2021/05/18

«EL DON ENCADENADO», EN EDICIONES EL ANTRO

 





¡Ya está aquí «El Don encadenado» en papel! Después de tantos años, ¿quién lo diría? ¡Y lo podéis conseguir dedicado! Algo MUY novedoso, viniendo de mí, en lo que trataré de poner empeño y primor ; ). Si a eso le sumamos la edición y las nuevas ilustraciones de Mar Espinosa, yo diría que os animéis a pillar vuestro ejemplar, porque no os vais a arrepentir.


https://www.edicioneselantro.com/







2021/01/05

LOS TÉRMINOS DEL CONTRATO

                                                            




                                                                 A cambio de su retribución,

un cadáver hermoso.


Este lema, redactado sobre una dirección de contacto, era una de esas ocurrencias macabras con las que ninguna persona corriente se toparía jamás en la vida. Podía encontrarse en un par de dominios de compraventa de la red oscura, y no era el anuncio siniestro de una clínica de estética o una funeraria, sino de un sicario que gestionaba su negocio de manera un tanto extravagante. El tipo de frase apropiada para una tarjeta de visita. 

Excepto que, por supuesto, nunca había sido impresa. Su autor, cuyo alias era una sencilla letra hache, jamás la sacaba del ámbito virtual salvo para recitársela a sí mismo cada vez que concluía un trabajo. Comprobaba la ausencia de pulso de su obra, limpiaba un área ya inmaculada, guardaba sus herramientas... Luego se concedía algunos instantes para asimilar el cuadro, los abruptos brochazos rojos sobre unos bellos trazos de fondo. Siempre eran personas muy atractivas y siempre se ocupaba de ellas a corta distancia. De lo contrario, ¿cuál habría sido su satisfacción? No el dinero, apilado en escrupulosos ceros y unos en su monedero virtual, ni un interés patológico en el sexo o la violencia. Era otra cosa, algo distinto.

Su encargo más reciente yacía boca arriba en una otomana de cuero que ya no era blanco, un escenario sin personalidad para un galerista insulso. El celeste de sus ojos había sido llamativo, aunque no tanto como el azul de metileno de su primera víctima auténtica. Aún recordaba el aleteo de mariposas en el bajo vientre; años de actividad habían diluido el placer hasta reducirlo a simple alivio, pero eso le bastaba para seguir. El galerista, pues, fijaba el cielo brumoso en el techo mientras su muerte redecoraba la sala de estar. Una hermosa muerte. A juicio de H, más talentosa que su vida de calcar revistas de decoración con dinero ganado a cambio de sonrisas.

Abandonó el edificio y cruzó varias calles al abrigo de una sudadera con capucha. La prenda terminó en su mochila antes de entrar en el metro, revelando así la versión pública de su persona, ese joven de nombre y apellido convencionales que arrastraba una estela de miradas, insinuaciones y cuchicheos. Tan tediosos como inevitables. 

—En realidad, este caballero llegó antes que yo. Atiéndalo primero.

»No, gracias, prefiero ir de pie.

»Es muy amable por el cumplido, aunque nunca he trabajado en publicidad.

»¿Una copa? Si no nos conocemos.

Llegar a casa y librarse de las ropas usadas siempre era liberador; luego revisaría sus mensajes, se prepararía un tentempié y descansaría con una película o un ensayo. Entre encargos vivía la vida de un diletante, con visitas esporádicas a museos y galerías. En ocasiones sopesaba completar sus estudios académicos, pero siempre desechaba la idea por el inconveniente que le supondría involucrarse en proyectos y compromisos a largo plazo. Además, le había costado un gran esfuerzo archivar el recuerdo de las negociaciones a puerta cerrada en la universidad. «Te ofrezco la mejor nota de la clase si te arrodillas bajo la mesa». «Te ofrezco un grupo de estudios, te ofrezco una beca». No tenía sentido arriesgarse a reactivarlo.

No, era mejor permanecer en la red, donde se relacionaba con la gente sin el filtro de la apariencia. Donde no pasaba los días despreciándolos a todos. Donde era H, el arma de alquiler que, irónicamente, aún trataba a la mayoría como seres humanos.

Para conseguir esa actitud tan civilizada, los tratos se hacían online. El único requisito de la solicitud, igual de imprescindible que el anticipo del cincuenta por ciento, era adjuntar una fotografía del futuro finado. Lo consideraba la primera criba e, incluso si daba su visto bueno provisional, se reservaba el derecho de rechazar el encargo tras estudiar al blanco en directo. Sus negativas no eran negociables. ¿Cuántos pagos indecentes había rehusado? ¿Cuántos acuerdos malogrados habían conducido a mensajes llenos de súplicas, sobornos y amenazas? Para muchas personas resultaba complicado entender sus razones, razones que, por otro lado, destilaban sencillez: prometía un cadáver hermoso. Y para eso necesitaba materia prima.

Aquella noche dejó la revisión para última hora, inmerso como estaba en un artículo de Scientific American. Por lo general, los encargos llegaban espaciados, así que le sorprendió hallar una oferta en la bandeja de entrada. Su índice izquierdo titubeó en el aire antes de abrirla, en parte por el agotamiento, en parte por la expectación. ¿Captaría su interés el archivo adjunto? Los dos más recientes, el galerista y una azafata de exposiciones, le habían calmado a duras penas la quemazón sin aportar poesía a su currículo. La anterior, en cambio... Una maravilla, una nueva Hedy Lamarr en la piel de una aspirante a actriz de telenovelas. El trabajo, rematado y paladeado en los baños de un club nocturno, lo había complacido en todos los aspectos salvo en la iluminación, digna de un cuarto de revelado. Era patético ver cómo se escapaba la vida bajo una ristra de bombillas rojas.

El dedo indeciso completó su recorrido y, obviando las líneas de texto, fue directo a la fotografía. Chasqueó los labios, decepcionado por la mediocridad de aquel rostro que apartaba la mirada. Era atractivo hasta cierto punto, pero unos ojos bonitos no iban a bastar para sacarlo de su fortaleza. Carecía de esa cualidad inusual que hacía pivotar las cabezas en la calle, estimulaba la generosidad interesada y saboteaba el raciocinio. Ahora bien, cuando ya seleccionaba la contestación automática de rechazo, una solicitud de chat parpadeó en la esquina inferior de la ventana. El presunto cliente.


USER_K576: Saludos, imagino que le agrada la propuesta.

1_H: Una previsión injustificada. No entra en mi área de operaciones, lo lamento.

USER_K576: No entiendo, ¿quiere decir que lo rechaza? ¿No ha visto cuánto pago?


H echó un vistazo la oferta. Aparte de verificar que el tal K576 era un tipo rico, desesperado o ambas cosas, no se inmutó.


1_H: Conoce los términos de mis contratos. Esta persona no cumple los requisitos.

USER_K576: Le aseguro que es un joven encantador.

1_H: Para usted. Yo me precio de ser objetivo.

USER_K576: Subiré a siete cifras, solo le pido que lo conozca en persona. He incluido su dirección, la del conservatorio donde practica y sus horarios. Usted es un cazador y también un artista, ¿no, señor H? Tiene mi palabra, satisfará su sensibilidad.


¿Cazador? ¿Sensibilidad? Presuntuoso. 


1_H: De nuevo da cosas por sentado, señor K576. No me contacte. Espere a recibir mi respuesta. 


Cerró la ventana antes de que alcanzase a desearle buenas noches. Entre las diferentes explicaciones por las que no lo había bloqueado, tenía claro que no se contaba el dinero, sino quizá algo más sencillo: de la parafernalia de ese tipo había deducido que el blanco era pianista y le apetecía escuchar un poco de música.





El conservatorio era el capricho de un arquitecto aficionado al Lego, un gigantesco paralelepípedo con cristaleras en los extremos, cruzado sobre otra estructura idéntica. Aprobó la uniformidad y la ausencia de columnas de las fachadas, aunque detestó tener que pasearse por un interior tan luminoso. La inquietante simetría de sus rasgos estimulaba los recuerdos de los testigos, algo inadecuado para alguien en su sector de actividad. 

Tras enseñar el pase —falsificado— en la recepción, se ajustó las lentes —falsas— y avanzó con confianza por unos pasillos cuyo plano había memorizado. En el auditorio del bloque inferior llevaban a cabo pruebas de sonido para algún próximo concierto de piano. Si bien debían ser a puerta cerrada, el grupito de mirones al fondo le ofreció una cobertura excelente. Nadie recelaría del tipo del flequillo largo, la camisa de cuadros y la mochila.

La atmósfera de la estancia estaba sobrecargada con las notas fuera de tempo de una sonata para piano de Wagner. Una ejecución en el sentido más violento de la palabra. El siguiente pianista eligió una pieza de Chopin más serena; tanto, que uno de los otros asistentes abrió la boca en un ángulo de noventa grados bastante contagioso. Gracias a dioses que no existían, su objetivo se presentó después: Iisak Briem, el chico de la foto. Descartados los pantalones marrones, la vieja sudadera negra —no juzgaba en base a complementos externos—, y los rizos rubios sin peinar, no había nada en él que lo elevase hasta sus estándares. No, unos ojos bonitos no iban a sellarle el pacto al señor K576. Cuando ya se encaminaba hacia la salida, Iisak Briem presionó dos teclas del piano en rápida sucesión y distribuyó los dedos por el resto de la hilera. Mozart, para su nula sorpresa, brotó de aquellas tripas de cuerda, pero lo hizo con una naturalidad por las que sus colegas habrían matado. Y entonces sucedió algo; una pequeña cosa que impulsó otra mucho mayor.





La pequeña cosa lo trajo aquella noche, contra toda sensatez, a un bloque de apartamentos en el centro. La pequeña cosa lo forzó a piratear el circuito de seguridad y a emboscarse para evitar al portero. Aquel hombre triste no poseía ni una pizca de atractivo y él nunca había arrebatado una vida así; ni siquiera la de su primera sangre, un camello de categoría que acababa de atravesarle el cuello a su padre. La pequeña cosa lo empujó a colarse por la puerta contigua de su planta —una vivienda vacía—, salir a la terraza en sombras y espiar la del chico, separada por un muro y varios maceteros. 

Las correderas de cristal le permitieron ver un salón muy iluminado, excusa de sala de estar donde el propósito de los pocos muebles era rodear un piano de cola. En un magnífico golpe de efecto, Iisak Briem hizo su aparición en escena. Su cabello, que la humedad de la ducha tornaba más bronce que oro, salpicaba los hombros de una amplio pijama de algodón negro. No llevaba zapatos ni adornos ni nada más, solo la contundente presencia de dos ojos del color del jade. Su largo meñique izquierdo voló entre dos teclas durante unos segundos, la-si, la-si, la-si..., hasta que decidió ocupar la banqueta y ejecutar, sin partitura, melodías que le venían a la mente. Tocaba con todo el cuerpo: con los párpados, con los labios, con los hombros y las caderas. H lo observaba en completo silencio, pues los vidrios aislantes eran una celda para el sonido. Sin embargo, no le hacía falta escuchar; llevaba grabada la música del auditorio.

Cosas pequeñas. Un dedo meñique estirado para acariciar el la y el si y dar el pistoletazo de salida a la cadena de notas de la Sonata n.º 18 de Mozart. El tímpano, activando con sus vibraciones un largo y diminuto —notable contradicción— canal de instrumentos para transportar ese sonido a la corteza auditiva. La retina, intermediaria de la luz y la corteza visual, maestra en la interpretación de millones de colores a partir de radiación electromagnética en un minúsculo rango de longitudes de onda. Y, al final del camino, una porción de carne encargada de tomar toda esa energía e inventar sus particulares lenguajes sónico y visual. Algo tan pequeño como un movimiento, una imagen o un sonido tradujo la esencia de Iisak Briem a datos comprensibles para el alma de H, y el mensaje le transmitió belleza. Una belleza conmovedora, formada de algo más que simetrías objetivas. Una belleza que se desbordó de sus ojos.

El camino de vuelta a casa lo pasó autocensurándose. Nunca se había arriesgado tanto para decidir si aceptar o no un encargo. Ahora bien, siendo razonable, ¿no merecía este el esfuerzo? Si alguna vez desde que entrara en el negocio había conocido a alguien digno de ser su blanco, era él, Iisak Briem. La reciente confirmación, tras haberse negado a creer a sus sentidos en el conservatorio, había despejado sus dudas e incógnitas. 

