2012/04/21

EL DON ENCADENADO XX: Intercambiando papeles







Los días que pasaron en Therendanar fueron para Sül como una bendición de los dioses. El mero pensamiento le hacía sentirse avergonzado, considerando los momentos difíciles que estaba atravesando el dotado; su semblante reflejaba una extraña calma, una dulzura engañosa; y sus ojos estaban velados por una levísima niebla que el Sombra quería reconocer como melancolía. Pero no podía evitarlo: cada día, desde la mañana hasta la noche, el elfo le pertenecía; y no había protocolo, obligaciones, parientes ni terceras personas que se inmiscuyeran entre ellos. Nunca había demandado Caradhar de él tanta intimidad como aquellas madrugadas en las que de sus labios apenas brotaban palabras, sino tan sólo gemidos, y sus manos no se posaban en otro lugar que no fuera su piel caliente, las cicatrices de su espalda, los contornos de su rostro. Me abrazas como si me quisieras, pensaba Sül, y muchas veces debía morderse la lengua para no decirlo en voz alta. Muchas, muchas veces, las palabras danzaban en su boca, sin atreverse a cruzar el umbral de sus labios; le atemorizaba la callada por respuesta.

El día de su partida el dotado se levantó en silencio, muy temprano. Sül lo siguió sin ser visto hasta la habitación del alquimista moribundo; y lo vio plantado ante la puerta, sin decidirse a entrar, simplemente mirando, como si sus ojos pudieran atravesarla.

Se marchó tal y como había venido; Caradhar nunca volvió a ver a Maese Jaexias con vida.



En el camino de vuelta, ambos cabalgaron junto al Caballero Lenkares, intercambiando algunas trivialidades de tanto en tanto. En un carro reforzado custodiado por numerosos guardias viajaba un elfo, su "invitado forzoso". Sül había aprovechado para echarle un buen vistazo antes de subir a la prisión rodante: no muy alto, cabellos y ojos castaños, facciones correctas, una pequeña cicatriz bajo el ojo; aparentemente frágil, pero el Sombra pudo ver más allá de su complexión delgada indicios de un cuerpo resistente y ágil. Alguien a quien su instinto le decía que era mejor no perder de vista.

Aquellos días atrás había estado husmeando por el castillo, más por puro sentido del deber que otra cosa, pues su cabeza estaba ocupada en otros menesteres. Buscaba alguna pista sobre la identidad del misterioso ladrón de quien había hablado el alquimista. No encontró nada en absoluto; ahora que se alejaba del lugar que se había convertido, paradójicamente, en su refugio perfecto, sentía una punzada de culpabilidad por no haberse entregado más a fondo a un asunto que comprometía seriamente la seguridad de la Casa. Oh, bueno; lo cierto es que era una punzada muy pequeña... No tenía motivos para deber lealtad hacia los Maedai de Elore'il.

Era noche cerrada cuando llegaron a la Casa; Sül había estado aguardando ese momento con temor, porque no sabía qué palabras habría tenido Dama Corail con su supuesto hijo, ni cuál habría sido la reacción del Maede... Y en cuanto a esa serpiente del Gran Alquimista... El Sombra recordó una conversación que había tenido con Caradhar, justo antes de finalizar su destierro voluntario en Therendanar: le había recordado que ambos vivían con una cadena al cuello que trataban de estirar todo lo que daba de sí; en el caso del dotado, había demasiadas manos que intentaban tirar del extremo... Por los dioses, que él mismo se había atrevido a concebir pensamientos de poner sus manos sobre esa cadena invisible. Tenía un mal presentimiento.



Pudieron dormir sin ser molestados; a la mañana siguiente Sül salió a hacer algunas averiguaciones y se enteró de que el prisionero había sido conducido a los laboratorios, donde se había improvisado una celda para su custodia. En cuanto al Caballero Lenkares, había pasado la noche en las dependencias de los diplomáticos en palacio, pero se reuniría aquel mismo día con los Maedai de Elore'il para ponerlos al corriente de todo lo concerniente al cautivo.

Ya tenía una mano en el tirador de la puerta de Caradhar cuando un miembro de la guardia se acercó a él.



-Eres Sül, ¿no? El capitán ha mandado llamarte; dice que hace días que te ofreciste para comprobar la calidad de la última remesa de armas, y justo hace días que andas desaparecido. No está de muy buen humor.



Sül juró por lo bajo; lo había olvidado por completo. Mientras esperaba el retorno del dotado, había pasado los días entrenado hasta la extenuación, tratando de mantener su mente ocupada. Los miembros de la guardia no pudieron dejar de notar que el joven sabía muy bien lo que hacía con un arma en las manos, y toda experiencia era necesaria en los tiempos que corrían.



