2018/01/22

EL DON ENCADENADO XVIII: Intercambio de papeles



Las jornadas pasadas en Therendanar fueron para Sül una bendición de los dioses. El mero pensamiento lo hacía avergonzarse, considerando los momentos difíciles que atravesaba Caradhar; su semblante reflejaba una extraña calma, una dulzura engañosa, y sus ojos aparecían velados por una levísima niebla que el Sombra tomaba por melancolía. Sin embargo, era difícil resistirse a la dicha: cada día, desde la mañana hasta la noche, era su dueño absoluto, y no existían protocolos, obligaciones, parientes ni terceras personas que se inmiscuyeran entre ellos. Nunca había demandado Caradhar de él tanta intimidad como aquellas madrugadas en las que no brotaban palabras de sus labios, sino tan solo suspiros, y sus manos no se posaban más que en su piel caliente, en las cicatrices de su espalda, en los contornos de su rostro. Me abrazas como si me quisieras, pensaba Sül, con el ocasional mordisco a la lengua para no decir la frase en voz alta. Muchas, muchas veces, las palabras danzaban en su boca sin atreverse a cruzar el umbral de sus labios. Le atemorizaba la callada por respuesta.
El amanecer de su partida el dotado se levantó muy temprano. Sül lo siguió sin ser visto hasta la habitación del alquimista moribundo y lo descubrió plantado ante la puerta, sin decidirse a entrar. Parecía considerar que una mirada habría de bastar para atravesar la madera y ver al otro lado.
Se marchó tal cual había acudido allí, en silencio. Caradhar nunca volvió a ver a Maese Jaexias con vida.

En el camino de vuelta, ambos cabalgaron junto al caballero Lenkares, intercambiando algunas trivialidades de tanto en tanto. En un carro reforzado custodiado por numerosos guardias viajaba su invitado forzoso, el elfo de Misselas. Sül había aprovechado para echarle un buen vistazo antes de subir a la prisión rodante: no muy alto, cabellos y ojos castaños, facciones correctas, una pequeña cicatriz bajo el ojo. Aparentaba fragilidad, pero el Sombra vio más allá de su complexión delgada indicios de un cuerpo resistente y ágil; alguien a quien su instinto le decía que era mejor no perder de vista.
Aquellos días atrás había estado husmeando por el castillo, más por puro sentido del deber que otra cosa, en busca de alguna pista sobre la identidad del misterioso ladrón de quien hablara el alquimista. No había averiguado nada en absoluto. Mientras se alejaba del lugar que se había convertido, paradójicamente, en su santuario, sentía una punzada de culpabilidad por no haberse entregado más a fondo a un asunto que comprometía la seguridad de la Casa. Claro que, si debía ser sincero, era una punzada muy pequeña. No tenía motivos para ser leal a los Maedai de Elore'il.
Era noche cerrada cuando llegaron a la Casa. Sül había estado aguardando ese momento con temor, porque no sabía qué palabras habría cruzado Corail con su supuesto hijo ni cuál habría sido la reacción de este. En cuanto a esa serpiente del Gran Alquimista... Era curioso, pero le recordaba una conversación mantenida con el dotado antes de finalizar su destierro voluntario en Therendanar, una sobre cadenas al cuello que ambos trataban de estirar cuanto daban de sí. El problema, el auténtico problema, era que había demasiadas manos empeñadas en adueñarse del extremo de la de Caradhar, incluyendo —para su vergüenza— las suyas propias. Tenía un mal presentimiento.
Consiguieron dormir sin ser molestados. A la mañana siguiente Sül salió a hacer algunas averiguaciones y se enteró de que el prisionero había sido conducido a los laboratorios, donde se había improvisado una celda para su custodia. En cuanto al caballero Lenkares, se reuniría aquel mismo día con los Maedai de Elore'il para ponerlos al corriente de cuanto concernía al cautivo.
Ya asía de nuevo el tirador de la puerta de Caradhar cuando un miembro de la guardia se acercó a él.
Eres Sül, ¿no? El capitán te llama. Dice que te ofreciste para comprobar la calidad de la última remesa de armas y que nunca te presentaste por allí. No está de muy buen humor.
Sül juró por lo bajo al darse cuenta de que lo había olvidado por completo. Mientras esperaba el retorno del dotado había pasado jornadas y jornadas entrenado hasta la extenuación, en un esfuerzo por mantenerse ocupado, y los miembros de la guardia no pudieron dejar de notar que el joven sabía muy bien cómo manejar un arma. Toda experiencia era necesaria en los tiempos que corrían.
Es cierto —admitió—. ¿Ha de ser ahora? Tenía en perspectiva un asunto que...