En la pantalla del ordenador destelló un aviso de solicitud de chat. Supo quién lo enviaba antes de aceptarlo.


1_H: Le dije que no me contactase.

USER_K576: Han pasado varios días y la impaciencia me roba el sueño, le ruego que me disculpe. ¿Acepta usted mi encargo, señor H?


Un dedo vaciló en el aire. Un minuto, y otro, y otro.


USER_K576: ¿Sigue usted ahí?

1_H: Sí. La mitad por adelantado. Tenga presente que lo haré según mis pautas y en el lapso que yo estime oportuno. No tolero interferencias.

USER_K576: Ni se me ocurriría ofrecer consejos a un profesional. Siempre y cuando, eso sí, no planee hacerme esperar hasta el primer afinado de la sección de viento del Juicio Final. Mi corazón no lo soportaría.

1_H: Un mes será mi plazo máximo. Y se lo repito, nada de comunicaciones por su parte. En esta ocasión no responderé.





—Eres Iisak Briem, ¿cierto? Das clases particulares de piano.

El aludido alzó la vista de un cuaderno y un emparedado del que asomaba mucho verde y lo estudió sin mostrar ninguna expresión en particular. Curioso, pensó; aun con su disfraz de flequillo y lentes de estrafalaria montura morada había esperado despertar en él, como siempre sucedía con la gente, una pizca de interés. La novedad lo intrigó y decepcionó en una proporción de ochenta y veinte por ciento.

—No estoy aceptando alumnos ahora, lo siento. No dispongo de días libres.

Volvió a concentrarse en sus notas y su almuerzo de cabra. H era consciente de que cualquiera en sus circunstancias habría respondido lo mismo, porque lo había rastreado en la red y sabía que se preparaba para las pruebas de admisión a la orquesta sinfónica local. Por otro lado, también había averiguado que carecía de familia y de dinero, y que subsistía gracias a lo que ganaba por las clases. El impresionante apartamento del centro no era suyo; le permitían vivir ahí en pago por mantenerlo arreglado. 

—Me han propuesto colaborar en una publicación musical. He considerado matricularme en un par de asignaturas teóricas para que mi base sea más sólida, pero me vendría bien algo de práctica. Daría más profundidad a mis artículos.

—Habla con otro profesor. El tablón de anuncios está lleno de ellos. 

Toda esa indiferencia... Por mucho que le hubiera complacido achacarla a un interés nulo en los hombres, no había hallado ni una alusión a relaciones previas con chicas. De hecho, su presunta homosexualidad era un tema mencionado por algunos excompañeros del colegio. La proporción osciló hasta el setenta y el treinta.

—Sé que estás apurado, alguien dijo de pasada que preparas un examen de admisión. El asunto es que te escuché en el auditorio y quedé impresionado con tu Mozart, no quiero a nadie más. Te pagaré por encima de la tarifa estándar, doscientos la clase.

El pianista mostró, al fin, alguna reacción. Si bien era básicamente desconfianza, les otorgó vida a sus facciones y acentuó ese atractivo que lo había golpeado con tanta fuerza en la terraza. 

—¿Dónde vives? No puedo perder tiempo yendo a la otra punta de la ciudad.

—No dispongo de piano. ¿Tú sí? Te daré un extra si no sueles aceptar alumnos en tu domicilio. Y por adelantado. —Continuaba su suspicacia. Los porcentajes eran ya del sesenta y el cuarenta—. Además, escribiré mi primer artículo sobre ti, si me lo permites. 

—Nada de artículos. Dispongo de una hora a la semana. Ven mañana a las cinco a esta dirección, no te retrases. 

Le tendió un trozo de papel con las señas que ya conocía. Analógico y apropiado para alguien que jamás usaba las redes sociales. 





Al impartir instrucciones, el rostro de Iisak Briem adquiría la severidad de un novicio renacentista, a caballo entre la frescura de la juventud y la contemplación mística. Aun cuando no apartara los ojos —esos ojos de un verde pálido— de lo que tuviera entre manos, H se las arreglaba para adivinar sus sentimientos leyendo el resto de su cuerpo. Las cejas fruncidas eran señal de sufrimiento; los hombros adelantados, premura, mientras que rectos y abiertos revelaban que estaba perdido en su universo; su mandíbula se endurecía con el arrojo y se relajaba al expresar sensualidad. Naturalmente, casi todo iba referido a su ejecución musical, y no recopiló tal cantidad de datos en una clase de una hora: se hizo el encontradizo al día siguiente, en el conservatorio, y también el posterior. Permaneció en el pequeño auditorio durante cada práctica, acortando distancias con el escenario, pasándole, incluso, las hojas de la partitura. Llegó a arañar una segunda hora de clase y le pidió que la utilizase para tocar sus propias piezas, con la excusa de observar de cerca su técnica. Saltaba a la vista que Iisak Briem lo tomaba por un rico excéntrico y lo trataba con ese resquemor condescendiente de quienes siempre han tenido que matarse para sobrevivir. Asimismo manifestaba, y eso seguía maravillándolo, una impasibilidad completa hacia su físico, atributo que jamás influía en la apreciación de sus defectos y sus méritos. Sí, méritos incluidos. Tras la tercera sesión en su casa, el pianista le dedicó una ojeada inexpresiva —el ceño arrugado, había que recordar, era para el sufrimiento— y comentó:

—Tienes oído y destreza, y sabes más de teoría que yo. Si quisieras, podrías ser un buen intérprete, pero es obvio que no estás interesado. ¿Por qué te molestas en tomar clases?

—Ya te lo dije. Mis artículos no serán tan creíbles si no logro meterme en la piel de alguien que viva la música.

—Todos vivimos la música aunque no toquemos. 

—No de la misma forma. Las organización de las redes neuronales de los músicos es diferente, hay un mayor desarrollo de ciertas áreas cerebrales...

—Teoría, teoría. Una excusa para verlo todo desde fuera, sin involucrarse. 

Sin teorías, ¿cómo entenderé por qué hago esto?, se preguntaba H. Porque si había algo indiscutible en aquello era que sus acciones carecían de lógica. Se dejaba ver y relacionar con un blanco, demoraba la ejecución sin motivo, dejaba un rastro de pistas que podrían desvelar su identidad. Su mente se justificaba susurrando que solo así descubriría qué tenía Iisak Briem de especial. Para explicarlo no le bastaban unos ojos, una mandíbula sensual o un talento innato para inspirar sentimientos con prodigiosas redes neuronales. 





En la tercera semana lo persuadió para tomarse un descanso de su obsesiva rutina de prácticas.  El Museo de Ciencias quedaba cerca. Tras pagar las entradas y cruzar la primera sala, se preguntó por qué no lo visitaba con más frecuencia. Ya no le aportaba nada nuevo, pero el ambiente era relajante y el público, niños en buena parte, se concentraba en las exposiciones sin prestarle atención indeseada. Su compañero también parecía encontrarlas entretenidas, sobre todo la galería sobre la percepción sensorial. H lo perdió de vista en el túnel temático sobre la transmisión del sonido.

Entonces se dio de bruces con la sección de la luz, que consistía en un cubo gigantesco de vidrios, focos y espejos. H detestaba los espejos. Conservaba uno en el baño de su casa —habría sido una locura volver de un trabajo y no comprobar si quedaban manchas—, pero lo usaba en raras ocasiones y nunca enfocaba la vista en él. ¿Para qué? Lo único que le mostraba era su rostro, ese rostro que ahora le devolvía la mirada desde una docena de ángulos diferentes. Se congeló, los puños y los labios apretados hasta un punto próximo al dolor. Su visible incomodidad alertó a los demás visitantes, lo que originó la consabida ristra de ofertas de ayuda y manos solícitas sobre sus hombros. No estaba herido ni enfermo ni necesitado. Lo que deseaba era que lo dejasen en paz. 

Al alejarse a zancadas para librarse del acoso estuvo a un pelo de derribar a Iisak Briem, que había acudido a buscarlo. 

—No me encuentro bien —se excusó—. Te esperaré fuera.

—Vamos al apartamento. Podrás sentarte un rato. 

Era difícil decir que no a su blanco y maestro. El sofá del salón era amplio, si bien un tanto duro por la falta de uso. El té, de calidad dudosa, al menos estaba caliente. Anochecía, con lo que las correderas servían de marco a una grandiosa panorámica del cielo malva y rosado. Y ante ella, en el centro de la isla de confort, estaban el pianista y su instrumento, consagrados el uno al otro, en esa perfecta síntesis que los había convertido en una entidad única. H apreciaba la música infinitamente más de lo que apreciaba a las personas. Valoraba su belleza y su singularidad para inspirar mundos prescindiendo de envolturas y filtros engañosos, convencido de que el lenguaje de los oídos sobrepasaba en sinceridad al de la vista. Cuando atendía al primero, todos los demás sentidos se le desconectaban de manera automática. Sin embargo, aquel crepúsculo, pese a la iluminación mezquina y al impromptu Fantasía de Chopin que saturaba la estancia, el mecanismo de sus prioridades dejó de funcionar. Se vio forzado a apretar los párpados.

—¿Estás dormido? No te hacía el tipo de persona que cierra los ojos para escuchar música.

H vació los pulmones antes de volver a enfrentarse a su problema, quien relajaba ahora la atmósfera con notas perezosas de los Nocturnos. Caminó hasta él y se colocó a su costado, con el ángulo preciso para observarlo. Si Iisak Briem callaba, él estaba a salvo del hechizo. En momentos así... He de cerrar los ojos cuando tocas. Si los mantengo abiertos, no escucho música, te veo hacer música, y el espíritu que debiera ascender con la melodía es incapaz de moverse, anclado por la pequeña promesa que lee en tus labios. Se escuchó pronunciar la frase, palabra por palabra, en la cabeza, pero no dejó que cruzase su garganta. Nunca lo haría; habría sido como prestarle la voz a un extraño. Lo que sí hizo fue acariciar la muñeca del pianista, su antebrazo y un largo trecho de su bíceps. No bien llegó a la clavícula desnuda y suave, la pieza se interrumpió con un sonido discordante.

—No debo... distraerme con nada antes de las pruebas. —El joven no consiguió reflejar la indiferencia que pretendía.

—No te distraerás. Continúa.

Para sorpresa de ambos, el contacto se interrumpió en seco y la ejecución de los Nocturnos fue reanudada con soltura, como si hubieran adoptado el acuerdo tácito de que nada había sucedido.

No mires. No sientas. Piensa en cosas prácticas. Piensa en por qué alguien querría pagar un millón para librarse de Iisak Briem. ¿Envidia? Nadie codicia nada que él posea. ¿Rencor? ¿Un amante despechado? Eso es probable. K576 dejó entrever que admiraba su encanto y admitió flexibilidad con el plazo. Establecido eso, ¿quién es? ¿El dueño de este apartamento? No es lógico. No mires... Está registrado a nombre de un tal Darányi, uno de los mecenas del conservatorio; un empresario retirado de setenta y cinco años, casado, con cinco hijos, sin actividad en redes ni en noticias de prensa durante los últimos cinco años. ¿Quizá uno de los hijos? 

H se despidió sin arriesgar un simple roce, nada que tensase aún más la fina cuerda que los conectaba. Ya en la puerta, preguntó con tono neutral: 

—La acústica aquí es excelente. ¿El dueño del apartamento no viene nunca a escucharte?

—Hace años que no sale de casa, está enfermo. Cáncer. 

—Lo siento. Deséale un rápido restablecimiento de mi parte.

—No lo conozco. No fue él quien me... contrató.

—Ya veo. Buenas noches.

Ese regusto de su piel en las yemas de los dedos... Aquella misma noche, mientras lo paladeaba en la intimidad de su casa, un sentimiento familiar arraigó en su pecho y se le derramó hasta el abdomen: mariposas, una bandada de ellas. Su bajo vientre, que se contentaba con reaccionar tras interludios de sueños eróticos que se desvanecían al instante, cosquilleaba bajo el aleteo. Rebuscó en su pantalón con la idea de grabarse el recuerdo a caricias. Sonidos húmedos, una gota que resbalaba por sus nudillos frenéticos. Mariposas, unos ojos azul de metileno —¿azules?—, sus manos de nuevo empapadas de rojo...