-Es cierto... -respondió- ¿Debe ser ahora? Porque...



-Seelvyan está en la armería ahora mismo y está esperando ayuda; ya no se puede demorar más.



-... Vale. Voy para allá.



En la armería, un elfo daba la espalda a la puerta, inclinado sobre una caja de madera. Se ocupaba en apartar capas de paja y extraer brillantes espadas cortas del lecho que las protegía. Sül se acercó, con su característico paso felino, y el elfo no se percató de su presencia hasta que lo tuvo mirando por encima de su hombro; sobresaltado, dejó caer la espada que tenía en las manos. Pero no llegó al suelo: el Sombra la atrapó en el aire.

El elfo se disponía a obsequiar al intruso con unas palabras insultantes; pero cuando vio de quién se trataba, su rostro se iluminó.



-Seelvyan, tu instinto de conservación apesta. Y no pienso cargarme el muerto si pretendes mellar las hojas incluso antes de estrenarlas.



El saludo de Sül no era amable, pero su interlocutor rió entre dientes. Seelvyan era un soldado con experiencia, que había estado destacado en Ummankor en varias ocasiones. Era alto, con un rostro interesante y una larga melena broncínea; su cuerpo fibroso y ágil mostraba cicatrices que atestiguaban que no se había limitado a blandir las armas en la sala de entrenamiento. Aunque era allí donde había tomado contacto con el Sombra y, atraído al principio por su pericia, había entablado una relación cordial con él.



-Simplemente estaba distraído, y además me has abordado a traición, maldito gato... ¿Acaso tienes almohadillas en los pies? ¿Dónde te has metido estos días?



-He estado ocupado.



-Tan charlatán como siempre, ¿eh?



-A ti te voy a decir yo por dónde ando... ¿Estas son las últimas que han llegado? -preguntó, blandiendo la espada.



-No... ¡las estoy metiendo en paja para darles de comer! ¿A ti qué te parece, animal? ¿Qué tal?



-No está mal... Parece bastante equilibrada -la balanceó repetidas veces, con pericia, y acabó arrojándola contra una enorme diana de paja trenzada que estaba apoyada contra la pared, donde se hundió casi hasta la empuñadura. El soldado lanzó un silbido-. Vuela bien...



-Deja de lucirte, gallito... Se supone que las espadas son para sostenerlas, no para jugar a los dardos...



-¿Quien lo dice? Bueno, ¿qué más hay por aquí? -Seelvyan señaló a la pila de cajas que esperaban a sus pies. El Sombra frunció los labios... Aquello iba a llevarle más tiempo del que esperaba- Mierda... no son cuatro cajitas de muestra...



-Cuanto antes empecemos, antes podremos largarnos a beber... Ayúdame con esto, anda.



Los elfos comenzaron a abrir cajas, inspeccionar su contenido y vaciarlas, intercambiando comentarios. A Sül le agradaba la compañía del soldado y su lengua mordaz; cuando parecía haberse resignado a ser el paria de la compañía, era agradable tener alguien con quien charlar.

Ya llevaban bastantes cajas abiertas cuando el Sombra se percató de que su compañero llevaba un buen rato mirándolo de reojo; lo encaró y le preguntó si había algún problema, pero no recibió respuesta, tan sólo una curiosa sonrisa del otro elfo. Continuó con su tarea, hasta que su mano izquierda salió disparada como un resorte y sujetó la muñeca de Seelvyan, quien al parecer se disponía a posar la suya sobre su trasero...



-¿Qué cojones...? -preguntó el Sombra, lanzándole al rubio una mirada penetrante. Este suspiró, decepcionado pero sonriente.



-No te lo tomes a mal... He oído por ahí que... te tomas muy en serio tu tarea de cuidarle las espaldas a ese dotado tan llamativo de Lord Navhares... No sabía si tenías esas inclinaciones y, francamente, al saber que te acostabas con él, pensé que yo podría tener -acercó aún más el rostro al hablar- mi propia oportunidad...



Sül frunció el ceño; se lo pensó unos instantes y respondió, arqueando la comisura de los labios:



-Y si de verdad me acuesto con ese dotado... ¿qué te hace pensar que querré acostarme contigo?



-Eh... tengo mi corazoncito, ¿sabes? -el elfo hizo una mueca- Puede que no sea tan espectacular como él, pero no estoy mal... No me digas que a alguien como tú no le va la variedad; y no tiene por qué saberlo...



Seelvyan presionó suavemente los dedos sobre la mano que aún sujetaba la suya; Sül resopló burlonamente y soltó la mano en la cara de su propietario, como si se la devolviera.



-Gracias, pero no -volvió la vista a la caja abierta, con una sonrisa-. No me va la variedad.