Seelvyan está en la armería ahora mismo y espera ayuda. Ya no se puede demorar más.
Vale. —Suspiró—. Voy para allá.
En la armería, un elfo inclinado sobre una caja de madera daba su confiada espalda a la puerta, ocupado en apartar capas de paja y extraer brillantes espadas cortas de su lecho protector. Sül se acercó con su característico paso felino, de manera que el elfo no se percató de su presencia hasta que se lo encontró asomado por encima de su hombro. Sobresaltado, dejó caer el arma que sostenía, si bien esta no llegó a tocar el suelo; el Sombra la atrapó en el aire. A punto de obsequiar al intruso con unas palabras insultantes, el elfo se percató de quién era. Su rostro se iluminó.
Seelvyan, tu instinto de conservación apesta. Y no pienso cargarme el muerto si pretendes mellar las hojas antes de estrenarlas.
Aunque el saludo de Sül no era amable, su interlocutor rio entre dientes. Seelvyan era un soldado con experiencia que había pasado por varios destacamentos en Ummankor. Era alto, de rostro interesante y larga melena broncínea, y las cicatrices de su cuerpo fibroso atestiguaban que no se había limitado a blandir las armas en la sala de entrenamiento. Era allí donde había tomado contacto con el Sombra, atraído por su pericia, y había acabado entablando una relación cordial con él.
Sucede que estaba distraído. Además me has abordado a traición, maldito gato. ¿Acaso tienes almohadillas en los pies? ¿Dónde andabas metido?
He estado ocupado.
Tan charlatán como siempre, ¿eh?
Espera sentado a que yo te cuente por dónde ando. ¿Estas son las últimas que han llegado? —preguntó, blandiendo la espada.
No, ¡las estoy metiendo en paja para darles de comer! ¿A ti qué te parece, animal? ¿Qué tal?
Bastante equilibrada, no está mal. —La balanceó repetidas veces y la arrojó contra una enorme diana de paja trenzada que estaba apoyada contra la pared, donde se hundió casi hasta la empuñadura. El soldado lanzó un silbido—. Y vuela bien.
Deja de lucirte, fanfarrón. Se supone que las espadas son para sostenerlas, no para jugar a los dardos.
¿Quien lo dice? Bueno, ¿qué más hay por aquí? —Seelvyan señaló la pila de cajas que esperaban a sus pies. El Sombra frunció los labios al percatarse de que aquello iba a llevarle más tiempo del esperado—. Mierda, no son cuatro cajitas de muestra.
Cuanto antes acabemos, antes podremos largarnos a beber. Ayúdame con esto, anda.
Los elfos empezaron a inspeccionar el contenido de los embalajes y a vaciarlos, intercambiando comentarios para amenizar la faena. A Sül le agradaba la compañía del soldado y su lengua mordaz. Era agradable tener a alguien con quien charlar en lugar de ser el paria de la compañía.
Llevaban muchas cajas abiertas cuando el Sombra se percató de que su compañero llevaba un buen rato mirándolo de reojo. Lo encaró y le preguntó si había algún problema pero no recibió contestación, tan solo una curiosa sonrisa. Reanudó la tarea con un encogimiento de hombros, hasta que su mano izquierda salió disparada como una flecha y sujetó la muñeca de Seelvyan, quien, al parecer, se disponía a posar la suya sobre su trasero.
¿Qué cojones haces? —preguntó el Sombra. Su compañero reaccionó lanzando un suspiro y ensanchando su decepcionada sonrisa.
No te lo tomes a mal, he oído por ahí que... le cuidas la retaguardia a ese dotado tan llamativo del Maede. Fue una sorpresa confirmar que tenías esas inclinaciones. Francamente, al saber que te acostabas con él, pensé que yo podría tener —acercó aún más el rostro— mi propia oportunidad.
Sül frunció el ceño. No merecía la pena enfadarse aún, así que respondió con una ironía.
Y si resulta que me acuesto con ese dotado, ¿qué te hace pensar que querré acostarme contigo? ¿Tú lo has visto bien?
Eh, tengo mi corazoncito, ¿sabes? —El elfo fingió una mueca ofendida—. Puede que no sea así de espectacular, pero no estoy mal y él no tiene por qué saberlo. No me digas que a ti no te va la variedad.
Seelvyan presionó los dedos sobre la mano que aún sujetaba la suya. Sül resopló y se la soltó en la cara a su propietario, como si se la devolviera.
Gracias, pero no. No me va la variedad.
Menuda decepción. —El soldado gruñó por lo bajo—. Y yo que pensaba que habías venido a ayudarme porque te agradaba mi compañía...