Se detuvo, pálido y rígido, la mirada fija en el fragmento de espejo que dejaba vislumbrar la habitación contigua. Como novedad en años, arrastró los pies hasta allá y estudió su imagen con una calma antinatural, resignado a aceptar. Eso era él. Ese era el rasero por el que lo juzgaba la gente, sin molestarse en ir más adentro. Hubo una época en la cual había creído conservar el derecho a despreciar su superficialidad, a exigirles que vieran al genio en ciencias con oído absoluto que era. ¿Qué quedaba de él ahora? Un cobarde que se aliviaba —en el sentido más amplio de la palabra— con sangre porque le faltaban los redaños para ponerle fin a todo. Que Iisak Briem lo rechazase era justo, solo honraba su perspicacia.





Dispuesto a no enrarecer más las cosas, H acudió a clase con una impecable máscara de normalidad, haciendo las preguntas justas, manteniendo las distancias. Los encuentros en el conservatorio fueron escasos, pero cordiales. Y llegó, por fin, el día de las pruebas de admisión, y se forzó a desplazarse varios kilómetros para no rondar la zona donde las celebraban. La prudencia duró hasta que su subconsciente tomó el control de sus pasos. Lo atisbó a lo lejos, parado ante la sala de conciertos; él también lo descubrió y le hizo señas para que se acercase. Sonreía. ¿Había sonreído así antes? 

—¿Dónde estabas? Bueno, no importa. ¡Me han admitido! 

El abrazo fue un añadido desconcertante. H lo recibió con el ánimo de quien hubiera encontrado un extraterrestre en su dormitorio y la perplejidad de no saber dónde colocar las manos. Notaba su entusiasmo, el aroma a jabón de su pelo, la firmeza de sus dorsales. El mes de nerviosismo se había disuelto en un estallido de júbilo.

—Te invito a beber para celebrarlo. Hasta que no nos tengamos derechos.

—Aún no es mediodía.

—Pues beberemos sin parar hasta la noche. ¡Ven!

Aquel Iisak Briem transformado tiró de él hacia un pub y colocó ante sus narices una jarra de cerveza que se esfumó en muy pocos tragos: mérito del joven, ya que H jamás bajaba la guardia con el alcohol. A pesar de ello, le siguió la corriente en la medida que le permitieron sus inhibiciones. A las copas las siguió el almuerzo, y más copas. Y ya al anochecer, tras remolcar a un pianista muy achispado al apartamento donde vivía, tuvo que aceptar probar una botella que había salido de algún estante. Únicamente se mojó los labios con ella. El resto de la humedad procedió de los de Iisak Briem, de su lengua. Del beso más inesperado que disfrutara en su vida.

—Si estás borracho.... —murmuró.

—No estoy borracho. Quiero que sigamos.

—¿Con qué?

—Con eso... que empezaste en el piano.

Para ilustrar las palabras, le pasó los dedos con torpeza por la muñeca y el antebrazo. Su boca fue más certera al acceder a la pequeña porción de clavícula escapada de su camisa. ¿Cuándo había sido la última vez? Lo había borrado de su memoria. Entonces solo existía el presente, nuevas escenas que registraba conforme se sucedían ante él: el dormitorio minimalista, las sábanas con sobriedad de hospital, la ropa que contribuía a crear caos en su caída a uno y otro lado de la cama, el torso desnudo de Iisak Briem, su rostro. Dejó de buscar nada más allá de ese rostro, empeñado en gastar todos los besos contenidos en cuatro semanas de deseo. 

—Iisak... Briem...

—Por qué eres tan formal...

—Iisak...

Al tenerlo subido en el regazo descubrió otras facetas de ese lenguaje suyo que tan poco esfuerzo le había costado descifrar. Comprendió que él también lo leía, siquiera en la superficie. Por primera vez se vio reflejado en unos ojos ajenos sin experimentar repulsa, sino calidez. Placer más allá de las mariposas. Una pequeña cosa que había impulsado otra mucho mayor.

Como un naturalista camuflado en su puesto de vigilancia, como un pintor ante su musa definitiva, H había hallado la quintaesencia de la belleza. Y era incapaz de definirla ni entenderla, y mucho menos de conservarla.





—Hmmm... ¿Qué hora es? ¿Has dejado que me duerma?

—Has bebido y la tensión acumulada te ha atacado de lleno. Necesitas descansar.

—No te he traído a mi cama para descansar. Bueno, dejará de ser mi cama pronto. Ahora que tengo un trabajo, me buscaré mi propio apartamento. 

—¿Por qué?

—No aguanto estar aquí de prestado. Yo...

—Me refiero a por qué me trajiste. Tu rechazo fue evidente cuando te toqué. 

—Ya te lo dije, no podía permitirme distracciones antes de la prueba. Estar contigo habría pulverizado mi concentración, puedes estar seguro.

—Creía que no me encontrabas atractivo.

—¿Porque no salté sobre ti desde el primer minuto, como harán todos? Detesto a los que van de figuras por la vida. Si tuvieras la cabeza y el pecho vacíos, te habría mandado al infierno. 

—¿No tengo el pecho vacío?

—Escucha, no te tomes a mal lo del otro día. Me gustas, me gustas mucho. Si me he contenido ha sido porque llevo un año y medio matándome para poder largarme sin tirar mis estudios por la borda. No quiero aumentar mi deuda aún más.

—¿Qué deuda? Pagas tu estancia con mantenimiento.

—Fíjate en este sitio, podría estar alquilado por un buen precio. 

—¿Quien te lo ofreció tenía otro tipo de interés en ti?

—Ni se te ocurra pensar que me acosté con él para agradecérselo. Nos hicimos amigos en el conservatorio, durante una época en la que peleaba con dos trabajos miserables y no me quedaba tiempo para practicar. Nunca le di pie para imaginarse cosas, pero él lo intentó de todas maneras e insistía, insistía..., hasta que dejó de insistir. Me convenció de que podía quedarme aquí sin problemas, de que habría sido un crimen desperdiciar mi talento. Fui débil.

Se giró con notorias señales de vergüenza. Inexperto en la maniobra, H lo abrazó por detrás y esperó a que volviera a caer dormido antes de levantarse. Evitó mirarlo mientras caminaba de puntillas hacia la puerta. Sabía que, de hacerlo, sucumbiría a la tentación de despertarlo de nuevo, y se había quedado sin tiempo.





Al regresar a su casa encendió el ordenador que llevaba días evitando. Dos encargos quedaron en el olvido. Lo que buscaba, lo que intuía que estaría allí, era la pequeña columna de solicitudes de chat de su cliente. La más reciente rezaba:


USER_K576: Mañana vence el plazo. En caso de incumplimiento, tendrá que reembolsarme el anticipo y yo deberé pasar por el penoso proceso de reemplazarlo. Eso me decepcionaría mucho, señor H.


Así de sencillo. Si no cumplía el contrato, el tipo acabaría encargándoselo a cualquier matón adicto al crack. Si lo cumplía, destrozaría su misma esencia.

El resto de la madrugada lo pasó buscando datos y accediendo a sistemas supuestamente protegidos. Luego se deshizo de sus discos duros y de la mayoría de su equipo, dejó el lugar impoluto y salió a respirar el aire fresco de la mañana. Aún disponía de unas horas que matar.





Károly, el hijo menor del señor Darányi, habitaba por aquel entonces un ático en el distrito financiero, no muy lejos de la fundación cultural que presidía. De ordinario, daba por concluida su jornada a la una y media o a las dos, pasaba por el gimnasio y regresaba a él sobre las cuatro, momento en el cual se permitía un rato de relax antes de cualesquiera que fuesen sus planes nocturnos. Aquella tarde no iba a ser distinta de las otras: llegar, servirse un gimlet, estirar los pies, encender el portátil..., excepto por el hecho de que no había conexión. No le quedó más remedio que dirigirse al despacho para echar una ojeada al equipo, entre murmullos ofendidos sobre lo mucho que pagaba por él y su osadía al dejar de funcionar. Poco sospechaba que el problema técnico iba a perder pronto su relevancia.

Al verlo inclinado sobre los cables, H cerró la puerta a sus espaldas; acto seguido, tomó asiento entre él y la salida, en la silla de invitados, y esperó su reacción. Darányi se sobresaltó menos de lo que había previsto, detalle que dijo mucho en favor de su sangre fría. Dedujo también, basándose en sus gestos, que estaba calculando la trayectoria para cargar contra él o la puerta. Dado que una pelea no entraba aún en sus planes, extrajo una Glock 17 del bolsillo interior de su abrigo y se la colocó sobre el regazo. Su presencia sirvió para apaciguar al dueño de la casa, que aceptó ocupar el sillón ante la mesa de vidrio templado. 

Eso marcó el inicio de la siguiente fase en silencio, el estudio mutuo. Darányi era un hombre de atractivo notable, que llevaba sus 35 años con el esmero de un asiduo al ejercicio, a los tratamientos corporales y a las dietas personalizadas. En la pasarela pública era un mujeriego duro de abatir; en locales cerrados prefería los chicos y tenía fama de no dejar escapar a ninguno. H había pasado un rato muy instructivo husmeando en mensajes privados sobre su afición a acosar a jóvenes heteros hasta derribarlos. No era difícil imaginar lo que conseguía con el resto de las orientaciones sexuales. Por lo demás, jugaba con mucha ventaja gracias a su cultura y al dinero de la familia. Allí sentado, con la camisa abierta y un rizo rebelde sobre la frente, habría servido de portada para el Men’s Health. La única tacha del conjunto era su mirada homicida y temerosa; algo, por otro lado, comprensible en tal situación. Camuflado junto a esos sentimientos, H localizó un tercero, cierta curiosidad con tintes lascivos. El filántropo por conveniencia hacía honor a su fama.

—Buenas tardes, señor Darányi. Ahora que he captado su atención, guardaré esto. —H devolvió el arma a su bolsillo—. No pienso usarla. No he venido a disparar a nadie, sino a discutir el asunto que tenemos pendiente. El que vence hoy.

—¿Señor... H? —Nuevas luces de terror se encendieron en los ojos del aludido, y aún más intriga. Que un asesino a sueldo que lo gestionaba todo en la red se presentase en su casa no podía ser bueno. Con todo, conservó un remedo de calma—. No lo imaginaba así. Tampoco imaginaba que debiéramos discutir nada en persona, aunque... consideraré su visita una deferencia. Estaba tomando un combinado de ginebra. ¿Me permite ser buen anfitrión y ofrecerle otro?

—Procuro no beber durante el trabajo. Gracias.

—¿Cómo ha dado conmigo? Si no le importa que pregunte.

—Con un extra de interés. Señor Darányi, mi visita sí que es una deferencia. Después de estudiar en profundidad al objetivo propuesto, he concluido que no cumple los requisitos.

—Señor... —Resultaban palpables sus esfuerzos para controlarse—. Supongo que no remediará nuestra desigualdad de condiciones y me dirá su nombre, ¿no? Bien. Señor H, está claro que conoce quién soy y a qué familia pertenezco. ¿Por qué despreciar tanto dinero? ¿Por qué arriesgarse a ganar enemigos tan poderosos?

—Rechazarlo no es una opción. ¿A eso se refiere? Deduzco que por eso pretende eliminar al señor Briem, para que su proximidad no le recuerde constantemente que él sí lo hizo.

—Mis motivos no le incumben. No es discreto ni profesional ni... ¿Cómo se atreve?

«Detesto a los que van de figuras por la vida».

—Es muy profesional. Si lo matase, no podría entregarle un cadáver hermoso. Incumpliría los términos del contrato.

Porque, si le quitase la vida, se convertiría en un cascarón mediocre. Perdería el sufrimiento, la premura, la abstracción, el arrojo, la sensualidad. Pedazos, todos ellos, de la auténtica belleza de Iisak Briem.

—No lo entiendo. Es un chico guapo. ¿Lo ha visto tocando el piano? Y, aunque no fuera así, ¿qué absurda manía es la suya? Un hombre... atractivo como usted, si me permite decirlo, ¿por qué quiere librar al mundo de lo que lo hace entretenido?

H aspiró hondo, lento y aliviado. Alguien le preguntaba cara a cara, por primera vez, sobre el fundamento de su existencia. ¿Desaprovecharía la oportunidad de explicarlo? Por otro lado, ¿para qué? Dado que él no tenía nada más que ofrecer, Darányi nunca entendería el vacío de una cara bonita. Ni la frustración de no poder usar el arma destinada a sus blancos contra sí mismo. Ni la cobardía de morir a través de ellos.