-Menuda decepción... -el soldado gruñó por lo bajo- Y yo que pensaba que habías venido porque te interesaba...



-No te equivoques; he venido porque el capitán mandó a buscarme para que te ayudara.



-¿De qué hablas? -Seelvyan alzó las cejas- El capitán iba a enviarme a uno de los maestros de armas; ni siquiera sabe que has vuelto.



-¿Qué? Pero... ese guardia...



Sül se quedó paralizado un instante; después frunció los labios en una mueca de rabia y salió corriendo de la armería, ante la atónita mirada de su compañero.







Caradhar no se había levantado aún; no tenía hábitos tan madrugadores como los de Sül y le gustaba quedarse en la cama tanto como le fuera posible. Por eso se hallaba profundamente dormido cuando el contacto de una mano cálida, deslizándose por su costado y su espalda desnudos, lo trajo vagamente al mundo de la vigilia. El elfo se movió perezosamente y murmuró:



-... Sül...



La mano que lo acariciaba se detuvo. Después reanudó su camino sobre la piel, aunque con menos gentileza, y llegó hasta su coxis; los dedos comenzaron a adentrarse en el surco entre sus nalgas, y Caradhar supo que algo no iba bien. Abrió los ojos y se encontró sobre su cama, con su cuerpo desnudo al descubierto y un elfo alto y rubio inclinado sobre él, taladrándolo con sus ojos amarillos...



-¡Darial!



El dotado se incorporó sobre la cama, apartando la mano intrusa de su cuerpo. Darial apretó los finos labios y estiró los brazos para sostener al joven con fuerza por las mejillas. Se miraron fijamente.



-Te atreviste a desaparecer de esa forma... Llevo años pensando lo que haría contigo si volviera a ponerte las manos encima; y, ¿qué te parece? -apretó aún con más fuerza aproximando su rostro, bañándolo con su aliento ardiente- Creo que ya sé qué es lo primero que quiero hacerte...



Trató de echarse sobre él, pero Caradhar se liberó de sus manos y saltó de la cama, interponiéndola entre ambos. El alquimista abrió mucho los ojos: nunca, en toda su vida, se le había resistido el joven. La idea ni siquiera había cruzado por su mente, y encontrarse ante ello lo llenó de estupor más que de ira. Lo contempló boquiabierto mientras deslizaba las piernas en sus calzas.



-¿Cómo te atreves...? -a grandes zancadas rodeó la cama y se colocó en frente del joven- ¿Has olvidado quién soy...? ¡No te atrevas a continuar!



Al intentar agarrarlo por un brazo, él se soltó; y cuando alzó la mano para golpearlo, el dotado la sujetó y le apretó la muñeca con fuerza, echándola a un lado. Darial se sujetó la parte dolorida y contempló a su antiguo pupilo como si se tratara de una persona totalmente diferente... Sus afiladas mejillas enrojecidas delataban cómo la sangre le bullía en las venas. Caradhar se sentó, con indiferencia, y se calzó las botas.



-Adhar... Creo que no te das cuenta de lo que te ocurrirá si sigues provocándome de esa manera -la voz del alquimista sonaba forzada, como si estuviera haciendo lo imposible para controlarse-. ¿Juegas conmigo durante meses, desapareces durante años, y crees que no tengo maneras de hacer que inclines la cabeza...?



-El tiempo de jugar se ha acabado -respondió el joven, al fin, con voz fría-. Soy uno de los dotados del Maede; ya tengo suficientes cosas de las que preocuparme. Tú eres el Gran Alquimista; nuestros caminos no tienen por qué cruzarse. Y te aseguro que no lo harán.



-... ¿Crees... crees, por un momento, que las cosas han cambiado tanto como para que puedas ponerte fuera de mi alcance? ¿Que porque al nuevo Maede le has caído en gracia yo no tengo poder para volver a ponerte de rodillas? Déjame recordarte que la última vez no necesitaste a nadie que te obligara a... eso, ponerte de rodillas... -Darial trató de volver a poner la mano sobre el elfo que con tanta indiferencia se acababa de ajustar las botas; de nuevo, sin resultados.



-Pues deberías estar agradecido por todo lo que te has divertido conmigo; ahora tendrás que buscarte otro juguete.



Otra vez aquella frialdad que se le clavaba como un puñal... La ira mordió en Darial con fuerza; apretó los puños y dijo, con voz ronca:



-Tengo dos guardias esperando ahí fuera; puede que te revuelvas como un gato, pero veremos qué haces cuando te sujeten contra la cama mientras yo te la hundo en ese trasero tuyo que estoy seguro de que no me ha olvidado...



