que vendrían los golpes, porque esos movimientos eran extraordinariamente difíciles de seguir. Al parecer, iba a necesitar una ayuda extra...

El elfo de oscuro lanzó la hoja; no iba dirigida a su contrincante, sino a las cuerdas que sujetaban a Caradhar, e hizo blanco. Pero como la distancia entre ambos se había acortado, el espía saltó velozmente junto al dotado y lo usó como escudo, con la espada parcialmente hundida en su cuello. La sangre comenzó a manar a lo largo de la hoja metálica hasta la empuñadura, y a bañar los dedos del elfo. El de oscuro lo miró fijamente.

La espada larga de su mano izquierda desapareció; en su lugar se materializó una jabalina. El espía apretó los labios y se cubrió aún más tras su escudo, y la hoja mordió más profunda en la carne del joven, hasta un punto que habría resultado mortal para un elfo normal. Su rival desvió la vista entonces hasta el pecho de Caradhar, y luego a sus ojos rojos... El dotado pareció asentir casi imperceptiblemente...

El elfo de oscuro lanzó la jabalina con toda la fuerza de su brazo a través del pecho del joven pelirrojo, hasta el lugar donde habría de encontrarse el corazón del misselano. Este a penas tuvo tiempo de parpadear y mirar hacia abajo, al extremo que sobresalía del cuerpo de su prisionero; sus manos resbalaron lentamente hasta el reguero carmesí que le bajaba del cuello, y se empaparon en él... Sus ojos se cerraron.

La jabalina también se desvaneció. Los cuerpos de ambos elfos se deslizaron por la pared, aunque el de Caradhar no llegó a tocar el suelo porque el de oscuro lo tomó entre sus brazos. La herida del cuello comenzó a cerrarse, así como la del pecho; mas, para desgracia del dotado, la jabalina había atravesado también su propio corazón y lo había hecho desmayarse. El elfo de oscuro masculló un juramento y arrastró el cuerpo inerte hasta el de Sül, que se había quedado inmóvil. Cortó sin miramientos la muñeca de Caradhar, apartó las ropas del Sombra y bañó la herida con su sangre.



-Despierta... Despierta, chico, por todos los diablos... -murmuró mientras lo hacía, con voz ansiosa, sacudiendo el cuerpo sin sentido- ¡Despierta de una condenada vez! Y tú, maldito idiota, no te atrevas a morir... No te atrevas a morirte delante de mí... No te atrevas...



 


        
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