Pero quizás ahora... Quizá por Iisak...

—En cualquier caso, no es mi intención incumplir mis obligaciones. Usted me pagó por ello y eso es lo que voy a hacer: entregarle un cadáver hermoso.

H no utilizó la pistola, sino que sacó un abrecartas que había hurtado previamente del escritorio y se lo hundió en abdomen. Lo fascinó la ausencia de dolor, apenas un poco de presión y calor allí donde manaba la sangre; la pequeña descarga de adrenalina, cortesía de su cerebro, actuaba a modo de anestesia natural. Darányi, en cambio, se vio reducido a un manojo de nervios durante unos instantes. Al final reaccionó y se aproximó con cautela, evidenciando que no sabía cómo enfrentar al lunático que se desangraba ante él. El suicidio de un asesino en su domicilio... ¿Qué explicación daría a la policía?

—Me causaría mucho, eh, trastorno que muriese aquí. Escuche, no tiene que devolverme el dinero. Me doy por satisfecho, solo... —Agarró el cojín de otra silla y lo presionó contra la herida, más preocupado por las manchas que por taponar la hemorragia—. Solo márchese, ¿de acuerdo? Lo ayudaré a llegar al ascensor y...

—¿Entendió que el cadáver sería el mío, señor Darányi?

La voz de H se mantuvo serena. La mano no le tembló al clavar el abrecartas en un punto preciso del cuello de su cliente. A diferencia de la suya, la incisión no fue limpia e indolora; sus conductos respiratorios obstruidos le impidieron emitir más que algunos gorgoteos angustiosos hasta el momento de su muerte. H se forzó entonces a arrodillarse —pasada la euforia inicial, comenzaba a sentir la mordedura en el vientre— y a recomponer las facciones convulsas de Darányi para devolverles una sombra de su atractivo. Deformación profesional, murmuró, sin un ápice de burla. Luego se dejó caer a un lado, la espalda contra el mueble archivador, y embutió la pistola limpia en uno de los cajones.

Se había atrevido, después de tantos años. Lo único que debía hacer era esperar y todo pasaría: dejaría de odiarse, Iisak estaría a salvo. 

«Me gustas, me gustas mucho».

Lo embargó una extraña nostalgia al pensar en aquello que iba a perderse. Iisak en su primer concierto como miembro de la orquesta sinfónica. Iisak en su nuevo apartamento, decidido a ahorrar para adquirir su propio piano. Iisak convertido en compositor, desarrollando partituras que garrapateaba en hojas usadas... Belleza, belleza con tantos y tan perfectos matices. Podría ser suya si quisiera.

No, era absurdo. Le costaría una vida de mentiras y él no la soportaría sin marchitarse. Pertenecían a dos campos que debían permanecer separados.

«Si tuvieras la cabeza y el pecho vacíos...».

Pero no los tenía, ¿verdad? Él lo sabía, había visto más allá que ningún otro y lo había aceptado. ¿Por qué no trazar una línea? Dejar atrás las mentiras; quedarse, simplemente, con una vida.

Iisak...

Volvió a ponerse en pie, a tirones porfiados, y trastabilló hasta el salón en busca de un teléfono móvil; se había desembarazado del suyo antes de allanar la casa. Sus dedos mancharon la pantalla de rojo al acceder al botón de llamadas de emergencia.

—Por favor, me han herido, envíen una ambulancia al número 98 de la calle Kapital. Por favor, estoy perdiendo mucha sangre...

2020/02/27

LA SAVIA DE LOS DIOSES V: Terna y triángulo






                                               Navhares y Seriam (Ilustración de Mar Espinosa)




—Saludos, Savran.
—Saludos, Vira. Ha transcurrido toda una semana desde nuestra última charla. ¿A qué se debe este mutismo?
—Oh, nada de lo que preocuparse. Ocurre que, con la enorme distancia, la comunicación se vuelve más y más fatigosa para ti y a mí me da dolores de cabeza. Mejor limitarla a lo esencial. O siempre puedes recurrir a Caradhar, a él no le afectan las jaquecas. Por desgracia, no es de los que hablan por los codos, ¿eh?
—Es cierto que nunca habíamos puesto a prueba nuestro vínculo hasta este extremo. Quizá hayamos de plantearnos vuestro relevo; Navhares ya ha pasado más de un mes fuera de Argailias y a ti te estoy exigiendo demasiado.
—¡Qué disparate, si estoy fresco como un saco de menta! En cuanto al chiquillo, sería una crueldad mandarlo a casa. Se está forjando el carácter y haciendo amigos; uno, al menos, y admito que es un tipo un poco desconcertante, pero...
—¿Quién?
—Vamos por orden. ¿Hay novedades en vuestra investigación en las bibliotecas?¿Habéis exhumado datos útiles entre el polvo y las telarañas?
—A duras penas. Aceptábamos la posibilidad de que los sarcófagos se resquebrajasen algún día, así que teníamos bien localizados los tomos y los pergaminos pertinentes. Desgraciadamente, no hay registros de lo que sucederá cuando la apertura se complete. Lo único sobre lo que hay consenso es que algo así no puede ser aislado, habrá repercusión sobre las otras deidades.
—Ya me quedé de piedra cuando supe que estos locos llevaban una eternidad desgajando fragmentos de su sarcófago y ofreciéndolos como premio. ¿A quién se le ocurriría la brillante idea? ¿Creéis que tuvo que ver con lo que está pasando?
—Si ha causado exposición prematura al agua contaminada por los alquimistas, es razonable pensarlo. En cualquier caso, hay un detalle importante que debes saber: nuestro libro más revelador sobre la materia, centrado en Ummankor y en la Durmiente que allí reposa, no es más que una copia del primer volumen de una serie. Los bibliotecarios han estudiado la encuadernación, muy deteriorada por el paso de los años, y han descubierto que una de las guardas se había adherido a ella. En la hoja figura el nombre del donante, un pariente del norte. Si los dioses han permitido su conservación, en algún estante de Dallankor ha de haber varios tomos escritos por las manos más expertas de nuestra raza. Úrgelos a localizarlos y a compartir su contenido con nosotros; nos ayudarían a comprender mejor el fenómeno.
—Lo intentaré. O le pediré a Caradhar que lo haga, es el niño bonito de los estudiosos de por aquí. Lo que me recuerda... Tú y yo tenemos que hablar largo y tendido sobre el alcance de los poderes de ese desgraciado.¿Sabes que me ha añadido a mí a su colección de fulcros?
—Es quien es, Vira, sigue evolucionando desde su restauración. El tiempo dirá hasta dónde son capaces de llegar, él y su linaje. Por cierto, ¿qué tienes que contarme sobre Navhares? Durante las últimas purificaciones no percibí mejoría.
—Ya sabes que hago lo que puedo, considerando que no soy sanador. Quizá sí estemos muy lejos para ese tipo de terapia. Pero, eh, el chico es muy joven. A nuestra vuelta le sobrarán años para someterse a tus amorosos cuidados.
—¿Y ese amigo que mencionaste?
—Es el hijo de Kaledias, ni más ni menos.
—No sé mucho de él. El guía mencionó que era uno de los custodios y que había conseguido tal honor a pesar de sus limitaciones. ¿Se refería a sus capacidades como tejedor?
—Seguramente. Todos son poderosos, mientras que el tal Seriam apenas puede realizar premoniciones básicas; un vidente malogrado que, a diferencia de Navhares, nunca aspirará a llegar más allá. Además, no tiene pareja ni descendencia. Si a eso le sumamos que la esposa del guía murió antes de darle más hijos, hay pocas probabilidades de que su línea se perpetúe en el cargo.
—Con todo, unas gotas de sangre de vidente en una generación son mejores que ninguna. Ha de ser duro para Kaledias, tratándose de su propio hijo. Solo así se explica que no lo admitiera ante nosotros.
—Es un personaje peculiar. A nuestro dotado no le agrada en exceso.
—¿Por qué?
—Porque otra faceta de sus reducidas habilidades es que posee una mente impenetrable. ¿Imaginas? Ni el mismo Caradhar —y todos sabemos que nadie invade con su maestría las cabezas ajenas— ha conseguido siquiera arañar la superficie de esta.
—Extraordinario. ¿Y no se fía de él?
—¿Quién sabe si no será simple orgullo herido? Seriam es un custodio absorbido por su trabajo. Aparte de eso, parece inofensivo. Acribilla a Navhares a preguntas sobre el mundo exterior, le ofrece la historia local a cambio... Es el único que se atreve a codearse con nuestro muchacho, y su actitud es de lo más casta y virtuosa. Yo no creo que haya razones para recelar.
—Sé que mantendréis un ojo en Navhares. Tranquiliza a Caradhar haciéndole saber que Kaledias y su gente son elfos íntegros; si no, no habría permitido que os llevasen con ellos. Y recuerda lo que te he dicho sobre la biblioteca.
—Sí, sí. Que la luna guíe a nuestro guía. O, como dicen aquí, «Dravde seva nudhia».
—Veo que te estás convirtiendo en un habitante más de Dallankor.
—Ya sabes que mezclarme se me da muy bien. Hasta pronto, Savran.