Algo se rompió dentro de Caradhar; sintió un extraño latido en las sienes, una sensación que no había experimentado en años, desde aquel día que había abandonado Elore'il. Toda una vida de muda sumisión a aquella serpiente de ojos amarillos comenzó a pasar factura... Violentamente lanzó al alquimista sobre la cama y lo clavó en ella por las muñecas, inmovilizándolo bajo su cuerpo; Darial trató de moverse, pero aquel ya no era el niño indefenso de antaño.



-Si tuviera el más mínimo interés, Darial -espetó Caradhar, con los ojos clavados en él- te daría a probar ahora mismo un poco de tu propia medicina. Pero lo cierto es que eres, con diferencia, el peor compañero de cama que te tenido jamás; así que apártate con algo de dignidad, porque no voy a volver a dejarte que me pongas las manos encima.



-Adhar... -el alquimista jadeó, con los ojos fuera de las órbitas.



Un clamor amortiguado llegó desde el otro lado de la puerta. Se oyeron voces y sonidos de pelea; al poco rato la pelea cesó, y la puerta cedió por efecto de una patada certera. Cuando Sül entró, hecho una furia, se encontró con el inesperado espectáculo de Caradhar, sin camisa, sujetando al Gran Alquimista sobre la cama. La atención de Darial se volvió a la entrada durante unos segundos. El dotado ni siquiera giró la cabeza; sabía perfectamente quién era.



-No vuelvas a llamarme Adhar -ordenó a su prisionero, con desprecio-. Suena repugnante cuando viene de ti.



La burbuja de ira estalló, y el joven pelirrojo recuperó su humor habitual; ni siquiera deseaba seguir tocando a aquel elfo, así que lo soltó y terminó de vestirse. Tanto el Sombra como el rubio alquimista lo miraron sin saber como reaccionar.

Y entonces, los Maedai de la Casa hicieron su aparición por la maltrecha puerta.



-¿Puede alguien explicarme qué ha pasado aquí? -preguntó la Dama Corail. Sül y Darial se sintieron imperiosamente obligados a responder, pero el Sombra fue más rápido.



-Esos de ahí fuera no me dejaban pasar así que tuve que dejarlos fuera de combate y patear la puerta porque creí que el Gran Alquimista estaría intentando metérsela a Caradhar pero cuando entré era él el que estaba subido encima de esa rata -desembuchó, sin pausa; cuando calló, tragó saliva, y en cuanto a Darial, se puso lívido.



La Maeda no dijo nada, sólo frunció el ceño. Lord Navhares, en cambio, lanzó una mirada airada al Gran Alquimista, que se incorporó tan rápido como pudo e inclinó la cabeza.



-Os ruego que me dispenséis, mi Señora... no... -Darial no pudo terminar la frase.



Corail hizo una señal afirmativa y el alquimista salió como una exhalación.



-No imaginaba que te las habías arreglado para llevar al Gran Alquimista de la Casa a ese extremo... -suspiró la elfa, mirando a su hijo.



-No hay nada más de que hablar entre nosotros. Creo que lo ha comprendido muy bien -respondió este, con calma.



-Mi Respetada Madre -preguntó el Maede, y a Sül le pareció detectar un matiz corrosivo en la manera que tuvo de pronunciar esas palabras-: ¿puede explicarme qué significa todo esto? ¡Sül, explícame...!



-¿Ya has olvidado lo que te he enseñado sobre la voz de mando? -lo interrumpió ella- No es para usarla libremente, ni en presencia de los nuestros, a menos que no haya otro remedio -el elfo más joven se mordió los labios. En cuanto a Sül, cerró los ojos por un segundo y se estremeció. Joder, lo que nos faltaba, pensó. Ahora el crío también es un mecanismo de dar órdenes andante. Dioses... en qué acabará esto...- Sül, el Maede y Caradhar van a tener unas palabras en privado. Si quisieras acompañarme, me podrías poner al día de vuestro viaje a Therendanar.





El Sombra no pudo sino obedecer. Siguió a la Maeda fuera de la habitación tras echar una última mirada al dotado, que se la devolvió con calma. Aseguró la puerta lo mejor que pudo y caminó tras ella; se dio cuenta entonces de que Niliara los seguía a cierta distancia.

La dama preguntó si había sucedido algo digno de mención en aquellos días; no había gran cosa que contar, y así se lo hizo notar el joven. Luego se interesó por algunas trivialidades de Therendanar; y luego su tono se volvió más íntimo. Sin dejar de caminar, se volvió al Sombra y preguntó:



-¿Cómo es tu relación con Caradhar?



Sül se sorprendió por aquella pregunta. Tragó saliva, antes de responder:



-Por mi parte, es igual que lo ha sido desde que volvió a la Casa, Su Excelencia.



-Por tu parte... ¿y por la suya? ¿Qué siente él por ti, Sül?