No te equivoques, fue el capitán quien mandó a buscarme.
¿De qué hablas? El capitán iba a enviarme a uno de los maestros de armas. No sabe que has vuelto.
¿Qué? Espera un momento, ese guardia...
La primera reacción de Sül fue quedarse paralizado. Después rechinó los dientes y salió disparado de la armería ante la atónita mirada de su compañero.




Caradhar no se había levantado aún; entre sus hábitos no se contaba madrugar igual que Sül, y le gustaba remolonear hasta que alguien venía a tirar de las sábanas. Por eso se hallaba profundamente dormido cuando el contacto de una mano cálida sobre su costado y espalda desnudos lo devolvió al mundo de la vigilia. El elfo se estiró de manera perezosa y murmuró:
Sül...
La mano que lo acariciaba se crispó. Después reanudó su camino sobre la piel, aunque con menos gentileza, y llegó hasta su coxis. En el instante en que los dedos penetraron el surco entre sus nalgas, Caradhar comprendió que algo no iba bien y abrió los ojos de golpe. Su cuerpo estaba expuesto, vulnerable, y sobre él se inclinaba un elfo alto y rubio con unos inquietantes ojos amarillos...
¡Darial!
Se incorporó, apartado así la mano intrusa de su cuerpo. Darial apretó los labios —ese tajo cruel en su mandíbula— y aferró, en cambio, las mejillas del joven. Se miraron.
Te atreviste a marcharte. He planeado durante años, ¡años!, lo que iba a hacer contigo si volvías a cruzarte en mi camino. Y, ¿qué te parece? Te tengo desnudo y debajo de mí. —Apretó aún con más fuerza, el rostro tan próximo que lo bañaba con su aliento ardiente—. Creo que ya sé qué es lo primero que voy a hacerte...
Aunque intentó echarse sobre él, Caradhar se liberó con un tirón y rodó al otro lado de la cama para interponerla entre ellos. El confuso alquimista permaneció inmóvil mientras deslizaba las piernas en sus calzas: nunca, en toda su vida, se había enfrentado a la resistencia del dotado. El concepto ni siquiera había cruzado por su mente, y encontrarse ante ello lo llenó de estupor más que de ira.
¿Cómo te atreves...? —Cuando pudo reaccionar, rodeó el lecho a grandes zancadas y se plantó frente a él—. ¿Has olvidado quién soy? ¡No te atrevas a continuar!
No solo volvió a escurrirse Caradhar de sus zarpas, sino que le interceptó la muñeca cuando amenazó con golpearlo y se la retorció con fuerza. Incapaz aún de digerir las nuevas reacciones de su antiguo pupilo, Darial se sujetó la parte dolorida y lo contempló como si fuese una persona desconocida. Sus mejillas enrojecidas delataban el bullir de la sangre en sus venas. Caradhar se sentó con indiferencia y se calzó las botas.
Adhar, creo que no entiendes lo que te ocurrirá si sigues provocándome así. —La voz del alquimista sonaba forzada, fruto de sus ímprobos esfuerzos para controlarse—. ¿Juegas conmigo durante meses, te vas durante años y...?
El tiempo de jugar ha concluido —fue la helada respuesta del joven—. Soy uno de los dotados del Maede, ya tengo suficientes obligaciones en mis manos. Tú, por tu parte, eres el Gran Alquimista, uno de los elfos más ocupados de la Casa. Nuestros caminos no tienen por qué cruzarse.
¿Crees...? ¿Crees, por un momento, que las cosas han cambiado tanto como para que puedas colocarte fuera de mi alcance? ¿Que porque al nuevo Maede le hayas caído en gracia yo no poseo el poder de volver a ponerte de rodillas? Permíteme recordarte que la última vez no hizo falta nadie que te obligara a... eso, arrodillarte.
Pues agradece toda la diversión que has disfrutado conmigo. Ahora habrás de buscarte otro juguete.
De nuevo aquella frialdad que quemaba... La ira mordió en Darial con fuerza; apretó los puños y le espetó:
Tengo dos guardias esperando ahí fuera. Quizá ahora te revuelvas igual que un animalillo resbaladizo, pero veremos qué haces cuando te sujeten mientras yo la hundo en ese trasero tuyo que de seguro no me habrá olvidado.
Algo se rompió dentro de Caradhar después de toda una vida de muda sumisión a aquella serpiente de ojos amarillos. Sintió un extraño latido en las sienes, una sensación que no había experimentado desde aquel día en que abandonara Elore'il. A pesar de que el alquimista era más alto, se las arregló para arrojarlo sobre el colchón y lo clavó en él por las muñecas, utilizando el peso de su cuerpo para inmovilizarlo. Por más que Darial se revolviera, no contaba con la fuerza para resistir la violencia del ataque. Aquel ya no era el niño indefenso de antaño.