En los días posteriores a la comunicación con Savran, la rutina de los visitantes permaneció inalterada. Navhares se reunía de tanto en tanto con Seriam. Caradhar lo observaba a distancia. Vira, transmitidas a Kaledias las inquietudes sobre la biblioteca, frecuentaba el círculo de combates y demostraba sus habilidades ante los defensores para restaurar el honor perdido en su enfrentamiento con Sül. Las cenas en la sala de reuniones representaban nuevas oportunidades para meterse a la comunidad en el bolsillo, eventos en torno al fuego en los que el Silvano detallaba, con su labia característica, las campañas entre los ejércitos sureños y la coalición de principados del norte. Los elfos de Dallankor, a quienes no faltaban motivos para detestar a sus vecinos, se inflamaban con sus derrotas y se indignaban ante la rendición hipócrita que solo se había producido, bien lo sabían, tras la invasión de sus montañas sagradas. Belicosos por naturaleza, aunque forzados a permanecer inactivos por siglos de aislamiento, murmuraban que ya era hora de emprender sus propias batallas. Vira recomendaba templanza a la vez que sentía una íntima satisfacción por el interés suscitado en la audiencia, especialmente en Dranaris, cuyos ojos marcados destellaban y perdían su severidad mientras formulaba al orador preguntas sobre esa guerra que ninguno de ellos había llegado a presenciar.
También Navhares seguía con interés las historias, asombrado por lo poco que había aprendido sobre Vira a través de los años. ¿Escolta con poderes mágicos? Sin duda. ¿Charlatán mordaz y egocéntrico que disfrutaba burlándose de él? Siempre. ¿Asiduo de los antros de la Zanja en busca de compañía de su mismo sexo? Un dato en el que prefería no pensar, por mucho que despertase su curiosidad más insana. Pero ese agente que se infiltraba entre las filas de los enemigos, que clausuraba los túneles de Ummankor cuando los alquimistas se aproximaban en exceso, que jamás atacaba sin provocación, que había pasado tanto tiempo solo, lejos de su tierra... ¿Por qué no se le había revelado hasta entonces? Tal vez, reflexionaba, porque me ha dejado muy claro que en mí no ve más que a un chiquillo, y a un chiquillo no se le cuentan esas cosas. Se comparten con otros guerreros, como ese Dranaris, para impresionarlos, para hacer con ellos...
Llegado a ese punto de sus meditaciones, Navhares siempre se obligaba a detenerse y sacudía la cabeza. En su opinión, el sexo por placer era un misterio de los que se presenciaban sin llegar a experimentarse, y ello a pesar de tener dos hijos. No ignoraba su propio atractivo —en Argailias nunca dejaban que lo olvidase— y se había atrevido a fantasear en ocasiones, aunque de una manera superficial, casi ingenua. Para él, el afecto era una parte necesaria; Caradhar había sido su único deseo auténtico, irresistible... e irrealizable. Ahora bien, desde el último ritual de purificación con Vira, desde que experimentase el roce de sus manos, su voz hipnótica, su flirteo... Un buen número de preguntas sobre lo que se estaba perdiendo habían comenzado a rondar sus pensamientos, y planeaba pedirle que se las respondiera. Y demostrarle que ya no era un niño.
A cinco días del comienzo de la elección oficial de los Nudhakavie, la gran mayoría de Dallankor ya estaba volcada en el evento, Vira incluido. Navhares apenas lo veía a solas y sabía que, si quería hablar con él, necesitaba acorralarlo antes de que se perdiese en la marea de público apasionado. Aquella misma mañana lo siguió hasta el acceso a los túneles, donde se lo encontró conferenciando con el guía y con un acalorado Azor. Dado que la discusión parecía seria, permaneció oculto tras el árbol más cercano.
—Permíteme insistir, Kaledias —pedía el sureño—. Savran fue muy explícito con el volumen y allá consideran probado que es una copia de un libro de vuestra biblioteca. ¿Los bibliotecarios no han desenterrado nada nuevo?
—Me aseguran que no, y ellos son los expertos. Hay que ser realista: si esos tomos son viejos, bien pueden haberse hecho trizas.
—¿Y mi petición de echar un vistazo? Costó mucho identificar nuestro ejemplar. A través de mis ojos, Savran determinaría con rapidez si aún existe.
—Ah, tu petición... La respuesta es negativa, me temo. No te lo tomes a mal, la consulta de esos libros enmohecidos está limitada incluso entre nuestra propia gente. Ningún extranjero ha puesto las manos en ellos.
—En esta situación de crisis, sin duda se debería hacer una excepción.
—Muchacho, son sus palabras, no las mías. También el guía ha de ceder a la opinión de sus sabios. Vamos, vamos, dile a tu gente que no se ha dejado ni un pliego por revisar, pueden estar tranquilos. Lo que sí te ofrezco es un viaje a través del paso del este, a visitar una antigua fortaleza con la que teníamos trato en el pasado. Mi difunta esposa, los dioses cuiden bien de ella, era una lectora redomada y solía llevarles copias de nuestros libros como regalo. ¿Quién nos dice que allí no guardarán algo interesante?
—¿Una fortaleza? ¿Te refieres a una ciudad humana?
—Sí, aunque la relación que nos unía era más complicada de lo que piensas. En cualquier caso, contaréis con la compañía de Azor y Dranaris, quienes se han recorrido muchas veces el camino. Para acompañar a Makëla, si no recuerdo mal.
—Sobre eso, Kaledias —intervino el primer aludido, incapaz de contenerse por más tiempo—, te pido que reconsideres. No sé hacer discursos floridos (soy un guerrero y siempre lo he sido), pero hablaré durante horas si con eso cambias de opinión. Y lo haré yo porque Dranaris no ha abierto la boca desde ayer, desde que le dijiste que se nos negaba el derecho a participar en la elección oficial.
—Ni siquiera disponéis de una auténtica terna. Seríais eliminados enseguida, es inevitable. Os ahorramos la indignidad de enfrentaros a los mejores con tanta desventaja.
—¡Mejor ahorraos el paternalismo! La tal dignidad es nuestra, si queremos perderla, y vosotros no tenéis derecho a obligarnos a dejar escapar nuestra oportunidad.
—Los árbitros han hablado, yo solo...
—¡Nueve años! Nueve condenados años entregados en cuerpo y espíritu, aguantando el jodido dolor de perder a nuestra compañera, ¿y le hacéis esto a Dranaris sin que os tiemble el pulso?
Era la primera vez que Vira veía a Azor furioso. Sus ojos anaranjados, refulgiendo en las cuencas teñidas con pintura de guerra, le daban el aspecto de una auténtica ave de presa.
—¡Si os hubierais tomado la elección de Nudhakavie con la solemnidad de rigor, habríais elegido a un tercer miembro hace años! —replicó Kaledias, también acalorado.
—Eso no entraba en nuestros planes. —El destello naranja se apagó—. Makëla siempre fue nuestra compañera. Dranaris le prometió que ella compartiría la victoria, ella y nadie más.
—¡El luto no debe ser más hondo que la devoción! ¿Queréis uniros a los demás defensores? Pues completad vuestra terna. ¡Las tradiciones han de respetarse!
—Sabes que eso es imposible, a estas alturas. Aun si quedasen luchadores decentes por ahí perdidos, lograr la afinidad necesaria es...
—Entonces resignaos. Como bien nos ha recordado Vira, vivimos una situación de crisis; asistirlos en su búsqueda es otra excelente vía para honrar al dios.
A sabiendas de que el guía no daría su brazo a torcer, Azor se marchó sin despedirse. Navhares, inmóvil en su escondrijo, percibió que Vira lo habría acompañado de buena gana si no hubiese incurrido en una total falta de cortesía hacia Kaledias. Cuando este le permitió ausentarse, el defensor ya no se veía por ningún lado.
Entraron entonces en juego las habilidades de rastreador de Vira, aunque hallar en Dallankor a un elfo que pretendiese no ser hallado era una tarea ardua para un extranjero. Navhares lo siguió de lejos, picado por la curiosidad de saber cuál era la urgencia que lo impulsaba tras el norteño. Se detuvieron mucho más tarde, en una zona aislada y brumosa al borde de la planicie. Una cascada procedente de las cumbres se precipitaba sobre una laguna rodeada de piedras musgosas y rebosaba para continuar su camino en forma de riachuelo. Tal era el vigor de su descenso que el agua se pulverizaba hasta quedar convertida en esa niebla que opacaba el ambiente. Después de hacerla ascender de nuevo al lugar de donde partiera, el viento la solidificaba en diminutas escamas de hielo. Todo era blanco, plata, verde, gris. Navhares se preguntaba por qué nadie le había mostrado antes un lugar tan hermoso.
Cuando hubo acostumbrado sus ojos a la neblina, reparó en una figura solitaria encaramada sobre una de las rocas más amplias, insensible al aire gélido de la mañana. Era Dranaris. El elfo no reaccionó al sonido de los pasos de Vira, ni se giró al oír su nombre; contemplaba la laguna sin verla en realidad, sin expresión en el rostro, la humedad formando una película sobre su piel desnuda como si se tratase de una estatua de mármol alojada en una de las fuentes de palacio. La indiferencia no arredró a Vira, quien se dejó caer a su lado y confesó, su voz elevándose sobre el estruendo de la cascada:
—He sido testigo, sin proponérmelo, de una desgraciada conversación entre Kaledias y tu compañero.
—Ya lo sé. Azor ha pasado por aquí antes que tú.
—Lamento en el alma mi papel en todo esto. Que os forzaran a ser nuestros guardianes... Créeme, lo último que yo habría deseado en el mundo era veros privados de vuestro derecho a participar.
—¿Qué te va a ti en ello? Acabas de conocernos, no nos debes nada. No es problema tuyo.
—Soy un elfo poco tradicional, lo admito. Ahora bien, déjame decirte que pocas cosas han conseguido atraerme a lo largo de mi vida como lo han hecho vuestras costumbres. Esa habilidad, esa compenetración entre vosotros, esa pasión... Tenéis un objetivo claro y lo perseguís hasta el final con una técnica y una disciplina irreprochables. Confieso que os envidio.
—Sí, es cierto —concedió el norteño de mala gana, tras una larga pausa—, ser defensores lo es todo para nosotros, y convertirnos en Nudhakavie aún más. Pero es inútil negarlo, Kaledias y los árbitros solo necesitaban una excusa para dejarnos fuera. Si no se la hubieseis dado vosotros, habrían usado otra.
—Lo que deberíais hacer entonces es arrebatársela. Habéis peleado mucho para conseguir todos esos trofeos de vuestras orejas. Obligadles a que os readmitan.
—Una vez tomada su decisión no van a volverse atrás, es inútil. Azor podría haberse ahorrado la humillación.
—Oh, hay una forma sencilla de que lo hagan: completad vuestra terna.
—Una idea muy original que jamás se le había ocurrido a nadie —ironizó el defensor—. No voy a perder el tiempo explicándote mis motivaciones, sureño. Además, en cinco días dará comienzo la primera ronda. No hay candidatos hábiles disponibles y, aunque los hubiese, no nos servirían de nada. Careceríamos de compenetración.
—Estoy al tanto de esas motivaciones tuyas. Tu compañera Makëla, tu pareja... Vuestra terna era un esfuerzo de tres y a nadie más habría de corresponderle el triunfo. Sustituirla debía ser para ti una traición, así que seguisteis adelante solos mientras no os pusieron impedimentos. Sin embargo, las circunstancias han cambiado. Si no acatáis las reglas, nunca podrás brindarle la dignidad de Nudhakavie que no consiguió en vida. Has de reordenar tus prioridades, Dranaris. Elegid un tercer miembro. —El aludido permaneció mudo e inexpresivo, lo que, según la experiencia de Vira, le otorgaba carta blanca para continuar—. La compenetración no debe inquietarte. Si Azor y tú confiabais en ganar por vuestra cuenta, ¿qué perjuicio causaría uno más, con tal de que no sea un estorbo? En cuanto a la habilidad del candidato... Bueno, estás de suerte: aquí tienes un voluntario.
Dranaris sí que se giró entonces hacia su interlocutor. La mirada incrédula de sus ojos marcados expresaba a las claras lo absurdo de su ofrecimiento.
—Estás de broma. Eres del exterior. No te has dedicado desde la infancia al servicio del dios. No has prestado juramento ni adoptado nuestras costumbres. Nadie lo tomaría en serio.
—Vamos, ¿acaso he hecho otra cosa en mi vida, aparte de servir a los dioses? ¿Juramento? Lo prestaré. ¿Vuestras costumbres? No son tan diferentes de las mías, las adoptaré.
—Tu paso por nuestra tierra es temporal. Un Nudhakavie ha de entregarse sin reservas a sus nueve años en el cargo.
—¿Qué son nueve años? Y en un sitio tan vigorizante como Dallankor. Me comprometo a quedarme aquí hasta que...
—Nos despreciarían —lo cortó el defensor, cada vez más exaltado—. Si ganásemos mano a mano con un forastero, los demás nos lo reprocharían por siempre.
—Si lo hicieseis con una terna de dos, ¿crees que os aplaudirían? La humillación sería mucho mayor. Piensa en otra excusa.
—¿Quién... quién dice que no serías ese estorbo del que hablabas?
—Eh, eso sí que no te lo consiento. Soy un buen luchador y ya os he visto pelear las suficientes ocasiones para familiarizarme con vuestro estilo y movimientos. Y tú también me has estudiado desde todos los ángulos, no lo niegues. ¿Sabes por qué no has querido enfrentarte nunca contra mí? Porque no las tenías todas contigo. Confiésalo.
—Sí que eres un petulante...
—Y me lo llama el señor «Mi terna de dos machaca a las otras».
—... con una fastidiosa respuesta para todo.
Vira sonrió y se tendió de espaldas en su improvisado asiento, meciendo las pantorrillas sobre la superficie de la laguna. No había que ser empático para entender que las reservas del norteño estaban a un paso de ser derribadas por ese resquicio de esperanza abierto ante él cuando ya la había perdido toda. Pero Dranaris era un elfo testarudo; harían falta más argumentos para convencerlo.
—No te he estudiado tanto, aunque me ha bastado para darme cuenta de que eres zurdo, y eso es un enorme inconveniente. A Azor y a mí nos costaría acostumbrarnos a movernos contigo.
—Ambidiestro, en realidad. Mal ilusionista sería si no lograse imitar a un diestro.
—Tu mano más hábil es la izquierda. Capar tus puntos fuertes es llamar a voces al fracaso.
—Hay cinco días para entrenar. Apuesto lo que quieras a que nos sobran para aprender a coordinarnos.
—Coordinarnos... —Dranaris se golpeó las sienes con saña—. No, esto es un disparate. Mi vínculo con Makëla era real, fluía con naturalidad. Me ha costado todos estos años forjar uno nuevo con Azor. Pretender que cinco días bastarán para no hacer el ridículo en público es de ilusos, Vira.
—Llamarme por mi nombre es un comienzo. Sureño es tan impersonal... En fin, supongo que sabes cuál es la forma rápida de establecer un vínculo, ¿no? El tuyo con Makëla fluía con tanta naturalidad porque era tu pareja. Quizá si te esforzases en dejar de señalarme defectos y en apreciar mis virtudes, todo sería más sencillo.
—Ese es un chiste de mal gusto. Ya he visto que tu grupo y tú rechazáis a las elfas de Dallankor, y no por ser poco atractivas. Tus preferencias no me importan, pero no pretendas arrastrarme hacia ellas. Yo... le prometí que sería la única, que no concebiría hijos con ninguna otra. Y siempre cumplo mis promesas.
—¿En serio? ¿Nada de sexo en cinco años? ¿Me tomas el p...? Quiero decir, ¿por qué?
—Se llama lealtad. No todos pretendemos esparcir nuestra semilla a toda costa, ¿sabes? Makëla era... la que los dioses me habían destinado, lo supe en cuanto nos conocimos. Tan fuerte, tan altiva. Jamás permitía que me inclinase, siempre era ella la que se alzaba hasta igualar mi altura. Si después determinaron no bendecirnos con descendencia, bueno... Sus motivos habrían de tener y los he respetado desde entonces. Bah, ¿para qué continuar? Un elfo de Dervarn no me entendería.
—Oh, te entiendo. Te entiendo mejor que muchos, yo tampoco planeo traer pequeñajos al mundo. En medio de esta vorágine procreadora en la que vivimos, es reconfortante aceptar que la paternidad no está hecha para nosotros. Lo que escapa a mi comprensión es tu renuncia a lo demás.
—¿Qué es lo demás?
—Puedes mantener tu palabra sin prescindir de... la compañía.
Al sentarse, el jubón de Dranaris le dejaba una porción de espalda al descubierto. Vira posó la palma de la mano sobre su costado húmedo, alzó aún más el tejido y luego se desvió hacia abajo, trazando con el dedo índice las líneas del tatuaje que dibujaban dragones, lenguas de fuego y ríos de lava. El diseño continuaba sobre su nalga derecha sin perder la belleza de las partes expuestas. El extremo de una cola cuyas diminutas escamas aparecían perfiladas con todo detalle prometía nuevas maravillas en los rincones ocultos a la vista.
—El artista que te hizo esto es un elfo con suerte —afirmó mientras se enderezaba, la sonrisa juguetona todavía prendida en sus labios—. Es cierto que he rechazado algunas ofertas de otras defensoras, y ya sabes por qué. Quién sabe si, en el fondo, tus motivos y los míos no son similares: una hija o hijo es una atadura tan desmesurada que solo concebimos aceptarla con quienes amamos, y, si eso no está a nuestro alcance... Aleja la tentación; nadie te lo reprochará y cumplirás tu promesa. Pero no tienes por qué alejar el placer.
Su aliento emanaba calidez en medio de aquella atmósfera fría. Su lengua rozó los aros metálicos de Dranaris antes de deslizarse con mesura, casi reverencia, a lo largo de la piel intacta. El norteño giró el rostro para clavar la mirada en Vira, aunque no rehuyó el contacto, ya fuese por el poder de su hechizo de atracción, o por su arrolladora presencia, o bien por el magnetismo de sus perfectas marcas de la magia.
—Sería tan fácil tejer un hilo de afinidad entre nosotros —prosiguió Vira, sus manos colándose bajo el jubón hasta el vientre del defensor.
—Nunca he... hecho esto antes.
—¿Recibir caricias de otro elfo? ¿Qué diferencia hay? Dime, ¿aceptas? Formemos la terna más poderosa de Dallankor. Pasemos la primera ronda juntos. Si me convierto en uno de vosotros, en todos y cada uno de los sentidos posibles —lamió la punta de su oreja—, ¿no dejaré de ser un visitante y vosotros mis guardianes? Se verán forzados a hacernos concesiones a los tres. Tiempo para entrenar y competir... Intimidad que llenaremos como queramos...
—Espera. —Algo en esas frases disparó las alarmas del siempre suspicaz Dranaris. Sus puños saltaron a atrapar con brusquedad las muñecas de Vira—. Azor mencionó algo sobre la biblioteca, que a los forasteros les estaba vedado el acceso. ¿Has tramado todo esto para ganarte privilegios en Dallankor? Porque te juro que, si no me tomas en serio...
—Mira que llegas a ser desconfiado. ¿Tan poco valoras mi palabra? Si te la doy, ten por seguro que la respetaré.
—Eso lo veremos. En cuanto hayas de cumplir el primer ritual del juramento, te echarás atrás y huirás con el rabo entre las piernas.
—En la vida caeré tan bajo. Hmmm, ¿cuál era ese primer ritual?
—Raparte tu larga melena de elfo de ciudad.
—Ah... Ya. —Enmudeció durante unos instantes, impactado por ese detalle que no había considerado—. De acuerdo, un pequeño inconveniente de cara a una gran causa. Por cierto, te atraen más las cabelleras cortas, ¿verdad?
Respondió con serenidad a la rudeza de Dranaris, rozándole las manos con las yemas de los dedos, acercándole la boca curvada en una sonrisa arrebatadora. Los elfos guerreros del norte no solían ser tan sutiles en sus aproximaciones; las defensas del defensor fueron sobrepasadas a traición por unos labios que sabían muy bien el camino a seguir.
Los arbustos se agitaron tras la primera línea de árboles cuando el espía que había asistido a la escena decidió retirarse. Estaba irritado y no se preocupó por ser discreto, asumiendo que el estrépito de la cascada enmascararía sus pasos. Eso poco afectó la percepción de Vira, quien se permitió una ligera mueca burlona. Había sabido en todo momento que Navhares estaba ahí.