El elfo dudó, durante unos segundos. No se fiaba de la elfa; pensaba que Caradhar estaría infinitamente mejor fuera de aquellos muros, lejos de aquella familia. Y sin embargo... No sabía si era el efecto de la poción, o la extraña calidez en la voz de la Dama Corail; o bien la necesidad que tenía de hablar con otra persona, aunque fuera ella, sobre su tormento particular...



-No... no lo sé. Hay veces que creo que me necesita; pero hay otras ocasiones en las que tengo la impresión de que, si desapareciera, ni siquiera se daría cuenta; seguiría con su vida como si nunca hubiera estado ahí. Duele tanto que no puedo...



Sül calló, avergonzado por haber revelado su mayor debilidad a alguien en quien nunca había confiado. Corail no habló enseguida, sólo suspiró.



-Vivimos tiempos muy difíciles, Sül. Después de todos estos años de batallar, te sientas a pensar y te das cuenta de que lo único que deseas es la compañía de los tuyos. Persevera; pégate a él; haz todo lo posible porque no quiera dejarte ir. Porque si no lo haces... es muy posible que lo perdamos los dos.







En el rincón más discreto del aposento Caradhar aguardaba en silencio mientras el Maede, con las manos apoyadas sobre la ventana, se decidía a hablar.



-Mi... la Dama Corail me ha contado que tú eres... -dijo, al final, sin volverse a mirarlo-. Es curioso: ahora me cuesta trabajo pronunciarlo; madre. Ni siquiera sé cómo era ella.



-Nadie importante...



-¿Nadie importante? ¿Eso es lo que piensas? -en la voz del Maede comenzaba a vibrar la irritación.



-Mi Señor: su madre es la Dama Corail. Esa es la única verdad que todos conocen, y lo único que importa.



-¿Cómo te resulta tan fácil? Mi Señor. Pero, de hecho, no lo soy; de hecho, soy tu... -tuvo que forzarse a continuar- Sí, qué fácil: me sueltan una verdad como esa, me dicen que tengo que callar para siempre y que tengo que olvidar lo que siento. Pero no puedo olvidarlo; te miro, y miro mi reflejo en este cristal, y no puedo ver lo que se supone que es lo correcto. Si soy un monstruo por quererte de esta forma... seré un monstruo. No me importa.



Caradhar no dijo nada.



-Podría obligarte -continuó el más joven, con voz extrañamente serena-. Mi... madre ha cumplido su palabra y me ha permitido usar la poción. Podría ordenarte que...



Veo que esa parte no se la ha contado, pensó Caradhar. Permaneció callado, esperando a ver si el chico se decidiría a cumplir su amenaza.



-Por favor, ven aquí -el dotado hizo lo que le pedía y se alzó junto a él frente a la ventana; Navhares buscó su mirada-. Necesito que hagas algo por mí; necesito que me mires a los ojos, me tutees y me digas que soy tu hijo. Quiero oírtelo decir.



Caradhar continuó mirando por el cristal; también era difícil para él... El Maede aguardaba, ansioso, y el elfo de más edad comprendió que no perdía nada por intentarlo. Se volvió, y fijando sus ojos rojos en aquellos oscuros iris de color corinto, dijo:



-Eres mi hijo.



Lord Navhares frunció el ceño con expresión torturada; después apartó la vista.



-No funciona. No sabes mentir; tú tampoco lo sientes.

"Escucha: no voy a decir nada. Le haré caso a ella y pretenderé que no me he enterado. Y no voy a obligarte; no soy tan... miserable. Pero tampoco voy a rendirme: esperaré. Si tengo que esperar a que dejes de verme como un niño, esperaré. Al menos, tengo muy claro que no me ves como a un hijo.



Navhares volvió a sorprender a Caradhar, y no por última vez. El muchacho se dirigió a la salida; pero antes de marcharse, se volvió y dijo:



-Ah, en cuanto a ese alquimista: no me importa lo más mínimo que sea el que prepara nuestras pociones, no creas que voy a dejar que vuelva a acercarse a ti. Con las zarpas de ese guardaespaldas ya tengo más que suficiente.



Y, diciendo esto, salió de la habitación.









El Caballero Lenkares se hallaba en el Gran Laboratorio de Casa Elore'il, en compañía de Darial y sus asistentes, ante la habitación en la que se custodiaba al prisionero del norte. La presencia de extraños en aquel lugar era inusitada, pero el diplomático se encontraba allí en representación de su principado. El Gran Alquimista hacía gala de un curioso humor, como el humano no pudo dejar de notar; Darial trataba de mostrarse profesional, pero cierta cuestión no dejaba de rondar su cabeza.