Si tuviese el más mínimo interés, Darial —escupió Caradhar—, te daría a probar ahora mismo un poco de tu propia medicina. Pero lo cierto es que eres, con diferencia, el peor compañero de cama que me ha tocado en desgracia y tu sola presencia me asquea. Apártate con algo de dignidad, porque no voy a volver a dejar que me pongas las manos encima.
Adhar...
El alquimista jadeó, con los ojos fuera de las órbitas. Antes de que gritase para pedir ayuda, un clamor amortiguado de voces y sonidos de pelea llegó desde el corredor. El ruido duró muy poco; la puerta cedió por efecto de una patada certera y permitió el paso a un Sül hecho una furia que hubo de tragarse el inesperado espectáculo de ver a Caradhar sin camisa, tirado cuan largo era sobre el Gran Alquimista. El dotado no necesitó girarse; sabía a la perfección quién era.
Y no vuelvas a llamarme Adhar —ordenó a su prisionero con una voz que destilaba desprecio—. Suena repugnante cuando viene de ti.
La burbuja de ira estalló. En cuanto el joven pelirrojo recuperó su humor habitual, perdió todo interés en seguir en contacto con aquel elfo, al que liberó para terminar de vestirse. Tanto el Sombra como el rubio alquimista lo observaron sin saber cómo reaccionar.
Y, justo entonces, los Maedai de la Casa hicieron su aparición por la maltrecha puerta.
Que alguien me explique qué ha pasado aquí —demandó Corail. Aunque Sül y Darial se sintieron imperiosamente obligados a responder, el Sombra fue el más rápido.
Los guardias del corredor no me permitían pasar así que tuve que dejarlos fuera de combate y patear la puerta porque creí que el Gran Alquimista estaría metiéndosela a Caradhar pero cuando entré era él quien estaba subido encima de esa rata.
Desembuchó sus explicaciones sin una sola pausa y luego tragó saliva mientras Darial, aún echado de espaldas, palidecía por el bochorno. La Maediam no replicó, apenas frunció el ceño. Navhares, en cambio, lanzó tal mirada de indignación al Gran Alquimista que este se incorporó a toda velocidad y humilló la cabeza.
Os ruego que me dispenséis...
Ante la señal afirmativa de Corail, Darial emprendió una huida muy poco digna.
No imaginaba que habías llevado al Gran Alquimista de la Casa a esos extremos. —Suspiró.
No hay nada más de qué hablar entre nosotros. Creo que lo ha comprendido muy bien —respondió Caradhar sin inmutarse.
Mi respetada madre, ¿podéis aclararme cuál es el significado de todo esto? —inquirió Navhares. Sül detectó un matiz corrosivo en su manera de dirigirse a la elfa—. ¡Sül, te ordeno que me expliques...!
¿Ya has olvidado lo que te he enseñado sobre la voz de mando? —lo interrumpió ella—. No ha de ser usada con liberalidad ni en presencia de nuestros allegados a menos que no quede otro remedio.
El Maede se mordió los labios. En cuanto a Sül, cerró los ojos y se estremeció. Joder, lo que nos faltaba, se lamentó para sí, ahora el crío también es un mecanismo andante de dar órdenes. Dioses, ¿en qué parará esto?
Sül, el Maede y Caradhar van a intercambiar unas palabras en privado —prosiguió Corail, sacándolo de sus pensamientos—. Si quisieras acompañarme, me podrías hacer la crónica de vuestro viaje a Therendanar.




Por más que no hubiese voz de mando implicada, el Sombra no podía sino obedecer, y aceptó escoltar a la Maediam fuera de la habitación. En su caminar en pos de la dama se percató de que Niliara los seguía a cierta distancia.
Corail inquirió si había sucedido algo digno de mención durante aquellos días y el joven le resumió los pocos detalles que consideraba relevantes. Luego ella se interesó por algunas trivialidades sobre Therendanar. Tras todos aquellos rodeos, su tono se volvió más íntimo; sin dejar de caminar, se volvió hacia el Sombra y preguntó:
¿Cómo es tu relación con Caradhar?
Sül se sorprendió ante aquella pregunta tan difícil de responder.
Por mi parte, es igual que lo ha sido desde que volvió a la Casa, mi vaiam.
Por tu parte. ¿Y por la suya? ¿Qué siente él por ti, Sül?