Solo existía un evento que reuniese a todos los Silvanos de Dallankor en su planicie, y era la ceremonia que daba inicio a la elección de los Nudhakavie. Cada nueve años, hasta el último de los elfos, incluidos los custodios, se acercaba a presentar sus respetos a los tres árboles antes de asistir al desfile de las ternas. Los actuales ocupantes del cargo lo abrieron con un saludo a Kaledias, los árbitros y otras personalidades, entre las cuales se contaba Seriam. Siguieron su ejemplo el resto de los cincuenta y dos grupos por orden de veteranía, una homogénea fila de combatientes que, a la vez, eran únicos e inconfundibles gracias a sus tatuajes y pinturas faciales. Y el último de ellos era el más exótico: trenza de color corinto, torso y espalda lisos, oreja derecha sin adornos... Vira de Dervarn, tercero en la terna de Dranaris y Azor, se alzó como uno de tantos para prestar juramento ante el guía y los árbitros. Pero, a diferencia de los demás, hincó después la rodilla en tierra y permaneció allí un rato largo, bastante largo para una categoría de elfos que se preciaba de no arrodillarse nunca.
Navhares no había vuelto a toparse con el Silvano desde el episodio de la cascada. Suponía que había estado inmerso en alguna clase de entrenamiento intensivo, o bien en continuar lo que iniciara con Dranaris al borde de la laguna. O probablemente en ambas cosas. Lo cierto era que no esperaba verlo de aquella guisa, con el atuendo de los guardianes y el rostro cruzado por dos líneas de pintura color corinto, ni postrado en actitud tan humilde; un ferviente adorador del dios, recitando promesas de futuras deferencias —promesas poco creíbles viniendo de él—, mientras un puñado de autoridades lo escuchaba con solemnidad y la masa de mirones lo hacía con expectación, convencidos de que el forastero cometería la falta de protocolo más flagrante de la historia de Dallankor.
Concluido el juramento, uno de los árbitros extrajo un puñal de su cinto y lo acercó al cuello de Vira. Navhares fue incapaz de reprimir un gemido ante lo que siguió: la inmolación de la magnífica trenza del Silvano, sesgada de raíz de un simple tajo; el orgullo de cualquier elfo, arrojado a la hierba como si se tratase de desperdicios. A la víctima no pareció importarle, ya que se enderezó y volvió a la fila sin mover un músculo de la cara. Su imperturbabilidad se ganó la aprobación silenciosa de la mayoría. Hasta Dranaris le lanzó una mirada de soslayo, sorprendido de que no hubiese echado a correr antes de sacrificar su vanidad de sureño.
Mas la curiosa iniciación de un elfo llegado de tierras lejanas no dejaba de ser una anécdota en el orden del día. El verdadero espectáculo, aquel que habían esperado durante casi una década, dio comienzo en cuanto el círculo quedó despejado. Las ternas se habían ordenado según su excelencia, para que la primera fase de combates estuviese nivelada, y todas y cada una tendrían derecho a tres enfrentamientos con diferentes rivales. Aquellas que no sufrieran ninguna derrota —lo que allí llamaban un triunfo limpio— se clasificarían automáticamente para una segunda fase a celebrar días más tarde. Las que contasen con dos victorias en su haber repetían el proceso entre ellas hasta obtener triunfos limpios, uniéndose así a las anteriores. Dos o tres derrotas acarreaban la eliminación inmediata.
Las primeras seis ternas avanzaron hacia el centro, se dispusieron en un triángulo de círculos de combate, cada uno con sus propios árbitros, y tomaron posiciones. Muchos opinaban que se perdían parte de la diversión al tener que seguir varios combates simultáneos, pero el elevado número de estos imponía la necesidad de abreviar el proceso. El aura de los defensores era más letal que la exhibida en los entrenamientos, pues la mayoría usaban anchos anillos metálicos en todos los dedos y refuerzos del mismo material en segmentos específicos de sus armas de madera. Navhares reconoció a algunos de ellos gracias a la decoración facial; sus expresiones eran tan severas y agresivas que costaba identificarlos con los relajados elfos de las jornadas previas. A la señal del árbitro más veterano, los dieciocho participantes se activaron.
El avance de las contiendas demostró al joven argailiano lo equivocado que había estado hasta entonces sobre la naturaleza de aquel ritual. Los movimientos sacrificaban elegancia en favor de la eficacia. La sangre salpicada por los remaches metálicos apenas quedaba disimulada por la pintura. Los ocasionales moratones, rozaduras y esguinces se convertían ahora, si la fortuna empeoraba, en fisuras y huesos rotos. Aun sin emplear más magia que las habilidades empáticas, la violencia allí desplegada era la más real que había presenciado en su vida, y Navhares llegó a preguntarse qué sentido tenía exponerse a todo ese dolor para ganar un simple trofeo, por valioso que fuera.
El corazón se le disparó en el pecho cuando llegó el turno de Vira y sus compañeros para ocupar la palestra de hierba. Le resultaba tan difícil identificar a su amigo en ese guerrero de cabello corto y rostro pintado... Además, los murmullos que captaba entre el público, criticando su elección de armas, no eran esperanzadores: dos varas largas en manos de dos elfos tan altos entorpecerían su coordinación en un espacio limitado, y más cuando no habían tenido tiempo de habituarse a pelear juntos. Ya sería complicado para Azor, de nuevo con sus bastones disparejos, esquivar los varazos. En cualquier caso, el trío no dejó que la atmósfera menos benévola afectase su concentración. Sus rivales eran un elfo ancho y fuerte como un alce, armado con una vara corta, una elfa con dos bastones con mangos, famosa por su capacidad de encajar los golpes y su falta de ética a la hora de propinarlos, y un segundo elfo pequeño y nervioso que iba provisto de dos hoces rectas talladas en dos piezas de madera. Estos se colocaron en línea ante un Dranaris adelantado al resto, mientras que Azor permanecía en la retaguardia. En cuanto el árbitro volvió a dar la señal para el inicio de la nueva tanda de combates, las conversaciones cedieron ante el sonido de los golpes.
Hasta un profano como Navhares sabía apreciar el equilibrio en las posiciones de Vira y sus aliados, calculadas para dar espacio al balanceo de sus armas. Tampoco pasó desapercibido para sus oponentes, cuya primera maniobra fue tratar de romperlo: el elfo más voluminoso se lanzó a por Dranaris y lo forzó a dar la espalda a los demás en tanto sus dos colegas buscaban las cosquillas a Vira, quizá confiando en que era el eslabón más débil y podrían eliminarlo con rapidez. Las hoces no estaban afiladas, pero verlas cruzando tan cerca de su nariz no resultaba tranquilizador. La elfa, por su parte, buscaba los huecos en su defensa para impactar con sus bastones en un sitio particular; en los combates todo valía, y ¿qué mejor manera de neutralizar al forastero que machacarle la entrepierna? Vira descifró sus intenciones al instante. No tenía intención de permitírselo —sentía un tremendo apego a las joyas heredadas de sus ancestros—, si bien estaba muy ocupado esquivando las dos medialunas de madera que el flaco y ágil guardián hacía volar cerca de su cuerpo, y mantenerlos a raya con su vara era cuanto alcanzaba a hacer por el momento. La escasa honorabilidad de la elfa al atacar lo persuadió para hacer lo mismo, y logró un impacto rasante en sus pechos, escasamente protegidos por la banda de cuero. El dolor no bastó para detenerla, ni siquiera para ralentizarla. El extremo de un bastón dirigido a su bajo vientre, evitado a duras penas, mandó al sureño a una distancia peligrosa del borde del círculo.
Por suerte para él, Azor aprovechó un espacio en las trayectorias de las armas para abrirse camino hasta los tobillos del luchador de las hoces y derribarlo. En el brevísimo respiro obtenido gracias a ello, Vira logró dos pequeños triunfos, afianzar su posición en el terreno de juego e intercambiar una mirada con Dranaris, corta aunque muy significativa: era hora de librarse de un oponente y merecía la pena empezar por el más fuerte, por mucho que eso supusiese encajar algún golpe. Ahora bien, Vira no planeaba pasar a los anales de la elección de Nudhakavie como el extranjero castrado en su primera batalla, así que tentó a la elfa con una abertura clara cerca de su vientre en lugar de sus queridos genitales, sufrió la furia del impacto endureciendo los músculos y alzó la vara en un potente golpe circular sobre las cabezas de todos los presentes. Ella se apartó a tiempo. También lo hizo Dranaris, y asimismo el elfo que enarbolaba la vara corta. Por desgracia para este último, la atención a las alturas le hizo ignorar lo que ocurría a sus pies. Terminó en el suelo gracias al barrido casi simultáneo realizado por el arma de Dranaris; la punta de esta se precipitó sobre su cráneo, dejándolo inconsciente. Quedaban dos.
Los guardianes restantes fueron incapaces de apreciar la belleza de aquel armónico baile de varas. El de las hoces comenzó a blandirlas en torno a él, con pases que llegaron a arañar los antebrazos de Azor y la espalda de Vira. La elfa interpuso al sureño entre ambos y cargó contra sus piernas, y tanta fue la furia del topetazo que su víctima aterrizó de espaldas, a tiempo de distinguir el vuelo de una hoz dirigida contra su sien. El arma fue interceptada en el último instante por los bastones de Azor. Dranaris aprovechó la posición de su rival, agazapada sobre el sureño, e hizo girar la larga barra remachada de metal contra ella. Sus bastones poco pudieron hacer para frenar la energía de tal maniobra. La elfa fue lanzada contra el margen de la circunferencia hasta sobrepasar los límites permitidos. Quedaba uno.
El tercer antagonista era tan rápido y energético que a la terna recién formada le resultó complicado acorralarlo para concluir el trabajo. Vira se llevó una desolladura en el tobillo y Dranaris un desgarrón en el muslo antes de que Azor se las arreglase para retorcerle un brazo a la espalda y patear una de sus hoces. Aun así, el nervudo guerrero se escurrió de su presa. El novato resolvió que no debía dejar pasar la oportunidad de anotarse su primer tanto. Tras dejar caer el arma, tomó impulso y giró hasta convertir su pierna izquierda en un borrón a toda potencia. El elfo, que ni la vio venir hacia su mejilla, dio con sus huesos en la hierba, con la integridad de su tabique nasal comprometida y muy pocas ganas de volver a por más. La victoria era suya.
A los pies de Vira, la elfa gruñó algo que sonó similar a fanfarrón de mierda mientras se apartaba la banda de cuero para examinar el hematoma de sus pechos. Un picotazo de remordimiento espoleó la conciencia del Silvano, quien hasta entonces no se había visto en la tesitura de maltratar a una dama en un lugar tan delicado. Le tendió el brazo para ayudarla a levantarse. Ella lo miró con recelo, sus labios retorcidos en una sonrisa desagradable, aunque aceptó la cortesía y se irguió a toda velocidad; tanta, que su rodilla derecha aprovechó el ímpetu del movimiento para dispararse contra el lugar delicado del elfo. Sucedió tan deprisa que no tuvo ocasión de echarse a un lado. Después de todo, según mostraba la expresión de su rostro, sí que se convertiría en el extranjero capado en su debut. Pero el dolor por el duro castigo no llegaba. Tras soltar el aire contenido en sus pulmones, aventuró una ojeada y comprobó que la rodilla se había detenido a la distancia de un cabello del área de impacto. Sus pupilas subieron hasta enfrentar las de la guardiana.
—No seas tan perdonavidas o la próxima vez te los patearé a conciencia —masculló ella sin abandonar la sonrisa—. Ah, y no estuvo mal jugado. Aceptable para ser un elfo fino.
En Dallankor, un combate ganado solo era un pequeño paso en la dirección correcta. Desde su lugar entre la multitud, Navhares no asistió a celebraciones ni parabienes, sino a los dictámenes severos de los árbitros y a una retirada discreta de vencedores y vencidos para dejar espacio a los nuevos contendientes. Tampoco habría podido acercarse a felicitarlo de haber querido, pues las ternas aguardaban su turno lejos del público. No volvió a ver a Vira hasta la segunda serie de enfrentamientos, todavía con su herida en el tobillo —los servicios de los sanadores estaban limitados— aunque sin secuelas importantes. Y de nuevo saltaron al círculo, y de nuevo lograron el éxito, por más que Vira se llevase la peor parte: los otros tres guardianes se empeñaron en ponerle las cosas difíciles al novato y le dejaron de recuerdo un hombro dislocado antes de que sus dos compañeros aprovechasen la coyuntura para quitárselos de encima. Dijo mucho de los redaños del sureño que se dejase recolocar el hueso sin gritar. Su tercer desafío se prolongó más que ninguno. Para empezar, un fallo de cálculo al coordinar el balanceo de sus varas desembocó en el fuera de juego de Azor, sacado del círculo por sus propios colegas; con vistas a cubrir la momentánea desorientación de Dranaris, Vira se interpuso en la trayectoria de un bastón y sintió cómo una de sus costillas pagaba las consecuencias. Estuvieron a punto de ser derrotados media docena de veces, pero compensaron la falta de fluidez con reflejos y cabezonería y, al final, lograron un triunfo limpio y el paso automático a la segunda fase.
El ánimo de la concurrencia mudó cuando, junto con otras trece ternas en idéntica situación, se congregaron ante los tres árboles y renovaron sus votos de fidelidad. La masa de Dallankor respondió al Dravde seva nudhia de los guardianes con otro grito semejante, eco del anterior, que resonó en las montañas como una exhortación sobrenatural a los dioses. Si alguna vez han de responder a algo, responderán a esto, pensó un Navhares ensordecido por el clamor. Y tras el sacrificio llegó el reconocimiento: Dranaris y Azor añadieron un nuevo aro de plata a su colección, mientras que Vira recibió su primer bronce de manos del árbitro más veterano, que perforó su lóbulo derecho sin ceremonias y lo ensartó con la pericia de cientos de operaciones similares. La pérdida de su melena y la oreja agujereada el mismo día no contribuyeron al gozo del Silvano, quien apenas podía fingir que caminaba recto con su costilla fisurada. Además, Dranaris no parecía muy satisfecho con las actuaciones del grupo y no le permitía retirarse a descansar, sino que insistía en retenerlo en el círculo para hacer la crónica de sus fallos.
—Oye, siento punzadas en la oreja y el tobillo, me cosquillea la nuca indecentemente desnuda y noto una docena de agujas candentes atravesándome el costado —protestó la víctima del acoso—. Hemos pasado. ¿Qué más quieres?
—Habríamos pasado de todas formas, Azor y yo. En los siguientes combates nuestros rivales tendrán mucho más nivel. ¿Por qué te empeñaste en usar otra vara? ¿Por qué no me escuchaste?
—No se trata solo de ganar, sino de hacerlo con donaire. Medita sobre la belleza de nuestras dos armas en acción, simétricas y...
—¡Cierra ese pico presuntuoso! Con nuestra patética facilidad para entorpecernos el uno al otro, lo único que haremos será el ridículo. Dijiste, prometiste que me tomarías en serio. ¡Lo prometiste!
Semejante exhibición de genio no era habitual en un elfo como Dranaris. Vira aún conservaba restos de una sonrisa perpleja cuando Navhares lo abordó de camino a su alojamiento.
—Felicidades —murmuró el joven, los ojos fijos en su nuevo aro y en el cuello expuesto—. Quería hablar contigo, pero ya no pisas la casa.
—Gracias. Ya ves, esta gente se toma las cosas muy a pecho. Me hacía falta entrenar para que la paliza fuese menos leve.
—Entrenar. Claro.
—¿Qué pensabas que hacía?
—Dranaris y tú estáis más próximos ahora. Quizá os dedicabais a conoceros mejor.
—¿Eso crees? —El Silvano soltó una carcajada dolorida—. Ay, ¿me habré dejado cautivar por su dulzura para conmigo? ¿Por su don de gentes? ¿Por su temperamento? Oh, y qué temperamento... No me lo esperaba, la verdad.
—Te has pintado y vestido igual que un salvaje. Te has dejado cortar el pelo. Interceptaste un golpe dirigido a él y ahora estás herido. Si no te ha cautivado, ¿qué otra explicación hay?
—¿Y qué más te da, chiquillo? Esto nos conseguirá respeto, y a mí una nueva experiencia en la vida y una cama caliente. Todo son ventajas.
—¡No vuelvas a llamarme chiquillo! Entonces, ¿os habéis... acostado?
—Es un adulto disponible y no tiene un padre presto a matarme si le pongo las manos encima. Ni está enamorado de él, gracias a los dioses.
La indignación de Navhares prendió en sus ojos un fuego rojizo muy similar al de Caradhar. Antes de que Vira alcanzase a avivar la llama haciéndoselo notar, el muchacho se alejó a zancadas entre las docenas de elfos que aún deambulaban por la llanura. Otro con temperamento, meditó el Silvano, con su habitual frote del labio. No lo ha sacado de su padre, ni de su abuela. ¿Tal vez de su abuelo, el difunto Darshi'nai?
Encogió los hombros y preguntó a uno de los paseantes por el sanador más próximo. Con un poco de suerte, alguien se apiadaría de él antes del final de la jornada.