-¿Y dice que ninguna de las pociones que probaron sobre él surtió efecto? -preguntó, centrándose en el problema que lo ocupaba- Es casi increíble... Estoy al corriente de algunas de las fórmulas con las que cuentan en Therendanar y sé a ciencia cierta lo que pueden llegar a soltar la lengua de cualquiera... Este no es un elfo corriente... -Darial frunció en ceño- Y los métodos... convencionales, ¿también fracasaron?



-Su Señoría... me pone en un aprieto... -Lenkares mostró una incomodidad muy civilizada- Nosotros, a uno de su raza... Tenga mi palabra de que hemos intentado con él... todo lo humanamente posible.



-Entiendo.



Darial echó una mirada al elfo; la verdad es que no había causado ningún problema desde su llegada a la Casa; de hecho, y aunque apenas hablaba, se mostraba educado y cortés con sus captores, agradecía los alimentos que le ofrecían y no parecía tener ninguna intención de escaparse. A menos, claro está, que fuera un actor consumado.



-Bienvenido a mis dominios, señor... -le dijo Darial al prisionero, con voz no exenta de sorna- ¿cómo debo dirigirme a usted?



El elfo lo miró con calma y respondió, al cabo de unos instantes:



-Como ya dije a los compañeros de ese caballero humano, mi nombre es irrelevante; pueden llamarme lo que quieran, pues no creo que cambie la opinión que se han formado sobre mí.



-¿Por qué se quedó en Therendanar? Pudo haberse marchado con los demás elfos de Misselas cuando tuvo la oportunidad. Ahora es imposible que lo consideremos otra cosa más qué un espía. Nadie resiste las artes alquímicas de esa manera sin tener algunas habilidades excepcionales; lo sabe, ¿verdad?



El elfo no respondió; se limitó a sostener su mirada de forma pacífica. Y, de alguna manera, aquella actitud indiferente le recordó al Gran Alquimista a Caradhar. Sintió cómo lo dominaba la irritación; de pronto, deseó poner las manos sobre aquel desconocido y retorcerle el cuello hasta hacerlo hablar... Claro que era otro cuello aquel que realmente quería tener a su merced... junto con el resto del cuerpo, para poder saciarse a placer antes de hacer que gritara...



-Entiendo lo que ha de hacerse, y me ocuparé de ello, Caballero Lenkares -dijo el alquimista, con brusquedad- Debo pedirle que continuemos esta entrevista en otro momento, porque tengo cosas que hacer. Si me disculpa... Y tú, -añadió, dirigiéndose a su asistente principal- ven conmigo.



Lenkares lo miró con sorpresa, pero inclinó la cabeza y permitió que lo escoltaran fuera del laboratorio. En cuanto al cautivo, no pareció inmutarse; tan sólo observó, con interés, cómo se alejaba el Gran Alquimista con paso rápido y nervioso.





Darial se encerró en sus aposentos, seguido por su asistente; el joven elfo, que era el mismo que había acompañado a Lord Navhares en su visita a Therendanar, sintió cómo su corazón se aceleraba, porque sabía que aquello no presagiaba nada bueno para él.



-Desvístete y échate en la cama -ordenó el alquimista, con voz fría- Necesito relajarme o no podré concentrarme para trabajar; y no queremos eso, ¿verdad? -y tomando un trozo de tela gruesa, añadió-: Y usaremos esto para que no grites demasiado... Tan sólo lo suficiente para que yo sepa que tú también estás disfrutando...



El muchacho tembló; lívido, se despojó de sus ropas. En su cuerpo esbelto se apreciaban gran cantidad de cicatrices, algunas de ellas bastante recientes. Se tendió en la cama y Darial le ató los brazos al cabecero; después le colocó la mordaza y, tras pensárselo, le vendó los ojos también. No quería mirarlos por accidente y comprobar que no eran de color carmesí....

El alquimista no se molestó en desvestirse; se esmeró todo lo que pudo, sin embargo, en herir y humillar al muchacho que estaba tendido debajo de él mientras lo tomaba. Oyó los latidos desbocados de su corazón, que lo espolearon para recrudecer sus ataques. Contempló las cicatrices de su cuerpo, que era mucho mejor que el del dotado, pensó, porque no las hacía desaparecer como por arte de magia: permanecían allí, como mudo recordatorio de que una mano dominante las había causado. El aire estaba lleno de los gritos amortiguados que la mordaza no conseguía sofocar, y sonaban como música para sus oídos, porque podía imaginarse que eran sus labios quienes los lanzaban...