El elfo dudó. No se fiaba de la Maediam, pensaba que Caradhar estaría mejor fuera de aquellos muros, lejos de aquella familia. Con todo... Ignoraba si la inclinación a compartir confidencias era efecto de la alquimia, de la extraña calidez en la voz de Corail..., o bien de la sencilla necesidad de hablar con otra persona, aunque fuese ella, sobre su tormento particular.
No... no lo sé. Hay veces que creo que me necesita y otros días tengo la impresión de que, si desapareciese, ni se daría cuenta, seguiría con su vida como si nada hubiese cambiado. Duele tanto que no puedo...
Sül calló, avergonzado por haber revelado su mayor debilidad. Corail dejó escapar un largo suspiro.
Vivimos tiempos muy difíciles, Sül. Después de todos estos años de batallar, te sientas a meditar y comprendes que todo cuanto deseas es la compañía de los tuyos. Persevera, pégate a él, haz cuanto sea posible para que no quiera dejarte ir. Porque si no..., es probable que lo perdamos los dos.



En el otro escenario, el dormitorio, Caradhar aguardaba en silencio mientras el Maede, con las manos y la frente apoyadas sobre las vidrieras de la ventana, se decidía a hablar.
Mi... Corail me ha contado que tú eres... —dijo al final, sin volverse—. Es curioso, ahora me cuesta trabajo pronunciar la palabra, madre. Ni siquiera sé cómo era mi auténtica madre.
No era nadie importante.
¿Nadie importante? ¿Eso es lo que piensas? —En la voz de Navhares vibraba la irritación.
Mi vanim, su madre es la Maediam Corail. Esa es la única verdad que todos conocen, lo único que importa.
¿Cómo te resulta tan fácil llamarme eso? Mi vanim. Toda esa formalidad cuando, de hecho, no lo soy; de hecho soy tu... —Hizo una pausa antes de forzarse a continuar—. Sí, qué sencillo es para todos. Dejan caer sobre mí una noticia así, me dicen que he de callar para siempre y que tengo que olvidar lo que siento. ¡Pues no puedo olvidarlo! Te miro, miro mi reflejo en este cristal, descubro las semejanzas y, aun así, no acepto lo que se supone que es lo correcto. Si soy un monstruo por quererte de esta forma..., seré un monstruo. No me importa.
Caradhar se mantuvo en silencio.
Podría obligarte —continuó el más joven, extrañamente sereno—. Mi... madre ha cumplido su palabra y me ha permitido usar la poción. Podría ordenarte que me correspondieses.
Veo que esa parte no se la ha contado, pensó Caradhar. Permaneció callado, esperando a ver si el chico cumplía su amenaza.
Por favor, me gustaría que vinieses a mi lado. —El dotado lo complació—. Necesito que hagas algo por mí. Necesito que me mires a los ojos, me tutees y me digas que soy tu hijo. He de oírtelo decir.
Caradhar tenía la vista fija en el exterior y no quería apartarla de ahí; también era difícil para él, muy difícil. El paso del tiempo y la tensión en el ambiente le hicieron comprender, no obstante, que no perdía nada por complacer al muchacho. Se volvió, clavó sus ojos rojos en aquellos oscuros iris de color corinto y dijo:
Eres mi hijo.
Navhares frunció el ceño con expresión torturada. Fue su turno de apartar la vista.
No funciona, no sabes mentir. Tú tampoco te sientes así por muy cierto que sea.
»Escucha, no voy a poner en peligro nuestra posición. Le haré caso a ella y pretenderé que no me he enterado, que soy el heredero de Killien, la sangre de Elore'il. Y no voy a obligarte a nada, no soy tan... miserable. Eso sí, tampoco voy a rendirme sin más. Si tengo que esperar a que dejes de considerarme un niño, esperaré. Al menos, me ha quedado muy claro que no me ves como a un hijo.
La actitud de Navhares volvía a sorprender a Caradhar, y no por última vez. Aún hizo otra rotunda declaración de intenciones antes de cruzar la puerta:
Ah, y por lo que respecta a ese alquimista, no me importa lo más mínimo que sea él quien prepara nuestras pociones; no voy a permitir que vuelva a acercarse a ti. Con las zarpas de ese guardaespaldas ya me basta y me sobra.

El caballero Lenkares aguardaba la llegada de Darial y sus asistentes ante la habitación del laboratorio donde se custodiaba al prisionero del norte. Si bien no se toleraba la presencia de extraños en aquel lugar, el diplomático estaba allí en representación de su principado. El humor del Gran Alquimista dejaba mucho que desear, según notó el humano cuando este hizo su aparición. Ignoraba los esfuerzos de Darial por mostrarse profesional, a pesar de la cuestión que no dejaba de rondar sus pensamientos. Caradhar.