Felicitarlo. Habría debido felicitado nada más, y así se habría ahorrado la humillación. O mejor aún, cerrar la boca y no cruzarse en su camino. Verlo así, convertido en un bravío cualquiera para complacer a su nuevo amante, en tanto a él le ofrecía la pobre excusa de no contrariar a su padre... Porque tenía que ser una excusa. Caradhar no iba a mantener las distancias y, además, forzar a los demás a imitarlo. ¿O sí?
Por mucho que Navhares tuviese la vida de un adulto, su sabiduría no se había desarrollado a la par que su apariencia. Se sentía traicionado por todos, incomprendido y solo, muy solo. Y como no quería volver a la casa y enfrentarse a la mitad de su problema, ni tampoco deseaba ser blanco de las miradas inquietas o suspicaces de una multitud de norteños que desconfiaban de un vidente sin visiones, decidió perderse entre los árboles para regocijarse en su soledad. Pronto, la zona de las viviendas arbóreas quedó a sus espaldas. Al acercarse a los límites recordó la proximidad de la cascada y siguió, en cambio, la dirección del riachuelo. Allí la atmósfera no era húmeda, sofocante ni ensordecedora, y la corriente de agua, con las ocasionales pozas que se formaban a una u otra de sus orillas, le traía gratos recuerdos de Dervarn. Cerró los ojos; por un momento le pareció rememorar las amigables conversaciones con Vira a su paso por la ciudad del bosque —en un tiempo que se le antojaba tan lejano—, y las risas, y los iris... ¿Verdes? Parpadeó. Cuando recuperó los sentidos se percató de que había seguido caminando hasta alcanzar el borde del agua. Una mano sobre su antebrazo lo salvó de un chapuzón.
—No pretenderás bañarte con ropa, espero. —Su rescatador sonreía.
—¡Seriam! Yo... Supongo que me he distraído.
—O tenías una visión. ¿Qué era?
—No, no, recordaba una charla... sin importancia. Te vi antes junto a tu padre, en el círculo. ¿Hoy te han permitido subir?
—Si te soy sincero, él me obligó. Por mucho que la tradición dicte que todos acudan a la ceremonia, ¿acaso no es más importante en estos tiempos vigilar al Durmiente? En fin, regresaré tras darme un baño. ¿Me acompañas?
—¿En un riachuelo helado de las cumbres?
—Se mezcla con aguas subterráneas cálidas, es muy curioso. Pruébalo.
La invitadora transparencia de la poza más cercana permitía distinguir un fondo suave y sin aristas rocosas. Para su sorpresa, el agua estaba templada. Antes de que Navhares aceptase la invitación, Seriam se libró de toda su ropa, salvo el pequeño taparrabos típico de Dallankor, y se sumergió en la parte más alejada de la corriente con un suspiro satisfecho.
Quizá mirar de hito en hito a una persona fuese considerado una grosería en Argailias, pero al joven noble le resultó imposible apartar la vista de aquel cuerpo casi desnudo, cubierto de dibujos desde el cuello a los pies. Plantas, animales y motivos geométricos se entrecruzaban en su pecho y espalda; nudos, hojas y raíces ondulaban sobre sus brazos y piernas. Jamás había presenciado un despliegue artístico semejante, y la curiosidad por saber quién aplicaba aquellos pigmentos efímeros, y por qué, se hizo más y más fuerte. Tras vencer su pudor natural, imitó a su anfitrión en el ritual del baño.
—Te preguntas por qué me tomo todo este trabajo —afirmó el norteño ante su evidente interés—.Tintura de hojas de ligustro en lugar de un tatuaje duradero.
—¿Es porque únicamente los guardianes se tatúan?
—Has acertado, aunque hay otra razón. En la tierra de mi madre era costumbre no atarse a un simple diseño, sino variarlo con las estaciones, las fiestas, los grandes eventos... La piel es un lienzo que se adapta a la metamorfosis del mundo, igual que la naturaleza evoluciona con el paso de los años.
—Confieso que en Argailias y en los principados del sur nunca vi nada semejante, pero es una filosofía hermosa. ¿Tu madre no era de Dallankor, entonces?
—Mi padre viajó mucho en su juventud. Durante su estancia en los bosques del extremo oeste, donde dicen que la lluvia cae tres días de cada cuatro y es imposible no pisar sobre hierba y musgo, conoció a una dama de cabellos cobrizos, se enamoró y la trajo consigo a la planicie. Murió siendo yo aún muy joven, sin haber llegado nunca a integrarse en Dallankor. Mi último recuerdo de ella fue su despedida, con esa voz cantarina que tan diferente sonaba de las nuestras: «Riam (me llamaba Riam), ya sabes que en mi tierra necesitamos mucha lluvia para crecer, mucha más de la que cae aquí. Mamá se marchita, y por eso ha de pasar un tiempo lejos, reverdeciéndose. ¿Esperarás hasta que haya recuperado el color? Volveré como un arbolillo de los que bordean el riachuelo; me reconocerás porque tendré la corteza pintada igual que la piel y te espiaré desde el verdor de las hojas». Había hecho prometer a mi padre que decoraría para mí el tronco de un haya joven, ¿sabes? Ah, lo feliz que me sentí al descubrirla. Me sentaba al pie, procuraba que recibiese más agua que las demás, le contaba mis historias, convencido de que me escuchaba... Ya imaginarás que eso no la hizo regresar, si bien me consoló hasta que tuve edad para aprender a decir adiós. Y eso fue bastante más tarde que la mayoría, lo confieso. Supongo que aferrarme a la infancia me ahorraba la decepción de aceptar la realidad.
—Lo siento mucho. —La compasión de Navhares era sincera.
—No, no estés triste, es un bonito recuerdo. Además, yo fui afortunado. Oí que tú no llegaste a conocer a la tuya.
—Es cierto. —Evitó rememorar ese oscuro episodio del pasado—. Aunque tampoco soy digno de lástima. Tengo a Caradhar, y a Corail, y a... a mi propia familia. Nunca estoy solo. ¿Tú no tienes una pareja?
—Me temo que no soy apto para eso. —Apoyó la nuca en el borde de rocas y suspiró. La maraña de sus trenzas se plegó bajo él como un lecho de ramas otoñales—. No puedo ser padre, así que ninguna elfa querría emparejarse conmigo. Eso me convierte en el custodio ideal... y en una fuente de pesar para el guía, que no verá colmado su deseo de tener nietos.
—Oh... ¿Y no hay nada que los sanadores puedan hacer por ti?
—Mi condición es obra de los dioses, la savia no la remediará. No merece la pena darle vueltas; acepté mi soledad hace mucho tiempo y sirvo con placer en el santuario. Es ahora, en esta época de transformación, cuando siento algo de temor y respeto por el futuro, pero... —Mordisqueó una de sus uñas teñidas. Navhares tuvo la impresión de que una nube le oscurecía los ojos verdes, además del ánimo, antes de disolverse en una nueva sonrisa—. Ah, pero los cambios son buenos. Los que, como yo, los llevamos en la piel, no debemos tenerles miedo.
El joven argailiano también sonrió. Tras días de conversar con Seriam había llegado a sentirse muy a gusto en su compañía, pues era de trato más suave que sus paisanos y tenían las suficientes cosas en común para entenderse: huérfanos y descendientes de líderes sin cargo de poder, tejedores de visiones con una venda en los ojos, sangre mezclada que no encajaba en ningún sitio. No recordaba otra relación donde le resultara tan sencillo relajarse, a sabiendas de que se encontraban al mismo nivel. Desde luego, jamás había sido así con Vira, ni siquiera con Caradhar.
—No es cierto que nunca esté solo. —Aquel ambiente era propicio para las confidencias—. Mi esposa y yo mantenemos poco contacto, mis hijos pertenecen a sus Casas respectivas, y Caradhar vive en Dervarn mientras yo permanezco en Argailias, fingiendo que los Silvanos son una leyenda. Hacer amigos en palacio debe ser igual de difícil que bajo las montañas, y aquí... Ya lo sabes. Tú eres el único.
—Celebremos, entonces, que nos hayamos conocido. ¡Quédate conmigo en el santuario! Terminaremos de contarnos historias sobre tu tierra y la mía, y te prometo que saldremos para que disfrutes de la belleza de Dallankor. Te conduciré a través de pasos de montaña que se abren a panoramas sobrecogedores. Te mostraré una caverna donde el agua crea melodías al caer, gota a gota, en estanques de piedra perlada. Tú también eres mi primer amigo en muchos años. —La mano del norteño se posó sobre la de su compañero más joven. Este contempló los bellos motivos vegetales con una mezcla de placer y melancolía.
—Pero pronto tendré que partir y es difícil que regrese. Volveré a la rutina del Distrito de los Nobles, dejaré atrás todo esto...
—No pienses eso ahora, Navhares. Vamos, baja conmigo.
—¿Y si Caradhar no me lo permite?
—¿Por qué no habría de hacerlo?
—Creo que, hum, no confía demasiado en ti. ¡No es nada personal! —exclamó, alarmado por su exceso de franqueza—. Se trata de... Se trata de tu mente, ¿sabes? Todo el mundo dice que él es uno de los mejores telépatas de Dervarn y, a pesar de ello, es incapaz de percibirte. Claro que eso no es culpa tuya. Si tu defensa es poderosa...
—¿Mi defensa? Ya te conté que mi savia es muy débil. Ni soy telépata ni he aprendido a protegerme de ellos. —Sacudió la cabeza ante la zozobra del muchacho—. No te sientas culpable, tu padre no es el primero que ha reaccionado así ante mi particularidad; de hecho, es una de las razones que me han empujado a aislarme.
—Lo siento, lo siento en el alma. Eso es muy injusto.
—Yo lo acepto como la voluntad del dios. Si me lo ha otorgado, será para darle algún uso en el futuro, porque nada en el santuario sucede por casualidad. De eso estoy seguro.
—Yo no comparto esa desconfianza, Seriam. Y me gustaría mucho aceptar tu ofrecimiento.
—Riam, ya es hora de que me llames Riam. —Le tendió la mano para salir de la poza—. ¡Vamos!
Antes de seguir al custodio en su descenso a través de las cavernas, Navhares se detuvo en su alojamiento para conseguir una muda seca. No le apetecía discutir con su padre sobre un hipotético permiso para ausentarse, así que respiró aliviado cuando vio que la casa estaba vacía. Mientras abandonaba el lugar, reparó en un envoltorio estrecho que alguien había depositado en las escaleras de acceso. Contenía la trenza cortada de Vira.
Al acariciar con la vista y con los dedos las larguísimas hebras de color corinto, el joven experimentó una descorazonadora sensación de pérdida. Admiraba aquella melena. Siempre la había considerado la segunda más hermosa —únicamente superada por la belleza rojo rubí de Caradhar—, y verla allí, yerta, sesgada de fuente de la que fluía como una corriente de savia, lo inundó con una súbita inquina hacia quienes habían inspirado tal afrenta. Esos bravíos no se la merecían. Tampoco Vira, quien con tanta indiferencia había renunciado a ella.
Plegó el paquete y lo escondió entre sus ropas. Luego salió a toda prisa, en dirección al acceso al santuario.