A punto de eyacular presionó el pálido cuello del muchacho, sólo por el placer de ver las marcas de sus dedos en él; el joven elfo se retorció, desesperado. A duras penas consiguió Darial contenerse para no seguir apretando mientras su placer era vaciado en el interior de su asustada pareja. Echó mano de la sábana para cubrir el rostro enfrente de él, porque ni tan siquiera quería ver la escasa parte que quedaba expuesta; la tela de satén se adaptó a sus contornos como una segunda piel, y se extendió a ambos lados como un halo vaporoso; rojo.

El alquimista sintió cómo ese color velaba su visión; se inclinó sobre el rostro oculto y lo acarició con delicadeza, y besó los relieves que formaban sus labios. Tenía un nudo en el estómago, y deseos de gritar.



Cuando lo tomó por segunda vez, con una ternura que no le había conocido jamás, el joven elfo no fue capaz de decidir cuál le había resultado más aterradora.







En los días que siguieron, Sül apenas se despegó de su protegido; no es que fuera realmente necesario, porque el Maede había tomado cartas en el asunto para garantizar la seguridad del dotado. Pero aquello no bastaba al Sombra; debía cerciorarse con sus propios ojos.

Aunque, por supuesto, era imposible permanecer junto a él las veinticuatro horas del día; alguna vez debía ausentarse, y cuando lo hacía, su mente se concentraba en acabar rápido con lo que fuera que tuviera entre manos. Por aquel motivo se hallaba más distraído que de costumbre; y, preocupado por cualquier movimiento que pudiera producirse en torno a Caradhar, no se le pasó por la cabeza que el objetivo pudiera ser él.

El ataque le llegó por la izquierda en un corredor desierto. En condiciones normales es más que probable que hubiera oído aproximarse a su agresor, pero no era el caso... Un puñal le pasó rozando el costado; no llegó a tocarlo gracias a los reflejos entrenados del Sombra, que parecían actuar casi inconscientemente. Esos mismos reflejos hicieron que sus manos salieran disparadas; la izquierda, a agarrar el brazo agresor por la muñeca; la derecha, a aplicar un golpe con el puño al lugar donde debería estar la cara del misterioso atacante. Ninguna de las dos falló.

Acto seguido, Sül retorció aquel brazo para obligarlo a soltar el puñal; cayó al suelo con un eco metálico que casi ahogó el característico silbido de una hoja saliendo de su vaina. Casi... Pero al Sombra no le pasó desapercibido: se volvió, asió el otro brazo y aplicó un rodillazo al estómago de su contrincante. Mientras este se doblaba, gruñendo, el joven elfo golpeó la mano del arma contra la pared.

Otro suave silbido llamó su atención hacia los pies del enemigo. Una hoja en la bota, pensó, y casi le entraron ganas de echarse a reír. El pie fue disparado hacia su pantorrilla, aunque lo esquivó casi sin echarle una mirada. Al Sombra no se le habían pasado las ganas de divertirse, pero su neidokesh le había grabado en fuego una regla de oro: 'los juegos son para la sala de entrenamiento; ahí fuera se trata de ganar lo más rápido posible. La crueldad es un sentimiento, y los sentimientos llevan a la derrota'. Liberando la mano derecha, proyectó los nudillos hacia el cuello de su oponente para dejarlo inconsciente y lo tumbó.

Todo sucedió muy rápido; Sül miró al caído y, casi al momento, el sonido de unos pasos volvió a ponerlo en guardia: Era Niliara, que se acercaba por el corredor; llevaba un par de hojas arrojadizas en la mano que se ocupó de volver a guardar, con despreocupación. El joven se relajó, aunque preguntó, con ironía:



-¿Te lo has pasado bien? Gracias por dejarme toda la juerga para mí solo.



-¿Querías que te ayudara? ¿Con este tipo patético? Habría sido un insulto, ¿no crees? -la elfa se arrodilló y examinó al caído; era un elfo ordinario vestido con ropas negras- Aunque más me valdría haberlo hecho: Definitivamente estás oxidado, Sül.



-¿Oxidado? ¿Por qué infiernos...?



-Porque lo has matado -Niliara hizo girar la cabeza del elfo a ambos lados, sin obtener ninguna reacción-. Le has roto la tráquea. Buena suerte si quieres obtener alguna información de él.



Sül frunció los labios. No había pretendido matarlo; en el pasado se habría llevado una buena tunda por ser tan descuidado. Se preguntó si, inconscientemente, no habría deseado hacer pagar a aquel tipo toda la frustración acumulada que arrastraba por entonces...



-¿Para qué? -dijo al fin- Estoy casi seguro de que sé quién ha sido el amable cabrón que me lo ha enviado.



-Bueno... Si la valía de una persona se mide por la calidad de sus enemigos, esto no dice mucho de ti. El tipo era un simple asesino, carne de Zanja. Alegra esa cara: un noble casi seguramente te habría enviado un Darshi'nai.