¿Y decís que ninguna de las pociones probadas con él surtieron efecto? —preguntó, centrándose en el problema que lo ocupaba—. Es increíble. Estoy al corriente de algunas de las fórmulas creadas en Therendanar y sé a ciencia cierta lo que pueden llegar a espolear la lengua de cualquiera. Este no es un elfo corriente. Y los métodos... convencionales, ¿también fracasaron?
Su Señoría, me ponéis en un aprieto. —Lenkares mostró una incomodidad muy civilizada—. Usar métodos convencionales con un miembro de su raza... Os doy mi palabra de que hemos probado con él... todo lo humanamente posible.
Entiendo.
Darial echó una mirada al elfo en cuestión. Lo cierto era que no había provocado ningún contratiempo desde su llegada a la Casa. De hecho, se mostraba educado y cortés con sus captores —dentro de su limitado interés por comunicarse—, agradecía los alimentos que le ofrecían y no mostraba signos de querer fugarse. A menos, claro estaba, que fuese un actor consumado.
Bienvenido a mis dominios, señor... —saludó Darial al prisionero, con voz no exenta de sorna—. ¿Cómo he de dirigirme a ti?
El elfo lo miró con calma y respondió, al cabo de unos instantes:
Ya advertí a los compañeros de ese caballero humano que mi nombre era irrelevante. Podéis llamarme lo que queráis, pues no creo que haga cambiar la opinión que ya os habréis formado sobre mí.
¿Por qué te quedaste en Therendanar? Pudiste haberte marchado con los demás elfos de Misselas cuando tuviste la oportunidad. Ahora es imposible que te consideremos más que un espía. Nadie resiste así las artes alquímicas sin poseer habilidades excepcionales; tú lo sabes y nosotros también.
El elfo no respondió, sino que se limitó a soportar su escrutinio con serenidad. Aquella actitud indiferente le recordó al Gran Alquimista a Caradhar. De repente, sintió cómo lo dominaba la irritación, el deseo de poner las manos sobre aquel desconocido y retorcerle el cuello hasta hacerlo hablar. Ahora bien, no se engañaba; sabía que era otro cuello el que quería tener a su merced —junto con el resto del cuerpo—, para poder saciarse a placer antes de hacer estallar a su víctima en gritos. Un pensamiento tan feroz, tan placentero...
Entiendo lo que ha de hacerse y me ocuparé de ello, caballero Lenkares —barbotó el alquimista—. He de pediros que continuemos esta entrevista en otro momento, ahora tengo cosas que hacer. Si me disculpáis... Y tú —añadió, dirigiéndose a su asistente principal—, ven conmigo.
Lenkares se cuidó de manifestar su sorpresa, se inclinó y permitió que lo escoltasen fuera del laboratorio. En cuanto al cautivo, no llegó a inmutarse. Tan solo estudió con interés el paso rápido y nervioso del Gran Alquimista al abandonar la estancia.



En sus aposentos, Darial atrancó la puerta y cerró las contraventanas, maniobras que aceleraron el pulso de su asistente. El joven, el mismo que había acompañado a Navhares en su visita a Therendanar, sabía que aquello no presagiaba nada bueno para él.
Desvístete y échate. Necesito relajarme o no podré concentrarme para trabajar, y no queremos eso, ¿eh? —El tono del alquimista era frío. Tras tomar un trozo de tela gruesa, añadió—: Y usaremos esto para que no grites demasiado. Tan solo un poco, lo imprescindible para que yo sepa que tú también estás disfrutando.
El muchacho obedeció temblando. En su cuerpo esbelto se apreciaban cicatrices, algunas de ellas recientes. No bien se tendió en la cama, Darial le ató los brazos al cabecero. Después le colocó la mordaza y, tras una pequeña duda, le vendó también los ojos. No quería mirarlos por accidente y comprobar que no eran del color adecuado.
El alquimista no se molestó en desvestirse; su afán no estaba puesto en la gratificación sexual, sino en herir y humillar al muchacho tendido debajo de él. Oía los latidos desbocados de su corazón, que lo espoleaban para recrudecer sus ataques. Contemplaba las cicatrices de su cuerpo, un tapiz de piel mucho mejor que el del dotado porque sus marcas no desaparecían sino que permanecían allí, mudo recordatorio de que una mano dominante las había causado. El aire estaba lleno de los gritos amortiguados que la mordaza no conseguía sofocar. Sonaban a música para sus oídos; podía imaginarse que era él quien los profería.