Tras mucho porfiar —y haciendo ostentación de su nuevo aro de bronce— Vira se las había arreglado para conseguir el permiso de los bibliotecarios y traspasar los límites de su sanctasanctórum. Una de las cavernas que circundaban la planicie había sido impermeabilizada, revestida de madera e imbuida con un hechizo de conservación, y allá se apilaban cientos de tomos y pergaminos, en estanterías hechas de troncos con la consistencia de la piedra. No tenía, ni por asomo, la extensión y variedad de la de Dervarn, abierta a la cultura humana y depositaria de muchos volúmenes sobre esta; Dallankor había estado siempre aislada, con lo que el contenido de sus libros era un reflejo de la cultura élfica en exclusiva. Pero justo eso era lo que los Silvanos necesitaban, y merecía la pena un nuevo repaso de todos aquellos títulos, en esta ocasión dejando que Savran se asomase a los ojos de Vira.
Al anochecer de un largo día de búsqueda entre los rincones, de criba y de ruegos —los bibliotecarios no se molestaban en llevar un registro ni consentían que nadie más tocase sus tesoros, si bien no se negaban a mostrarlos en persona—, el elfo y su pasajero se rindieron y aceptaron que el primer informe había sido correcto: allí no quedaba nada nuevo para ellos. Si en el pasado sí lo había habido, según atestiguaban algunos huecos libres en los estantes, debía estar perdido desde hacía años. Su último recurso era aceptar el ofrecimiento de Kaledias y realizar la pequeña expedición a la fortaleza humana. Claro que para eso era esencial convencer a un par de guardaespaldas muy poco dispuestos.
Dranaris y Azor habían conseguido ser aceptados en las competiciones y contaban ya con proseguirlas con la misma dedicación que los demás guardianes. Quedaban pocos días para el inicio de la segunda fase, días preciosos en los que descansar, observar las restantes eliminatorias, trazar estrategias. Un viaje, por corto que fuese el trayecto, los privaría de todo eso y quizá los retrasase hasta el punto de no regresar a tiempo. La promesa de Kaledias de no empezar sin ellos no logró aplacarlos; solo sus órdenes tajantes los resignaron a obedecer, y no sin unas cuantas miradas airadas de Dranaris y otros tantos refunfuños salpicados de obscenidades de Azor. Este mencionó que el viaje sería inútil si no contaban con una escolta femenina, a lo que el guía replicó que eran elfos de recursos, que se las compondrían muy bien sin una y que afrontarían el desafío sobre la marcha.
Había un último asunto que resolver antes de su partida, la negativa de Navhares a acompañarlos. Caradhar no esperaba aquella oposición, menos aún cuando el muchacho jamás había desaprovechado una oportunidad para estar juntos. Ya había aceptado a regañadientes su amistad con Seriam y su segunda pernocta en las cavernas, pero se negaba a dejar a su hijo atrás durante varias noches, al cuidado de un extraño cuyo interior era más opaco que las grutas en las que habitaba.
La premura de la situación y la tozudez del joven consiguieron que se saliese con la suya. Un grupo de cinco elfos abandonó la planicie al amanecer y enfiló hacia el paso del este. Navhares, el sexto miembro que debiera haber partido con ellos, se quedó atrás, luchando para rechazar la constante presencia de Caradhar en su mente. Planeaba probar, por una vez, el sabor de la libertad.









Anterior                                                                                                                           Siguiente