-No es un jodido noble -gruñó Sül.



-No, no lo es; pero yo me andaría con cuidado. Sé a quién tienes en mente, y dada su posición en la Casa es posible que pronto se plantee recurrir a uno. Y tu problema, Sül, es que tu mente no está centrada -el Sombra no respondió-. Pero una cosa es cierta: nuestro Maede parece haber olvidado su encaprichamiento con tu dotado, al menos por el momento. ¿No te hace eso afortunado? -como el elfo continuó callado, ella insistió- ¿Tienes alguna idea acerca de a qué se debe ese cambio?



-Que me registren... A lo mejor se ha enamorado de su mujer... -comentó Sül, con sorna.



Niliara le lanzó una mirada muy significativa. Comprendió que no merecía la pena insistir, así que no hizo más preguntas.









-Hay algo que le preocupa.



El prisionero elfo que no quería revelar su nombre miraba fijamente a Darial, que mostraba uno de los rostros más lúgubres que era posible imaginar. Estaban en medio de una sesión de interrogatorio; el alquimista había suministrado al prisionero una dosis de poción que actuaba como un suero de la verdad: hacía imposible que quien lo ingiriera fuera capaz de concentrarse. Cualquier intento de enfocar los pensamientos tenía como resultado un insoportable dolor de cabeza, y al cabo de un tiempo sumía al receptor en un estado de semi-inconsciencia: la preguntas fácilmente obtenían respuestas a nivel subconsciente.

No funcionaba, como de costumbre. El prisionero había recibido una dosis mayor del doble de lo aconsejado; espasmos de dolor lo sacudían de vez en cuando. Y he aquí que no sólo no se doblegaba a la poción sino que, además, se permitía hacer una amable observación sobre las inquietudes de su torturador. Darial estaba exasperado.



-Por supuesto... ¡me preocupa que, en vez de contarme todo lo que quiero saber, se dedique a preguntarme por mi salud! ¿Cómo puede tomarse esto con esa despreocupación? ¿Quién diablos es usted?¿Entiende que alguien así nunca podrá abandonar estos muros?



Darial no podía quitarse de la cabeza la impresión que les había causado el interrogatorio que la propia Maeda había realizado, días atrás: aquel elfo había resistido a la voz de mando. La prueba lo había dejado extenuado: había enrojecido, había temblado, y su frente se había cubierto de sudor. Finalmente se había desmayado; pero había aguantado las preguntas sin despegar los labios.

Pruebas posteriores habían ofrecido los mismos resultados. Tanto la Maeda como Darial, únicos testigos, se habían quedado también sin palabras. Darial se apresuró a sugerir a la Dama Corail que su prisionero podría ser el responsable del asesinato de Lord Killien; ella no dijo nada, salvo recordarle al alquimista la discreción extrema que requería un asunto como aquel.



-No se equivoque... -respondió el cautivo- Por supuesto que me concierne mi suerte... ugh... pero no veo por qué no podría emprender, al menos... una relación cordial con la persona de quien voy a depender en el futuro... Prefiero, con mucho, estar entre los míos antes que con los humanos...



-Ha de saber -Darial apretó los dientes- que, de una forma u otra, obtendré lo que quiero saber de usted, aunque tenga que extraerlo de trozos palpitantes de su cuerpo...



-Por favor... -el elfo se permitió sonreír- No se rebaje al nivel de los humanos. Escuche: yo también estoy cansado de todo esto. Pero en el... caso de que quisiera hablar, necesito saber que... clase de persona estoy tratando, y si puedo confiar en usted... Y es evidente que hay algo muy grave que ocupa sus pensamientos...



Darial torció la boca. El agente que había mandado para librarse de ese maldito guardaespaldas había fallado. Además, a todas las preocupaciones que tenía se había añadido una conversación que había mantenido con el Maede. En realidad había sido un monólogo, pues él sólo había podido escuchar, conteniendo la indignación, cómo aquel joven se permitía ordenarle que se mantuviera alejado de su dotado. Su dotado... ¡menuda broma! Aún recordaba los días en que Caradhar sólo era un pequeño bastardo ignorado. Él lo había tomado bajo su protección; él le había proporcionado formación, cultura, modales... Si había alguien que pudiera llamarlo 'mi dotado', ese debía ser él... y no ese chiste de Maede que hasta hacía poco no sabía sonarse las narices sin ayuda.

El alquimista ahogó una pequeña voz dentro de él que le recordaba que había sido la propia elección de Caradhar la que lo había puesto fuera de su alcance. No; sólo necesitaba un tiempo con él; entonces, sería capaz de domarlo de nuevo; recibiría su pequeño castigo por lo que había hecho, por supuesto, pero volvería a pertenecerle.

Como debía ser.





           
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