A punto de culminar, presionó el cuello del muchacho solo por el placer de dejar las huellas de sus dedos. El elfo se retorció, desesperado. A duras penas consiguió Darial contenerse para no seguir apretando mientras su placer se vaciaba en las entrañas de su atemorizada pareja. Ah, pero quedaban a la vista esos rasgos insulsos, que no se correspondían con sus deseos... Echó mano entonces de la sábana para cubrirlos; la tela satinada se adaptó a sus contornos y se extendió a ambos lados como un halo vaporoso. Rojo.
El alquimista sintió que tal color velaba su visión. Se inclinó sobre el rostro oculto, lo acarició con delicadeza, besó los relieves que formaban sus labios. Sentía un nudo en el estómago y deseos de gritar.
Cuando entró en él por segunda vez, con una ternura que no le había mostrado jamás, el joven elfo no fue capaz de decidir cuál le había resultado más aterradora.

Durante los días que siguieron, Sül no se despegó de su protegido. No era estrictamente necesario, ya que el Maede había tomado cartas en el asunto para garantizar la seguridad de Caradhar, pero aquello no le bastaba a un Sombra que había sido entrenado para no delegar el trabajo en otros. Ahora bien, no era realista aspirar a permanecer junto a él las veinticuatro horas. Alguna vez debía ausentarse y, cuando lo hacía, se afanaba en terminar rápido con lo que tuviese entre manos. A causa de aquel bajo nivel de concentración, de su inquietud por cualquier movimiento inusual en torno a Caradhar, no se le pasó por la cabeza que el objetivo pudiera ser él.
El ataque, un puñal dirigido a su costado, le llegó por la izquierda en un corredor desierto. Aunque en condiciones normales habría oído aproximarse a su agresor, no era ese el caso. No llegó a tocarlo gracias a los reflejos entrenados del Sombra, que impulsaron a sus manos a actuar: la izquierda, agarrando el brazo del arma por la muñeca; la derecha, aplicando un puñetazo al lugar donde debería estar la cara del misterioso agente. Ninguna de las dos falló. Acto seguido, Sül retorció aquel antebrazo para obligarlo a soltar el puñal. Este cayó al suelo con un eco metálico que casi ahogó el característico sonido de una hoja saliendo de su vaina. Casi. Con sus habilidades a máximo rendimiento y la euforia de la confrontación, Sül asió el otro brazo y aplicó un rodillazo al estómago de su contrincante. Mientras este se doblaba, con un gruñido dolorido, el joven elfo le golpeó la mano hábil contra la pared.
Otro suave silbido llamó su atención hacia los pies del enemigo. Una maldita hoja en la bota, pensó, conteniendo las ganas de echarse a reír y esquivando el pie que salió disparado hacia su pantorrilla. Al Sombra no se le habían pasado las ganas de divertirse, pero su neidokesh le había grabado en fuego una regla de oro: «Los juegos son para la sala de entrenamiento, ahí fuera todo consiste en ganar con la máxima rapidez. La crueldad es un sentimiento, y los sentimientos conducen siempre a la derrota». Tras liberar la mano derecha, proyectó los nudillos hacia el cuello del adversario y lo tumbó.
Todo sucedió muy rápido. Aún no había tenido ocasión de estudiar al caído cuando el sonido de unos pasos volvió a poner a Sül en guardia. Pertenecían a Niliara; la elfa se acercaba por el corredor exhibiendo un par de hojas arrojadizas que se ocupaba de volver a guardar, con despreocupación, en bolsillos ocultos. El joven se relajó.
¿Te lo has pasado bien? —preguntó con ironía—. Gracias por dejarme toda la juerga para mí solo.
¿Querías que te ayudara? ¿Con este tipo patético? Habría sido un insulto, ¿no crees? —Se arrodilló y examinó al caído, un elfo ordinario vestido con ropas negras—. Aunque quizá debería haberlo hecho. Estás oxidado, Sül.
¿Oxidado? ¿Por qué narices dices eso?
Porque lo has matado. —Niliara hizo girar el craneo del elfo a ambos lados, sin obtener reacción alguna—. Le has roto la tráquea. Buena suerte si quieres sacarle información.
Sül apretó las mandíbulas. No había pretendido matarlo; en el pasado se habría llevado una buena tunda por ser tan descuidado. Se preguntó si, de manera inconsciente, no habría deseado hacerle pagar a aquel tipo toda la frustración acumulada que arrastraba por entonces.
¿Para qué? —dijo al fin—. Estoy convencido de que sé quién ha sido el amable cabrón que me lo ha enviado.
Si la valía de una persona se mide por la calidad de sus enemigos, esto no dice mucho de ti. El tipo era un simple asesino, carne de Zanja. Pero, eh, alegra esa cara, has tenido suerte. Un noble con toda probabilidad te habría enviado un Darshi'nai.
No es un jodido noble —gruñó Sül.
Aun así, yo me andaría con cuidado. Sé a quién tienes en mente y, dada su posición en la Casa, es posible que pronto se plantee recurrir a uno. Y tu problema, Sül, es que no estás centrado. Arregla eso. He aquí una noticia para animarte: nuestro Maede parece haber olvidado su encaprichamiento con tu dotado, al menos por el momento. ¿No te hace eso feliz? —Como el elfo permaneció callado, ella insistió—: ¿Alguna idea del motivo de tal cambio?
Que me registren. A lo mejor se ha enamorado de su mujer.
Niliara le lanzó una mirada muy significativa. Al comprender que no merecía la pena seguir insistiendo, no hizo más preguntas.

Hay algo que os preocupa.
El prisionero elfo que no quería revelar su nombre miraba a Darial, cuyo rostro mostraba una de las expresiones más lúgubres que cabía imaginar. Estaban en medio de una sesión de interrogatorio. Consistían estas en administrarle una dosis de droga que actuaba como un suero de la verdad y negaba a quienes la ingerían la capacidad de enfocar sus pensamientos. Cualquier tentativa provocaba un insoportable dolor de cabeza y, al cabo de un tiempo, sumía al receptor en un estado de confusión durante el cual era más sencillo obtener confesiones, puesto que las respuestas fluían mejor a nivel subconsciente.
Como de costumbre, la droga no funcionaba. El prisionero había recibido una dosis mayor del doble de lo aconsejado —hasta el punto de que lo sacudían espasmos de dolor— y no solo no se doblegaba sino que, además, se permitía hacer amables observaciones sobre las inquietudes de su torturador. Darial estaba exasperado.
Pues sí, ¡me preocupa que, en lugar de contarme lo que quiero saber, te dediques a interesarte por mi salud mental! ¿Cómo puedes tomártelo todo con semejante despreocupación? Fuegos del abismo, ¿quién eres?¿Entiendes que nunca podrás abandonar estos muros?
Darial no olvidaba la impresión causada por el interrogatorio que la propia Maediam realizara días atrás: aquel elfo resistía la voz de mando. La prueba lo había dejado extenuado, cierto, después de encadenar enrojecimiento, temblores, sudores y, finalmente, un desmayo. Con todo, había aguantado las preguntas sin despegar los labios.
Pruebas posteriores ofrecieron los mismos resultados. Corail y Darial, únicos testigos, no daban crédito a sus ojos. Darial se apresuró a sugerir a su Maediam que el prisionero bien podría ser el responsable del asesinato de Killien, a lo que ella replicó recordándole al alquimista que aquel asunto requería discreción extrema.
No os equivoquéis —respondió el cautivo, esforzándose por encadenar frases coherentes—, es obvio que me concierne mi suerte..., pero no veo por qué no podría emprender... una relación cordial con la persona de quien voy a depender en el futuro. Prefiero, con mucho, estar entre los míos antes que con los... humanos.
No me adules. Has de saber que, de una forma u otra, obtendré lo que quiero saber de ti, aunque tenga que extraerlo de trozos palpitantes de tu cuerpo.
Por favor... —el elfo se permitió sonreír—, no os rebajéis al nivel de los humanos. Escuchad, yo también estoy cansado de todo esto. En el... caso de que quisiera hablar, necesitaría saber con qué... clase de persona estoy tratando y si puedo confiar en vos. Y es evidente que hay algo muy grave que ocupa... vuestros pensamientos.
Darial torció la boca. El agente enviado para librarse del maldito guardaespaldas había fallado. Además, a todas sus preocupaciones se añadía su última conversación con Navhares. En realidad había sido un monólogo, ya que su papel había consistido en escuchar, con justa indignación, cómo aquel joven se permitía ordenarle que se alejara de su dotado. ¡Su dotado! ¡Menuda broma! Aún recordaba la época en la que Caradhar era un pequeño bastardo ignorado por todos. Él lo había tomado bajo su ala, le había proporcionado formación, cultura, modales... Era él quien tenía derecho a llamarlo mi dotado, y no ese chiste de Maede que hasta hacía poco no sabía sonarse las narices sin ayuda.
El alquimista ahogó esa pequeña voz interior recordándole que había sido la propia elección de Caradhar la que lo había puesto fuera de su alcance. No, solo necesitaba un tiempo con él y lo domaría de nuevo. Se llevaría su pequeño castigo por lo que había hecho, claro estaba, pero volvería a pertenecerle.
Como debía ser.







Anterior                                                                                                                        Siguiente






No hay comentarios:

Publicar un comentario